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Experimento

Cenizas de Orgullo y Consuelos de Acero

La ciudad de Nueva York nunca dormía, y Johnny Storm tampoco podía hacerlo. Desde el enfrentamiento en la azotea, el rubio se sentía como un motor fuera de borda funcionando sin aceite; estaba sobrecalentado, ruidoso y a punto de griparse. La imagen de Deadpool tocando a Peter, incluso bajo la excusa de un "alivio químico", se le había quedado grabada en la retina como una quemadura solar que no dejaba de escocer.

Johnny había pasado los últimos tres días patrullando de forma obsesiva, ignorando las llamadas de Reed y las miradas de reproche de Sue. No buscaba criminales, buscaba una mancha roja y azul. Necesitaba terminar la conversación que Peter había dejado suspendida en el aire antes de lanzarse al vacío.

Fue en los muelles de Brooklyn, bajo la sombra de unos almacenes abandonados, donde su sensor interno de "problemas arácnidos" se activó. El aire allí olía a salitre, metal oxidado y... ¿tabaco?

Johnny descendió lentamente, apagando su combustión hasta quedar reducido a un brillo tenue. Aterrizó sobre el techo de un contenedor de carga, moviéndose con un sigilo que rara vez practicaba. Al asomarse por el borde, lo que vio lo dejó paralizado, pero no por la rabia esta vez, sino por el desconcierto.

En un pequeño claro entre los contenedores, Peter estaba sentado en una caja de madera vieja. No llevaba la máscara puesta. Sus rodillas estaban pegadas al pecho y su rostro, ese rostro de "ojos de bambi" que Johnny adoraba y odiaba a partes iguales, estaba surcado por lágrimas silenciosas. Se veía pequeño, roto, como si el peso del mundo finalmente hubiera aplastado su resistencia arácnida.

A su lado, Deadpool no estaba haciendo chistes. Wade Wilson tenía sus brazos envueltos alrededor de los hombros de Peter en un abrazo protector, casi paternal. No había manos errantes, no había insinuaciones lascivas. Deadpool simplemente estaba allí, permitiendo que el chico se hundiera en su hombro, murmurando palabras en voz baja que Johnny no alcanzaba a oír.

A unos metros de ellos, apoyado contra una viga de acero y fumando un puro cuyo aroma inundaba el lugar, estaba James "Logan" Howlett. Wolverine mantenía la vista fija en la entrada del muelle, actuando como un centinela silencioso.

Johnny se movió, una pequeña chispa saltando de sus dedos por la tensión. El oído hiperdesarrollado de Logan captó el sonido al instante. El mutante giró la cabeza, sus ojos clavándose en la posición de Johnny con una intensidad animal. Logan no sacó las garras, pero su expresión era una advertencia clara. Hizo un gesto seco con la cabeza, señalando hacia afuera, indicándole a la Antorcha que se largara.

Johnny, fiel a su naturaleza terca, hizo caso omiso. Saltó del contenedor y aterrizó en el suelo, caminando hacia el grupo.

— ¿Qué demonios está pasando aquí? —preguntó Johnny, tratando de mantener la voz baja pero fallando en ocultar la urgencia.

Logan soltó una densa nube de humo y se interpuso en el camino de Johnny, cruzando sus brazos musculosos sobre el pecho.

— No es el momento, niño fósforo —dijo Logan con su característica voz rasposa—. Da media vuelta y vuela hacia tu torre de cristal. El chico no necesita tu drama ahora.

— Es mi amigo, Logan. Tengo derecho a saber qué le pasa —replicó Johnny, intentando esquivarlo.

— ¡He dicho que te largues! —gruñó el mutante, esta vez dejando que el sonido metálico de sus garras asomando apenas unos milímetros sirviera de puntuación—. Está teniendo un colapso. El químico, el estrés, la pelea que tuviste con él... todo se le ha juntado. Déjalo respirar.

Peter levantó la cabeza al oír la voz de Johnny. Sus ojos estaban rojos e hinchados. Deadpool, al notar la presencia del Storm, no saltó con un insulto. Se limitó a apretar más el abrazo sobre Peter, mirando a Johnny con una seriedad que resultaba extraña en él.

— Hola, chispitas —dijo Wade, su voz privada de su habitual tono histriónico—. El pequeño Spidey está un poco roto hoy. Resulta que ser un héroe perfecto, un estudiante brillante y un juguete sexual químico por accidente es un poco mucho para un solo cerebro, ¿quién lo diría?

Johnny sintió una punzada de culpa que le atravesó el pecho como un carámbano de hielo. Se soltó del bloqueo de Logan con un movimiento brusco.

— Peter... —Johnny se acercó, arrodillándose frente a él, ignorando el gruñido de advertencia de Wolverine—. Pete, mírame. Lo siento. Siento lo de la azotea. Fui un idiota.

Peter soltó un suspiro tembloroso, limpiándose la cara con el dorso de la mano.

— No es solo eso, Johnny —dijo Peter, su voz sonando pequeña y agotada—. Es todo. Siento que ya no sé quién soy. Desde lo del laboratorio... siento que hay algo en mí que no puedo controlar. Y me asusta. Me asusta que lo único que me haga sentir normal sea... esto.

Señaló a Deadpool y a Logan. Dos hombres que vivían en la violencia y el caos, personas que no esperaban que Peter Parker fuera un ejemplo de virtud.

