Volver al resumen

Excesos

Arena, Pecado y Sabores

El sol apenas comenzaba a despuntar sobre el horizonte cuando llegaron al recinto privado. Era un espacio abierto, una especie de fosa de arena sílica, fina y traicionera, rodeada por altos muros de concreto que garantizaban que nadie, ni siquiera los paparazzi más persistentes de Iván, pudiera asomarse. El aire era fresco, pero Iván sabía que en menos de una hora aquello se convertiría en un horno.

Ella bajó de su camioneta con una energía que a él le resultaba insultante a esas horas. Llevaba unos shorts de licra negros, tan ajustados que parecían pintados sobre su piel, y un top que dejaba al descubierto cada músculo de su espalda. Sus trenzas, perfectamente hechas, caían sobre sus hombros como látigos oscuros.

—Bienvenido a mi santuario, Conejito —dijo ella, soltando su maleta de equipo sobre un banco de madera—. Aquí es donde se forjan las piernas de acero. La arena no perdona. Cada paso que das te exige el doble que el suelo firme.

Iván bajó su guitarra con cuidado, dejándola en una zona techada. Se sentía fuera de lugar en sus pantalones deportivos, pero estaba decidido a no mostrar debilidad.

—He corrido en la playa antes —replicó él, tratando de sonar seguro.

Ella soltó una carcajada que resonó en el lugar vacío.

—La playa es para turistas, Iván. Esto es para guerreros. Mira y aprende, porque vas a repetir cada movimiento.

Ella se adentró en el centro de la fosa. Comenzó con una serie de sentadillas explosivas seguidas de desplazamientos laterales. Iván se quedó de pie en el borde, con los brazos cruzados, pero su postura defensiva se desmoronó en segundos. Al bajar en la sentadilla, la licra se tensaba al límite, marcando la curva poderosa de sus glúteos y la definición extrema de sus cuádriceps. Cada vez que saltaba, la arena volaba a su alrededor, creando una estampa de fuerza y belleza que lo dejó sin aliento.

Era hipnótico. Iván no podía apartar la vista. Observó cómo el sudor empezaba a perlar su espalda, cómo sus músculos reaccionaban al esfuerzo y cómo esa confianza absoluta se filtraba en cada uno de sus poros. Era una mujer peligrosa, sí, pero en ese momento, bajo la luz dorada del amanecer, parecía una diosa de la guerra reclamando su territorio.

—¿Te vas a quedar ahí parado como un monumento al pasmo o vas a entrar? —le gritó ella, sin dejar de moverse.

Iván entró en la fosa. La arena se hundió bajo sus pies, recordándole que no tenía el control. Ella comenzó a marcarle los ejercicios.

—Baja más, Iván. Si no sientes que te queman los glúteos, lo estás haciendo mal —le ordenó, pasando por su lado.

En un arrebato de audacia, aprovechando que ella pasaba justo frente a él para corregir un cono de entrenamiento, Iván dejó que su mano se deslizara. Fue un movimiento rápido, casi instintivo, una nalgada firme y disimulada que resonó con un sonido seco en el aire matutino.

Ella se detuvo en seco. Iván contuvo el aliento, esperando un gancho al hígado que lo mandara directo al hospital. Sin embargo, ella se giró lentamente, con una sonrisa que no era de enojo, sino de pura malicia. Antes de que Iván pudiera reaccionar, ella le devolvió el golpe con el doble de fuerza, haciendo que él diera un respingo.

—¿Qué pasó, papi? —preguntó ella, inclinando la cabeza con una mirada cargada de fuego—. ¿Se ve buena la cena o qué?

Iván sintió que las piernas se le volvían de gelatina, y no era por el ejercicio. El "papi" dicho en ese tono, con esa cercanía, lo dejó desarmado. Ella dio un paso hacia él, invadiendo su espacio personal, obligándolo a sentir el calor que emanaba de su piel sudada.

—Solo... estaba comprobando la firmeza muscular —logró decir Iván, aunque su voz sonó más ronca de lo que pretendía.

—Mmm, ya veo —dijo ella, recorriendo el pecho de Iván con un dedo juguetón—. Pues ten cuidado, que esta cena muerde y no te va a gustar cómo termina la digestión si no aguantas el ritmo. ¡A trabajar!

