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Excesos

Acordes en la Oscuridad y Torres de Cuero

El eco de la guitarra de Iván se desvaneció lentamente, dejando tras de sí un silencio denso. El cansancio del entrenamiento y el dolor punzante en su mejilla herida lo tenían al borde del agotamiento, pero la adrenalina de estar allí, a solas con ella, lo mantenía alerta. Ella lo observaba con una intensidad que él no terminaba de descifrar, sentada a su lado en el frío suelo del gimnasio.

—Tocas bien, Conejito —repitió ella, rompiendo el silencio—, pero tus canciones son demasiado lentas. Te falta fuego, te falta esa chispa que hace que la sangre hierva.

Iván soltó una risa nasal, llena de sarcasmo, y le extendió la guitarra con un gesto desafiante.

—Ah, ¿sí? Pues adelante, campeona. Demuéstrame cómo se hace. Supongo que después de romperte los nudillos contra los sacos, tus dedos deben de ser tan ágiles como troncos de madera.

Él esperaba que ella rechazara el instrumento, o que al menos intentara rasguear un par de acordes torpes para luego reírse de su propio fracaso. Pero ella, con una sonrisa que le erizó la piel, tomó la guitarra con una naturalidad asombrosa. La acomodó en su regazo, ajustó la postura de su espalda y, sin siquiera mirar las cuerdas, comenzó a afinar de oído con una precisión quirúrgica.

—Mira y aprende, artista —dijo ella.

De repente, el gimnasio se llenó de un sonido frenético. Sus dedos, esos mismos que Iván había visto vendarse con brutalidad, se movían ahora sobre el mástil con una velocidad eléctrica. No estaba tocando una balada; estaba ejecutando unos requintos rápidos, complejos y cargados de una técnica que Iván solo había visto en músicos con décadas de experiencia. Las notas saltaban, vibraban y llenaban cada rincón de "La Jauría", creando una atmósfera de energía pura que contrastaba con la oscuridad del lugar.

Iván se quedó con la boca abierta. No podía creer lo que estaba viendo. Ella no solo tocaba; dominaba el instrumento con la misma ferocidad con la que dominaba el ring.

—¿Qué pasa, Cornejo? —preguntó ella sin detener el ritmo, lanzándole una mirada cargada de picardía—. ¿Te comieron la lengua los gatos? ¿O es que nunca habías visto a una mujer hacer algo mejor que tú?

—¿Cómo... dónde aprendiste a tocar así? —logró preguntar él, genuinamente impresionado.

—Mi abuelo era músico de mariachi en Sonora —respondió ella, terminando el requinto con un acorde vibrante y seco—. Me enseñó a tocar antes de que aprendiera a lanzar mi primer jab. Decía que la música y el boxeo son lo mismo: ritmo, tiempo y saber cuándo dar el golpe final.

Le devolvió la guitarra con un gesto despreocupado, como si acabara de hacer algo sin importancia. Iván tomó el instrumento, sintiendo el calor que ella había dejado en la madera. Se sentía pequeño, pero extrañamente fascinado. Se dejó caer hacia atrás, acostándose en el suelo de madera, mirando hacia el techo alto y oscuro del gimnasio.

—Eres una caja de sorpresas —susurró Iván, cerrando los ojos por un momento.

Mientras él estaba allí tumbado, procesando el hecho de que la mujer que lo hacía sufrir en los entrenamientos también podía superarlo en su propio terreno, ella no se quedó quieta. La hiperactividad de la boxeadora no conocía descansos. Iván la escuchaba moverse por el gimnasio, arrastrando cosas, tarareando una melodía que él no reconocía.

Abrió un ojo y la vio en el centro del ring. Había recolectado casi todos los guantes de boxeo del lugar y estaba intentando armar una torre con ellos. Era una imagen absurda: la mejor boxeadora de Latinoamérica, una mujer capaz de romper costillas con una patada, concentrada en equilibrar guantes de cuero uno sobre otro como si fueran piezas de un rompecabezas infantil.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Iván, soltando una pequeña risa.

—Construyo mi imperio —respondió ella sin mirarlo, colocando con sumo cuidado un guante rojo sobre uno azul—. Si vamos a estar atrapados aquí, al menos quiero ser la reina de algo.

La torre se tambaleó y cayó al suelo con un sonido sordo. Ella soltó un bufido de frustración y, en lugar de intentar armarla de nuevo, saltó fuera del ring y comenzó a realizar movimientos de karate. Sus patadas eran altas, precisas, cortando el aire con un silbido que demostraba su control absoluto sobre su cuerpo.

Iván la observaba desde el suelo, apoyando la cabeza en sus manos. Verla así, en ese estado de juego y entrenamiento constante, lo hacía sentir una calidez extraña en el pecho. No era solo atracción física; era una admiración profunda por su espíritu indomable.

—Oye —dijo Iván, rompiendo el silencio que se había formado entre las patadas de ella—, tengo una pregunta.

Ella se detuvo en medio de una posición de equilibrio, manteniéndose sobre una sola pierna con una estabilidad envidiable.

—Dispara, Conejito. Pero que no sea una de tus preguntas existenciales, que me da sueño.

