El príncipe que cambio por completo: continuación
El eco de las flores y el despertar de una Reina
El sol de la costa de Dvlaois ya no era una amenaza para Mai, sino un cálido recordatorio de que su nueva vida, por más irreal que pareciera, estaba echando raíces tan profundas como los rosales que ahora decoraban la terraza de la villa. Han pasado semanas desde que llegaron a este refugio frente al mar, y el cambio en el ambiente era palpable. El aire ya no se sentía cargado de la asfixiante tensión de los secretos, sino de una extraña y dulce armonía.
Mai se encontraba en el jardín privado, con las manos protegidas por guantes de seda y cuero, removiendo con cuidado la tierra de una maceta de cerámica pintada a mano. A su lado, Sabina sostenía una pequeña pala con una expresión que oscilaba entre la fascinación y el horror absoluto ante la posibilidad de manchar su vestido de encaje.
—Sigo sin entender qué placer encuentras en hundir los dedos en el fango, Mai —comentó Sabina, frunciendo su delicada nariz mientras observaba una lombriz—. Soy una princesa, se supone que mi único contacto con la naturaleza debe ser a través de un jarrón de cristal o un paseo por senderos perfectamente barridos.
Mai soltó una risita, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano, dejando una pequeña mancha de tierra en su mejilla.
—Es terapéutico, Sabina. En mi... bueno, en el lugar de donde vengo, no tenía un jardín así. Ver algo crecer gracias a tus cuidados te hace sentir que tienes el control de algo. Especialmente cuando todo lo demás parece decidido por el destino o por... bueno, por Albert.
Sabina suspiró y, haciendo un esfuerzo heroico, hundió la pala en la tierra para ayudar a su amiga.
—Debo admitir que Albert ha cambiado. Sigue teniendo esa mirada de "si respiras cerca de ella te cortaré la lengua", pero al menos ahora te permite tener estas pequeñas libertades. Ben dice que el príncipe está tan embelesado con tu estado que ha perdido parte de su filo político.
Mai bajó la mirada hacia su vientre. El embarazo ya no era una sospecha silenciosa; bajo la suave tela de su vestido de maternidad, una curva evidente delataba la presencia del heredero de Dvlaois. Se sentía más pesada, sí, pero también más segura. Sus estudios habían progresado a pasos agigantados. Albert, en su afán de ser su único maestro, le había enseñado los entresijos de la corte con una claridad que ningún tutor de la academia habría logrado. Ya no se sentía como una impostora, sino como una mujer que estaba reclamando su lugar en el tablero.
—Sabina —dijo Mai, bajando la voz con entusiasmo—, me enteré por los sirvientes que habrá un festival en el pueblo pesquero este fin de semana. El Festival de las Luces y el Paisajismo. Dicen que vienen artesanos de todo el continente.
Sabina enderezó la espalda, sus ojos brillando con interés.
—¡Oh, lo conozco! Es famoso por sus tapices y por los arquitectos de jardines que presentan sus diseños. Mai, deberías ir. Conozco a un par de paisajistas del reino del sur que estarán allí; son genios. Podrían darte ideas increíbles para el ala este del palacio.
—Eso es exactamente lo que pensaba —asintió Mai—. Pero ya sabes cómo es Albert. Si por él fuera, me envolvería en algodón y me encerraría en una torre de marfil hasta que el bebé cumpla diez años.
—Tienes que convencerlo —insistió Sabina—. Es la oportunidad perfecta para que dejes de ser un "rumor" y te conviertas en una realidad pública.
Esa noche, el ambiente en la suite principal era tranquilo. El aroma del mar entraba por las puertas abiertas del balcón, mezclándose con el perfume de las velas. Albert estaba sentado en el diván, revisando unos documentos, pero su atención estaba dividida. Cada pocos segundos, sus ojos azules se desviaban hacia Mai, que estaba sentada frente al tocador, cepillando su cabello castaño.
