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Estrellas en tus ojos

Lágrimas de Lluvia y el Reflejo de un Nuevo Sol

—¡Tío Paul! ¡Mira, mira! ¡Ese brilla como los ojos de Papi Kinn! —Venice, con sus rizos rebeldes saltando a cada paso, señalaba con un dedo regordete un enorme diamante expuesto en la vitrina de la joyería más exclusiva del centro de Bangkok.

Paul, que cargaba tres bolsas de marcas de lujo y un peluche de edición limitada, soltó un suspiro de cansancio pero lleno de afecto. A su lado, Keen y Aun se reían de las ocurrencias del pequeño de dos años, quien vestía un conjunto de lino hecho a medida que, por supuesto, Kinn había aprobado tras tres revisiones.

—No, pequeño —dijo Paul, agachándose para estar a la altura del niño—, ningún diamante del mundo se compara con los ojos de tu Papi Kinn. Los diamantes son solo piedras, pero los ojos de Papi son... bueno, son caros de mantener, pero hermosos.

—¡Exacto! —exclamó Keen, revolviéndole el cabello a Venice—. Tu Papi Kinn es el diamante más presumido de toda Tailandia. Pero dinos, Venice, ¿no te sientes un poco solo en ese ático tan grande?

Venice frunció el ceño, una expresión que era la copia exacta de la de Barcode cuando intentaba ponerse serio.

—A veces sí —admitió el niño—. Papi Barcode canta mucho y Papi Kinn se mira al espejo. Yo quiero a alguien para jugar a los carritos de oro.

—Pues escucha bien —susurró Keen con malicia, ganándose una mirada de advertencia de Paul—, me han dicho que la cigüeña de Papi Barcode es muy especial. Si le pides con fuerza, esa cigüeña te trae un hermanito para que no tengas que jugar solo.

Los ojos de Venice se iluminaron como dos faros. Durante todo el camino de regreso a casa, el niño no dejó de hablar de la famosa "cigüeña de papá". Cuando entraron al ático, Barcode estaba ensayando una nueva balada en el piano, mientras Kinn, recostado en un diván con una mascarilla de oro en el rostro, le daba críticas constructivas sobre su postura.

—¡Papi Barcode! —gritó Venice, corriendo hacia el piano—. ¡Llama a la cigüeña! ¡El tío Keen dice que tu cigüeña trae hermanitos! ¡Yo quiero uno ahora!

Barcode dejó de tocar, soltando una carcajada sonora que hizo que Kinn se quitara un parche de la mascarilla para mirar con indignación.

—¿La cigüeña de papá? —preguntó Barcode, mirando hacia la puerta donde Keen intentaba esconderse detrás de Paul—. ¡Keen, te voy a matar!

—¡No me mates! —gritó Keen desde el pasillo—. ¡Solo le doy ideas para expandir el imperio de la seda!

Kinn se levantó con la elegancia de una pantera, quitándose el resto de la mascarilla. Caminó hacia Venice y lo tomó en brazos, besando su mejilla.

—¿Un hermanito, mi vida? —preguntó Kinn, mirando de reojo a Barcode con una chispa de desafío y deseo en los ojos—. Bueno, supongo que el ático tiene espacio para otro heredero. Y yo me veo fabuloso con ropa de maternidad, ¿no es así, Barcode?

—Te ves fabuloso hasta con una bolsa de basura, presumido —respondió Barcode, levantándose del piano y rodeando la cintura de su esposo—. Si nuestro hijo quiere un hermanito, ¿quiénes somos nosotros para negárselo?

Esa noche, después de acostar a Venice, el ambiente en la habitación principal se volvió eléctrico. No había cámaras, no había fans, solo el aroma del perfume caro de Kinn y la calidez de la piel de Barcode. Hicieron el amor con una entrega que mezclaba la pasión de sus primeros años con la ternura de la familia que habían construido. Entre susurros y promesas de seda, sellaron el deseo de su hijo.

