El príncipe que cambio por completo: continuación
Lazos de Seda y Sal: El Florecimiento de la Reina
La Gran Catedral de Dvlaois nunca había lucido tan resplandeciente. El aroma a lirios blancos y sándalo flotaba en el aire, mezclándose con el murmullo reverente de la nobleza que llenaba los bancos de mármol. Para Mai, caminar hacia el altar no se sintió como avanzar hacia el final de un juego, sino hacia el comienzo de una realidad que superaba cualquier guion preestablecido. Albert la esperaba al final del pasillo, vestido con su uniforme de gala blanco y dorado, luciendo como el sol mismo. Sus ojos azules, usualmente gélidos para el mundo, ardían con una devoción tan intensa que Mai sintió que sus rodillas flaqueaban bajo las capas de seda y encaje de su vestido de novia.
—Estás aquí —susurró Albert cuando ella finalmente llegó a su lado, tomando sus manos con una firmeza que decía "nunca te soltaré"—. Mi reina, mi vida, mi todo.
La ceremonia fue una coreografía perfecta de tradiciones milenarias, pero para Mai, lo único real eran los votos que intercambiaron en voz baja, promesas que iban más allá del deber real. Cuando el arzobispo los declaró marido y mujer, el beso de Albert no fue el roce casto que el protocolo exigía; fue un reclamo posesivo, un sello de propiedad que hizo que la multitud estallara en vítores mientras ella se perdía en el calor de su ahora esposo.
Días después, el bullicio de la capital fue reemplazado por el susurro rítmico de las olas turquesas. Albert había seleccionado una de las islas privadas más exclusivas del reino para su luna de miel, un paraíso de arena blanca y villas de cristal escondidas entre palmeras.
—Por fin solos —dijo Albert, cargando a Mai al estilo nupcial para entrar en la villa principal—. He dado órdenes de que nadie nos moleste, a menos que la isla se esté hundiendo.
Mai rió, rodeando su cuello con los brazos, aunque una sombra de inseguridad cruzó su rostro al verse en los grandes espejos del salón. Su vientre de seis meses era ahora una esfera prominente que alteraba su silueta, y sus pechos, mucho más voluminosos debido al embarazo, tiraban de la tela de su vestido.
—Albert... —murmuró ella mientras él la depositaba con cuidado sobre la cama de dosel—, ¿de verdad no te importa cómo luzco ahora? A veces me miro y siento que he perdido esa elegancia que Sophie debería tener. Me da miedo que... que busques belleza en otros lugares, ahora que estoy tan cambiada.
Albert se detuvo en seco. Su expresión se volvió inusualmente seria, casi severa. Se arrodilló entre las piernas de ella, apoyando las manos en sus muslos y mirándola con una fijeza depredadora.
—Mai, mírame —ordenó él con voz suave pero firme—. Cada curva de tu cuerpo, cada gramo que has ganado para proteger a nuestro hijo, te hace mil veces más deseable a mis ojos. No quiero a una muñeca de porcelana estática; te quiero a ti, floreciendo con mi descendencia. Eres mi milagro personal. La idea de que otra mujer pudiera siquiera rozar mi piel me resulta repugnante. Solo tú llenas mi mundo.
Él comenzó a desatar los lazos de su túnica con una reverencia que rozaba el fetiche. Cuando su piel quedó expuesta, Albert no perdió tiempo. Sus manos, grandes y cálidas, rodearon sus pechos con una posesividad que hizo que Mai soltara un suspiro de alivio y deseo.
—Me encanta cómo pesan en mis manos —susurró él, bajando la cabeza para besar la piel sensible—. Me vuelve loco saber que tu cuerpo se está preparando para nutrir lo que creamos juntos.
Esa tarde, bajo el sol filtrado por las pérgolas del jardín privado, Albert exploró cada una de las inseguridades de Mai, convirtiéndolas en puntos de placer. Él disfrutaba de verla en diferentes facetas, aprovechando la privacidad absoluta de la isla.
—¿De verdad quieres que me ponga esto? —preguntó Mai desde el vestidor, saliendo con un conjunto de "maid" que Albert había hecho confeccionar en seda fina, completado con unas delicadas orejas de gato que ella misma había mencionado una vez en broma como un fetiche de los juegos otome.
Albert, sentado en una silla de mimbre en el jardín, dejó caer el libro que estaba leyendo. Su mirada se oscureció instantáneamente.
—Dije que cumpliría cada uno de tus deseos, y cada una de mis fantasías —dijo él, levantándose y caminando hacia ella—. Te ves deliciosa, mi pequeña gatita.
—Me siento ridícula con esta barriga y estas orejas —rio ella, aunque su pulso se aceleraba al ver la reacción de él.
—Te ves como mi propiedad más preciada —corrigió él, atrapándola contra el tronco de un árbol de flores exóticas—. Me encanta el contraste de tu inocencia y este estado de cría en el que te tengo. Eres mi pequeña madre, mi sirvienta, mi reina... lo eres todo.
El contacto físico en el jardín, rodeados por el aroma de la sal y las flores, fue una experiencia liberadora para Mai. Albert la adoraba con una intensidad que rayaba en el fetiche de cría, besando su vientre entre cada embestida, susurrándole lo orgulloso que estaba de haberla reclamado. Aquella luna de miel se convirtió en un santuario donde Mai aprendió que su cuerpo, lejos de ser una carga, era el altar donde Albert rendía culto diariamente.
Sin embargo, la vida en la isla no era solo pasión. Durante una de las tardes en que Albert tuvo que atender una breve llamada diplomática con el continente, Mai decidió caminar por la zona permitida de la playa, donde conoció a Fennel, la hija del jefe local encargado del mantenimiento de las villas reales.