Albert se levantó y caminó hacia ella con esa elegancia felina que siempre la ponía nerviosa. Tomó el cepillo de sus manos y comenzó a pasar las cerdas por su cabello con una delicadeza extrema.
—Estás muy callada hoy, mi vida —susurró él, besando la coronilla de su cabeza—. ¿El bebé te ha estado molestando?
—No, estamos bien —respondió Mai, girándose un poco para verlo—. Albert, he estado pensando. Sabina me contó sobre el festival en el pueblo. El de las luces y el paisajismo.
La mano de Albert se detuvo un instante. Su expresión se volvió cautelosa, esa máscara de príncipe perfecto que ocultaba sus instintos protectores.
—Es un evento lleno de gente, Mai. Plebeyos, mercaderes extranjeros, tumultos... No es lugar para una mujer en tu estado. Además, la seguridad sería un dolor de cabeza.
Mai tomó sus manos, obligándolo a mirarla.
—Albert, escúchame. Llevo semanas encerrada en esta villa. Estoy feliz, de verdad, y agradezco todo lo que haces por mí, pero necesito ver algo más que estas cuatro paredes y el mar. Además, tú mismo dijiste que pronto tendríamos que regresar a la capital para los preparativos finales de la boda.
—Precisamente por eso —insistió él, su voz volviéndose posesiva—, quiero atesorar estos momentos de paz. En el festival habrá ojos por todas partes.
—Esa es la cuestión —dijo Mai, usando el tono persuasivo que había aprendido a perfeccionar—. Albert, la gente del reino todavía tiene dudas sobre mí. Creen que soy una niña asustada que atrapó al príncipe por suerte. Si vamos juntos, si me muestras a tu lado como tu prometida oficial, con orgullo y elegancia, acallaremos todos los rumores antes de llegar a la capital. Será nuestra primera aparición pública real en meses. Imagina el impacto: el Príncipe Perfecto y su futura Reina, esperando al heredero, apoyando las artes locales.
Albert se quedó en silencio, procesando las palabras de Mai. Ella podía ver cómo los engranajes de su mente política y su corazón obsesivo trabajaban al unísono. La idea de "presumir" de su posesión ante el mundo, de marcar su territorio públicamente, era un cebo que él no podía ignorar.
—Una aparición oficial... —murmuró él, una sonrisa lenta y algo oscura curvando sus labios—. Mostrarles a todos que eres mía y que llevas mi legado. Que no hay marcha atrás.
—Exactamente —asintió Mai, sintiendo que ganaba terreno—. Podríamos ir de incógnito al principio para disfrutar de los jardines, y luego dejarnos ver en la ceremonia de las luces. Sabina me presentará a algunos expertos que me ayudarán con el palacio. Será beneficioso para el reino, Albert.
Él se arrodilló frente a ella, apoyando sus manos en las rodillas de Mai y mirándola con una devoción que siempre la hacía sentir como si fuera el centro del universo.
—Eres muy astuta, mi pequeña Sophie —dijo él, usando el nombre del juego con una ternura infinita—. Sabes exactamente qué hilos tocar para que ceda. Está bien. Iremos. Pero con una condición: no te separarás de mi lado ni un milímetro. Si te sientes cansada, nos iremos de inmediato. Y llevaré a una escolta de incógnito que rodeará todo el perímetro.
—Acepto —dijo Mai, soltando un suspiro de alivio—. Gracias, Albert.
Él se inclinó y apoyó la mejilla sobre el vientre de ella, cerrando los ojos.
—A veces olvido que no eres solo un sueño que tuve —susurró él—. Me da pánico que el mundo exterior te arrebate de mí, o que te des cuenta de que mereces a alguien menos... complicado que yo.
Mai acarició su cabello rubio, sintiendo una punzada de ternura. A pesar de su naturaleza yandere, Albert era el hombre que la había amado cuando ella misma no sabía quién era en este mundo.
—Nadie me va a arrebatar de ti, tonto. Estoy aquí por mi propia voluntad. Y este pequeño también lo está.
