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Estrellas en tus ojos

Lágrimas de seda y un latido inesperado

La luz del amanecer en Bangkok siempre tenía un matiz dorado, pero para Kinn, esa mañana el sol se sentía como un reflector intrusivo que exponía cada una de sus grietas. Se despertó con el brazo de Barcode rodeando su cintura, una sensación cálida que debería haberlo calmado, pero la inseguridad sembrada la noche anterior seguía allí, ramificándose silenciosa bajo su piel de porcelana.

—Tengo que irme, presumido —susurró Barcode, dándole un beso rápido en la mejilla mientras se ponía su gorra hacia atrás—. Es el último día de rodaje en exteriores. Volveré para la cena, lo prometo.

Kinn no dijo nada. Se limitó a asentir con una elegancia forzada, observando cómo su novio salía de la habitación con esa energía desbordante que tanto amaba y que, al mismo tiempo, tanto temía perder. En cuanto la puerta principal se cerró, Kinn sintió que el aire del ático se volvía pesado. Se sentó en el borde de la cama y, casi sin darse cuenta, empezó a rascarse con fuerza la parte interna del antebrazo izquierdo, un tic nervioso que arrastraba desde su infancia cuando las expectativas de su familia millonaria lo asfixiaban.

Dos horas más tarde, Kinn estaba en el set. No tenía escenas que grabar, pero su ansiedad lo había empujado hasta allí bajo la excusa de "supervisar el vestuario de la producción". Paul caminaba a su lado, sosteniendo un paraguas de marca para proteger a Kinn del sol, aunque el asistente notaba que su amigo no estaba realmente allí.

—Kinn, deja de hacer eso —dijo Paul en voz baja, deteniéndose—. Te vas a hacer daño.

Kinn bajó la mirada a su brazo. La piel blanca ya mostraba una marca rosada y rugosa por el rascado incesante.

—Estoy bien, Paul. Solo es el calor —mintió Kinn, ajustándose la manga de su camisa de lino—. Solo quiero ver cómo va el progreso de la serie.

Caminaron hacia la zona de descanso, un área rodeada de vegetación donde los actores solían repasar guiones. A lo lejos, Kinn divisó la figura de Barcode. Estaba riendo con el nuevo actor, ese chico de rasgos perfectos que parecía sacado de una revista de moda juvenil. Se veían cómodos. Demasiado cómodos.

De repente, el mundo de Kinn se detuvo. Desde su posición, vio cómo el otro actor se acercaba al rostro de Barcode. No fue un roce accidental. Fue un beso directo en los labios, largo y pausado. Barcode no se apartó de inmediato; el ángulo de la visión de Kinn no le permitía ver la sorpresa en el rostro de su novio, solo la entrega aparente del acto.

Kinn sintió como si un bloque de hielo se deslizara por su columna vertebral. Sus oídos empezaron a zumbar y la marca rosa en su brazo ardió con una intensidad renovada.

—Vámonos —susurró Kinn, su voz apenas un hilo de aire.

—¿Qué? Pero Kinn, acabamos de llegar y... —Paul se interrumpió al ver la expresión de su amigo.

Kinn estaba pálido, sus ojos desenfocados y sus labios temblaban ligeramente. Sin esperar respuesta, dio media vuelta y caminó hacia su coche con pasos erráticos, dejando atrás el lujo, el set y, según él, su corazón destrozado.

Pasaron cuatro días. Cuatro días en los que el ático de lujo se convirtió en un mausoleo. Kinn se encerró en su habitación, desconectando los teléfonos y prohibiendo la entrada a cualquier persona, incluido Paul. No comía. Solo bebía agua de forma mecánica y pasaba las horas mirando al techo, rascándose el brazo hasta que la piel se volvía un mapa de dolor y ansiedad. La inseguridad, ese monstruo que siempre había ocultado tras trajes de seda y perfumes caros, lo había devorado por completo. Se sentía insuficiente, un estuche vacío que Barcode finalmente había decidido cambiar por algo más auténtico.

En la tarde del cuarto día, el silencio se rompió con un estruendo. Barcode, harto de que la seguridad del edificio no lo dejara subir y de no recibir respuesta, había forzado la cerradura de la puerta principal con la ayuda de un cerrajero y sus amigos Keen y Aun.

—¡Kinn! —gritó Barcode, corriendo por el pasillo—. ¡Kinn, si estás ahí y es una broma, juro que voy a quemar todos tus zapatos Gucci!

