Fedri
El peso del linaje y el precio del perdón
El aire en el pasadizo secreto era húmedo y olía a tierra antigua, pero Pedri no podía avanzar. Cada paso que daba alejándose del estruendo de la batalla se sentía como una puñalada en su propio pecho. Se detuvo, con la respiración entrecortada y las manos apoyadas en las paredes de piedra fría. No podía hacerlo. No podía ser el único superviviente de una estirpe que se hundía en el olvido. Su naturaleza, siempre cálida y protectora, se rebeló contra la lógica de la huida.
—No —susurró para sí mismo, con las lágrimas limpiando surcos en el hollín de sus mejillas—. No los dejaré atrás.
Ignorando el mandato de Ferran, Pedri dio media vuelta. Corrió en dirección contraria, emergiendo de nuevo en la zona de las caballerizas, esquivando las vigas que caían envueltas en llamas. El palacio era un laberinto de pesadilla. Los gritos de los heridos se mezclaban con el choque del acero, pero él conocía cada rincón de su hogar. Llegó al salón privado de la familia real, donde encontró una escena que le encogió el corazón.
Su padre, el Rey, intentaba mantener una postura de dignidad herida, rodeado por los pocos guardias que aún quedaban en pie. Su madre sollozaba en un rincón, abrazando a los hermanos pequeños de Pedri, cuyos ojos grandes y aterrorizados buscaban una explicación que nadie podía darles. Isabella estaba allí también, pálida y temblorosa, aferrada al brazo de su suegra.
—¡Pedri! —exclamó su madre al verlo entrar—. ¡Gracias a los cielos! Pensamos que habías caído.
—Tenemos que movernos, ahora —dijo Pedri, acercándose a Isabella para intentar levantarla—. Hay un camino por las catacumbas. Si nos damos prisa...
—Es demasiado tarde, hijo —dijo el Rey con voz ronca, señalando hacia las puertas principales del gran salón—. Han roto el último círculo de defensa.
Antes de que Pedri pudiera insistir, las pesadas puertas de roble se abrieron de par en par con un estruendo que pareció sacudir los cimientos del mundo. Una marea de soldados enemigos inundó el recinto, pero fue la figura al frente la que heló la sangre de Pedri.
Ferran entró, flanqueado por su padre, el Rey de Foios, y los otros príncipes de la alianza. Ferran se detuvo en seco al ver a Pedri. Su rostro, antes una máscara de ferocidad guerrera, se descompuso por un instante. Sus ojos se abrieron con una mezcla de horror y furia contenida. "¿Qué haces aquí?", parecía gritar su mirada. Lo había dejado ir, le había dado una oportunidad de oro, y Pedri la había arrojado al fuego por un sentido del deber que ahora los condenaba a ambos.
El Rey de Foios dio un paso al frente, su risa resonando de forma descarada y cruel mientras observaba la vulnerabilidad de la familia real de Tegueste.
—Miren esto —dijo el monarca invasor, señalando con su espada ensangrentada al padre de Pedri—. El gran león de Tegueste, reducido a proteger a sus cachorros en un rincón. ¿Dónde está tu orgullo ahora?
—Mi orgullo está en mi sangre, algo que tú nunca entenderás, traidor —respondió el padre de Pedri, poniéndose delante de su familia como un escudo humano.
Los dos reyes comenzaron una disputa cargada de odio, sacando a relucir viejas ofensas, tratados rotos y la supuesta traición que había desencadenado la invasión. Ferran, mientras tanto, permanecía inmóvil. Bajó la cabeza, apretando los dientes con tanta fuerza que su mandíbula parecía a punto de estallar. Estaba furioso. Se sentía traicionado por la propia valentía de Pedri. "Eres un estúpido, Pedri", pensaba Ferran, sintiendo que el mundo se cerraba sobre ellos. "Un dulce y valiente estúpido".
Pedri, por su parte, no dejaba de llorar mientras abrazaba a su madre y a Isabella. El contacto con su esposa se sentía extraño, una farsa en medio de la tragedia, pero el instinto de protección era más fuerte que cualquier resentimiento.
En ese momento, el príncipe del Reino de las Rocas, un hombre joven y arrogante llamado Alaric, se separó del grupo de conquistadores y se acercó a la familia real. Empezó a caminar en círculos alrededor de ellos, burlándose de sus ropas desgarradas y del miedo que emanaba de los niños.
—Así que este es el famoso príncipe heredero —dijo Alaric, deteniéndose frente a Pedri y dándole un empujón en el hombro—. Más parece una doncella asustada que un futuro rey. Dime, ¿llorarás también cuando te cortemos la lengua para que dejes de sollozar?
