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Estrellas en tus ojos

Seda, Elefantes Rosas y un Diamante en Pañales

—¡Barcode! ¡Barcode, ven aquí ahora mismo o juro por mi colección de relojes suizos que te arrepentirás de haber nacido! —El grito de Kinn resonó por todo el ático, cargado de una urgencia que parecía de vida o muerte.

Barcode entró corriendo a la habitación, tropezando con una alfombra de piel de oveja. Llevaba una espátula en la mano y el delantal puesto.

—¿Qué pasa? ¿Se rompió una uña? ¿El aire acondicionado bajó un grado? —preguntó Barcode, alarmado.

Kinn estaba sentado en medio de la cama, rodeado de almohadas de plumas, con el iPad en el regazo y lágrimas surcando sus mejillas perfectas. Señaló la pantalla con un dedo tembloroso.

—¡Mira eso! —sollozó Kinn, señalando un episodio de Pocoyó—. ¡El elefante! Elly... ¡es rosada, Barcode! ¡Es de un rosa tan vulgar! ¡Es un insulto a la paleta de colores pastel! ¿Por qué nadie la ayuda a vestirse mejor? ¡Pobre criatura, atrapada en ese cuerpo fucsia!

Barcode se quedó congelado, mirando la pantalla donde un elefante animado bailaba felizmente. Miró a Paul, que estaba sentado en un sillón cercano, sosteniendo un pañuelo de seda para Kinn y mirando la serie con una expresión de resignación absoluta.

—Lleva así veinte minutos —susurró Paul—. Empezó porque Pato no tenía zapatos de marca y ahora la estética de Elly lo ha quebrado emocionalmente.

—Mi amor —dijo Barcode, acercándose con cautela a la cama—, es un dibujo animado. A los niños les gusta el rosa. No es un ataque personal contra tu sentido de la moda.

—¡Es un ataque contra el buen gusto! —chilló Kinn, escondiendo la cara en el pecho de Barcode mientras hipaba—. Y tengo hambre. Quiero... quiero calamares. Pero no cualquier calamar. Quiero calamares fritos bañados en chocolate blanco y espolvoreados con sal de los Himalayas. ¡Ahora!

Barcode hizo una mueca de asco que no pudo ocultar.

—Kinn, eso suena... criminal. Tu estómago va a protestar.

—¡Mi estómago quiere lo que quiere! —Kinn lo miró con los ojos muy abiertos y brillantes—. ¿Acaso ya no me amas porque estoy perdiendo mi cintura de modelo? ¿Es eso? ¡Soy una uva rellena y ya no me quieres!

—¡No, no, no! —exclamó Barcode, entrando en modo pánico—. ¡Te amo! ¡Amo a la uva! Paul, por favor, busca el chocolate. Yo iré por los calamares. ¡Rápido!

Los meses de embarazo de Kinn se habían convertido en una odisea de caprichos y cambios de humor que desafiaban las leyes de la lógica. El "Presumido" de la GMMTV ahora alternaba entre sesiones de fotos donde exigía que el fotógrafo no captara su "aura de fatiga" y tardes enteras llorando porque el color de las paredes del cuarto del bebé no combinaba con el tono de piel que el niño *probablemente* tendría.

En la empresa, la tensión no era menor. Keen, Aun y Aungpao habían formado una especie de comité de emergencia.

—Yo voy a ser el tío favorito —declaró Keen en la cafetería, golpeando la mesa—. Le enseñaré a burlarse de los trajes de su padre. Será un mini-Barcode, travieso y ruidoso.

—Ni lo sueñes —replicó Aun—. Yo le compraré su primer set de bromas. Kinn se volverá loco cuando el niño le ponga un cojín de pedos en su silla de diseñador.

—Ustedes son idiotas —intervino Aungpao con su calma habitual—. Yo seré el tío favorito porque seré el único que le dé paz. Con dos padres como esos, el niño necesitará terapia o un tío que sepa guardar silencio.

—¡Silencio todos! —gritó Paul, entrando en la cafetería con bolsas de una boutique de bebés—. Kinn acaba de decidir que el cochecito tiene que tener suspensión hidráulica para que el bebé no sienta las "vibraciones vulgares" del pavimento de Bangkok. Barcode está intentando convencerlo de que es un bebé, no un coche de carreras.