No hubo respuesta. Barcode llegó a la puerta de la habitación principal y, al encontrarla cerrada por dentro, no lo pensó dos veces. Tomó aire y, con una fuerza impulsada por el pánico, golpeó la madera con el hombro hasta que el marco cedió con un crujido seco.

La habitación olía a encierro y a tristeza. Barcode se detuvo en seco al ver la figura sobre la cama. Kinn estaba hecho un ovillo, envuelto en una sábana de seda que ahora se veía arrugada y grisácea. Estaba pálido, con ojeras profundas que resaltaban en su rostro demacrado.

—¿Kinn? —Barcode se acercó lentamente, su voz quebrada—. Dios mío, ¿qué te ha pasado?

Kinn levantó la vista. Sus ojos, antes afilados y llenos de orgullo, estaban nublados por las lágrimas. Al ver a Barcode, intentó cubrirse el brazo izquierdo, pero fue tarde. Barcode tomó su mano con firmeza y subió la manga, soltando un jadeo de horror al ver la marca rosa, inflamada y lastimada por el rascado constante.

—Vete —susurró Kinn, su voz ronca por la falta de uso—. Vete con él. No necesito que me veas así. No necesito tu lástima.

—¿De qué hablas? ¿Con quién? —Barcode se sentó en la cama, envolviéndolo en un abrazo que Kinn intentó rechazar sin éxito—. No me he movido de la puerta de este edificio en dos días, Kinn. Paul me contó que viste algo en el set... ¡Ese idiota me besó sin mi permiso! ¡Le di un puñetazo en cuanto se separó de mí! ¡Casi me echan de la empresa por eso!

Kinn se quedó paralizado. Sus ojos buscaron los de Barcode, tratando de encontrar el engaño, pero solo encontró una preocupación genuina y un amor desesperado.

—¿Le pegaste? —preguntó Kinn, su voz temblorosa.

—¡Claro que le pegué! —exclamó Barcode, acariciando el rostro pálido de su novio—. Nadie me besa más que tú, presumido estúpido. ¿Pensaste que te cambiaría por ese novato? ¿Después de todo lo que hemos pasado?

Kinn comenzó a llorar de nuevo, pero esta vez fue un llanto de alivio que se mezcló con un mareo repentino. Intentó decir algo, pero su cuerpo, debilitado por cuatro días de ayuno y angustia, finalmente se rindió. Su cabeza cayó sobre el hombro de Barcode y sus ojos se cerraron.

—¡Kinn! ¡Kinn, mírame! —Barcode entró en pánico—. ¡Aun! ¡Keen! ¡Llamen a una ambulancia ahora mismo!

El trayecto al hospital fue un borrón de sirenas y luces blancas. Barcode no soltó la mano de Kinn ni un segundo, ignorando a los fotógrafos que intentaban captar la imagen del cantante más popular de GMMTV en una situación de emergencia. Una vez en el hospital, los médicos se llevaron a Kinn para estabilizarlo mientras Barcode caminaba de un lado a otro en la sala de espera, todavía con la ropa del rodaje manchada de lágrimas y sudor.

Después de lo que parecieron horas, un médico salió a buscarlo.

—¿Es usted el familiar de Kinn? —preguntó el doctor, revisando unos papeles.

—Soy su pareja —respondió Barcode, dando un paso adelante—. ¿Cómo está? ¿Es grave?

El médico lo miró con una expresión curiosa, una mezcla de sorpresa y profesionalismo.

—Está estable. El desmayo fue producto de la deshidratación y el estrés extremo. Ya le hemos curado la dermatitis nerviosa en el brazo. Sin embargo —el médico hizo una pausa—, los análisis de sangre revelaron algo que no esperábamos. Algo muy inusual.

Barcode sintió que el corazón se le subía a la garganta.

—¿Qué? ¿Tiene algo malo?

—No es algo malo, señor Barcode —dijo el médico con una pequeña sonrisa—. Es solo que... debido a una condición genética extremadamente rara que se da en ciertos linajes, su pareja presenta una fisiología compatible con la gestación. Los niveles hormonales confirman que Kinn está esperando un hijo. Está embarazado de unas seis semanas.

Barcode se quedó mudo. Los ruidos del hospital se desvanecieron. ¿Un bebé? ¿Su presumido, el chico que odiaba ensuciarse y que prefería morir antes que verse feo, iba a ser padre... de esa manera?

Entró en la habitación de Kinn con las piernas temblando. Kinn estaba despierto, apoyado contra las almohadas, con una vía intravenosa en el brazo. Se veía más recuperado, aunque todavía tenía esa chispa de inseguridad en la mirada.

