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Falso novio infantil

Cicatrices bajo la lluvia de oro

La rutina de la Universidad de Konoha se había vuelto un escenario de contrastes violentos. Por un lado, el pasillo principal era testigo del regreso triunfal de la pareja más elitista del campus: Sasuke Uchiha y Sakura Haruno. Caminaban entrelazados, ella colgando de su brazo con una sonrisa de victoria absoluta, y él manteniendo esa máscara de indiferencia superior que solo se rompía cuando se inclinaba para susurrarle algo al oído. Por otro lado, estaba Naruto, que seguía siendo esa mancha de color naranja y amarillo que revoloteaba alrededor de Sasuke, como un satélite que se niega a abandonar su órbita a pesar de que el planeta se ha vuelto inhabitable.

Sasuke se sentía poderoso. Había vuelto a lo que conocía, a la sofisticación de Sakura y a la validación de sus padres, quienes, aunque extrañados por el repentino cambio, no cuestionaron el regreso de la "nuera ideal" mientras mantuvieran las apariencias públicas con el contrato de Naruto. Sin embargo, cada vez que Naruto se acercaba con un sándwich envuelto en papel brillante o una nota adhesiva con un dibujo mal hecho, Sasuke sentía una punzada de irritación que nacía de su propia culpa.

— Sasuke-kun, mira —dijo Naruto una mañana, interceptándolos cerca de la fuente—. He aprendido a hacer grullas de origami más pequeñas. Dicen que si haces mil, se te cumple un deseo. Ya llevo trescientas.

Naruto extendió una palma temblorosa donde descansaba una grulla diminuta, hecha de un papel azul celeste que combinaba con sus ojos. Sus ropas estaban un poco más descuidadas que de costumbre, y las ojeras bajo sus ojos delataban noches de insomnio doblando papel.

— ¿No tienes nada mejor que hacer con tu tiempo, Uzumaki? —intervino Sakura, soltando una risita condescendiente mientras se ajustaba el bolso de marca—. Sasuke y yo vamos tarde a una reserva en el club de golf. Tus manualidades de guardería estorban.

Sasuke miró la grulla. Recordó el calor del invernadero, recordó el llanto en el hombro de Naruto y la promesa de perdón. Pero ver a Sakura a su lado, sintiendo el aroma de su perfume caro y la presión de su mano, lo hizo reafirmarse en su crueldad. Necesitaba matar lo que quedaba de su debilidad.

— Tírala, Naruto —dijo Sasuke, su voz seca como las hojas de otoño—. No quiero tus deseos ni tus papeles. De hecho, no quiero nada de ti.

— Pero... es para la suerte, Sasuke-kun —insistió el rubio, forzando una sonrisa que no lograba ocultar el temblor de sus labios—. Solo guárdala en tu maletín. No ocupa espacio.

— He dicho que no.

Sasuke golpeó la mano de Naruto con un movimiento rápido. La pequeña grulla de papel voló por el aire y cayó en el agua sucia de la fuente, hundiéndose lentamente mientras el papel se deshacía. Naruto se quedó mirando el agua, con la mano aún extendida en el vacío.

— Vámonos, Sakura —ordenó el Uchiha, dándose la vuelta sin mirar atrás.

Esa noche, el silencio de la mansión Uchiha se vio interrumpido por la llegada de Naruto. No entró por la puerta principal; sabía que los guardias no lo dejarían pasar si no era para un evento oficial. Esperó en el jardín, bajo la ventana del estudio de Sasuke, hasta que las luces se encendieron.

Sasuke bajó al jardín cuando vio la silueta rubia entre los arbustos de rosas. Estaba harto. La presencia de Naruto se había convertido en un recordatorio constante de su propia traición y de la vulnerabilidad que tanto odiaba.

— Se acabó, Naruto —dijo Sasuke en cuanto estuvo frente a él. El aire de la noche era gélido—. He hablado con mis abogados y con mis padres. El contrato se rescinde mañana. Les pagaré el doble de lo estipulado como indemnización por "servicios interrumpidos", pero no quiero volver a ver tu cara.