Ferran no se movió, aunque sus dedos se cerraron sobre la empuñadura de su espada. Tenía que mantener el papel, tenía que esperar el momento, pero el aire se volvía irrespirable.
—Déjalo en paz, Alaric —dijo Ferran con voz monótona, sin levantar la vista.
—¿Por qué? —se rió el otro príncipe—. Es divertido ver cómo se quiebran. Vamos, principito, dicen que eres valiente. Demuéstralo. Te reto a un duelo aquí mismo, ante los ojos de tu padre y de tu preciosa esposa. Si ganas, quizá deje que tu madre viva un día más.
—¡No! —gritó la reina, abrazando con más fuerza a Pedri—. ¡Por favor, no!
Pedri sintió que el miedo se transformaba en algo más frío. Miró a Ferran, buscando un rastro del hombre que lo había besado en la biblioteca, pero Ferran seguía con la cabeza agachada, sumido en una furia silenciosa. Pedri pensó que Ferran lo había abandonado, que su amor no había sido suficiente para superar la lealtad a su padre.
—Acepto —dijo Pedri, separándose de su familia.
Isabella sollozaba, escondiendo el rostro en el hombro de la reina. El duelo comenzó en el centro del salón. Alaric era un guerrero entrenado, fuerte y rápido. Pedri, aunque valiente, luchaba con el corazón roto y la mente nublada. Durante el intercambio de golpes, Pedri buscaba constantemente la mirada de Ferran. "¿Por qué no haces nada?", le suplicaban sus ojos.
Esa distracción fue fatal.
Alaric aprovechó un segundo de vacilación de Pedri y, con un movimiento rápido y sucio, hundió una daga corta en el abdomen del príncipe de Tegueste.
Pedri soltó un jadeo sordo. El tiempo pareció detenerse. Sintió un calor abrasador que se extendía desde su ombligo, seguido de un frío glacial. Cayó de rodillas, con la sangre comenzando a manchar su túnica dorada y brotando de las comisuras de su boca.
—¡Pedri! —el grito de su madre desgarró el aire.
Alaric soltó una carcajada triunfal, limpiando su daga en el aire.
—Mírenlo, el pequeño lirio se está marchitando —se burló Alaric, volviéndose hacia los demás príncipes para buscar su aprobación.
Fue entonces cuando Ferran levantó la vista.
Sus ojos ya no eran de acero frío; eran fuego puro. Al ver a Pedri en el suelo, desangrándose, algo dentro de Ferran se rompió para siempre. La profecía decía que se destruirían, pero él no iba a permitir que nadie más fuera el autor de esa destrucción. Se culpó a sí mismo por su inacción, por su orgullo, por dejar que el hombre que era su luz fuera dañado por un ser tan despreciable como Alaric.
Sin mediar palabra, Ferran se lanzó hacia adelante. Su espada trazó un arco de plata y, antes de que Alaric pudiera reaccionar, el príncipe de las Rocas sintió el acero de Foios atravesando su garganta. El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el sonido del cuerpo de Alaric cayendo sin vida sobre el mármol.
—¡Ferran! ¡¿Qué has hecho?! —rugió su padre, el Rey de Foios.
Pero Ferran no escuchaba. Corrió hacia Pedri, cayendo de rodillas a su lado y tomándolo en sus brazos.
—No, no, no... —sollozaba Ferran, presionando sus manos contra la herida de Pedri—. Quédate conmigo, pequeño caprichoso. No te atrevas a dejarme ahora.
—Viniste... —susurró Pedri, con la voz apenas audible, mientras sus ojos buscaban los de Ferran con una ternura infinita a pesar del dolor.
—Perdóname, mi amor, perdóname —decía Ferran, ignorando a los guardias que comenzaban a rodearlos.
La familia de Pedri se abalanzó hacia ellos. La reina se arrodilló al otro lado de su hijo, gritando de desesperación. Isabella se quedó atrás, protegiendo a los hermanos pequeños, con los ojos desorbitados ante la escena. El Rey de Tegueste, viendo a su hijo herido y la traición de Ferran hacia sus propios aliados, rugió de furia y se lanzó contra el Rey de Foios.
El caos estalló de nuevo. El padre de Alaric, el Rey del Reino de las Rocas, al ver a su hijo muerto, enloqueció.
—¡Maten a todos! —gritó—. ¡Que no quede un solo miembro de estas estirpes malditas! ¡Captúrenlos!
La superioridad numérica de los aliados era aplastante. A pesar de la lucha desesperada del Rey de Tegueste, fueron reducidos. Ferran intentó luchar mientras sostenía a Pedri, pero fue golpeado con la culata de una lanza y desarmado.