—Barcode... —dijo Kinn en voz baja—. Lo siento. Siento haber sido tan patético. Prometo que mañana volveré a ser el de siempre. Compraré un traje nuevo y...

—Kinn, cállate —lo interrumpió Barcode, sentándose a su lado con una expresión que Kinn no supo descifrar—. El médico me ha dicho algo.

Kinn se tensó, rascándose inconscientemente la venda del brazo.

—¿Es algo grave? ¿Voy a morir? Sabía que no comer caviar durante cuatro días me pasaría factura.

Barcode soltó una risa que fue mitad sollozo. Tomó la mano de Kinn y la llevó a su boca, besándola con devoción.

—No vas a morir, presumido. Vas a tener que comprar ropa de diseñador, pero de tallas mucho más pequeñas. Y también vas a tener que comprar una cuna de seda.

Kinn frunció el ceño, confundido.

—¿De qué hablas? ¿Vamos a adoptar un perro? Sabes que los perros sueltan pelo y mi alfombra es persa.

—No es un perro, Kinn —dijo Barcode, bajando la voz y poniendo su mano sobre el vientre todavía plano de su novio—. Vamos a ser papás. Estás embarazado.

El silencio que siguió fue absoluto. Kinn miró la mano de Barcode sobre su vientre y luego miró su propio rostro reflejado en el cristal de la ventana. Su mente procesó la información a una velocidad vertiginosa: las náuseas que había atribuido al estrés, los antojos extraños de la semana pasada, el cansancio...

—¿Embarazado? —repitió Kinn—. ¿Yo? Pero... mi figura... ¡Barcode, voy a engordar! ¡Voy a parecer una uva rellena!

Barcode soltó una carcajada auténtica y se inclinó para besarlo. Fue un beso dulce, lleno de promesas y de un futuro que ninguno de los dos había imaginado pero que ahora deseaban con todas sus fuerzas.

—Serás la uva rellena más elegante y hermosa del mundo, mi vida —murmuró Barcode contra sus labios—. Y yo estaré aquí para sostenerte el cabello cuando tengas náuseas y para comprarte todos los antojos caros que se te ocurran.

Kinn cerró los ojos, dejando que la paz lo inundara por primera vez en días. La inseguridad se disipó, reemplazada por una nueva y extraña sensación de propósito.

—Perdóname por dudar de ti —susurró Kinn, acariciando la nuca de Barcode—. Vi ese beso y sentí que mi mundo se acababa.

—Ese beso no significó nada —sentenció Barcode—. Y mañana mismo voy a poner límites claros con ese actor y con la empresa. A partir de ahora, mi prioridad eres tú... y nuestro pequeño diamante.

—Más vale que sea un diamante —respondió Kinn con un rastro de su antigua arrogancia, aunque sus ojos brillaban de ternura—. No aceptaré nada menos que la perfección.

Tres días después, Barcode cumplió su palabra. Se presentó en las oficinas de GMMTV con una seriedad que intimidó incluso a los directivos. Delante de Paul, Keen, Aun y el resto del elenco, dejó claro que su contrato tendría nuevas cláusulas: nada de escenas de contacto físico innecesario y, sobre todo, un respeto absoluto hacia su vida privada. Al actor novato le dejó claro, con una mirada gélida, que si volvía a intentar algo similar, su carrera terminaría antes de empezar.

Cuando Barcode regresó al ático esa tarde, encontró a Kinn revisando catálogos de muebles italianos para bebés en su iPad.

—Barcode —dijo Kinn sin levantar la vista—, he decidido que el cuarto del bebé será de color crema y oro. El azul es demasiado común y el rosa es previsible.

Barcode sonrió, dejando sus llaves en la mesa y acercándose para abrazar a su novio por la espalda.

—Lo que tú digas, su alteza. Mientras el bebé tenga tu nariz y mi sentido del humor, seré el hombre más feliz del mundo.

Kinn se inclinó hacia atrás, apoyando la cabeza en el hombro de Barcode.

—Tendrá mi nariz, por supuesto. Y mi gusto por la moda. No permitiré que use esas gorras horribles que tú llevas.

—Ya veremos, presumido —dijo Barcode, besándole el cuello—. Ya veremos.

En la tranquilidad del ático, mientras el sol se ocultaba tras los rascacielos de Bangkok, el cantante popular y el chico de seda entendieron que la verdadera riqueza no estaba en las marcas que vestían, sino en ese pequeño latido que ahora crecía en el centro de su caótico y maravilloso amor. La chusma y la realeza habían creado su propio imperio, y esta vez, nada podría derrumbar sus muros de cristal.