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Excesos

Cicatrices, Sombras y un Chocolate Amargo

Iván sentía que el corazón le iba a estallar, pero no por el romanticismo que solía imprimir en sus letras, sino por el esfuerzo físico sobrehumano. Estaban de vuelta en el gimnasio tras la sesión en la arena, y ella, incansable, lo había puesto a saltar la cuerda. El ritmo era frenético. El sonido del plástico golpeando el suelo de madera era como un metrónomo infernal que no le permitía pensar en nada más que en sus pulmones ardiendo.

Ella estaba a unos metros, haciendo sombras frente al espejo, moviéndose con una fluidez que a Iván le parecía cada vez más injusta. Él la miraba de reojo entre salto y salto. Odiaba aceptarlo, pero ya no solo era la curiosidad por su técnica o la irritación por su arrogancia. Había algo más. Cada vez que ella sonreía de lado al verlo sufrir, o cada vez que le soltaba un comentario mordaz, Iván sentía un vuelco en el estómago que no podía explicar con palabras tristes.

—¡Más rápido, Iván! —gritó ella sin dejar de lanzar puñetazos al aire—. Si la cuerda no silba, es que estás perdiendo el tiempo. ¡Pareces un abuelito haciendo ejercicio en el parque!

—¡Cállate! —respondió él, jadeando—. Intenta... intenta cantar tres horas seguidas... y luego me dices... quién tiene... resistencia.

—Cantar no te salva la vida en un callejón, Conejito —se burló ella, girándose para verlo con esa mirada coqueta que era su arma más letal—. Pero sigue, sigue, que te ves muy tierno esforzándote tanto.

Iván apretó los dientes. Trató de acelerar el ritmo, queriendo demostrarle que podía ser tan rápido como ella exigía. Pero el cansancio acumulado le pasó factura. Sus pies se enredaron, perdió la coordinación y, en un movimiento brusco y desafortunado, la cuerda se tensó y salió disparada hacia arriba con la fuerza de un látigo.

El chasquido fue seco y violento. El mango de plástico y la cuerda misma impactaron directamente en el pómulo izquierdo de Iván, rozando peligrosamente el ojo.

—¡Mierda! —gritó Iván, soltando la cuerda y llevándose las manos al rostro de inmediato.

El dolor fue punzante, una quemadura fría que se transformó rápidamente en un latido caliente. Sintió algo líquido correr por sus dedos. Ella, que un segundo antes se estaba riendo, se quedó petrificada. Al ver que Iván no se movía y que la sangre empezaba a manchar su camiseta, se acercó corriendo.

—A ver, quita las manos —dijo ella, su voz perdiendo por un instante ese tono de burla.

Iván se desplomó en un banco cercano, apretando los ojos. El izquierdo le ardía como si le hubieran echado arena ardiendo, y las lágrimas empezaron a brotar involuntariamente, mezclándose con la sangre que brotaba de una cortada profunda en su mejilla.

—Déjame ver, Iván. No seas testarudo —insistió ella, forzando sus manos para apartarlas.

Cuando vio la herida, soltó un silbido bajo. La mejilla estaba abierta en una línea roja y el ojo comenzaba a inflamarse y a lagrimear sin control. Ella fue por el botiquín de emergencia con una rapidez asombrosa y regresó en segundos. Se sentó entre las piernas de Iván, obligándolo a levantar la barbilla.

—Te diste duro, ¿eh? —comentó mientras empapaba un algodón en antiséptico—. Te va a quedar una cicatriz de guerra. Al menos así tendrás algo real de qué escribir en tu próximo disco.

—Me duele... —susurró Iván, tratando de mantener el ojo abierto, pero las lágrimas seguían cayendo—. No veo bien por este lado.

—Es por el golpe, el impacto te sacudió el lagrimal —explicó ella con una calma profesional, aunque sus dedos, al tocar la piel de Iván, eran sorprendentemente delicados—. Deja de ser un pinche llorón, Cornejo. Es solo un rasguño.