Naruto, que llevaba una pequeña caja de madera entre las manos, se quedó paralizado.

— ¿Qué? Pero... Sasuke-kun, el contrato decía seis meses más. Tu madre dijo que necesitaban la imagen para la campaña de invierno...

— No me importa la campaña. No me importa el dinero. Me importa que dejes de seguirme como un perro sarnoso. Sakura y yo vamos a anunciar nuestro compromiso oficial pronto. Tú ya no encajas en este cuadro, ni siquiera como una distracción.

— ¡Pero yo te quiero! —exclamó Naruto, y el grito desgarró la calma del jardín—. ¡No es por el dinero, Sasuke! Al principio lo fue, pero ahora... yo daría todo lo que tengo por quedarme a tu lado, aunque no me hables, aunque me ignores. Solo déjame estar cerca.

Sasuke se acercó a él, su rostro era una máscara de desprecio absoluto.

— ¿Crees que tu amor me sirve de algo? Eres un estorbo, Naruto. Un huérfano ruidoso que cree que la vida es un cuento de hadas. Sakura me da estatus, me da comprensión, me da un futuro. Tú solo me das lástima.

— Por favor... —Naruto se dejó caer de rodillas sobre la hierba húmeda, aferrándose a los pantalones de Sasuke—. No me dejes. Yo puedo cambiar. Puedo ser más callado, puedo dejar de traerte cosas si te molestan, pero no me pidas que me vaya. Eres la única persona que... que me ha hecho sentir que no estoy solo en el mundo.

Sasuke sintió un nudo en la garganta, pero lo tragó con amargura. Ver a Naruto así, de rodillas, suplicando por las migajas de atención de alguien que lo despreciaba, le recordaba demasiado a cómo se había sentido él mismo con Sakura años atrás. Odiaba ese reflejo. Odiaba que Naruto fuera tan puro mientras él se sentía tan podrido.

— Suéltame. Me das asco —dijo Sasuke con una frialdad inhumana.

Con un movimiento brusco, se zafó del agarre de Naruto. El rubio perdió el equilibrio y cayó hacia adelante, golpeando el suelo. La cajita de madera que llevaba se abrió, desparramando cientos de estrellas de papel por la hierba.

— Quédate con tu basura —sentenció Sasuke, dándose la vuelta—. Mañana recibirás el cheque. No vuelvas a pisar esta propiedad.

Sasuke caminó hacia la casa, con la espalda recta y el corazón cerrado bajo mil cerrojos. Detrás de él, escuchó un sollozo ahogado, un sonido tan lleno de agonía que por un momento estuvo a punto de detenerse. Pero entonces vio a Sakura en el balcón, observando la escena con una sonrisa de satisfacción, y siguió adelante.

Naruto se quedó de rodillas en la oscuridad, recogiendo una a una las estrellas de papel manchadas de barro.

A pesar de las palabras de Sasuke, Naruto no desapareció. Al día siguiente, en la universidad, Sasuke llegó de la mano de Sakura. El campus estaba lleno de rumores sobre el fin del "romance" con el rubio y el regreso de la pareja dorada. Sasuke esperaba que Naruto lo evitara, que el orgullo finalmente hubiera despertado en él.

Pero no fue así.

Cuando Sasuke llegó a su taquilla, encontró un vaso de café térmico con una nota pegada: "Sé que no dormiste bien. Este tiene doble carga de cafeína. Ten un buen día, Sasuke-kun".

Sasuke tiró el café a la basura frente a todos, pero el gesto no pareció desanimar a Naruto. Durante toda la semana, el patrón se repitió. Si Sasuke estaba en la biblioteca, encontraba un chocolate en su mesa. Si caminaba por el patio, Naruto aparecía a unos metros, saludando con una mano y una sonrisa que parecía tallada en cristal a punto de romperse.

