Fedri
El renacer de las sombras y el juramento de los vencidos
La oscuridad de las mazmorras no era solo la ausencia de luz, sino una presencia física que se pegaba a la piel como el sudor y el miedo. El goteo incesante del agua contra el suelo de piedra marcaba un ritmo fúnebre que ninguno de los prisioneros podía ignorar. En la celda central, la tensión entre los monarcas caídos era casi tan asfixiante como el hedor a humedad.
El Rey de Tegueste y el Rey de Foios, hombres que habían pasado décadas soñando con la aniquilación del otro, ahora compartían el mismo destino miserable. Sus miradas se cruzaban en la penumbra, cargadas de un odio que empezaba a ser devorado por la desesperación. A través de los barrotes que daban al pasillo, podían ver la celda de enfrente, donde Ferran sostenía el cuerpo inerte de Pedri.
La revelación de su relación secreta había caído sobre los reyes como un rayo en medio de la tormenta. Al principio, la conmoción los dejó mudos, pero al ver la forma en que Ferran protegía al heredero de Tegueste, la verdad se volvió innegable. Sin embargo, no hubo espacio para reproches dinásticos; el horror apenas comenzaba.
Un estruendo de cadenas anunció la llegada de nuevos cautivos. Los guardias del Reino de las Rocas, brutales y burlones, arrastraron a dos figuras femeninas por el pasillo.
—¡Madre! ¡Sira! —gritó Ferran, intentando ponerse en pie sin soltar a Pedri.
La Reina de Foios y su hija menor, Sira, fueron arrojadas a las celdas. A la pequeña la llevaron a una celda más alejada, a pesar de sus gritos desgarradores que llamaban a su hermano. El Rey de Foios, al ver a su esposa e hija tratadas como ganado, se derrumbó. Se dejó caer contra los barrotes, con los hombros sacudidos por un llanto silencioso. El hombre que había iniciado una invasión por orgullo estaba ahora destrozado, viendo cómo su ambición había arrastrado a toda su estirpe al abismo.
—¿Estás satisfecho? —preguntó el Rey de Tegueste con una voz quebrada por la amargura—. Tu guerra nos ha traído aquí. Mis hijos, tu hija... todos condenados por tu sed de sangre.
El Rey de Foios no respondió de inmediato. Se cubrió el rostro con las manos, y cuando volvió a hablar, su voz era apenas un susurro ronco.
—Perdóname... —dijo, dirigiéndose a su antiguo enemigo—. Fui un necio ciego. Creí que el poder nos protegería, pero solo nos ha servido de mortaja.
En la celda de los príncipes, el tiempo se había detenido. Pedri seguía inconsciente, con la respiración tan débil que Ferran tenía que acercar su oído a su pecho cada pocos minutos para asegurarse de que seguía vivo. Ferran estaba en un estado de trance violento; no permitía que nadie se acercara. Cuando la madre de Pedri, desde la celda contigua, intentaba llamarlo para saber de su hijo, Ferran solo respondía con gruñidos bajos, sus ojos amarillos de rabia y agotamiento brillando en la oscuridad.
—Pedri, por favor... —susurraba Ferran, acariciando los rizos sudorosos del joven príncipe—. No me hagas esto. No te mueras en este agujero. Vuelve conmigo y te prometo que quemaremos cada corona de este continente si es necesario.
Pasaron tres días infernales. Las condiciones eran inhumanas. Los niños, los hermanos pequeños de Pedri, habían dejado de llorar simplemente porque no les quedaban fuerzas; yacían en el suelo, inconscientes de puro agotamiento y hambre. La comida que les arrojaban era escasa y putrefacta, a menudo ignorada por los adultos, que preferían dársela a los más jóvenes.
La Reina de Tegueste estaba en estado de shock, mirando al vacío mientras acariciaba mecánicamente el cabello de uno de sus hijos. Isabella, por su parte, se había hundido en un silencio gélido. El dolor de la traición de su padre era una herida más profunda que cualquier celda. Se sentía un objeto, una moneda de cambio que su propio progenitor había desechado cuando el valor de la tierra superó al de su sangre.
