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Estrellas

Sangre, ritmo y un eco de gloria

La Ciudad de México despertó con una lluvia fina que golpeaba los ventanales del gimnasio, creando una atmósfera de aislamiento, como si el resto del mundo no existiera y solo quedaran ellos dos, el ring y el rastro de un beso que todavía quemaba. Iván sentía que el suelo bajo sus pies era inestable, no por el cansancio físico, sino por la mirada de ella. La boxeadora lo observaba mientras se soltaba la trenza, dejando que su cabello oscuro cayera sobre sus hombros, un contraste salvaje con la dureza de sus guantes.

Ella no dijo nada durante varios minutos. Simplemente caminó hacia el pequeño sistema de sonido del gimnasio y conectó su teléfono. De repente, las paredes de concreto vibraron con una melodía que Iván conocía demasiado bien. Era "La Curiosidad". Escuchar su propia voz, cargada de melancolía y guitarras acústicas, en aquel templo de sudor y golpes, le resultó surrealista.

—¿Por qué pones mi música? —preguntó Iván, recargándose en las cuerdas, tratando de que su voz no temblara.

—Porque quiero entender —respondió ella, acercándose lentamente, marcando cada paso con una elegancia felina—. Quiero entender cómo alguien que canta con tanta vulnerabilidad tuvo el valor de besarme así. ¿Fue el artista el que me besó, Iván? ¿O fue el hombre que está aprendiendo a pelear?

Iván bajó la mirada un segundo, sonriendo con una mezcla de timidez y orgullo.

—Creo que el artista y el hombre son lo mismo cuando se trata de ti. No puedo separarlos. Eres... eres como una canción que no puedo terminar de escribir porque siempre me sorprendes con una nota nueva.

Ella soltó una risa suave, pero esta vez no era una burla. Se detuvo frente a él, tan cerca que Iván pudo ver la cicatriz casi invisible en su ceja izquierda, un trofeo de alguna batalla pasada. Ella estiró la mano y, con una delicadeza que contrastaba con su fuerza, trazó la línea de la mandíbula del cantante.

—Eres peligroso, Cornejo. Tienes palabras que cortan más que un jab de derecha. Pero aquí —ella señaló el centro del ring— las palabras no te salvan cuando suena la campana.

—Lo sé —dijo él, atrapando su mano y entrelazando sus dedos con los de ella—. Pero hoy no quiero que me salven. Solo quiero estar aquí.

El momento de paz fue interrumpido por el sonido de la puerta metálica abriéndose. Un grupo de boxeadores jóvenes, seguidos por un par de los "pretendientes" habituales de ella —aquellos que siempre llevaban flores o batidos de proteínas con la esperanza de obtener una mirada— entraron al recinto. El ambiente cambió instantáneamente. Ella, con una rapidez asombrosa, recuperó su máscara de frialdad y coquetería profesional. Se soltó de Iván y le dio un empujoncito juguetón.

—¡Venga, poeta! ¡A la bolsa! —gritó para que todos escucharan—. ¡Si te quedas ahí parado, las cuerdas te van a comer vivo!

Iván suspiró, sintiendo el pinchazo de la decepción, pero entendió el juego. Ella tenía un estatus que mantener, una imagen de invulnerabilidad que era su armadura en un mundo de hombres. Se dirigió al costal pesado y empezó a golpear, intentando aplicar lo que ella le había enseñado.

Uno de los pretendientes, un tipo alto con un tatuaje de un león en el pecho, se acercó a la boxeadora con una sonrisa de suficiencia.

—¿Todavía perdiendo el tiempo con el músico, reina? —preguntó el tipo, lanzando una mirada despectiva hacia Iván—. Si quieres ver acción de verdad, podrías venir a verme hacer sparring con los de peso pesado.

Ella se cruzó de brazos, ladeando la cabeza. Sus ojos brillaron con esa chispa peligrosa que Iván ya conocía.