Albert levantó la vista, sus ojos brillando con una mezcla de deseo y alivio. Se puso de pie y, con un movimiento fluido, la alzó en sus brazos, llevándola hacia la cama.
—Si vamos a salir al mundo mañana, hoy necesito asegurarme de que recuerdes bien a quién perteneces —murmuró él contra sus labios, su voz cargada de una intención que Mai conocía bien.
—Albert... —protestó ella débilmente, aunque sus manos ya se enredaban en su cuello—, dijiste que debía descansar para el festival.
—Este es un tipo diferente de descanso —respondió él con una sonrisa traviesa y posesiva—. El tipo que te deja con una sonrisa en los labios y el corazón tranquilo.
El encuentro fue lento, marcado por la nueva realidad de su cuerpo. Albert la trataba con una adoración casi religiosa, cada caricia era una promesa de lealtad, cada beso un sello de propiedad. No había la urgencia desesperada de los primeros días, sino una profundidad que solo el conocimiento mutuo y la espera de un hijo podían brindar. Mai se sentía plena, amada en una forma que trascendía las líneas de diálogo de cualquier novela ligera.
A la mañana siguiente, los preparativos comenzaron temprano. Sabina llegó a la habitación de Mai con un entusiasmo contagioso, trayendo consigo un vestido de seda en color verde esmeralda que resaltaba los ojos de Mai y acomodaba con elegancia su figura de embarazada.
—Albert ha ordenado un carruaje cerrado hasta las afueras del pueblo —anunció Sabina mientras ayudaba a Mai con los últimos detalles de su peinado—. Está paranoico, pero al menos nos deja ir. Ben está encantado, dice que es la primera vez en años que ve a su hermano tan... humano.
—No sé si "humano" es la palabra —rio Mai—, pero al menos está intentando confiar.
—Es un buen comienzo —dijo Sabina, volviéndose seria por un momento—. Mai, hoy conocerás a gente importante. No solo paisajistas, sino nobles que están de paso. Mantén la cabeza alta. Eres la mujer que domó al príncipe más difícil de la historia de Dvlaois. Eso te da más autoridad que cualquier título.
Cuando salieron al encuentro de los hombres, Albert las esperaba junto al carruaje. Lucía impecable, con un traje de viaje en tonos azules oscuros que acentuaba su porte real. Al ver a Mai, su mirada se suavizó tanto que Ben, que estaba a su lado, tuvo que carraspear para ocultar una sonrisa.
—Estás... deslumbrante —dijo Albert, tomando la mano de Mai y besándola con una reverencia—. Casi me arrepiento de dejar que otros te vean.
—Solo por unas horas, Albert —le recordó ella con dulzura.
El viaje al pueblo fue corto pero animado. Al llegar, el festival era una explosión de colores y aromas. Puestos de flores de todas las regiones, maquetas de jardines colgantes y artesanos trabajando el cristal llenaban las calles empedradas. Mai se sintió maravillada. Caminaba del brazo de Albert, quien mantenía una vigilancia constante, aunque permitía que ella se detuviera a observar cada detalle.
Sabina cumplió su palabra y las guió hacia una zona reservada donde un grupo de expertos en paisajismo discutía sobre la integración de fuentes en terrenos áridos.
—Señores —dijo Sabina con autoridad—, les presento a la futura Reina de Dvlaois, la Marquesa Sophie. Tiene un interés particular en la renovación de los jardines del Palacio de Invierno.
Los hombres se inclinaron profundamente. Mai, recordando todas las lecciones de Albert, respondió con una gracia impecable, haciendo preguntas técnicas que dejaron a los expertos sorprendidos.
—Es impresionante —comentó uno de ellos—. No esperábamos que una dama de la alta nobleza tuviera conocimientos tan sólidos sobre la composición del suelo y la irrigación.
Mai sonrió, sintiendo una chispa de orgullo.
