Estrellas en tus ojos
Lágrimas de Cristal y un Corazón de Seda
La semana había sido un despliegue de luces, cámaras y, sobre todo, una ausencia que calaba más hondo que el frío de un aire acondicionado mal ajustado. GMMTV estaba en plena promoción de un proyecto especial, y Barcode, debido a su arrolladora popularidad, había sido emparejado temporalmente con un nuevo actor en ascenso para una serie de comerciales y sesiones de fotos en una provincia cercana. Lo que debían ser tres días se convirtieron en siete de agenda apretada, hoteles de paso y un torbellino de fans que no dejaban de gritar el nombre de Barcode junto al del "otro".
Mientras tanto, en el lujoso ático que solía vibrar con las risas escandalosas del cantante, el silencio se había vuelto un huésped insoportable. Kinn caminaba por el pasillo principal, arrastrando los pies —algo que jamás haría en público—, vestido con una bata de seda negra que parecía pesarle toneladas.
—¡No lo entiendo, Paul! —exclamó Kinn, lanzando un cojín de terciopelo hacia el sofá con una fuerza impropia de su elegancia habitual—. Siete días. Siete días sin que duerma aquí. Siete días en los que solo recibo mensajes de "estoy ocupado, comiendo con el equipo". ¿Desde cuándo el equipo es más importante que yo?
Paul, que estaba sentado en la barra de la cocina revisando unos contratos, suspiró con pesadez. Había visto a Kinn en muchas facetas: arrogante, presumido, perfeccionista... pero nunca tan desmoronado por un berrinche emocional.
—Kinn, es trabajo —respondió Paul sin levantar la vista—. Sabes cómo es esta industria. Barcode está en su mejor momento y la empresa quiere explotar esa imagen nueva. Es solo una semana.
—¡Una semana es una eternidad cuando no tengo a nadie que se burle de mis zapatos! —gritó Kinn, dejándose caer dramáticamente en el suelo de mármol, sin importarle si su bata se arrugaba—. Ese chico nuevo... ese tal "Nani" o como se llame... lo he visto en las fotos. Le toca el hombro. Le sonríe. Y Barcode le devuelve la sonrisa como si fuera la cosa más natural del mundo. Me han robado mi atención, Paul. Mi atención.
—Estás celoso, Kinn —sentenció Paul, finalmente cerrando su tableta—. Y estás haciendo un berrinche de niño rico porque por primera vez el mundo no gira en torno a tu ombligo de diamante.
—No es un berrinche —sollozó Kinn, y para horror de Paul, una lágrima real rodó por su mejilla perfecta—. Es que... ¿y si se da cuenta de que alguien más normal es mejor para él? ¿Y si se cansa de que yo siempre sea tan "presumido"? Tal vez ese chico no le critica la ropa. Tal vez ese chico no lo llama chusma.
Paul se quedó sin palabras. Ver a Kinn, el epítome de la confianza y la arrogancia, dudando de su valor frente a Barcode, era algo que no esperaba presenciar.
En el edificio de la GMMTV, la situación era muy distinta. Barcode acababa de bajar de la furgoneta, riendo a carcajadas con el otro actor mientras compartían una bolsa de snacks picantes. Estaba cansado, pero la adrenalina del éxito lo mantenía eufórico.
—De verdad, tienes que probar ese restaurante la próxima vez que vayamos —decía Barcode, dándole un empujón amistoso al chico—. ¡La comida es increíble y no te miran raro si vas en chanclas!
Keen, que estaba apoyado en la recepción esperando a Barcode para ir a cenar, observó la escena con una mueca. Se acercó al grupo, interrumpiendo la charla.
—Vaya, miren quién volvió de su luna de miel laboral —dijo Keen con su tono burlón habitual, aunque sus ojos buscaban algo más—. Barcode, ¿has hablado con Kinn hoy?
—Le mandé un sticker de un patito hace un rato —respondió Barcode, encogiéndose de hombros con despreocupación—. Estaba grabando, ya sabes cómo es. ¿Por qué? ¿Se ha quejado de que el café de la empresa está frío otra vez?
Keen suspiró y se acercó más, bajando la voz para que el otro actor no escuchara.
