Estrellas
La danza de las sombras y el deseo
La noche había sido un campo de batalla para Iván. Cada vez que cerraba los ojos, el sabor a sal y manzana volvía a invadir sus sentidos, y la presión de los labios de ella se sentía tan real que estiraba la mano en la oscuridad, esperando encontrar esa piel morena y firme. No pudo dormir. Se quedó mirando el techo, con la guitarra a un lado, sintiendo que los acordes de sus canciones habituales se quedaban cortos para describir la tormenta que tenía en el pecho. Ella besaba con la misma intensidad con la que golpeaba: con precisión, con fuerza y con una intención que te dejaba sin aliento.
A las cinco de la mañana, Iván ya estaba fuera de su cama. Se sentía eléctrico, con las ojeras marcadas pero el pulso acelerado. Cuando llegó al gimnasio, el ambiente ya estaba cargado.
Al entrar, la vio. Hoy parecía haber decidido llevar su magnetismo a un nivel insoportable. Vestía un conjunto de boxeo profesional completamente negro, con detalles en un oro tan brillante que parecía fuego líquido bajo las luces del local. El top deportivo enmarcaba sus hombros definidos y sus abdominales perfectos, mientras que los shorts cortos dejaban ver la potencia de sus piernas. Su piel morena clara brillaba con una ligera capa de aceite o sudor temprano, y sus ojos cafés tenían ese brillo de quien sabe que tiene el mundo a sus pies.
En una esquina, una de sus pretendientes más asiduas, una chica que solía llevarle flores después de los entrenamientos, se puso pálida al verla realizar una serie de ganchos al aire. El impacto visual de la boxeadora era tal que la joven terminó sentándose bruscamente, abanicándose con la mano antes de que sus amigos la ayudaran a salir por aire fresco.
Ella ni siquiera se inmutó. Estaba acostumbrada a causar desmayos, suspiros y envidias. Pero en cuanto sus ojos se cruzaron con los de Iván, esa máscara de frialdad profesional se agrietó para dar paso a una sonrisa traviesa.
—Vaya, el poeta parece que se peleó con la almohada y perdió por knockout —dijo ella, acercándose a él mientras se ajustaba los guantes—. Tienes unas ojeras que llegan hasta el piso, Cornejo.
—No pude dormir mucho —admitió Iván, tratando de que su voz no sonara tan ronca como se sentía.
—¿Ah, sí? —Ella se detuvo frente a él, invadiendo su espacio personal sin ningún pudor—. ¿Y qué fue lo que te mantuvo despierto? ¿Alguna rima rebelde o el recuerdo de cómo te derribé ayer?
—Un poco de ambas —respondió él, sosteniéndole la mirada a pesar del cansancio.
El gimnasio comenzó a vaciarse poco a poco. Los admiradores, al ver que la campeona iba a iniciar una sesión privada con "el chico de la guitarra", entendieron que no había lugar para espectadores. Cuando la última puerta se cerró y el eco de los sacos golpeados por otros boxeadores en el fondo se volvió un murmullo lejano, ella se giró hacia él.
—Bueno, Iván. Hoy te ves fatal, así que no te voy a dar tan duro. Vamos a trabajar el cuerpo a cuerpo, pero de verdad. Quiero que sientas la presión.
Empezaron a moverse. Iván intentaba seguirle el ritmo, pero su mente estaba en otro lado. La veía moverse, veía la elasticidad de sus músculos, la forma en que su pecho subía y bajaba con la respiración, y una idea empezó a formarse en su cabeza, una curiosidad prohibida que nació del beso del día anterior. Si ella era así de dominante, así de fuerte y técnica en un ring, ¿cómo sería cuando las luces se apagaran?
—Estás distraído —dijo ella, dándole un toque suave en la mejilla con el guante—. ¿En qué piensas? Si no te concentras, te voy a dejar un recuerdo en el ojo.
Iván se detuvo, bajando la guardia. La miró fijamente, sintiendo que el cansancio le quitaba los filtros que normalmente lo hacían un chico tímido y reservado.
—Estaba pensando... —hizo una pausa, tragando saliva—, que eres la mejor de Latinoamérica. Eres fuerte, eres rápida y no dejas que nadie te gane.
—Eso ya lo sé, poeta. Dime algo nuevo —respondió ella, arqueando una ceja con arrogancia.
—Me preguntaba... si eres tan intensa en todo —dijo Iván, bajando la voz—. Si así como peleas y como besas... ¿cómo eres en la cama? ¿También ahí tienes que ganar siempre?
El silencio que siguió fue absoluto. La boxeadora se quedó estática, con un guante a medio camino de su rostro. Por un momento, Iván pensó que ella se ofendería o que le daría un golpe de verdad que lo mandaría directo al hospital. Pero entonces, ella soltó una carcajada limpia y sonora que resonó en todo el gimnasio.