—La belleza de un reino comienza en su tierra —respondió ella—. Y yo pretendo que Dvlaois florezca en todos los sentidos.
Albert, que permanecía un paso por detrás, observaba la escena con una satisfacción evidente. Ver a Mai brillar por sí misma, ver cómo se ganaba el respeto de los demás sin necesidad de su intervención directa, le producía un orgullo que no podía describir. Era su reina. Suya en cuerpo y alma, pero también una líder por derecho propio.
A medida que caía la tarde, el festival se transformó. Miles de faroles de papel fueron encendidos y lanzados al aire o colocados en los canales de agua. La multitud se congregó en la plaza principal para la ceremonia de clausura.
Fue en ese momento cuando Albert decidió que era hora de la "aparición oficial". Se quitó la capa de viaje, revelando las insignias reales que llevaba ocultas, y guio a Mai hacia el estrado principal donde el alcalde del pueblo estaba a punto de dar un discurso.
El silencio se extendió por la plaza cuando la gente reconoció al Príncipe Heredero. Pero el murmullo que siguió no fue de miedo, sino de asombro. Albert no estaba solo; sostenía con firmeza y orgullo la mano de una mujer que lucía la belleza radiante de la maternidad y la serenidad de una soberana.
—Pueblo de Dvlaois —dijo Albert, su voz proyectándose con una autoridad natural—, hoy celebramos la luz y la vida. Y no hay mejor manera de hacerlo que compartiendo con ustedes mi alegría. Les presento a mi prometida, la futura madre de nuestro heredero.
El estallido de júbilo fue genuino. Mai saludó a la multitud, sintiendo que las lágrimas empañaban sus ojos. Por fin, la sombra del desdén y los susurros de la academia quedaban atrás.
Más tarde, de regreso en la villa, el silencio de la noche se sentía diferente. Sabina y Ben se habían despedido con promesas de verse pronto en la capital. Mai y Albert estaban en el balcón, observando los últimos faroles que aún flotaban en el horizonte.
—Lo lograste —dijo Albert, rodeándola con sus brazos desde atrás—. Mañana, todo el reino hablará de ti. Has conquistado al pueblo con la misma facilidad con la que me conquistaste a mí.
—Lo hicimos juntos, Albert —corrigió ella, apoyando la cabeza en su hombro—. Gracias por confiar en mí. Sé que no fue fácil para ti dejarme estar allí, entre tanta gente.
Albert la apretó un poco más contra sí, escondiendo el rostro en su cuello.
—Sigo siendo un hombre egoísta, Mai. Sigo queriendo que seas solo para mis ojos. Pero hoy me di cuenta de algo... verte brillar me hace amarte aún más, si es que eso es posible. Eres mucho más que un personaje en una historia, eres mi realidad.
Mai se giró en sus brazos, tomándole el rostro con ambas manos. La luz de la luna bañaba sus facciones, suavizando la intensidad de su mirada.
—Y tú eres mucho más que un príncipe de un juego, Albert. Eres el hombre que elegí. No importa cómo llegué aquí, lo que importa es que me quedo porque quiero estar a tu lado.
Albert la besó con una ternura que hizo que el tiempo se detuviera. En ese momento, en esa villa lejana, no había coronas, ni juegos otome, ni miedos al futuro. Solo había dos almas que habían encontrado su camino a través de la obsesión y el descubrimiento, preparándose para el próximo capítulo de sus vidas, donde el amor y la libertad finalmente aprenderían a caminar de la mano en los jardines que ellos mismos habían decidido plantar.
—Vayamos a descansar —susurró Albert finalmente, guiándola hacia el interior—. Mañana empieza nuestro viaje de regreso a casa. Y esta vez, el palacio no será una prisión para ti, sino tu reino.
Mai asintió, sintiéndose en paz. El futuro era incierto, pero mientras tuviera la mano de Albert y la fuerza de su propio corazón, sabía que cualquier mundo, por extraño que fuera, podía convertirse en su verdadero hogar.