— Es persistente, hay que admitirlo —comentó Suigetsu una tarde mientras observaban a Naruto dejar una pequeña bolsa de galletas caseras en el asiento de la moto de Sasuke—. Da hasta un poco de pena. Parece un fantasma que no sabe que ya está muerto.

— Es un idiota que no sabe aceptar un no por respuesta —gruñó Sasuke, aunque sus ojos seguían los movimientos del rubio a través del cristal de la cafetería.

— No, Sasuke —intervino Juugo con su voz profunda—. No es un idiota. Es el único en este lugar que te mira y no ve un apellido o una cuenta bancaria. Deberías tener cuidado; la gente como él se rompe de una forma que no tiene arreglo.

Sasuke ignoró el consejo. Esa tarde, tenía una cita con Sakura en el centro de la ciudad. Estaban sentados en una terraza exclusiva, rodeados de gente que vestía ropa que costaba más que el alquiler anual del tío de Naruto. Sakura hablaba sobre los preparativos de la fiesta de compromiso, sobre los invitados influyentes y sobre cómo debían remodelar el ala este de la mansión Uchiha.

— Y por supuesto, tenemos que asegurarnos de que ese chico Uzumaki no se acerque a menos de un kilómetro —decía Sakura, bebiendo su vino rosado—. Es una mancha en nuestra reputación. No sé cómo permitiste que se acercara tanto, Sasuke. Es tan... vulgar.

— Era un negocio, Sakura. Ya te lo dije —respondió Sasuke, aunque sentía una extraña pesadez en el pecho.

De repente, vio una cabellera rubia entre la multitud de la calle peatonal. Era Naruto. Llevaba su suéter naranja desgastado y sostenía un pequeño ramo de flores silvestres, de esas que crecen en las grietas del pavimento. Se detuvo frente a la terraza, separado de ellos por una barandilla de hierro forjado.

Sus ojos azules se encontraron con los negros de Sasuke. Naruto no intentó saltar la valla ni gritar. Simplemente dejó las flores sobre el borde de la barandilla y le dedicó a Sasuke una sonrisa pequeña, triste y cargada de un amor que resultaba casi insoportable de presenciar. Luego, se dio la vuelta y se perdió entre la gente.

— ¡Qué descaro! —exclamó Sakura, levantándose para llamar a seguridad—. ¡Ese acosador no tiene límites!

— Siéntate —ordenó Sasuke. Su voz era tan cortante que Sakura se quedó helada—. Déjalo en paz.

Sasuke se levantó, caminó hacia la barandilla y tomó las flores silvestres. Eran margaritas y dientes de león, humildes y sin pretensiones. Por un momento, el perfume de la tierra y la lluvia que emanaba de ellas eclipsó el aroma artificial de Sakura.

— ¿Vas a quedarte con eso? —preguntó Sakura con asco—. Son malezas, Sasuke.

— Son flores —respondió él, y por primera vez en semanas, su voz no sonó como un bloque de hielo, sino como algo que empezaba a agrietarse.

Los días siguientes fueron un descenso lento hacia una forma extraña de tortura. Sasuke intentaba sumergirse en su relación con Sakura, pero cada beso de ella le sabía a ceniza, y cada palabra de amor le sonaba a guion ensayado. Sakura lo amaba por lo que él representaba, por el poder que su apellido le otorgaba. Naruto lo amaba a pesar de quién era.

Un viernes por la tarde, Sasuke regresaba a su coche después de una clase magistral de economía. Estaba agotado, con la cabeza martilleando por el estrés de mantener las apariencias. Al llegar a su vehículo, vio a Naruto apoyado contra la puerta del copiloto. El rubio estaba pálido, y su mirada parecía perdida en algún punto del horizonte.

— Te dije que no volvieras —dijo Sasuke, aunque esta vez no había odio en su voz, solo un cansancio infinito.

