Estudiando anatomía.
Protocolos de Sobrecarga
La semana siguiente al "incidente" en la habitación de Tenya fue, para Junko, un ejercicio de contención casi heroico. Ver al delegado de la clase 1-A gesticulando con sus brazos robóticos mientras explicaba la importancia de mantener los pasillos despejados era una tortura deliciosa. Ella sabía lo que esos mismos brazos eran capaces de hacer cuando no estaban siguiendo el manual de conducta de la UA.
Era jueves por la noche. Las nubes cubrían la luna sobre los dormitorios de la Academia, y el ambiente en la habitación de Iida era, una vez más, sofocante. No por falta de ventilación, sino por la forma en que Tenya estaba sentado en el borde de su cama, observando a Junko mientras ella terminaba de quitarse las botas.
— Junko —dijo él, su voz rompiendo el silencio con una vibración que le erizó el vello de la nuca—, he estado reflexionando sobre nuestro último encuentro.
Junko levantó la vista, apartándose un mechón de cabello violeta de los ojos. Su mirada juguetona chocó con la seriedad casi académica de Tenya.
— ¿Ah, sí? ¿Has redactado un informe de daños, delegado? —bromeó ella, acercándose a él con ese contoneo de caderas que sabía que lo volvía loco.
Tenya se ajustó las gafas, pero no apartó la vista de sus muslos.
— No exactamente un informe de daños, sino una evaluación de desempeño —respondió él, aunque sus dedos se enterraron en las sábanas—. He llegado a la conclusión de que mi autocontrol se ve severamente comprometido cuando estás a menos de cincuenta centímetros de distancia. Es una anomalía estadística que requiere... una investigación más profunda.
Junko soltó una risita y se sentó a horcajadas sobre su regazo. La diferencia de tamaño era evidente; ella se sentía pequeña y protegida contra su torso sólido.
— Pues aquí me tienes, Tenya. Investiga todo lo que quieras.
Él no esperó más. Sus manos, grandes y cálidas, se posaron en la cintura pequeña de Junko, apretando con una urgencia que contrastaba con su tono educado. Se inclinó y la besó con una ferocidad que le robó el aliento. Sus lenguas se entrelazaron en una lucha por el dominio que Tenya, con su fuerza superior, siempre terminaba ganando.
— Dios, Junko... hueles tan bien —gruñó él contra sus labios—. Llevo todo el día pensando en cómo te veías en el entrenamiento de hoy. Ese uniforme te queda demasiado ajustado. Es una distracción para los futuros héroes.
— ¿Solo para los futuros héroes o específicamente para el delegado? —susurró ella, mordisqueándole el lóbulo de la oreja.
Tenya soltó un jadeo ronco. Sus manos bajaron de su cintura para apretar sus nalgas firmes, levantándola un poco para acomodarla mejor contra su erección, que ya se sentía claramente a través de los pantalones del uniforme.
— Eres una provocadora —dijo él, su voz bajando a un registro peligrosamente bajo—. Pero esta noche no hay reglas, Junko. He cerrado la puerta con doble cerrojo y he activado un silenciador acústico casero en las rendijas de la puerta. Podemos ser tan... ruidosos como desees.
Junko sintió un escalofrío de anticipación. Le encantaba cuando Tenya usaba su cerebro de ingeniero para planificar sus encuentros sexuales. Era extrañamente erótico.
— Quítatelo —ordenó ella, tirando de la camisa de él.
Tenya obedeció con movimientos rápidos y eficientes. Pronto, su torso musculoso quedó al descubierto, brillando bajo la luz tenue de la lámpara. Junko pasó sus manos por sus pectorales, deleitándose en la dureza de su cuerpo. Era como tocar una estatua que latía con una energía volcánica.
— Ahora tú —dijo Tenya, su mirada oscureciéndose—. Quiero verte, Junko. Quiero ver cada centímetro de esa piel blanca que me hace perder la cabeza.
Con una timidez que solo aparecía en estos momentos de vulnerabilidad, Junko se deshizo de su ropa. Bajo la mirada intensa de Tenya, se sintió expuesta pero adorada. Cuando quedó solo en su lencería de encaje oscuro, Tenya dejó escapar un suspiro que sonó casi como un rezo.
— Eres una obra de arte —murmuró él, extendiendo una mano para acariciar la curva de su cadera—. Tus caderas... son perfectas para sostenerlas mientras te tomo por detrás.
Junko se sonrojó violentamente, ocultando el rostro en el cuello de él.
— ¡Tenya! No digas esas cosas tan directamente... me da vergüenza.
— ¿Vergüenza? —Tenya la obligó a mirarlo, sujetando su barbilla con suavidad—. ¿La chica que me llamó "delegado guarro" tiene vergüenza? No, Junko. Quiero que aceptes lo que me haces sentir. Me dan ganas de olvidarme de ser un héroe y simplemente quedarme aquí, devorándote hasta que no puedas caminar.
Él la tumbó de espaldas en la cama, cubriendo su cuerpo con el suyo. La diferencia de peso era embriagadora. Tenya comenzó a besar sus pechos pequeños, rodeando sus pezones con la lengua hasta que ella empezó a retorcerse de placer.
— ¡Ah, Tenya! ¡Ahí, no pares! —suplicó ella, enterrando sus dedos en el cabello azul de él.
— ¿Te gusta así, Junko? —preguntó él, su mano bajando hacia su entrepierna, acariciándola por encima de la tela fina—. Estás tan caliente. Puedo sentir tu calor incluso a través de esto.