—Iván tiene algo que tú no tienes, Leo —dijo ella, con una voz lo suficientemente alta como para que el cantante la oyera—. Él sabe escuchar. Y sabe que en este ring, el tamaño no importa tanto como el corazón. Además —añadió con un guiño malicioso—, sus manos son mucho más interesantes que las tuyas.

El tal Leo se puso rojo de rabia, mientras los demás boxeadores soltaban una exclamación de asombro. Iván, por su parte, sintió un subidón de adrenalina. No era solo por el halago, sino por la forma en que ella lo defendía, incluso si lo hacía de esa manera tan suya, tan provocadora.

—¿Ah, sí? —retó Leo, volviéndose hacia Iván—. Oye, Cornejo. Ya que te sientes tan valiente, ¿por qué no subes al ring conmigo? Un round suave. Solo para que veas la diferencia entre tocar la guitarra y recibir un impacto real.

El gimnasio se quedó en silencio. Iván dejó de golpear el costal. Sabía que era una trampa, una humillación pública diseñada para sacarlo de su territorio. Miró a la boxeadora. Ella no intervino de inmediato; quería ver qué hacía él. Sus ojos le decían: "Demuéstrame quién eres".

—No tengo nada que demostrarte a ti —dijo Iván, quitándose el sudor de la frente con el antebrazo—. Pero si quieres moverte un poco, no tengo problema. Solo no llores si te ensucio el tatuaje.

La risa general estalló en el gimnasio. Incluso ella soltó una carcajada, impresionada por la audacia de Iván.

—¡Bien dicho! —exclamó ella, saltando sobre las cuerdas—. Pero yo seré la referee. No quiero que nadie termine en el hospital antes del desayuno.

Iván subió al ring. El corazón le latía con una fuerza violenta, una mezcla de miedo y una excitación desconocida. Leo entró con movimientos exagerados, tratando de intimidarlo. Iván recordó las palabras de ella: "Relaja los hombros. Siente el ritmo".

—¡Tiempo! —gritó ella.

Leo salió disparado, lanzando golpes largos y potentes que Iván apenas logró esquivar por puro instinto. El aire de los puños pasaba rozando su cara, y el sonido era aterrador. Iván se mantuvo en la periferia, moviendo los pies como ella le había enseñado, tratando de encontrar un patrón en la agresividad de su oponente.

—¡Muévete, Iván! ¡Usa el espacio! —le gritaba ella desde una esquina, con la mirada fija en cada movimiento.

Leo, frustrado por no poder conectar un golpe limpio contra el "niño bueno" de las baladas, cometió un error. Se lanzó con un volado de derecha demasiado abierto, dejando su flanco izquierdo totalmente expuesto. Iván lo vio. Fue como si el tiempo se ralentizara, como si la música de sus canciones le dictara el compás. Se agachó, giró la cadera y lanzó un gancho al hígado con toda la fuerza de su frustración y su deseo.

El golpe conectó de lleno. Leo soltó un quejido sordo y se dobló por la mitad, retrocediendo hacia las cuerdas mientras buscaba aire desesperadamente.

El gimnasio enmudeció. Nadie esperaba que el músico tuviera ese veneno en las manos.

—¡Basta! —ordenó ella, interponiéndose entre ambos con una sonrisa radiante—. Creo que Leo ya tuvo suficiente "ritmo" por hoy.

Iván bajó los guantes, jadeando, con los nudillos ardiendo a pesar de las vendas. Miró a Leo, que todavía intentaba recuperar el aliento, y luego a ella. La boxeadora se acercó a él y, frente a todos, le pasó una toalla por el cuello, ignorando las miradas atónitas de los demás.

—Nada mal, poeta —susurró ella, solo para sus oídos—. Ese gancho tuvo melodía.

—Tuve una buena maestra —respondió él, tratando de recuperar la compostura.

—Váyanse todos a entrenar —ordenó ella al resto del grupo con un tono autoritario que no admitía réplicas—. El show se acabó.