— Solo quería entregarte esto —Naruto le tendió un sobre pequeño—. Es el dinero del cheque. No lo quiero. Mi tío consiguió un trabajo mejor y mis primos están bien. No quiero que pienses que mi cariño tenía un precio.

Sasuke tomó el sobre, sintiendo el peso del papel.

— Naruto, vete a casa. Esto no tiene sentido. Estoy con Sakura. Nos vamos a casar. No hay lugar para ti en mi vida.

Naruto asintió, con las lágrimas finalmente desbordándose y corriendo por sus mejillas.

— Lo sé. Lo he sabido desde el principio. Pero quería que supieras que, aunque me dejes de rodillas mil veces, yo siempre voy a estar aquí para ayudarte a levantarte. Porque tú no eres frío, Sasuke. Estás solo, y eso es muy diferente.

Naruto se acercó y, antes de que Sasuke pudiera reaccionar, le dio un beso rápido en la mejilla. Fue un contacto ligero, como el aleteo de una mariposa, pero dejó una marca de calor que quemó la piel del Uchiha.

— Adiós, Sasuke-kun. Prometo que dejaré de molestarte. Solo... intenta ser feliz, ¿vale? Aunque no sea conmigo.

Naruto se alejó caminando lentamente, con los hombros encogidos. Sasuke se quedó allí, con el sobre en una mano y la llave del coche en la otra. Vio cómo la figura de Naruto se desvanecía en la penumbra del estacionamiento, y por primera vez en su vida, el heredero de los Uchiha sintió un miedo genuino.

Entró en su coche y arrancó, conduciendo sin rumbo fijo. El silencio del vehículo era opresivo. Encendió la radio, pero solo escuchó estática. Abrió la guantera para buscar un cigarrillo y, al hacerlo, un pequeño objeto cayó sobre su regazo.

Era la grulla de papel azul que Naruto había intentado darle en la fuente. Debía de haberla recuperado del agua y secado con cuidado antes de meterla en el coche de Sasuke en algún momento de la semana. El papel estaba arrugado y manchado, pero la forma de la grulla seguía allí, desafiante.

Sasuke detuvo el coche a un lado de la carretera. Tomó la grulla entre sus dedos largos y elegantes. Recordó las palabras de Naruto: "Dicen que si haces mil, se te cumple un deseo".

— Mi deseo... —susurró Sasuke, y su voz se quebró en la oscuridad del habitáculo.

De repente, la imagen de Sakura, con su risa fría y sus ambiciones de poder, se volvió insoportable. Recordó cómo ella se había burlado de Naruto, cómo se había burlado de él mismo por ser "blando". Se dio cuenta de que estaba cometiendo el mismo error dos veces. Había vuelto con su verdugo porque tenía miedo de la libertad que le ofrecía su salvador.

Sasuke golpeó el volante con frustración. Las lágrimas, esas que había jurado no volver a derramar, comenzaron a caer sin control. Lloró por el tiempo perdido, por la crueldad que había infligido a la única persona que lo había amado de verdad, y por la montaña de orgullo que lo separaba de la felicidad.

Miró la grulla de papel. Estaba húmeda por sus propias lágrimas.

— Soy un idiota —sollozó—. Un maldito idiota.

Arrancó el coche y dio un giro en U prohibido, haciendo rechinar los neumáticos. Tenía que encontrarlo. Tenía que llegar al pequeño y ruidoso apartamento del tío de Naruto antes de que fuera demasiado tarde, antes de que el rubio decidiera que ya había tenido suficiente dolor.

Mientras conducía a toda velocidad por las calles de Konoha, Sasuke Uchiha ya no era el multimillonario frío ni el nieto del mafioso. Era simplemente un hombre desesperado, aferrado a una grulla de papel azul, rezando para que el corazón que él mismo había dejado de rodillas todavía tuviera fuerzas para perdonarlo una vez más. Porque el infierno no era la soledad, el infierno era tener el sol frente a ti y cerrar los ojos por miedo a quedar ciego. Y Sasuke, finalmente, estaba listo para abrir los ojos.