A pesar de sus palabras rudas, ella usó el borde de su propia venda limpia para secarle las lágrimas del ojo izquierdo con una ternura que Iván no esperaba. Sus rostros estaban a centímetros de distancia. Iván podía ver cada peca, cada detalle de su piel, y el olor de su perfume mezclado con el antiséptico lo mareó más que el golpe. Ella no tenía sentimientos, o eso decía todo el mundo, pero la forma en que sopló suavemente sobre la herida para que el alcohol no le ardiera tanto hizo que el corazón de Iván diera un vuelco definitivo.

Estaba enamorado. Era una estupidez, era un suicidio emocional, pero ahí estaba, sangrando y llorando frente a la mujer que probablemente lo usaría como saco de boxeo emocional en cuanto tuviera oportunidad.

—Ya está —dijo ella, pegando una tira de sutura adhesiva sobre la mejilla—. Vas a parecer un chico malo por unos días. A tus fans les va a encantar el look de "músico herido".

—Gracias —dijo Iván, mirándola fijamente.

Ella sostuvo la mirada por un segundo de más, y por primera vez, Iván vio una chispa de duda en ella. Pero fue fugaz. Ella se puso de pie de un salto, recuperando su armadura de arrogancia.

—No me agradezcas. Me conviene que estés entero, si te mueres aquí me cierran el gimnasio por negligencia —dijo ella, guardando las cosas—. Vámonos ya, es tarde y tengo hambre.

Iván se levantó, sintiéndose mareado y de mal humor. Recogió su guitarra y caminaron hacia la puerta principal del gimnasio. El lugar estaba en silencio, las luces ya se habían apagado automáticamente en varias secciones. Al llegar a la gran puerta de metal, Iván tiró de la manija, pero no cedió.

—Está cerrada —dijo él, tirando con más fuerza—. No abre.

—¿Qué? No digas tonterías, déjame a mí —ella empujó con el hombro, pero la puerta estaba bloqueada por fuera—. ¡Ese viejo estúpido del conserje! Le dije que nos íbamos a quedar un poco más. Debió pensar que ya no había nadie y echó los cerrojos de seguridad.

—¿Y la puerta trasera? —preguntó Iván, empezando a sentir un toque de pánico.

—Solo se abre con llave desde fuera por seguridad nocturna —respondió ella, soltando un suspiro de frustración—. Estamos encerrados, Conejito.

Iván soltó un gruñido y pateó la puerta.

—¡Genial! ¡Simplemente genial! Me duele la cara, no veo bien por un ojo y ahora voy a pasar la noche en este gimnasio que huele a sudor rancio.

—Ay, no seas dramático —se burló ella, caminando de regreso hacia el ring—. Es un gimnasio, no una celda de tortura. Tenemos colchonetas, agua y... bueno, yo tengo esto.

Sacó de su maleta una barra de chocolate oscuro con sal de mar y se la lanzó a Iván. Él la atrapó en el aire, sorprendido.

—Es de los buenos, me lo trajo un pretendiente suizo la semana pasada —dijo ella, encogiéndose de hombros—. Cómelo, te hace falta azúcar para que dejes de estar de mal humor.

Iván se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra el ring. Abrió el chocolate y probó un trozo. Estaba delicioso, pero el amargor del cacao le recordaba su situación. Ella, por su parte, parecía no tener ningún problema con el encierro. Sacó su teléfono, soltó un bufido y lo arrojó sobre su maleta.

—No hay señal aquí adentro —dijo ella—. Las paredes de concreto son demasiado gruesas. Estamos incomunicados.

—¿Y qué vas a hacer? —preguntó Iván, viéndola empezar a estirar de nuevo—. ¿No te desespera estar aquí encerrada?

—Iván, paso diez horas al día aquí por gusto. Estar encerrada unas cuantas más no me va a matar —respondió ella, poniéndose en posición de plancha—. Además, es una excelente oportunidad para entrenar sin distracciones.

Iván la observó en silencio. Mientras él se sentía miserable, ella estaba usando el tiempo para perfeccionar su cuerpo. Ella no necesitaba a nadie. No necesitaba internet, no necesitaba pretendientes suizos, y ciertamente no necesitaba a un cantante de diecinueve años con el corazón en la mano.