Semanas después, la noticia llegó como un estallido de alegría: Kinn no esperaba uno, sino dos bebés. Gemelos. La GMMTV casi colapsa ante la noticia de que la pareja más icónica tendría un "doble debut". Kinn pasó los meses siguientes más arrogante y radiante que nunca, exigiendo que todo fuera por duplicado y de la mejor calidad posible.

Sin embargo, la vida, a veces, tiene un sentido del humor cruel.

El día del parto llegó en medio de una tormenta eléctrica que sacudía los cristales del hospital. Lo que empezó como un evento lleno de esperanza se transformó en una pesadilla de luces rojas y médicos corriendo. Barcode sostenía la mano de Kinn, quien gritaba de dolor y agotamiento.

El primer bebé, un niño fuerte y ruidoso al que llamaron Sky, nació entre vítores. Pero cuando llegó el turno del segundo, el silencio que inundó la sala fue más ensordecedor que cualquier trueno. Los médicos trabajaron frenéticamente, pero el pequeño corazón del segundo gemelo nunca llegó a latir en este mundo.

Cuando Kinn despertó horas después, la habitación estaba llena de flores blancas, pero el aire se sentía vacío. Barcode estaba sentado a su lado, con los ojos rojos y la mirada perdida.

—¿Dónde está? —preguntó Kinn con la voz rota—. ¿Dónde está mi otro diamante, Barcode?

Barcode no pudo responder con palabras. Solo lo abrazó, sollozando contra su pecho. La noticia de la pérdida hundió a Kinn en un pozo de oscuridad que nadie, ni siquiera el pequeño Sky que descansaba en la cuna, parecía poder iluminar.

Pasaron los días y Kinn se convirtió en una sombra de sí mismo. Se negaba a usar su ropa elegante, permaneciendo en pijama de seda negra durante horas, mirando por la ventana sin decir palabra. Paul iba todos los días, intentando animarlo con noticias de moda o chismes de la empresa, pero Kinn ni siquiera lo miraba.

—Kinn, tienes que comer algo —le suplicaba Paul una tarde, sosteniendo un plato de frutas finamente cortadas—. Sky te necesita. Venice te pregunta por qué ya no brillas.

—Déjame solo, Paul —respondía Kinn con una frialdad que asustaba—. No hay brillo en un corazón roto. Perdí a mi hijo. Siento que una parte de mi alma se quedó en esa sala de partos.

Barcode observaba desde la puerta, con el corazón destrozado. Ver a su "presumido" tan vulnerable y apagado era peor que cualquier crítica o fracaso. Pero lo que más le dolía era ver a Venice, quien se sentaba frente a la puerta de la habitación de su padre, esperando un abrazo que nunca llegaba.

Un día, Barcode llegó a casa con una caja pequeña que emitía sonidos extraños. Entró en la habitación de Kinn, donde Venice estaba llorando silenciosamente en un rincón, viendo a su Papi Kinn ignorar el mundo.

—¡Basta ya! —gritó Barcode, haciendo que Kinn diera un respingo—. ¡Kinn, mírame!

Kinn levantó la vista, sorprendido por el tono autoritario de Barcode.

—Mira a tu hijo, Kinn —dijo Barcode, señalando a Venice—. Venice está llorando porque piensa que ya no lo amas. Sky está en la otra habitación necesitando el calor de su padre. Yo estoy aquí muriéndome por dentro porque el hombre que amo se ha rendido.

—¡No lo entiendes! —gritó Kinn, las lágrimas brotando de nuevo—. ¡Perdí a un bebé!

—¡Lo entiendo perfectamente! —replicó Barcode, acercándose y dejando la caja en el suelo—. Yo también perdí a un hijo. Pero no voy a perder al resto de mi familia por eso. No puedes castigarnos a todos por una tragedia que no pudimos evitar.

En ese momento, la caja se abrió y un pequeño perrito, un Golden Retriever cachorro, salió corriendo y se lanzó directamente sobre las piernas de Kinn, lamiéndole las manos con un entusiasmo desbordante. Venice, al ver al perrito, se acercó con curiosidad, dejando de llorar por un momento.