Al séptimo día, el silencio de la mazmorra fue roto por un sonido diferente. No eran los pasos pesados de los guardias de las Rocas, sino el eco metálico de una escaramuza en los niveles superiores. Gritos de agonía y el silbido del acero cortando el aire descendieron por las escaleras de caracol.
De repente, una figura apareció al final del pasillo. No vestía los colores de la alianza invasora. Era un capitán del Reino de las Brumas, el hogar de Isabella. El hombre corrió hacia las celdas, con la armadura abollada y el rostro manchado de sangre. Se detuvo ante la celda de la princesa y cayó de rodillas, sollozando.
—¡Princesa Isabella! —exclamó el guardia, golpeando los barrotes con desesperación—. Mil perdones... perdone nuestra tardanza. Hemos tenido que abrirnos paso a través de una legión de traidores.
Isabella se levantó lentamente, sus ojos brillando con una chispa de esperanza y rencor.
—¿Mi padre? —preguntó ella con voz gélida.
—Aquí estoy, hija mía.
El Rey de las Brumas apareció tras el guardia. Su rostro estaba desencajado, marcado por un miedo que no podía ocultar. Al ver a su hija viva, soltó un grito que fue una mezcla de alivio y angustia.
—¡Abrid la celda! ¡Rápido! —ordenó el Rey a sus hombres, golpeando la pared con impaciencia.
Cuando la cerradura cedió, Isabella salió tropezando. Su padre la envolvió en un abrazo desesperado, pero ella se mantuvo rígida al principio, golpeando su pecho con puños débiles antes de desmoronarse y llorar sobre su hombro.
—¡Me abandonaste! —le gritó entre sollozos—. ¡Me dejaste morir aquí!
—Lo sé, lo sé... —decía el Rey, besando su frente—. Me engañaron, Isabella. Me prometieron que estarías a salvo, pero en cuanto vi las llamas en Tegueste, supe que había cometido el error más grande de mi vida. He traído a todo mi ejército para enmendarlo.
Los reyes de Foios y Tegueste se acercaron a los barrotes de sus respectivas celdas, observando la escena con la cabeza gacha. Ya no había espacio para el orgullo. El Rey de Foios se arrodilló, con su esposa a su lado.
—Majestad —dijo el Rey de Foios, dirigiéndose al monarca de las Brumas—, no pido clemencia para mí, pero salvad a mis hijos. Salvad a Sira. Mi familia no tiene la culpa de mi demencia.
El Rey de Tegueste también se humilló, suplicando por la vida de Pedri y de los pequeños. Fue un momento de rendición absoluta ante la humanidad compartida. El Rey de las Brumas, conmovido por el estado de los prisioneros, ordenó que abrieran todas las celdas.
En cuanto la puerta de la celda de los príncipes se abrió, el caos se volvió ternura. La Reina de Tegueste corrió hacia sus hijos pequeños, abrazándolos mientras los médicos que el Rey de las Brumas había traído consigo entraban apresurados. El Rey de Tegueste se lanzó hacia Pedri, que seguía en los brazos de Ferran.
Ferran no se movió. Gruñó cuando un médico intentó tocar a Pedri, apretándolo contra su pecho con una fuerza posesiva que rayaba en la locura. Tenía la mirada perdida y los músculos tensos como cuerdas de violín.
—Ferran, hijo mío... —dijo su padre, acercándose con cautela—. Deja que lo ayuden. Pedri se está muriendo.
—Nadie lo toca —susurró Ferran, su voz vibrando con una amenaza letal—. Dijiste que lo destruirías. Dijiste que era el enemigo. No dejaré que nadie le ponga una mano encima.
—Ferran, mírame —dijo el Rey de las Brumas, acercándose con las manos en alto—. Soy el padre de Isabella. He venido a rescataros. Si no dejas que mis médicos traten su herida, morirá en tus brazos. ¿Es eso lo que quieres?
Ferran miró al Rey, luego a Pedri, cuyo rostro estaba ahora de un color ceniciento aterrador. Lentamente, como si le arrancaran el corazón del pecho, fue relajando los brazos. Los médicos se abalanzaron sobre el joven príncipe, rasgando la túnica ensangrentada y aplicando ungüentos y vendajes limpios con una eficiencia asombrosa.
