el regreso de shoko komi reencranada en una mujer lobo y la promesa de hace 30 años
El Cruce de las Bestias y los Guerreros: El Banquete del Reino de Ozmargo
La Isla Ganryu ya no era más que un eco en la distancia mientras el masivo portal dimensional, forjado por la voluntad de Shoko Komi y la energía de la Armadura de Messiah, se estabilizaba en el corazón del Reino de Ozmargo. El aire aquí era diferente: denso, cargado de una magia antigua y el aroma de la tierra salvaje. Shoko, erguida con su armadura de diamante que ahora emitía un brillo suave y acogedor, lideraba a un grupo que desafiaba cualquier lógica de la naturaleza.
—Bienvenidos a Ozmargo —anunció Komi, su voz resonando con una claridad cristalina que ya no conocía la timidez del pasado—. Este es el reino de mis amigos, Leonhart y Sariphi. Por favor, mantengan la compostura; los ciudadanos de aquí no están acostumbrados a ver a tantos humanos juntos.
Detrás de ella, la delegación de la Asociación Kengan desembarcó con una mezcla de asombro y beligerancia contenida. Yoshinari Karo, el gigante de los mares, inhaló profundamente, detectando el aroma de criaturas marinas que no existían en los océanos de la Tierra. A su lado, Inaba Ryo caminaba de forma encorvada, su largo cabello arrastrándose como una entidad viva, mientras sus ojos negros analizaban las sombras de los colosales árboles.
—¡Increíble! ¡Este lugar rebosa de una energía salvaje! —exclamó Saw Paing, golpeando su propia frente con entusiasmo—. ¡Siento que mis huesos se vuelven más fuertes solo con respirar!
—Cállate, Saw Paing —gruñó Akoya Seishu, con la mano cerca de su cinturón, sus ojos escaneando el entorno en busca de cualquier "injusticia" que castigar—. Este lugar es un nido de monstruos. La justicia debe ser vigilante.
Muteba Gizenga, vestido con un traje de sastre impecable que contrastaba con el entorno selvático, ajustó sus audífonos sensoriales.
—Escucho miles de latidos, y ninguno es humano —murmuró el mercenario con una sonrisa depredadora—. Esto será interesante.
Desde la distancia, una figura imponente se acercó. El Rey Leonhart, en su forma de bestia majestuosa, caminaba con paso firme, flanqueado por su fiel canciller Anubis y la radiante Sariphi, quien corrió hacia Komi en cuanto la vio.
—¡Shoko! ¡Has llegado! —Sariphi abrazó a la mujer lobo de diamante con fuerza—. ¡Y has traído a tanta gente! Leonhart ha preparado un banquete, aunque Anubis todavía está un poco preocupado por la cantidad de comida que consumen tus amigos luchadores.
—Es una preocupación legítima, Reina Sariphi —intervino Anubis, mirando con desconfianza a Julius Reinhold, quien parecía una montaña de músculos incluso frente a los guardias bestia de la capital—. Ese hombre de allí parece consumir más calorías que un batallón entero de mis soldados.
Komi sonrió, una expresión que iluminó su rostro de loba.
—No te preocupes, Anubis. He traído suministros de otros mundos para compensar —dijo ella, agitando su mano y materializando cajas de provisiones de alta calidad que aparecieron de la nada—. Además, mis amigos son invitados de honor.
El grupo se dirigió hacia el palacio, una maravilla arquitectónica tallada directamente en la roca y los árboles vivientes. Sin embargo, la paz del momento se vio interrumpida por una presencia colosal que descansaba en los jardines exteriores. Jormungand, la serpiente del mundo, yacía enroscada como una cordillera de escamas esmeralda. Al sentir la llegada de los guerreros, levantó su cabeza, sus ojos dorados fijándose en los recién llegados.
—Vaya... —Muteba se detuvo, sintiendo la inmensidad de la criatura—. Eso es algo que no se ve todos los días en el circuito Kengan.
—Es un guardián del equilibrio —explicó Komi, acercándose a la gran serpiente y poniendo su mano de diamante sobre sus escamas—. Jormungand nos acompañará durante la estancia.
Mientras los sirvientes bestia acomodaban a los invitados, un informe urgente llegó a los oídos de Leonhart. Un mensajero alado descendió en picada, jadeando por el esfuerzo.
—¡Majestad! ¡Se han avistado velas en el horizonte del Mar de las Sombras! —gritó el mensajero—. Es la tripulación de Galois. Se dirigen hacia aquí con intenciones desconocidas.
El ambiente en la sala del trono cambió instantáneamente. Sariphi palideció ligeramente, conociendo la reputación de los piratas y las tensiones que siempre traían consigo. Leonhart rugió suavemente, un sonido que hizo vibrar las ventanas del palacio.
—Galois... —murmuró el Rey—. Siempre buscando el momento de mayor debilidad.
Komi dio un paso al frente, su armadura de diamante refractando la luz en destellos amenazantes.