—¿Alguna vez te detienes? —preguntó él después de un rato—. ¿Alguna vez simplemente te sientas y no haces nada? ¿O tienes miedo de que si te detienes, tus sentimientos te alcancen?

Ella se detuvo a mitad de una lagartija y lo miró de reojo. Sus ojos miel se oscurecieron un poco.

—Los sentimientos son para la gente que tiene tiempo de sobra, Iván. Yo tengo metas. Tengo un título que defender y una vida que disfrutar sin ataduras. Lo que tú llamas "sentimientos", yo lo llamo "distracciones".

—Entonces soy una distracción para ti —afirmó él, bajando la vista al chocolate.

—Eres la distracción más persistente que he tenido en mucho tiempo —admitió ella, volviendo a su ejercicio—. Pero no te hagas ilusiones. Sigo pensando que eres un presumido que necesita un par de golpes más para entender cómo funciona el mundo real.

Iván soltó una risa amarga.

—Ya me diste el golpe, ¿no? La cuerda hizo el trabajo por ti.

—Eso fue un accidente —dijo ella, y por primera vez su voz sonó un poco más suave—. Pero la cicatriz te va a recordar que en este gimnasio, y en la vida, si te distraes, sangras.

Pasaron las horas. El gimnasio se volvió frío y las sombras se alargaron. Iván terminó el chocolate y, aburrido, sacó su guitarra del estuche. Empezó a rasguear una melodía lenta, algo que no tenía letra todavía, pero que capturaba el sentimiento de estar encerrado con alguien que estaba a kilómetros de distancia emocionalmente.

Ella dejó de entrenar. Se sentó en el borde del ring, con las piernas colgando, observándolo. El sonido de la guitarra llenaba el espacio vacío, rebotando en las paredes y dándole al gimnasio una atmósfera casi sagrada.

—Tocas bien —dijo ella en voz baja—. Supongo que por eso tienes a tantas niñas llorando por ti.

—No toco para que lloren —respondió Iván, sin dejar de rasguear—. Toco porque es la única forma que conozco de decir las cosas que no me atrevo a decir hablando.

—¿Y qué estás diciendo ahora? —preguntó ella, inclinándose hacia delante.

Iván levantó la mirada. Su ojo izquierdo seguía un poco inflamado, y la sutura en su mejilla le daba un aire de vulnerabilidad peligrosa.

—Estoy diciendo que eres la mujer más difícil, arrogante y desesperante que he conocido —dijo él, manteniendo el ritmo de la música—. Y que, por alguna razón, no quiero que abran esa puerta todavía.

Ella guardó silencio. No hubo burla, no hubo risas, no hubo comentarios sobre pretendientes de otros países. Simplemente se quedó ahí, escuchando la música de Iván en la penumbra del gimnasio.

—Eres un peligro, Cornejo —dijo ella finalmente, saltando del ring y caminando hacia él—. No porque sepas pelear, sino porque sabes cómo entrar en la cabeza de la gente.

Se sentó a su lado en el suelo de madera. Iván dejó de tocar y el silencio que siguió fue más intenso que cualquier canción. Estaban encerrados, sin internet, sin salida, y con una tensión que amenazaba con romper la última barrera que quedaba entre ellos.

—Sigo siendo tu enemiga —susurró ella, acercando su rostro al de él, sus ojos brillando en la oscuridad—. No lo olvides.

—Lo sé —respondió Iván, sintiendo que su corazón latía al mismo ritmo que el de ella—. Pero incluso los enemigos necesitan una tregua de vez en cuando.

Ella sonrió, pero esta vez no fue una sonrisa de conquista. Fue algo más real, algo que Iván guardaría en su memoria para la próxima canción que escribiera. Se quedaron ahí, hombro con hombro, esperando a que el conserje llegara por la mañana, sabiendo que, aunque la puerta se abriera, algo dentro de ellos ya se había quedado encerrado para siempre en ese gimnasio.