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Falso novio infantil

Bajo el peso de la traición y el perfume del pasado

La mansión de los Senju, alquilada para la gala anual de la élite de Konoha, resplandecía con una opulencia que rozaba lo obsceno. Lámparas de cristal de Bohemia colgaban del techo, proyectando destellos sobre los vestidos de seda y los trajes a medida de los hombres más poderosos del país. Sasuke Uchiha, impecable en un esmoquin negro que acentuaba su figura autoritaria, sostenía una copa de champán con una elegancia gélida. Sus padres estaban a pocos metros, inmersos en conversaciones sobre acciones y adquisiciones, satisfechos de que su hijo estuviera allí, cumpliendo con la imagen familiar.

Sin embargo, a su lado había un vacío.

Naruto no había querido ir. Esa misma tarde, en el pequeño apartamento que compartía con su tío, el rubio le había dicho con una sonrisa triste que no se sentía con fuerzas. «No pertenezco a ese mundo de luces brillantes, Sasuke-kun. Allí solo soy el chico que compraste para las fotos. Prefiero quedarme aquí haciendo estrellas de papel». Sasuke no lo había presionado; en parte, una parte egoísta y oscura de él se sentía aliviada de no tener que cargar con la hiperactividad y el color naranja de Naruto en un evento tan rígido.

Pero ahora, rodeado de gente que solo hablaba de cifras, Sasuke se sentía extrañamente desprotegido.

— Parece que el pajarito se quedó en su jaula —dijo una voz aterciopelada a sus espaldas.

Sasuke no necesitó girarse para saber quién era. Sakura Haruno se deslizó hasta quedar frente a él. Llevaba un vestido verde esmeralda que resaltaba el color de sus ojos, con un escote pronunciado y una caída que sugería más de lo que ocultaba. Se veía radiante, poderosa, muy lejos de la chica que lo había humillado años atrás, y sin embargo, conservaba esa misma chispa de manipulación en la mirada.

— ¿Qué quieres, Sakura? —preguntó Sasuke, bebiendo un sorbo de champán.

— Solo hablar. Te he visto solo toda la noche —ella se acercó un paso más, invadiendo su espacio personal—. Me enteré de que tu "novio" no vino. Es comprensible, ese chico es... bueno, un poco fuera de lugar aquí, ¿no crees? Tú necesitas a alguien que sepa sostener una copa de cristal, no a alguien que colecciona pegatinas de ramen.

— No hables de él —advirtió Sasuke, aunque su voz carecía de la ferocidad habitual.

— ¿Por qué no? —Sakura bajó la voz, volviéndola casi un susurro—. Sé que me odias por lo que pasó. Fui inmadura, Sasuke. No sabía lo que tenía hasta que lo perdí. Estos años... te he extrañado. Extraño cómo me mirabas. Extraño ese lado tuyo que solo me mostrabas a mí.

Sasuke sintió un vuelco en el estómago. El recuerdo de su antiguo amor, de la calidez que compartieron antes de que todo se volviera cenizas, lo golpeó con la fuerza de un tren. Sakura puso una mano sobre su pecho, justo encima de su corazón.

— Vamos a un lugar más tranquilo —sugirió ella—. Solo para hablar. Por los viejos tiempos.

Sasuke, confundido por la mezcla de nostalgia y el deseo de ser comprendido por alguien que compartiera su estatus, la siguió. Se alejaron del salón principal, recorriendo pasillos adornados con obras de arte hasta llegar a un rincón oscuro de la terraza, oculto por grandes macetas de jazmines y la sombra de la arquitectura gótica de la mansión.

El aire nocturno era fresco, pero la tensión entre ellos era sofocante.

— Te extraño, Sasuke —repitió Sakura, acortando la distancia final—. Extraño ser la única que podía derretir tu hielo. Ese chico rubio... él no te conoce. Solo te adora como a un ídolo. Yo te conozco de verdad. Conozco tus sombras.

— Tú me rompiste —dijo Sasuke, su voz temblando ligeramente.

— Y quiero arreglarte —respondió ella, sellando la promesa con un gesto audaz.

Sakura se puso de puntillas y lo besó. Fue un beso largo, cálido y cargado de una urgencia que Sasuke no había sentido en mucho tiempo. En ese contacto, Sasuke se sintió nuevamente "en casa", o al menos en la versión de hogar que él conocía: una llena de fuego, drama y una intensidad que lo consumía. Se sintió amado, querido, necesitado. Sus manos bajaron a la cintura de Sakura, atrayéndola hacia él, respondiendo al beso con una desesperación que era, en realidad, un grito de soledad.

Lo que Sasuke no vio fue el brillo de un teléfono móvil entre las hojas de un jazmín cercano. Una de las "amigas" de Sakura, siguiendo un plan meticulosamente trazado para destruir la farsa del Uchiha, grabó cada segundo del encuentro. El video fue enviado instantáneamente a un número específico.

A kilómetros de allí, en un pequeño sofá gastado, un teléfono vibró. Naruto lo tomó con curiosidad, esperando un mensaje de Sasuke diciendo que ya iba de camino. En su lugar, vio el video. Vio al hombre que amaba, al hombre por el que rezaba cada noche, besando con pasión a la mujer que tanto daño le había hecho. El mundo de Naruto, hecho de papel y buena voluntad, se desmoronó en silencio.

Al día siguiente, el cielo de Konoha amaneció gris y pesado. Una lluvia fina pero persistente comenzó a caer sobre el campus universitario, lavando la suciedad de las calles pero no la pesadez en el pecho de Sasuke. Él caminaba hacia la facultad, con la mente hecha un caos. El beso de anoche lo perseguía; se sentía culpable, pero también extrañamente revitalizado, como si hubiera recuperado una parte de su identidad que Naruto no podía tocar.