—Barcode, lo digo en serio. Kinn estuvo aquí hace un par de horas para una reunión de vestuario. Estaba... raro. Paul dijo que no ha comido bien y, cuando salió por esa puerta, tenía los ojos rojos. Parecía que se le iba a romper el alma en cualquier momento. Se fue solo, sin dejar que nadie lo acompañara.
La sonrisa de Barcode se desvaneció al instante. El paquete de snacks que sostenía pareció perder todo su sabor.
—¿Qué quieres decir con que salió triste? —preguntó Barcode, sintiendo un nudo repentino en el estómago—. Él siempre es... bueno, él es Kinn. Siempre está bien.
—Esta vez no —intervino Aungpao, apareciendo detrás de ellos con su calma habitual—. Una semana es mucho tiempo para alguien que depende tanto de tu atención como él, Barcode. Puede que sea un presumido, pero tú eres su único anclaje real.
Barcode no necesitó escuchar más. Se despidió apresuradamente del otro actor, ignorando las preguntas de Keen, y salió corriendo hacia el estacionamiento. Manejó hacia el ático de Kinn ignorando las leyes de tránsito y el cansancio que arrastraba.
Al llegar, la casa estaba en penumbra. Solo una lámpara tenue en la sala de estar proyectaba sombras largas sobre los muebles de diseño. Barcode caminó lentamente, sintiendo una opresión en el pecho que no lo dejaba respirar. Encontró a Kinn sentado en el suelo, junto a la gran cristalera que daba a la ciudad, con una copa de vino intacta a su lado y la mirada perdida en las luces de Bangkok.
—¿Kinn? —susurró Barcode.
Kinn no se movió de inmediato. Cuando finalmente giró la cabeza, Barcode sintió que se le partía el corazón. El rostro de Kinn estaba pálido, sus ojos estaban hinchados y su cabello, siempre impecable, caía desordenado sobre su frente. No había rastro del hombre arrogante que se creía el centro del universo.
—Has vuelto —dijo Kinn con una voz tan quebrada que apenas era un susurro—. Pensé que tal vez te habías quedado allá. Con él. Con la gente que no te exige usar seda.
Barcode se dejó caer de rodillas a su lado, intentando tomar su mano, pero Kinn la retiró suavemente, abrazándose a sí mismo.
—Kinn, ¿de qué estás hablando? Era trabajo, solo trabajo —dijo Barcode, buscando desesperadamente su mirada—. Estaba ocupado, lo siento, debí llamarte más, pero...
—¿Es por mi actitud? —lo interrumpió Kinn, y una nueva lágrima resbaló por su mejilla—. ¿Es porque soy demasiado presumido? ¿Porque gasto demasiado dinero o porque siempre te critico la ropa? Sé que puedo ser insoportable, Barcode. Sé que a veces parezco un estúpido que solo se preocupa por las marcas famosas... pero puedo cambiar. Lo juro.
Barcode se quedó helado. Escuchar esas palabras salir de la boca de Kinn era como ver una estatua de mármol desmoronarse frente a sus ojos.
—Kinn, no... —intentó decir, pero el otro continuó, con la voz rota por el llanto contenido.
—Puedo usar camisetas de diez dólares si eso es lo que te gusta —sollozó Kinn, cubriéndose el rostro con las manos—. Puedo dejar de ir a spas caros y comer en esos puestos de la calle que tanto te gustan. Puedo ser menos arrogante, puedo dejar de ser "su alteza"... solo... por favor, no me dejes por alguien que sea más fácil de amar. Si ya no me quieres por cómo soy, dímelo, pero no me ignores una semana entera mientras le sonríes a otro.
La frase golpeó a Barcode con la fuerza de un camión. Se lanzó hacia Kinn, rodeándolo con sus brazos y apretándolo contra su pecho con una fuerza desesperada.
—¡Cállate, Kinn! ¡Cállate ahora mismo! —exclamó Barcode, sintiendo sus propias lágrimas mojar la camisa de Kinn—. ¿Cómo puedes decir esa estupidez? ¿Cambiar? ¡No quiero que cambies ni un solo pelo de tu cabeza engominada!
Kinn se tensó en sus brazos, llorando abiertamente ahora, escondiendo el rostro en el cuello de Barcode.