Fennel era una joven de cabellos oscuros y piel bronceada por el sol, con una energía vibrante que contrastaba con la rigidez de las damas de la corte.
—¡Majestad! —dijo Fennel, haciendo una reverencia algo torpe pero sincera—. No debería estar caminando sola por aquí, las mareas pueden ser traicioneras.
—Solo necesitaba un poco de aire, Fennel —respondió Mai con una sonrisa amable—. Cuéntame, ¿siempre has vivido en esta isla?
—Toda mi vida —suspiró la joven, sentándose en la arena junto a Mai tras recibir un gesto de permiso—. Es hermoso, no me malinterprete, pero a veces siento que el horizonte es una pared. Sueño con ver las grandes bibliotecas de la capital, o los bosques del norte de los que hablan los mercaderes. Pero aquí, mi destino es casarme con el hijo del pescador y ver pasar los barcos.
Mai sintió una conexión inmediata con ella. Fennel le recordó a su antiguo yo, atrapada en una realidad que sentía limitada, soñando con mundos más grandes. Durante los días siguientes, Fennel se convirtió en su guía secreta, enseñándole calas escondidas donde el agua brillaba como diamantes y compartiendo frutas exóticas que Albert, en su exceso de celo, consideraba "demasiado silvestres" para ella.
—Me gustaría que vieras el reino, Fennel —dijo Mai una tarde, mientras probaban un postre de coco y lima—. Tienes una mente brillante y una curiosidad que la corte necesita desesperadamente.
—Eso es un sueño imposible, Majestad —rio Fennel con tristeza—. Una chica de isla no tiene lugar en el palacio.
Mai guardó silencio, pero una idea comenzó a gestarse en su mente. Esa noche, mientras Albert le masajeaba los pies cansados frente a la chimenea de la villa, ella decidió hablar.
—Albert, he estado pensando en mi regreso al palacio. Sabina es maravillosa, pero ella tiene sus propios deberes con Ben. Necesito a alguien a mi lado que no esté contaminado por las intrigas de la capital. Alguien leal y con ganas de aprender.
Albert levantó la vista, sus ojos azules entrecerrándose con sospecha.
—¿Estás hablando de la chica de la playa? He visto cómo pasas tiempo con ella.
—Se llama Fennel —dijo Mai con firmeza—. Es inteligente, conoce el reino desde una perspectiva que nosotros no tenemos y quiero que sea mi dama de compañía. Ella sueña con viajar y conocer Dvlaois. Por favor, Albert... déjame darle esta oportunidad. Ella me cuida de una manera que las criadas nobles no hacen.
Albert suspiró, dejando los pies de Mai y sentándose a su lado para rodearla con sus brazos.
—Sabes que no me gusta meter a extraños en nuestro círculo íntimo, Mai. Mi instinto es alejar a cualquiera que pueda distraerte de mí.
—Ella no me distraerá de ti, Albert. Me ayudará a ser la reina que tú quieres que sea. Me hace sentir... normal. Y eso me da fuerzas para enfrentar el protocolo cuando regresemos.
Albert guardó silencio durante un largo rato, observando el fuego. Finalmente, besó la sien de su esposa.
—Si ella te hace feliz y te da esa paz que tanto necesitas, entonces que así sea. Ordenaré que se le asigne un tutor de etiqueta inmediato para que pueda viajar con nosotros al final de la luna de miel. Pero si comete un solo error que te ponga en peligro o te cause estrés...
—No lo hará —lo interrumpió Mai, sellando el trato con un beso—. Gracias, Albert. Eres... mucho más comprensivo de lo que el juego decía que serías.
Albert sonrió de esa forma oscura y posesiva que tanto la excitaba.
—El juego no conocía a la mujer por la que estaría dispuesto a quemar el mundo entero.
La luna de miel continuó entre el descubrimiento de la isla y el descubrimiento mutuo. Mai dejó atrás sus inseguridades, abrazando su papel de madre y esposa con una confianza renovada. Albert, por su parte, parecía haber encontrado un equilibrio precario pero funcional entre su naturaleza yandere y su respeto por la voluntad de Mai.
El último día en la isla, Mai y Fennel estaban en el muelle, observando cómo cargaban el equipaje real en el gran barco que los llevaría de vuelta a la capital.
—¿Estás lista para esto, Fennel? —preguntó Mai—. La vida en el palacio no es tan tranquila como aquí.
Fennel, vestida ahora con un traje de viaje más formal pero aún conservando su espíritu libre, asintió con determinación.
—Mientras esté a su lado, Majestad, iré a cualquier parte. Gracias por darme un horizonte que no termina en el mar.
Albert se acercó a ellas, rodeando la cintura de Mai con un brazo protector y lanzando una mirada de advertencia a Fennel que hizo que la joven diera un paso atrás por instinto.
—Es hora de irnos —dijo el Rey—. Dvlaois espera a su soberana. Y yo... yo espero el momento en que volvamos a estar encerrados tras los muros del palacio, donde nadie pueda interrumpir mi adoración por ti.
Mai sonrió, apoyando la cabeza en el hombro de su marido mientras el barco comenzaba a alejarse de la costa. El sol se ponía sobre la isla, marcando el fin de su luna de miel, pero frente a ella se extendía un reino entero por gobernar, una nueva amiga a la que guiar y una vida que, aunque nacida de una fantasía, se sentía más real y vibrante que cualquier cosa que hubiera imaginado jamás. Ella ya no era solo Sophie, la protagonista de un juego; era Mai, la Reina de Dvlaois, la mujer que había convertido la obsesión de un príncipe en el cimiento de un nuevo imperio.