—¡Dios mío, Cornejo! —dijo ella entre risas, apoyándose en las cuerdas del ring—. Debí imaginar que detrás de esa cara de niño bueno se escondía un sinvergüenza. ¿Esa es tu forma de coquetear? ¿Preguntarme por mi rendimiento bajo las sábanas?
Iván sintió que el calor le subía por el cuello, pero no apartó la vista.
—Es una duda genuina —insistió él, tratando de mantener la compostura—. Eres una guerrera. Me cuesta imaginarte siendo... delicada.
Ella dejó de reír, aunque mantuvo esa sonrisa burlona. Se acercó a él, caminando con esa lentitud depredadora que lo hacía sentir como una presa. Se detuvo tan cerca que Iván podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo.
—Mira, Iván —susurró ella, inclinándose hacia su oído—, en el ring soy una fiera, pero en la cama... soy el incendio completo. No me gusta que me pidan permiso, me gusta que me sigan el ritmo, y te aseguro que muy pocos hombres han tenido la resistencia necesaria para aguantar más de un asalto conmigo. Soy exigente, soy ruda y me gusta que me hagan olvidar que soy la campeona para convertirme en algo mucho más salvaje.
Iván sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado del gimnasio. La imagen mental que ella acababa de evocar era más potente que cualquier golpe.
—¿Y tú? —preguntó ella, alejándose apenas unos centímetros para verle la cara—. Mucha pregunta atrevida, pero apuesto a que tú eres de los que apagan la luz y piden perdón por cada suspiro. ¿Cómo eres tú, Iván? ¿O es que tus canciones de desamor son porque nunca has sabido qué hacer con una mujer de verdad?
Iván apretó los labios. La verdad le quemaba en la garganta, pero no quería mentirle a ella. No a ella.
—Nunca he tenido sexo —soltó él, con una honestidad que le dolió en el orgullo.
La boxeadora abrió los ojos de par en par. Esta vez no se burló de inmediato. Lo analizó, buscando alguna señal de que fuera una broma, pero solo encontró la sinceridad cruda en los ojos oscuros del cantante.
—¿Me estás diciendo que el gran Iván Cornejo, el que hace llorar a miles de niñas con sus letras, es virgen? —preguntó ella en un susurro incrédulo.
—He estado ocupado con la música —se justificó él, sintiéndose pequeño—. Y no quería que fuera con cualquiera. Supongo que esperaba algo... diferente.
Ella soltó un silbido bajo, rodeándolo como si fuera una pieza de museo que acababa de descubrir.
—Vaya... un diamante en bruto —dijo ella, y esta vez su tono era peligrosamente suave—. Eso explica muchas cosas. Esa tensión, esa forma de mirar... estás acumulando demasiada energía, poeta.
—¿Es una desventaja? —preguntó Iván.
—Depende de quién te enseñe —respondió ella, deteniéndose frente a él nuevamente. Se acercó a su oído una vez más, y esta vez su voz fue un hilo de voz sucio y cargado de intención—. Porque si yo te tomara ahora mismo, Iván, te aseguro que te haría olvidar hasta cómo se llama tu guitarra. Te dejaría tan vacío y tan lleno a la vez que tus próximas canciones no serían sobre tristeza, sino sobre el pecado más delicioso que hayas cometido. Te rompería esa timidez a base de mordiscos y sudor.
Iván cerró los ojos, sintiendo que las rodillas le flaqueaban. El deseo que sentía por ella en ese momento era algo físico, una presión en el vientre que lo quemaba. Deseaba, con una desesperación que lo asustaba, que ella cumpliera su amenaza. Quería ser dominado por esa mujer de oro y negro, quería aprender todo lo que ella supiera y quería que fuera ella quien marcara su piel por primera vez.
—¿Y por qué no lo haces? —se atrevió a preguntar él, abriendo los ojos.
Ella le puso un guante en el pecho, justo sobre su corazón, que latía desbocado.
—Porque todavía no estás listo para perder el control total conmigo —dijo ella con un guiño—. Y porque quiero que sufras un poco más. El deseo es como el entrenamiento, Iván: cuanto más te cuesta conseguir la meta, más dulce es la victoria.
Se separó de él con una agilidad pasmosa, volviendo al centro del ring.
—¡Basta de charla! —gritó, recuperando su tono de entrenadora—. ¡Guardia arriba! Si quieres que algún día te enseñe lo que pasa entre mis sábanas, primero tienes que demostrarme que puedes aguantar tres minutos sin caerte al suelo. ¡Muévete, Cornejo!
Iván se puso en posición, con una determinación nueva. Ya no era solo por el boxeo, ya no era solo por la curiosidad. Ahora era una necesidad vital. Miró a la boxeadora, a la mejor de Latinoamérica, a la mujer que acababa de prometerle el cielo y el infierno, y lanzó el primer golpe de la mañana con una fuerza que ni él mismo sabía que poseía.
Ella lo esquivó riendo, pero en sus ojos Iván pudo ver que ella también estaba empezando a sentir el hambre. Y esa era la pelea más peligrosa y excitante que jamás iba a disputar.