—¿Alguna vez has estado enamorada? —preguntó él, tratando de sonar desinteresado, aunque su corazón latía con fuerza.

Ella bajó la pierna lentamente y se quedó en silencio por un momento, mirando hacia la puerta cerrada del gimnasio. Por primera vez en toda la noche, su expresión se suavizó. Caminó hacia Iván y se sentó en el suelo, a una distancia prudente, pero lo suficientemente cerca como para que él pudiera ver el brillo en sus ojos.

—Sí... —dijo ella, soltando un suspiro largo—. Odio decirlo, pero esa vez fui la persona más cursi del planeta.

Iván se incorporó un poco, apoyándose en los codos, intrigado por la confesión.

—¿Tú? ¿Cursi? No me lo imagino.

—Te lo juro —continuó ella, con una media sonrisa nostálgica—. Incluso hacía cartas demasiado largas. Eran hojas y hojas de papel donde escribía cosas que hoy me darían vergüenza ajena. Parecían exageradas, pero en ese momento solo escribía lo que sentía, sin filtros.

—¿Y qué pasó? —quiso saber Iván.

—Bueno, de todos modos solo tenía trece años —dijo ella, encogiéndose de hombros—. Duramos seis meses. Fue ese tipo de amor de secundaria que parece el fin del mundo cuando se acaba. Y no te contaré más, no quiero que uses mi historia para una de tus canciones de desamor.

Iván la miró fijamente. La imagen de ella, a los trece años, escribiendo cartas de amor interminables, le pareció la cosa más tierna del mundo. Se imaginó a esa niña, antes de las cicatrices y los títulos mundiales, entregando su corazón con la misma intensidad con la que hoy entregaba sus golpes. Sin darse cuenta, Iván le dedicó una sonrisa llena de ternura, una sonrisa real, de esas que no usaba para las cámaras ni para sus fans.

Ella lo miró y, por un instante, se quedó sin palabras. Su rostro, siempre lleno de seguridad y desafío, mostró una confusión genuina. Se quedó petrificada ante la dulzura de la expresión de Iván.

—¿Por qué me miras así? —preguntó ella, frunciendo el ceño, aunque sus mejillas empezaron a teñirse de un rosa suave que trató de ocultar girando la cabeza—. Pareces un cachorro abandonado.

Iván notó el sonrojo y sintió una pequeña victoria en su interior. Había logrado poner nerviosa a la mujer inalcanzable. Pero él también se sintió expuesto, y el calor subió por su propio cuello.

—Nada —dijo él rápidamente, desviando la mirada hacia sus manos—. Solo pensaba que... bueno, que incluso las máquinas de guerra tienen un pasado de papel y tinta.

—No te acostumbres, Cornejo —replicó ella, recuperando su tono mordaz aunque su voz todavía temblaba un poco—. Eso fue hace una vida. Ahora solo escribo contratos y autógrafos.

—Claro, claro —dijo Iván, tratando de disipar la tensión—. Y dime, ¿qué más sabes hacer además de tocar la guitarra mejor que yo y dar patadas voladoras? ¿Sabes cocinar o también quemas el agua?

—Cocino mejor de lo que tú afinas —respondió ella, agradecida por el cambio de tema—. Mi especialidad es el aguachile, pero dudo que tu estómago de artista soporte tanto picante. Te pondrías a llorar antes del tercer bocado.

—Eso es un reto —dijo Iván, sonriendo de nuevo, aunque esta vez de forma más juguetona—. Cuando salgamos de aquí, vas a tener que demostrarlo.

—¿Me estás invitando a una cita, Iván? —preguntó ella, arqueando una ceja y recuperando su faceta de conquistadora.

—Estoy invitándote a una competencia culinaria —corrigió él, aunque ambos sabían que era una mentira piadosa—. No quiero que pienses que ya caí en tus redes.

—Demasiado tarde, papi —dijo ella, poniéndose en pie y dándole una palmadita en la mejilla sana—. Ya estás enredado, solo que todavía no te has dado cuenta.

Se alejó hacia el otro extremo del gimnasio para seguir con sus estiramientos, dejando a Iván solo con sus pensamientos. Él se volvió a acostar en el suelo, sintiendo el frío de la madera contra su espalda. La mejilla le dolía, estaba encerrado, tenía hambre y su carrera dependía de una inspiración que parecía escapársele entre los dedos.

Pero mientras miraba hacia las vigas del techo, Iván se dio cuenta de que ya no le importaba tanto la puerta cerrada. Por primera vez en mucho tiempo, no estaba pensando en su próximo álbum ni en sus fans. Estaba pensando en las cartas de amor de una niña de trece años y en el sonido de un requinto perfecto que todavía resonaba en sus oídos.

—Enemigos, ¿eh? —susurró para sí mismo, cerrando los ojos con una sonrisa.

La noche en "La Jauría" apenas comenzaba, y aunque el mundo exterior estaba a solo unos metros de distancia, para Iván y la boxeadora, el universo se había reducido a ese espacio lleno de guantes, cuerdas y una tensión que quemaba más que cualquier golpe en el ring. Ella era peligrosa, coqueta y adicta al desmadre, y él era el chico de las canciones tristes que, por fin, estaba aprendiendo a pelear por algo que valía la pena.