—¿Cómo está el "embarazado real"? —preguntó Keen con una sonrisa burlona.

—Berrinchudo —suspiró Paul—. Ayer lloró porque una nube tenía forma de "bolso barato". Dice que el universo le está enviando señales de mal gusto.

Mientras tanto, en el ático, la situación estaba llegando a su punto crítico. Kinn estaba en su octavo mes y medio, y su paciencia era inexistente. Estaba recostado en un diván, usando una túnica de seda que Barcode le había comprado para calmar sus nervios.

—Barcode... —llamó Kinn con voz lánguida.

—Dime, su majestad —respondió Barcode, que estaba montando una cuna de madera importada que le había costado tres días de sueldo.

—Siento una humedad —dijo Kinn, frunciendo el ceño—. Creo que me he hecho pipí. ¡Esto es el colmo! ¡La degradación total! ¡Un Kinn no se hace pipí encima como un plebeyo! ¡Es el fin de mi dignidad!

Barcode dejó caer el martillo y se acercó corriendo. Miró el suelo y luego a Kinn, cuyos ojos estaban llenos de pánico y vergüenza.

—Kinn... cariño —dijo Barcode con una mezcla de risa y terror—, no te has hecho pipí. Has roto aguas. El bebé viene ya.

Kinn se quedó mudo por tres segundos. Luego, su expresión cambió de la vergüenza al horror absoluto.

—¿Ahora? ¡Pero si no me he puesto la crema hidratante de noche! ¡No puedo ir al hospital con los poros abiertos, Barcode! ¡Trae mi maleta! ¡La de Louis Vuitton, no la de viaje corto!

—¡Kinn, muévete! —gritó Barcode, cargándolo en brazos a pesar de las protestas del otro sobre el "arrugamiento de la seda".

El viaje al hospital fue un caos de gritos y órdenes. Kinn exigía que el conductor de la ambulancia evitara los baches porque "el niño no nacería en un ambiente turbulento", mientras Barcode le apretaba la mano con tanta fuerza que casi le corta la circulación.

—¡Si me duele, te mato! —gritaba Kinn durante una contracción—. ¡Tú me hiciste esto, chico chusma! ¡Tú y tus labios provocadores! ¡Nunca más! ¡Escúchame bien, Barcode, nunca más dejaré que te acerques a mi seda!

—¡Respira, Kinn! ¡Inhala elegancia, exhala vulgaridad! —le gritaba Barcode, tratando de recordar las clases de parto.

—¡No me digas qué hacer! —rugió Kinn, agarrando a Barcode por la camiseta—. ¡Quiero anestesia de alta gama! ¡Quiero que el doctor use guantes de seda!

El parto fue, según las enfermeras, el evento más dramático en la historia del hospital. Kinn se negó a pujar hasta que le trajeron una toalla de algodón egipcio para secarse el sudor, alegando que las toallas del hospital eran "lija para su piel". Barcode, por su parte, estuvo a punto de desmayarse tres veces, pero se mantuvo firme, recibiendo insultos elegantes cada cinco minutos.

Finalmente, tras horas de drama, un llanto fuerte y claro llenó la sala de partos.

—Es un niño —anunció el doctor, con una sonrisa de alivio—. Un niño muy sano.

Kinn, agotado y con el cabello finalmente despeinado, se quedó en silencio cuando le pusieron al bebé en el pecho. Era una criatura pequeña, de piel sonrosada y unos labios que eran la copia exacta de los de Barcode. El bebé abrió los ojos por un segundo, mirando a Kinn con una intensidad que lo dejó sin aliento.

—Es... es perfecto —susurró Kinn, las lágrimas cayendo ahora sin rastro de berrinche—. Mira sus manos, Barcode. Son manos de pianista. O de alguien que sostendrá muchas tarjetas de crédito negras.

Barcode se inclinó, besando la frente de Kinn y luego la cabecita del bebé.

—Es hermoso, Kinn. Se parece a ti cuando dejas de ser un presumido.

—Se parece a ti, chusma —replicó Kinn con una sonrisa débil—, pero tiene mi clase. Definitivamente tiene mi clase.

Dos días después, el hospital era un desfile de celebridades y amigos. Paul había organizado la salida como si fuera el estreno de una película. Keen, Aun y Aungpao estaban en la puerta de la habitación, peleándose por quién cargaría al bebé primero.