Cuando el gimnasio volvió a su rutina de ruidos rítmicos, ella llevó a Iván hacia la zona de las duchas, lejos de las miradas curiosas. Se detuvieron en el pasillo estrecho, donde el vapor del agua caliente empezaba a filtrarse por debajo de las puertas.

—¿Estás bien? —preguntó ella, examinando sus manos—. Te arriesgaste mucho. Leo es un idiota, pero pega fuerte.

—Valió la pena —dijo Iván, acortando la distancia entre ellos—. No podía dejar que pensara que solo soy un chico triste con una guitarra. Especialmente no delante de ti.

Ella suspiró, dejando caer su frente contra el hombro de él. Por un momento, la guerrera desapareció y solo quedó la mujer que cargaba con el peso de ser la mejor de un continente.

—A veces odio este lugar —confesó ella en voz baja—. Todos quieren algo de mí. Un autógrafo, una pelea, un beso para presumir... Pero tú... tú me miras como si fuera una persona, no un trofeo.

Iván la rodeó con sus brazos, sintiendo la calidez de su cuerpo contra el suyo.

—Para mí eres ambas cosas —murmuró él—. Eres el trofeo más difícil de ganar y la persona más increíble que he conocido. Pero no quiero presumirte. Quiero conocerte. Realmente conocerte.

Ella levantó la vista, y esta vez no había rastro de su habitual picardía. Había una vulnerabilidad cruda que hizo que el corazón de Iván se encogiera.

—Nadie me conoce de verdad, Iván. Solo conocen a la que gana rounds.

—Entonces enséñame —pidió él—. Enséñame a la mujer que hay debajo de los guantes. Yo te enseñaré las canciones que nunca he grabado.

Ella sonrió de lado, recuperando un poco de su chispa.

—Es un trato justo. Pero te advierto una cosa: soy mucho más complicada que una de tus rimas.

—Me gustan los retos, ¿recuerdas? —respondió Iván con una sonrisa.

Ella lo tomó de la nuca y lo besó de nuevo, pero esta vez fue un beso lento, exploratorio, un pacto sellado entre el sudor y la esperanza. Cuando se separaron, ella le dio un pequeño golpe en la mejilla.

—Ve a bañarte. Hueles a victoria y a gimnasio viejo, y prefiero lo primero. Te espero afuera en veinte minutos. Vamos a desayunar a un lugar donde nadie me pida fotos.

Iván asintió, viéndola alejarse con ese caminar seguro que lo volvía loco. Mientras se quitaba las vendas, se dio cuenta de que sus manos estaban temblando, pero no era por el esfuerzo físico. Era por la comprensión de que su vida acababa de cambiar de rumbo. Ya no era solo el chico que cantaba sobre el amor perdido; ahora era el hombre que estaba dispuesto a pelear por un amor que apenas comenzaba a florecer entre cuerdas de acero y guantes de seda.

Minutos después, Iván salió del gimnasio. Ella lo esperaba apoyada en su coche, una camioneta negra imponente que encajaba perfectamente con su personalidad. Se había cambiado de ropa y llevaba unos jeans ajustados y una chaqueta de cuero que la hacía ver como una estrella de rock.

—¿A dónde vamos? —preguntó Iván, subiendo al asiento del copiloto.

—A un lugar secreto —respondió ella, arrancando el motor—. Un lugar donde la campeona de Latinoamérica puede ser solo una chica que tiene mucha hambre y el cantante más famoso de México puede ser solo un chico que necesita aprender a poner la guardia más alta.

Mientras salían del estacionamiento, Iván vio a un par de las pretendientes de ella mirándolos con envidia desde la acera. Ella las saludó con un gesto rápido y luego puso su mano sobre la rodilla de Iván, apretándola suavemente.

—¿Sabes? —dijo ella mientras se incorporaba al tráfico de la ciudad—. Nunca pensé que me gustaría alguien que usa tantas palabras bonitas. Siempre pensé que me aburrirían.

—¿Y te aburro? —preguntó Iván, mirándola de reojo.