Las horas siguientes fueron un descenso a los infiernos. Los vencedores, movidos por la venganza y la ambición, decidieron que la muerte inmediata era un castigo demasiado leve. Querían verlos sufrir, querían quebrar sus voluntades antes de borrarlos de la historia.
Fueron arrastrados a las mazmorras subterráneas del palacio, un lugar donde la luz del sol nunca llegaba. El Rey de las Rocas, ahora al mando por la fuerza de su ira, dictó las órdenes de encarcelamiento.
—Sepárenlos —ordenó el monarca, con los ojos inyectados en sangre—. Quiero que sientan la soledad de su fracaso.
Los padres de ambos reinos, antiguos enemigos y ahora prisioneros del mismo destino, fueron arrojados a una celda común, donde sus gritos de odio continuaron resonando contra los muros de piedra. Los hermanos pequeños de Pedri, llorando y llamando a su madre, fueron encerrados en otra celda, lejos de cualquier consuelo.
Ferran y Pedri fueron llevados a una de las celdas más profundas y húmedas. Ferran se resistió, intentando llegar a Pedri, que estaba semiinconsciente por la pérdida de sangre.
—¡Déjenme con él! —gritaba Ferran, forcejeando con los guardias—. ¡Él necesita un médico!
Para su sorpresa, los guardias lo arrojaron al interior de una celda y, un momento después, lanzaron el cuerpo herido de Pedri junto a él. Pero no estaban solos. Con un empujón violento, Isabella fue arrojada también al interior antes de que la pesada puerta de hierro se cerrara con un estruendo definitivo.
El silencio de la mazmorra solo era interrumpido por la respiración dificultosa de Pedri y los sollozos de Isabella.
Ferran se arrastró de inmediato hacia Pedri, rasgando su propia túnica para improvisar un vendaje más firme.
—Vas a estar bien —le prometía Ferran, aunque sus propias lágrimas caían sobre el rostro pálido de su amante—. Te sacaré de aquí, lo juro por mi vida.
Isabella, acurrucada en un rincón de la celda, miraba la escena con una mezcla de horror y una comprensión tardía que le helaba la sangre. Vio la forma en que Ferran sostenía a Pedri, la ternura desesperada en sus manos, la forma en que Pedri buscaba el calor del príncipe enemigo incluso en el umbral de la muerte.
—Ustedes... —susurró Isabella, con la voz quebrada—. Todo este tiempo... no era una alianza política lo que temías, Pedri. Era esto.
Ferran levantó la vista hacia ella, con los ojos cargados de una hostilidad protectora.
—Si vas a gritar o a pedir ayuda, hazlo ahora —dijo Ferran con voz ronca—. Pero si te acercas a él para hacerle daño, te juro que seré lo último que veas.
Isabella negó con la cabeza, abrazándose a sí misma.
—No quiero hacerle daño. Yo también estoy atrapada aquí. Mi padre me ha vendido, Ferran. Me ha dejado en manos de monstruos a cambio de un trozo de tierra.
Pedri abrió los ojos lentamente, enfocando con dificultad el rostro de Ferran.
—Ferran... —susurró, extendiendo una mano débil para tocar su mejilla—. El espectro... ella dijo que nos destruiríamos.
—No —dijo Ferran, besando la palma de su mano—. Ella dijo que nuestro destino nos condenaba a amarnos y a destruirnos. Ya hemos visto la destrucción, Pedri. El mundo que conocíamos está en cenizas. Ahora solo queda el amor. Y el amor es lo único que nos va a sacar de esta oscuridad.
Pedri esbozó una sonrisa mínima, una chispa de su antigua dulzura asomando entre el dolor.
—Siempre tan... valiente —murmuró.
En la penumbra de la celda, rodeados por el eco de la guerra y el aroma a muerte, los tres príncipes se enfrentaban a un futuro incierto. El hilo de seda estaba manchado de sangre, enredado en las intrigas de reyes ambiciosos y corazones despechados, pero mientras Ferran sostenía a Pedri contra su pecho, supo que la profecía no era el final. Era solo el principio de una historia que se escribiría con el acero de su voluntad y la calidez de un amor que se negaba a morir, incluso en lo más profundo de la tierra.
—Dormid —susurró Ferran, mirando a Pedri e Isabella—. Yo vigilaré. Nadie volverá a tocarte, Pedri. Ni siquiera el destino.
Afuera, el reino de Tegueste ardía bajo la luna de plata, pero en el silencio de la mazmorra, la valentía de un príncipe herido y la ferocidad de un amante condenado empezaban a tejer un nuevo hilo, uno que quizá, y solo quizá, fuera capaz de reconstruir lo que el odio había destruido.