—Yo tengo los brazos más estables —decía Aun.

—Yo tengo el aroma más amigable para un recién nacido —insistía Keen.

—Yo soy el que no lo va a dejar caer por estar tomándose una selfie —sentenció Aungpao, ganando la discusión.

Cuando Kinn salió del hospital, no lo hizo en una silla de ruedas común. Barcode había insistido en llevarlo en brazos hasta el coche, mientras Kinn sostenía al bebé, envuelto en una manta de cachemira blanca. Los fotógrafos dispararon sus cámaras, captando la imagen de la familia perfecta.

Pero la verdadera prueba de fuego fue la presentación oficial en el edificio de GMMTV.

El vestíbulo estaba lleno. Actores, directores y personal de staff se habían reunido para conocer al heredero del "reino de seda". Kinn caminaba por el pasillo central, ya recuperado, vistiendo un traje azul noche que combinaba con el mameluco de seda del bebé. Barcode caminaba a su lado, orgulloso, con una mano en la espalda de Kinn.

—¡Aquí está el diamante de la empresa! —gritó el CEO, acercándose con un regalo envuelto en papel de oro.

Kinn se detuvo, mirando a la multitud con su habitual aire de superioridad, pero esta vez había una suavidad nueva en su rostro.

—Les presento a mi hijo —dijo Kinn, su voz clara y firme—. Se llama Venice. Y antes de que pregunten, sí, su guardarropa ya está mejor organizado que el de la mayoría de ustedes.

La multitud estalló en aplausos y risas. Barcode tomó a Venice en sus brazos y lo elevó un poco, provocando que el bebé soltara un pequeño balbuceo ruidoso que recordó a todos las risas de su padre cantante.

—¡Es un mini-Barcode! —gritó Keen desde el fondo—. ¡Miren esa sonrisa traviesa!

—¡Tiene los ojos de Kinn! —añadió alguien más—. ¡Ya nos está mirando como si nuestra ropa fuera de oferta!

Esa tarde, en el camerino privado de la pareja, rodeados de flores y regalos caros, Barcode se sentó en el sofá junto a Kinn, que observaba a Venice dormir en su cuna de lujo.

—¿Estás feliz, presumido? —preguntó Barcode, rodeando a Kinn con el brazo.

Kinn suspiró, recostando la cabeza en el hombro de su novio.

—Estoy agotado, Barcode. Mi cuerpo ha pasado por un trauma estético y físico imperdonable. Venice ya ha vomitado sobre mi camisa de seda tres veces hoy... y por alguna razón, no me importa tanto como debería.

Barcode se rió y le dio un beso en la sien.

—Eso es porque lo amas más que a tus bolsos, Kinn. Y eso es decir mucho.

—Lo amo —admitió Kinn en un susurro—. Pero mañana mismo empezamos su entrenamiento de etiqueta. No permitiré que crezca pensando que esos pantalones rotos que usas son aceptables para un evento social.

—Ya empezamos... —suspiró Barcode con una sonrisa—. Sabes que terminará usando mis gorras y escuchando mi música a todo volumen, ¿verdad?

—Sobre mi cadáver —replicó Kinn, aunque su mano buscó la de Barcode y la apretó con fuerza—. Pero supongo que puedo tolerar un poco de tu "estilo chusma" si eso lo hace tan feliz como me haces tú a mí.

Barcode lo miró fijamente, dándose cuenta de que, a pesar de los berrinches por Pocoyó, los antojos imposibles y la obsesión por la seda, Kinn era el pilar de su vida. El chico presumido que prefería morir antes que verse feo, había dado a luz a un amor que era, por definición, perfecto.

—Te amo, Kinn.

—Lo sé, Barcode. Es difícil no hacerlo cuando soy tan perfecto. Pero yo también te amo... un poquito.

Afuera, la ciudad de Bangkok seguía su curso ruidoso, pero dentro de ese camerino, el tiempo se detuvo para la familia más extravagante y auténtica de la GMMTV. El cantante travieso y el príncipe de seda habían encontrado su mayor éxito, y no necesitaba aplausos, solo el suave suspiro de un bebé que, sin saberlo, ya gobernaba el mundo de sus padres.