—Pero... te alejaste... —balbuceó Kinn entre hipos.
—¡Fue trabajo, mi tonto presumido! —dijo Barcode, separándose lo justo para tomar el rostro de Kinn entre sus manos—. Escúchame bien. Te amo desde que éramos unos niños ricos correteando por el vecindario. Te amaba cuando me obligabas a jugar a que tú eras el rey y yo tu sirviente, y te amo ahora que eres el hombre más guapo y más insoportable de toda Tailandia.
Kinn lo miró con los ojos empañados, buscando sinceridad en sus palabras.
—¿De verdad? —preguntó con una vulnerabilidad infantil.
—De verdad —aseguró Barcode, dándole un beso corto y tierno en la punta de la nariz—. Amo que seas un presumido. Amo que te mires al espejo cien veces antes de salir. Amo que te quejes del olor a "clase media". Porque ese eres tú, Kinn. Y si cambiaras, ya no serías el chico del que me enamoré. Aunque fueras una mosca, Kinn... una mosca vestida de Gucci, yo te seguiría amando y te construiría un palacio de cristal minúsculo para que vivieras en él.
Kinn soltó una risa húmeda, mezclada con un sollozo, y finalmente se relajó en el abrazo de Barcode.
—¿Una mosca? —preguntó Kinn, limpiándose los ojos con la manga de su bata de seda—. Qué comparación tan vulgar, Barcode.
—Ahí está —sonrió Barcode, aliviado de ver un destello del Kinn de siempre—. Ahí está mi presumido favorito.
Barcode lo besó entonces con toda la pasión y la ternura que había acumulado durante esa semana de ausencia. Fue un beso largo, profundo, que sabía a sal de lágrimas y a la promesa de no volver a dejar que el silencio se interpusiera entre ellos. Kinn respondió con desesperación, aferrándose a la camiseta de Barcode como si fuera su único salvavidas en medio de una tormenta.
—No vuelvas a hacerme eso —susurró Kinn contra sus labios cuando se separaron—. No me dejes solo tanto tiempo. Mi ego no sobrevive sin tu atención, y mi corazón... mi corazón se detiene sin ti.
—No lo haré —prometió Barcode, acariciando su mejilla—. A partir de ahora, si tengo que viajar, te vienes conmigo aunque tengas que dormir en una tienda de campaña de lujo.
—Ni muerto dormiría en una tienda de campaña —replicó Kinn, recuperando un poco de su brillo habitual—, a menos que sea de Louis Vuitton y tenga servicio de habitaciones.
Barcode soltó una carcajada sonora, la primera en muchos días, y se levantó, ayudando a Kinn a ponerse de pie. Lo guio hacia la habitación, donde la cama de mil hilos los esperaba.
—Vamos a dormir, Kinn. Estoy agotado y tú necesitas recuperar tu "brillo natural" —se burló suavemente Barcode.
Se tumbaron en la cama, entrelazando las piernas y los brazos en una maraña de afecto. Kinn apoyó la cabeza en el pecho de Barcode, escuchando el latido constante de su corazón, que era la única música que realmente necesitaba. Barcode le acariciaba el cabello, dejando besos suaves en su frente y en sus párpados.
—Te amo, chico chusma —murmuró Kinn, ya con los ojos cerrándose por el cansancio emocional.
—Y yo a ti, mi presumido —respondió Barcode, estrechándolo más fuerte—. Duerme bien. Mañana te dejaré elegir mi ropa, solo para que te sientas mejor.
—Eso... eso sería un milagro humanitario —susurró Kinn antes de quedarse profundamente dormido.
Barcode se quedó un rato más observándolo en la penumbra. Se dio cuenta de que, bajo todas las capas de ropa cara, relojes de marca y arrogancia, Kinn era simplemente un chico que necesitaba sentirse amado y seguro. Y él estaba más que dispuesto a ser esa seguridad, a cambio de un par de insultos elegantes y una vida llena de ese caos lujoso que solo ellos dos entendían.
Esa noche, en el ático más caro de la ciudad, no hubo desfiles de moda ni cenas de gala. Solo hubo dos corazones latiendo al unísono, recordándose mutuamente que, sin importar el orden de los nombres o los celos de una semana, su amor era la única marca que nunca pasaría de moda.