—No vienen en un momento de debilidad, Leonhart —dijo ella, volviéndose hacia sus amigos de la Asociación Kengan—. Vienen en el momento en que Ozmargo tiene a los guerreros más fuertes de varios mundos bajo su techo.
—¿Piratas? —Sekibayashi Jun se tronó los dedos, con una sonrisa de luchador profesional—. Bueno, siempre he querido saber cómo se siente aplicar un suplex en la cubierta de un barco en movimiento.
—Si buscan conflicto, encontrarán la aniquilación —añadió Julius Reinhold, cruzando sus brazos masivos, sus músculos tensándose como cuerdas de acero.
Leonhart miró a Komi y luego a la variopinta colección de humanos y superhumanos que la seguían.
—Preparen la recepción en el puerto —ordenó el Rey—. Si Galois viene en son de paz, será recibido. Si viene por la fuerza, conocerá el poder de la alianza de los mil mundos.
El puerto de Ozmargo era una estructura impresionante donde los barcos de piedra y madera mágica atracaban. El grupo se posicionó estratégicamente. Komi se situó en el centro, flanqueada por Tadano y Sariphi. A los lados, los peleadores Kengan formaron una línea de defensa que intimidaría a cualquier ejército.
Saw Paing y Keizaburo charlaban con entusiasmo sobre la resistencia de las maderas locales, mientras Akoya permanecía en un silencio sepulcral, su mirada fija en el horizonte marino. Muteba Gizenga se había situado en un punto elevado, con un rifle de precisión que Komi le había permitido traer, aunque dudaba que lo necesitara con sus sentidos mejorados.
Finalmente, el barco de Galois apareció. Era una nave imponente, adornada con trofeos de caza y símbolos de poder. Cuando la pasarela descendió, un grupo de guerreros de aspecto rudo y curtido por mil batallas desembarcó. Al frente iba Galois, un hombre que irradiaba una autoridad salvaje, similar a la de Leonhart pero con un tinte de ambición desmedida.
Galois se detuvo en seco al ver la recepción. No esperaba encontrar a una mujer lobo blindada en diamantes, ni a un grupo de humanos que parecían haber sido esculpidos por los dioses de la guerra.
—Rey Leonhart —dijo Galois, su voz áspera como la arena—. Veo que has estado ocupado coleccionando... rarezas de otros mundos.
—No son rarezas, Galois —respondió Leonhart, dando un paso adelante, su sombra cubriendo gran parte del muelle—. Son mis invitados y aliados. ¿A qué se debe tu visita inesperada?
Galois paseó la mirada por los peleadores Kengan. Se detuvo en Julius, luego en el inquietante Inaba, y finalmente en Komi.
—He oído rumores sobre una "Diosa Silenciosa" que regresó de las grietas dimensionales —dijo Galois, fijando sus ojos en Shoko—. Dicen que posee una armadura hecha de la esencia misma de los mundos. He venido a ver si la leyenda es cierta o si solo es otro truco de Ozmargo para mantener a raya a sus rivales.
Komi dio un paso adelante. No desvainó ninguna de sus seis espadas, pero la presión espiritual que emanó de ella hizo que los hombres de Galois retrocedieran un paso instintivamente.
—La leyenda es cierta —dijo Komi con calma—. Pero el poder que porto no es para el espectáculo, ni para la conquista. Es para proteger la paz que tanto nos ha costado construir. Si has venido a desafiar esa paz, Galois, te sugiero que mires a mi alrededor.
Saw Paing lanzó un grito de guerra espontáneo, golpeando el suelo con tal fuerza que el muelle de piedra se agrietó.
—¡YEEAAAHH! ¡Estamos listos para el intercambio de golpes cuando quieras! —gritó el luchador de Lethei.
Galois soltó una carcajada, aunque había una nota de nerviosismo en su voz.
—Interesante. Muy interesante. No he venido a iniciar una guerra hoy, Leonhart. Solo quería confirmar el calibre de tus nuevos defensores. Parece que el Reino de Ozmargo es más inexpugnable de lo que pensaba.
—Entonces, si no hay guerra, que haya hospitalidad —intervino Sariphi, caminando hacia adelante con la valentía que la caracterizaba—. Invitamos a la tripulación de Galois al banquete. Pero bajo una condición: cualquier acto de violencia será respondido por todos nosotros.
Galois asintió, reconociendo la derrota diplomática antes de que empezara.
El banquete en el gran salón de Ozmargo fue algo que los historiadores de ambos mundos recordarían por siglos. En una mesa larga, Yoshinari Karo compartía historias de pesca con monstruos marinos de Ozmargo, mientras Inaba Ryo sorprendía a las bestias locales con sus trucos de agilidad y el uso de su cabello para servir bebidas.
Muteba Gizenga se encontraba rodeado de las damas de la corte bestia, encantándolas con historias de sus viajes por el mundo humano, mientras Mestelexil observaba con curiosidad las técnicas de manipulación de energía que Ohma Tokita le explicaba.