— Me asusta que tú me veas como algo que necesita ser arreglado —continuó Peter, mirando finalmente a Johnny a los ojos—. Porque cuando me tocas, cuando me miras... veo que esperas al Peter de siempre. Y ese Peter se quemó en aquella camilla.

Johnny se quedó sin palabras. La honestidad brutal de Peter era más dolorosa que cualquier ataque físico. Se dio cuenta de que su sobreprotección y sus celos no eran por el bienestar de Peter, sino por su propio miedo a perder la imagen idealizada que tenía de su amigo.

— No quiero arreglarte, Pete —dijo Johnny, su voz suavizándose, sus manos buscando las de Peter con cautela—. Solo quiero estar contigo. En el incendio o en las cenizas. Me da igual.

Deadpool soltó un pequeño suspiro dramático, pero esta vez no interrumpió. Logan, viendo que la situación no iba a terminar en una pelea, volvió a su viga de acero, aunque no dejó de vigilar.

— El chico ha estado vomitando recuerdos toda la noche, Storm —dijo Wade, acariciando el cabello castaño de Peter—. Recuerdos de cómo se sintió cuando lo tomaste. Dice que fue lo mejor y lo peor de su vida. Lo mejor porque eras tú, y lo peor porque no podía parar. Está aterrorizado de que lo que siente por ti sea solo química.

Johnny miró a Peter, buscando una confirmación.

— ¿Es eso, Pete? ¿Crees que lo que sentimos es solo por el X-14?

— No lo sé, Johnny —respondió Peter con sinceridad desgarradora—. Solo sé que cuando estoy cerca de ti, mi sentido arácnido grita "peligro", pero mi cuerpo grita "más". Y no sé distinguir cuál es cuál. Por eso vine con ellos. Wade no me pide que sea bueno. Logan no me pide que sea perfecto. Con ellos puedo ser... este desastre que ves.

Johnny guardó silencio, procesando las palabras. Miró a Deadpool, el mercenario que solía despreciar, y vio a alguien que le estaba dando a Peter el espacio que él le había negado. Miró a Logan, el hombre que entendía lo que era llevar un monstruo dentro, y entendió por qué Peter se sentía seguro allí.

— Entiendo —dijo Johnny finalmente. Se puso de pie, pero no se alejó—. Entiendo que necesites esto. Pero no voy a dejarte solo, Peter. No voy a fingir que nada ha pasado y no voy a esperar que seas el de antes.

Johnny miró a Logan.

— ¿Puedo quedarme? No diré nada. No haré chistes. Solo... quiero estar aquí.

Wolverine lo evaluó durante unos segundos largos, el humo del puro arremolinándose entre ellos. Finalmente, asintió con un gesto casi imperceptible.

— Si abres la boca para una de tus fanfarronadas, te lanzaré al río con un bloque de cemento en los pies, antorcha —advirtió Logan.

Johnny se sentó en el suelo, a unos metros de la caja de Peter. Deadpool volvió a acomodar a Peter contra su costado, y el arácnido cerró los ojos, dejando escapar un suspiro de alivio.

Pasaron las horas en un silencio extraño pero necesario. El muelle se volvió más frío, pero Johnny no encendió sus llamas. Prefería sentir el frío junto a Peter que estar caliente solo. Observó cómo Deadpool, con una paciencia infinita, le contaba a Peter historias absurdas sobre sus misiones, logrando que el chico soltara una pequeña risa de vez en cuando. Vio cómo Logan, a pesar de su fachada de tipo duro, le pasaba a Peter una cantimplora con agua y se aseguraba de que estuviera cubierto.

Johnny comprendió que Peter no necesitaba un amante en ese momento, ni siquiera un héroe. Necesitaba una manada. Necesitaba saber que, incluso si se volvía oscuro, incluso si el químico cambiaba su naturaleza, todavía había un lugar para él.

— Johnny —susurró Peter después de un rato, rompiendo el silencio.

— ¿Sí, Pete?

— Gracias por quedarte.

Johnny sonrió, una sonrisa genuina y desprovista de su habitual arrogancia.

— Siempre, Pete. Siempre.

Deadpool miró a Johnny y le guiñó un ojo por debajo de la máscara.

— Cuidado, chispitas. Si te pones tan sentimental, voy a tener que cobrarte por la terapia de grupo. Y mis tarifas son muy altas, especialmente si incluyen abrazos.

— Cierra el pico, Wade —dijeron Johnny y Logan al unísono.

Peter soltó una carcajada, esta vez más fuerte, y por primera vez en días, el ambiente se sintió ligero. El fuego de Johnny no se había apagado, pero ya no era un incendio descontrolado de celos. Era una brasa constante, una promesa de que, cuando Peter estuviera listo para salir de su crisálida de ceniza, él estaría allí para ayudarlo a volar de nuevo.

La noche continuó, y bajo las estrellas de Brooklyn, cuatro de los hombres más peligrosos y dañados del mundo encontraron un momento de paz. No había ciencia, no había misiones, solo la cruda y reconfortante realidad de que, a veces, para salvar a alguien, no hace falta luchar contra villanos, sino simplemente sentarse en la oscuridad y esperar a que pase la tormenta.

Johnny miró a Peter, que finalmente se había quedado dormido apoyado en Deadpool, y supo que el camino de regreso sería largo. Pero mientras hubiera una chispa entre ellos, valdría la pena quemarse las manos una y otra vez.

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