Vio a Naruto parado bajo un árbol, cerca de la entrada principal. No llevaba su habitual paraguas naranja, ni su sonrisa brillante. Estaba empapado, con el cabello rubio pegado a la frente y los hombros caídos.

Sasuke se acercó, sintiendo una punzada de irritación mezclada con nerviosismo.

— ¿Qué haces aquí bajo la lluvia, dobe? Te vas a enfermar —dijo Sasuke, recuperando su tono frío para ocultar su inquietud.

Naruto levantó la vista. Sus ojos azules, usualmente llenos de una luz infantil, estaban apagados, rodeados de ojeras rojas. No dijo nada al principio; simplemente sacó su teléfono y le mostró la pantalla. El video se reprodujo. Sasuke se quedó petrificado, viendo su propia traición en alta definición.

— Naruto, yo... —la voz de Sasuke se extinguió. No había excusa. No había contrato que justificara eso.

— Me dijiste que ella te había destruido —dijo Naruto, su voz apenas un hilo que competía con el sonido de la lluvia—. Me dijiste que tenías miedo de que te volvieran a romper. Yo te di todo, Sasuke. Te di mi tiempo, mis dibujos, mis estrellas... te di mi corazón para que lo usaras de escudo.

— Fue un momento de debilidad —intentó defenderse Sasuke, aunque sus palabras sonaban huecas—. Ella... ella me conocía de antes. Estaba confundido.

— No estabas confundido —lo interrumpió Naruto, con una madurez dolorosa—. Estabas eligiendo. Elegiste volver al lugar donde te lastimaron porque te resulta más familiar que el amor que yo te ofrezco. Mi amor es demasiado simple para ti, ¿verdad? Es demasiado tierno, demasiado "infantil".

Sasuke guardó silencio. La lluvia arreciaba, empapando su costosa chaqueta. Se sentía pequeño frente a la honestidad brutal del chico al que siempre había despreciado.

— ¿Sabes qué es lo peor? —Naruto dio un paso hacia él, quedando a escasos centímetros—. Que a pesar de ver esto, a pesar de sentir que me muero por dentro... no puedo odiarte. Porque sé que lo hiciste porque te sientes solo. Porque crees que no mereces algo puro.

— No me compadezcas —siseó Sasuke, su orgullo volviendo a la superficie como un mecanismo de defensa.

— No es compasión, es perdón —Naruto extendió sus brazos y, antes de que Sasuke pudiera retroceder, lo envolvió en un abrazo.

Fue un abrazo diferente a todos los anteriores. No fue un abrazo demandante ni juguetón. Fue un abrazo lleno de una tristeza infinita, pero también de una aceptación absoluta. Naruto apoyó la cabeza en el pecho de Sasuke, transmitiéndole su calor a pesar de estar empapado. En ese gesto, Naruto le estaba entregando lo último que le quedaba: su perdón incondicional, incluso sabiendo que Sasuke no lo merecía.

— Te perdono, Sasuke-kun —susurró Naruto contra su pecho—. Pero no puedo seguir pegando tus pedazos si tú sigues saltando al fuego.

Sasuke se quedó rígido. Sus manos temblaron, queriendo corresponder el abrazo, queriendo aferrarse a esa luz antes de que se apagara para siempre. Por un segundo, permitió que sus brazos rodearan la cintura de Naruto, apretándolo contra él, aspirando por última vez el aroma a lluvia y a la bondad que estaba a punto de perder.

Pero el miedo fue más fuerte. El miedo a ser "blando", el miedo a que Sakura tuviera razón y él fuera solo un reflejo de su propia oscuridad.

Sasuke se separó bruscamente, rompiendo el contacto. Miró a Naruto, quien lo observaba con una paz desgarradora en el rostro.

— Esto no cambia nada —dijo Sasuke, su voz recuperando la dureza del acero—. El contrato sigue en pie. Mis padres esperan que sigas fingiendo. No te hagas ideas raras por un abrazo.

Naruto asintió lentamente, limpiándose una lágrima que se mezclaba con las gotas de lluvia en su mejilla.

— Lo sé. Seguiré siendo tu novio falso, Sasuke. Cumpliré mi palabra por el dinero que mi tío necesita. Pero ya no habrá más estrellas de papel. Ya no habrá más té de canela.

Sasuke no respondió. Se dio la vuelta y caminó hacia el edificio de la universidad, dejando a Naruto solo bajo la tormenta. No miró atrás. No quiso ver cómo el chico que le había ofrecido el cielo se quedaba allí, con los brazos vacíos y el alma rota.

Al entrar al aula, Sasuke se sentó en su lugar de siempre. Sacó su portátil, abrió sus apuntes y se preparó para destacar, como siempre lo hacía. Pero cuando metió la mano en su bolsillo para buscar un bolígrafo, sus dedos rozaron algo pequeño y puntiagudo.

Era la última estrella de papel que Naruto le había dado. La apretó con tanta fuerza que las puntas le lastimaron la palma de la mano.

En ese momento, rodeado de compañeros que lo admiraban y bajo la sombra de un apellido multimillonario, Sasuke Uchiha se dio cuenta de algo aterrador. Había vuelto a los brazos de Sakura para sentirse "amado", pero al hacerlo, acababa de apagar la única luz que realmente iluminaba su infierno. Había elegido el eco de una risa amarga sobre la calidez de un corazón sincero.

Y mientras el profesor empezaba la clase, Sasuke supo, con una certeza que le heló la sangre, que aunque tuviera todo el oro del mundo y el perdón de Naruto, el frío que sentía ahora no se iría nunca más. Porque el perdón de Naruto no era una victoria; era la despedida más dulce y dolorosa que jamás recibiría.