—Sigue vivo —dijo uno de los médicos tras examinar el pulso de Pedri—. Pero está muy débil. Ha perdido demasiada sangre y la infección ha empezado a hacer mella. Necesitamos llevarlo a la superficie de inmediato.
La hermana de Ferran, Sira, fue encontrada en su celda, inconsciente y febril. La Reina de Foios lloraba mientras los soldados la sacaban en camilla. El palacio de Tegueste, una vez símbolo de esplendor y ahora una cáscara ahumada, se convirtió en un hospital de campaña improvisado.
Horas más tarde, en una de las habitaciones reales que habían sobrevivido al fuego, Pedri fue depositado en una cama de sábanas blancas. Ferran no se había separado de su lado ni un segundo, sentado en una silla junto al lecho, sosteniendo la mano de Pedri como si su propio aliento pudiera mantenerlo con vida.
Los reyes estaban reunidos en el salón contiguo. La atmósfera era pesada, pero ya no había el veneno de antes. El Rey de las Brumas había impuesto una tregua armada mientras sus tropas terminaban de limpiar los restos del ejército de las Rocas y del Norte de la ciudad.
—¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó el Rey de Foios, mirando sus manos vacías de anillos y poder—. Hemos destruido el futuro de nuestros hijos.
El Rey de Tegueste miró hacia la habitación donde Pedri y Ferran estaban.
—Ellos ya habían elegido su futuro mucho antes de que nosotros decidiéramos destruirlo —dijo con tristeza—. La profecía del espectro se cumplió. Nos hemos destruido. Pero ellos... ellos se aman. Y si mi hijo despierta, no seré yo quien vuelva a interponerse entre él y lo que le da paz.
Isabella entró en el salón. Se había lavado y llevaba un vestido sencillo, pero sus ojos guardaban una madurez amarga.
—Padre —dijo ella, dirigiéndose al Rey de las Brumas—, quiero que sepas que el matrimonio con Pedri es nulo. Él nunca me amó, y yo no seré la sombra de un hombre que pertenece a otro.
—Lo sé, Isabella —respondió su padre—. La alianza ha cambiado. Ahora la única alianza que importa es la que nos permita sobrevivir a las cenizas que hemos dejado.
En la habitación, un rayo de sol de la tarde se filtró por la ventana dañada, cayendo sobre el rostro de Pedri. Sus párpados temblaron. Ferran se inclinó hacia adelante, conteniendo el aliento.
—¿Pedri? —susurró, su voz cargada de una esperanza dolorosa.
Pedri soltó un suspiro largo y débil. Sus ojos se abrieron muy despacio, desenfocados, hasta que encontraron el rostro de Ferran. Una pequeña sonrisa, casi imperceptible, curvó sus labios resecos.
—Hola... —susurró Pedri, su voz apenas un hilo—. ¿Estamos... en el cielo?
Ferran soltó una carcajada que fue mitad sollozo, ocultando el rostro en el hueco del cuello de Pedri.
—No, pequeño caprichoso. Estamos en casa. O en lo que queda de ella.
Pedri apretó débilmente los dedos de Ferran.
—El hilo de seda... —murmuró Pedri, cerrando los ojos de nuevo, pero esta vez con la calma del que sabe que ya no tiene que huir—. Te dije que no se rompería.
—Nunca se rompió —confirmó Ferran, besando su frente—. Y ahora que el mundo se ha acabado, construiremos uno nuevo donde nadie tenga que esconderse en una biblioteca para decir "te amo".
Fuera, los gritos de la guerra se habían apagado, sustituidos por el sonido de los hombres trabajando para reconstruir las murallas. La profecía de la mujer sin rostro había sido exacta: el destino los había condenado a amarse y a destruirse. Pero lo que el espectro no les dijo es que, tras la destrucción, el amor era la única semilla capaz de brotar entre las ruinas, más fuerte que el acero, más duradera que los reinos y tan eterna como el hilo de seda que ahora, finalmente, brillaba libre de sombras.