—Es para Venice —dijo Barcode, suavizando la voz—. Pero también es para ti. Se llama "Hope". Porque necesitamos recordar que la vida sigue, Kinn. Tenemos un hijo que nos adora y un bebé que nos necesita vivos, no solo presentes.

Kinn miró al cachorro, que ahora intentaba morder el cordón de su pijama de seda. Luego miró a Venice, que estiraba la mano para acariciar al perrito, mirando a su padre con ojos suplicantes.

—Papi Kinn... no llores más —susurró Venice—. El perrito dice que Sky está feliz porque tiene un ángel que lo cuida.

Esa frase, dicha con la inocencia más pura, fue la llave que abrió el cerrojo del dolor de Kinn. Se inclinó hacia adelante y abrazó a Venice con una fuerza desesperada, llorando ahora un llanto diferente, uno de liberación. Barcode se unió al abrazo, rodeándolos a ambos, mientras el cachorro saltaba alrededor de ellos.

—Perdónenme —sollozó Kinn—. Perdónenme por ser tan egoísta. Prometo que volveré. Prometo que volveré a brillar por ustedes.

Meses después, el ático de la GMMTV volvió a ser el centro del caos y la elegancia. Kinn había regresado con más fuerza que nunca, aunque con una madurez que lo hacía aún más atractivo. Había diseñado una línea de ropa para bebés en honor al hijo que perdió, donando todas las ganancias a hospitales infantiles.

Una tarde, Barcode entró en la sala y encontró una escena que le llenó el alma. Kinn estaba sentado en el suelo —algo que antes habría considerado un pecado contra su ropa de marca— jugando con Venice y Sky. El pequeño Sky gateaba sobre una alfombra de seda, mientras el perro, Hope, intentaba lamerle la cara.

—¡Barcode! —exclamó Kinn, levantando la vista con una sonrisa radiante—. Ven aquí. Venice dice que Sky necesita una lección de cómo cantar como su padre, porque sus gritos actuales son "muy poco estéticos".

Barcode se rió, sentándose a su lado y dándole un beso rápido pero profundo.

—Me alegra ver que tu arrogancia ha vuelto, presumido. Estaba empezando a extrañar tus quejas sobre la estética del llanto.

—Bueno —dijo Kinn, acomodándose el cabello con un gesto elegante mientras sostenía a Sky en sus brazos—, alguien tiene que mantener los estándares en esta casa. Además, me he dado cuenta de algo.

—¿De qué? —preguntó Barcode.

Kinn miró a sus dos hijos, luego a Barcode, y finalmente al pequeño altar con una foto y una vela blanca que tenían en un rincón discreto de la sala.

—Que los diamantes son hermosos, sí —dijo Kinn con voz suave—, pero no brillan por sí solos. Necesitan la luz para hacerlo. Y ustedes son mi luz. Sin ustedes, yo solo sería un trozo de carbón muy caro.

Venice se abrazó al cuello de Kinn, mientras Sky balbuceaba algo que sonaba extrañamente a "Papi". Barcode rodeó a su familia con los brazos, sintiendo que, a pesar de las cicatrices y las lágrimas del pasado, habían construido un imperio que ninguna tormenta podría derribar.

—Te amo, mi presumido —susurró Barcode.

—Y yo a ti, mi chico chusma —respondió Kinn, cerrando los ojos con una sonrisa de absoluta paz—. Ahora, por favor, saca al perro de mi alfombra persa antes de que decida que es un buen lugar para dejar un "regalo" poco elegante.

La risa de Barcode llenó el ático, mezclándose con los balbuceos de los niños y los ladridos de Hope. La seda seguía allí, el lujo seguía allí, pero lo que realmente llenaba el espacio era un amor que había aprendido que, para brillar de verdad, a veces hay que pasar por la oscuridad más profunda. Kinn había vuelto a ser el diamante de la GMMTV, pero esta vez, su brillo era eterno.