—Entonces, el "Flujo de Poder" se basa en la gestión de la energía cinética del oponente... —murmuraba el Shura, fascinado—. Es similar a nuestras artes arcanas, pero sin el uso de maná externo. Fascinante.
Komi estaba sentada entre Tadano y Leonhart. Observaba la escena con una satisfacción profunda. Ver a los peleadores Kengan, hombres que vivían por y para el combate, compartiendo comida y risas con las bestias de Ozmargo, era la prueba viviente de que su misión de "hacer cien amigos" había trascendido las fronteras de la realidad.
—Lo lograste, Komi-san —susurró Tadano, acercándose a ella—. Has unido mundos que ni siquiera sabían que el otro existía.
Komi tomó la mano de Tadano bajo la mesa. El diamante de su armadura brilló con un tono cálido, casi rosado.
—Todavía queda mucho por hacer —respondió ella—. Pero ver esto... me hace sentir que los treinta años de espera valieron la pena.
Sin embargo, en un rincón del salón, Galois observaba a Komi con una mirada que no era del todo amistosa. Se acercó a ella, sosteniendo una copa de vino de bayas.
—Dime, Diosa de Diamante —dijo Galois en voz baja—, ¿qué harás cuando los mundos que has unido empiecen a chocar por sus propias ambiciones? La paz es un cristal hermoso, pero muy frágil.
Komi lo miró fijamente. Sus ojos dorados de loba no vacilaron.
—El cristal de diamante no se rompe fácilmente, Galois. Y si se quiebra, yo misma forjaré las piezas de nuevo. No soy solo una observadora; soy la portadora del Messiah. Mi voluntad es el pegamento de estos mundos.
Galois sonrió de lado, impresionado por la determinación de la mujer.
—Espero que tengas razón. Por ahora, disfrutaré de tu comida.
La noche continuó con demostraciones de fuerza amistosas. Saw Paing y un guerrero rinoceronte de Ozmargo compitieron en un duelo de cabezazos que casi derriba una columna del palacio, para el horror de Anubis y la risa histérica de Najimi, quien de alguna manera había logrado organizar apuestas entre los guardias.
—¡Cinco monedas de oro al humano de la cabeza de piedra! —gritaba Najimi, saltando sobre una mesa.
Jormungand, desde el exterior, asomó su cabeza por una de las grandes aberturas del salón, emitiendo un siseo bajo que fue interpretado por los presentes como una señal de aprobación. La serpiente del mundo parecía satisfecha con la vibración de vida que emanaba del palacio.
Cuando las estrellas de Ozmargo —constelaciones que no figuraban en ningún mapa terrestre— alcanzaron su cenit, Komi salió a uno de los balcones. El aire nocturno era fresco y traía consigo los sonidos de la selva mágica.
Tadano la siguió, manteniéndose a una distancia respetuosa.
—¿En qué piensas, Shoko? —preguntó él, usando su nombre de pila, algo que solo hacía en momentos de profunda intimidad.
—En que este es solo el comienzo —dijo ella, mirando hacia el horizonte donde el Mar de las Sombras brillaba bajo la luna—. He traído a mis amigos aquí para que vean que no hay nada que temer de lo diferente. Pero sé que hay fuerzas allá afuera, en los vacíos entre dimensiones, que no están felices con esta unión. El Prototipo fue solo una sombra de lo que vendrá.
Komi se volvió hacia Tadano, y por un momento, la guerrera desapareció, dejando ver a la chica que todavía quería comunicarse con el corazón.
—Pero no tengo miedo —continuó—. Porque ahora no solo tengo cien amigos. Tengo ejércitos, tengo reyes y tengo a la persona que siempre creyó en mí, incluso cuando no podía decir una palabra.
Tadano sonrió y la abrazó. La armadura de diamante se sintió fría al tacto, pero el calor que emanaba de Shoko era suficiente para calentar toda la noche.
—Siempre estaré aquí, Komi-san. En este mundo, en el tuyo o en cualquier otro que decidas visitar.
El banquete en Ozmargo terminó con una nota de esperanza. Los guerreros Kengan regresaron a sus aposentos con un nuevo respeto por las "bestias", y los ciudadanos de Ozmargo comprendieron que los humanos no eran solo presas o enemigos, sino seres capaces de una fuerza y una lealtad inmensas.
Galois y su tripulación zarparon al amanecer, pero no como conquistadores, sino como testigos de un nuevo orden. La noticia de la alianza entre la Diosa de Diamante, el Rey de las Bestias y los Guerreros del Puño se extendió por todos los mares y bosques de la dimensión.
Komi, de pie en la torre más alta del palacio, observó el sol nacer sobre Ozmargo. Su armadura brilló con la luz del nuevo día, una luz que prometía que, mientras ella estuviera presente, el aullido del Mesías sería siempre un canto de protección y nunca más un grito de soledad. El Reino de Ozmargo estaba a salvo, y el multiverso, por fin, comenzaba a hablar el mismo idioma: el idioma del respeto y la amistad.