Siguieron con el entrenamiento. La arena era un enemigo implacable. Iván tropezó varias veces, cayendo de bruces y terminando con la boca llena de tierra, lo que provocaba las risas constantes de la boxeadora. Pero cada vez que él caía, ella se acercaba, no para ayudarlo, sino para burlarse y obligarlo a levantarse por su cuenta.

—¡Vamos, artista! ¡Si te caes en el escenario no te quedas ahí llorando! —le gritaba ella mientras hacía sombras con una velocidad aterradora.

Llegó el momento del descanso. Iván se desplomó cerca del borde de la fosa, jadeando, con el corazón intentando salirse de su pecho. Ella, en cambio, parecía apenas haber calentado. Se sentó en el banco, sacó su celular y empezó a teclear con rapidez, con una sonrisa entretenida en los labios.

Iván, tratando de recuperar la compostura, empezó a jugar con la arena entre sus dedos, dejando que se filtrara como un reloj de agua. Observó a la boxeadora de reojo. Ella estaba totalmente absorta en su pantalla, ajena al cansancio de él.

—¿Qué haces? —preguntó Iván, intentando sonar casual—. ¿Analizando tus peleas?

Ella ni siquiera levantó la vista. Sus dedos seguían volando sobre la pantalla.

—Hablando con hombres de varios sabores, ¿por qué? —respondió ella con una naturalidad que le dio a Iván un pinchazo de celos en el estómago.

Iván dejó caer el puñado de arena de golpe.

—¿Varios sabores? —repitió, frunciendo el ceño—. No sabía que tenías un buffet.

—Ay, Conejito, no seas ingenuo —dijo ella, finalmente bloqueando el teléfono y mirándolo con esos ojos color miel que ahora brillaban de diversión—. Tengo pretendientes desde Tijuana hasta la Patagonia. Algunos son dulces como un bolillo, otros picantes como un habanero, y otros... bueno, otros son un poco sosos pero tienen buen cuerpo. Hay que mantener las opciones abiertas, ¿no crees?

—Pensé que eras más selectiva —masculló Iván, sintiéndose extrañamente irritado por la imagen de ella coqueteando con media Latinoamérica.

—Lo soy —afirmó ella, levantándose y caminando hacia él con ese contoneo que sabía que lo volvía loco—. Por eso estoy aquí contigo, perdiendo mi mañana en lugar de estar desayunando con un modelo brasileño que me envió flores ayer. Pero no te equivoques, Iván. Que te dé mi tiempo no significa que tengas el contrato de exclusividad.

Ella se agachó frente a él, quedando a la misma altura. El olor a sudor, arena y ese perfume caro que ella usaba se mezcló en los sentidos de Iván.

—Me parece una falta de respeto —dijo Iván, intentando sostenerle la mirada—. Estás aquí conmigo y estás pensando en "sabores".

—¿Celoso, artista? —Ella le dio un toquecito en la nariz—. Los celos no te quedan bien, te hacen ver más niño de lo que ya eres. Además, tú escribes canciones sobre ex novias y amores perdidos todo el tiempo. Yo solo vivo mi vida mientras puedo.

Iván se puso en pie, sacudiéndose la arena de los pantalones. La rabia y la atracción estaban librando una batalla campal en su interior.

—Yo escribo sobre sentimientos reales —replicó él—. Tú solo juegas a coleccionar gente.

—Juego a ganar, Iván. Siempre —sentenció ella, poniéndose en guardia—. Y ahora, deja de hacer pucheros y ponte los guantes. Vamos a ver si ese enojo te sirve para dar un golpe decente o si solo sirve para escribir otra balada aburrida.

Iván se puso los guantes con movimientos bruscos. La tensión entre ellos ya no era solo física; era una guerra de egos, de voluntades. Ella lo provocaba porque sabía que podía, y él respondía porque no sabía cómo ignorarla.

—Enséñame ese sabor picante del que hablas —desafió Iván, subiendo la guardia.

—Cuidado con lo que pides, Conejito —susurró ella, acercándose con una velocidad que él no vio venir—. No vaya a ser que te enchiles y termines llorando antes de que acabe el round.

El entrenamiento continuó, pero la dinámica había cambiado. Cada golpe que Iván lanzaba llevaba una carga de frustración y deseo que ella bloqueaba con una facilidad exasperante, devolviendo ataques que obligaban a Iván a retroceder. En la arena, bajo el sol que ya empezaba a quemar, los dos enemigos seguían bailando una danza peligrosa, donde las nalgadas, los celos y los "sabores" eran solo el preludio de una tormenta que ninguno de los dos iba a poder detener.