Él apartó la lencería con una impaciencia impropia de su carácter. Al encontrarla empapada, soltó un gruñido de satisfacción. Introdujo dos dedos de golpe, haciéndola arquear la espalda y soltar un grito que fue ahogado por el beso de Tenya.
— Mírate... —susurró él al separarse un poco—. Estás tan lista para mí. Tan estrecha y tan empapada. Eres una pequeña zorra muy aplicada, ¿verdad? Has estado pensando en esto todo el día, igual que yo.
Junko asintió frenéticamente, sus ojos violetas nublados por la lujuria.
— Sí... sí, por favor, Tenya. Ya no aguanto más. Te quiero dentro. Quiero sentirte todo.
Tenya se deshizo de sus pantalones y se colocó la protección con una rapidez que delataba su propia desesperación. Se posicionó entre sus muslos, abriéndolos más de lo que ella creía posible. Sus ojos azules brillaban con una intensidad casi maníaca.
— Voy a entrar, Junko —dijo él, pidiendo permiso por puro hábito, aunque sus caderas ya estaban empujando—. ¿Estás lista para que te destroce un poquito el orden, Aoi-san?
— ¡Sí! ¡Hazlo ya, maldita sea!
Él empujó con una fuerza controlada pero devastadora. Junko soltó un gemido largo y agudo, sintiendo cómo su cuerpo se expandía para albergar la magnitud de Tenya. Era una sensación de plenitud absoluta, de ser poseída por algo mucho más grande y fuerte que ella.
— Dios... —jadeó Tenya, cerrando los ojos mientras se sumergía hasta el fondo—. Estás tan apretada... es como si me estuvieras abrazando por dentro. No sé cuánto voy a durar si sigues apretándome así, Junko.
— Entonces no te contengas —respondió ella, envolviendo sus piernas alrededor de su cintura y tirando de él hacia abajo—. Dame todo lo que tienes, Iida.
Tenya perdió el último rastro de decoro. Sus embestidas se volvieron rápidas, rítmicas y potentes, como los pistones de un motor a máxima potencia. El sonido de sus cuerpos chocando llenaba la habitación, una música carnal que aceleraba sus pulsaciones. Tenya no era delicado; la tomaba con una autoridad que hacía que Junko se sintiera completamente sumisa, adorando la forma en que él dominaba su cuerpo.
— ¡Eso es! ¡Justo ahí! —gritaba ella, con la cabeza echada hacia atrás—. ¡Tenya, me vas a romper! ¡Es demasiado bueno!
— ¡Cállate y aguanta! —gruñó él, sus manos apretando sus muslos con tanta fuerza que sabía que dejaría marcas—. ¡Eres mía, Junko! ¡Dilo! ¡Di que eres la chica del delegado!
— ¡Soy tuya! ¡Soy tuya, Tenya! —chilló ella, sintiendo que el clímax empezaba a estallar en su vientre como fuegos artificiales.
Tenya aumentó el ritmo, sus movimientos volviéndose casi frenéticos. Su rostro era una máscara de concentración y placer puro. Estaba sudando, sus músculos brillando bajo la luz, y cada vez que empujaba, Junko sentía que tocaba el cielo.
— ¡Me vengo! —gritó ella, sus músculos vaginales contrayéndose rítmicamente alrededor de él.
— ¡Yo también! ¡Maldita sea, Junko!
Tenya dio tres estocadas finales, tan profundas que parecieron llegarle al alma, y se corrió con un rugido que habría despertado a toda la residencia si no fuera por su previsión con el aislamiento. Se desplomó sobre ella, enterrando el rostro en su cuello, respirando con dificultad.
El silencio volvió a la habitación, solo roto por sus jadeos pesados y el latido desbocado de sus corazones. Tenya se separó después de unos minutos, besando la punta de la nariz de Junko con una ternura que la hizo querer llorar de felicidad.
— Junko... —susurró él, recuperando su voz suave—. ¿Estás bien? Creo que me he excedido un poco con la fuerza.
Junko sonrió, acariciando el brazo musculoso de él.
— Estoy perfecta, Tenya. Ha sido... increíble. Eres un animal cuando te lo propones.
Tenya se sonrojó, pero no se apartó. La atrajo hacia su pecho, envolviéndola en un abrazo protector mientras el sudor se secaba en sus cuerpos.
— Me preocupa que mi comportamiento sea impropio de un aspirante a héroe —comentó él, aunque su tono era más relajado que de costumbre—. Pero cuando estoy contigo, todas las reglas parecen... secundarias.
— Eso es porque eres humano, Tenya. No un motor —dijo ella, besando su pecho—. Y me gustas exactamente así. Un caballero en el pasillo y un... bueno, ya sabes qué, en la cama.
Tenya soltó una carcajada corta y la besó en la frente.
— Supongo que tendré que añadir "mantenimiento de relaciones interpersonales intensas" a mi horario diario.
— Me parece una excelente adición, delegado —respondió Junko, cerrando los ojos y acurrucándose contra él.
Mientras el sueño los vencía, Tenya se prometió a sí mismo que, sin importar los desafíos que enfrentaran como héroes, siempre encontraría el tiempo y el lugar para recordarle a Junko cuánto la deseaba. Después de todo, incluso el motor más potente necesitaba un lugar seguro donde descansar y recargar energías. Y para Tenya Iida, ese lugar siempre sería entre los brazos de la chica rebelde que le había enseñado que la verdadera disciplina también incluye saber cuándo perder el control.