Ella lo miró un segundo, con esos ojos café que brillaban bajo la luz de la mañana, y sonrió de una manera que le quitó el aliento.

—Ni un poco, Cornejo. Ni un poco.

El viaje fue tranquilo, lleno de una charla fluida que no necesitaba de grandes esfuerzos. Ella le contó sobre su infancia en un barrio humilde, de cómo el boxeo había sido su escape y su salvación. Iván le habló de su familia, de la primera vez que tomó una guitarra y del miedo que sentía cada vez que subía a un escenario. Descubrieron que, a pesar de venir de mundos tan diferentes, compartían la misma soledad que conlleva el éxito y la misma hambre de ser comprendidos por algo más que su talento.

Llegaron a un pequeño puesto de tacos en una esquina escondida de la ciudad. El lugar era sencillo, pero el aroma era celestial. El dueño, un hombre mayor con el rostro surcado de arrugas, saludó a la boxeadora con un abrazo familiar.

—¡Campeona! ¡Qué milagro! —exclamó el hombre—. ¿Y este muchacho? No me digas que es otro de tus guardaespaldas.

Ella soltó una carcajada y pasó su brazo por la cintura de Iván.

—No, Don Chucho. Él es Iván. Es... un amigo especial. Y canta mejor de lo que pelea, así que trátelo bien.

Don Chucho miró a Iván con curiosidad y luego asintió con aprobación.

—Si ella te trajo aquí, es porque vales la pena, muchacho. Siéntense, les traigo lo de siempre.

Comieron entre risas y confesiones a medias. Ella era coqueta por naturaleza, lanzándole miradas sugerentes mientras comía, disfrutando de la forma en que Iván se sonrojaba ante sus comentarios más atrevidos. Tenía un sentido del humor afilado, capaz de darle la vuelta a cualquier situación.

—Entonces —dijo ella, limpiándose los labios con una servilleta de papel—, ¿cuándo voy a escuchar esa canción que supuestamente estás escribiendo sobre mí?

—Cuando esté terminada —respondió Iván—. No puedo apresurar la perfección.

—Eres un romántico empedernido —dijo ella, negando con la cabeza—. Pero me gusta. Es un cambio agradable después de tantos tipos que solo hablan de sus músculos o de sus coches.

—Espero que sea suficiente para que me dejes volver mañana —dijo Iván con tono serio.

Ella se inclinó sobre la mesa, quedando a pocos centímetros de su rostro.

—Mañana es sábado, Iván. Mañana no hay entrenamiento oficial.

—Oh —dijo él, sintiendo una punzada de decepción.

—Pero —continuó ella con una sonrisa traviesa—, tengo una pelea de exhibición en la noche. Es algo privado, para patrocinadores. Quiero que estés ahí. En mi esquina.

Iván sintió que el corazón le daba un vuelco. Estar en su esquina significaba entrar en su círculo íntimo, en el lugar donde ella era más vulnerable y más poderosa a la vez.

—Estaré allí —prometió él—. No me lo perdería por nada del mundo.

—Bien —dijo ella, levantándose de la mesa—. Porque después de la pelea, tengo planeado celebrar. Y creo que vas a querer estar presente para eso también.

Le guiñó un ojo y caminó hacia la salida, dejando a Iván con una mezcla de anticipación y deseo que amenazaba con desbordarlo. Sabía que lo que estaba viviendo no era una de sus canciones tristes. Era algo nuevo, algo que se escribía con sangre, sudor y el sabor de una mujer que era, sin duda alguna, su mejor y más peligrosa debilidad.

Mientras subían de nuevo a la camioneta, Iván miró sus manos vendadas. Ya no le dolían. Ahora, cada marca y cada roce eran recordatorios de que había encontrado a alguien que lo desafiaba a ser más que un espectador de su propia vida. Ella arrancó el coche, y mientras la música de Iván volvía a sonar en los altavoces, él supo que el próximo capítulo de su historia no se cantaría, se viviría round tras round.