Fuera de control
Cenizas en el Altar de la Indiferencia
El Edificio Baxter siempre había sido un monumento al futuro, un faro de esperanza y ciencia que se alzaba sobre el skyline de Manhattan. Pero para Johnny Storm, las paredes de grafeno y acero reforzado se habían convertido en las costillas de una bestia que lo devoraba lentamente. Ya no era un héroe, ni siquiera era un miembro de la familia. Era un error sistémico, una mancha en la pulcritud de los Cuatro Fantásticos que todos intentaban ignorar hasta que desapareciera por sí sola.
Johnny estaba sentado en el suelo de su habitación, con la espalda apoyada contra la base de la cama. La luz del atardecer se filtraba por el ventanal, tiñendo la estancia de un naranja cruel que le recordaba al color de su propio fuego, ese que ahora se negaba a manifestarse. Miraba la pared de enfrente con una fijeza vacía. Para él, el tiempo se había vuelto maleable y traicionero; a veces parpadeaba y descubría que habían pasado seis horas en las que no había hecho más que contar las motas de polvo en el aire.
Su estómago soltó un rugido doloroso, una protesta ácida que le subía por la garganta. Se forzó a levantarse, sus movimientos eran torpes y pesados, como si caminara bajo el agua. En la pequeña mesa de noche había un plato con pasta que Susan había dejado hacía horas. El queso se había solidificado en una costra amarillenta y fría. Johnny tomó un tenedor y se llevó una pequeña porción a la boca.
Apenas masticó dos veces cuando las náuseas lo golpearon como una maza. Corrió al baño, tropezando con sus propios pies descalzos, y se desplomó frente al inodoro. El esfuerzo de vomitar lo dejó temblando, con lágrimas picando en sus ojos y el sabor de la bilis quemándole la lengua. Se quedó allí, abrazado a la porcelana fría, sintiendo cómo sus costillas se marcaban cada vez más bajo la piel pálida.
—Tengo que... tengo que salir —susurró para sí mismo, aunque su propia voz le sonaba extraña, como si perteneciera a un fantasma.
Se lavó la cara, evitando mirar su reflejo en el espejo. Sabía lo que vería: ojeras profundas como hematomas, mejillas hundidas y una mirada que ya no albergaba ni una chispa de la Antorcha Humana. Se puso una sudadera con capucha, subiéndosela hasta las cejas, y salió al pasillo.
El silencio del piso residencial era opresivo. Al doblar la esquina hacia el área común, vio a Susan. Ella estaba de espaldas, organizando unos archivos holográficos. Johnny sintió un anhelo desesperado, una necesidad infantil de que su hermana mayor lo rodeara con sus brazos, le dijera que todo era una pesadilla y que ella lo protegería, como hacía cuando eran niños y él tenía miedo a la oscuridad.
—¿Sue? —murmuró, dando un paso vacilante hacia ella.
Susan se tensó visiblemente. Sus hombros se elevaron y sus manos se detuvieron en el aire. No se giró. Johnny vio cómo sus nudillos se volvían blancos mientras apretaba los bordes de la consola.
—Johnny, estoy ocupada —dijo ella, su voz era un témpano de hielo que cortaba el aire—. Deberías estar descansando. Reed dice que tus niveles celulares aún son inestables.
—Solo quería... —Johnny tragó saliva, sintiendo un nudo en la garganta—. Solo quería saber cómo estás. No hemos hablado en...
Susan no lo dejó terminar. Con un movimiento rápido y fluido, cerró los hologramas y caminó en dirección opuesta, doblando la esquina del pasillo sin dedicarle una sola mirada, ni siquiera una de reproche. El vacío que dejó a su paso era más doloroso que cualquier grito. Johnny se quedó allí, con la mano extendida hacia la nada, sintiendo cómo el frío del edificio se filtraba por sus poros.
Más tarde ese día, la alarma de prioridad roja resonó en todo el edificio. Era una llamada de los Vengadores; una amenaza de nivel Omega en el centro de la ciudad. Johnny, impulsado por un resto de memoria muscular y deber, se arrastró hasta la sala de reuniones.
Reed, Ben y Susan ya estaban allí, equipados y listos. Reed repasaba la táctica con una eficiencia fría.
—Johnny, no —dijo Reed en cuanto lo vio aparecer en la puerta. Ni siquiera levantó la vista de sus mapas—. No estás en condiciones. Quédate aquí.
—Puedo ayudar, Reed —insistió Johnny, apoyándose en el marco de la puerta para no tambalearse—. Soy parte del equipo. Si me esfuerzo, si hay adrenalina... tal vez mis llamas...
—¡He dicho que no! —rugió Reed, y esta vez sí lo miró. Sus ojos, usualmente analíticos, desbordaban una furia contenida y una decepción que Johnny sintió como una quemadura física—. No eres una ayuda, Johnny. Eres una distracción peligrosa. No puedo permitir que pongas en riesgo la misión porque no puedes controlar tus... impulsos.
El silencio que siguió fue sepulcral. Ben desvió la mirada hacia sus manos de piedra, y Susan se ajustó los guantes, ignorando por completo la presencia de su hermano.
—Reed tiene razón, chico —dijo Ben en un susurro ronco, sin mirarlo—. Quédate en el banquillo. Por el bien de todos.
Los tres salieron hacia el hangar, dejando a Johnny solo en la sala de reuniones. El eco de sus pasos se desvaneció, dejándolo en una oscuridad que no tenía nada que ver con la falta de luz.
Pasaron las horas. Johnny vagaba por el edificio como un espíritu en pena. En el pasillo que llevaba a la guardería, escuchó la risa de Franklin. El corazón le dio un vuelco. Franklin era su debilidad, el niño que siempre lo miraba como si fuera el sol mismo. Se acercó a la puerta entreabierta, con una pequeña sonrisa trágica formándose en sus labios.
—¡Tío Johnny! —escuchó que el pequeño Franklin gritaba desde adentro.
Johnny se asomó, viendo al niño sentado en el suelo con sus juguetes.
—Hola, campeón —dijo Johnny, tratando de que su voz sonara normal, intentando recuperar el tono bromista que solía tener—. ¿Qué estás construyendo?
Antes de que Franklin pudiera responder, una mano invisible pero firme cerró la puerta en la cara de Johnny. Fue un movimiento brusco, definitivo. A través del cristal reforzado, vio a Reed, que había regresado de la misión antes que los demás, tomando a Franklin en brazos y alejándolo de la puerta, dándole la espalda a Johnny.
Johnny apoyó la frente contra el frío metal de la puerta.
—Solo es mi sobrino, Reed —susurró contra el panel—. No le haría daño. Nunca le haría daño.
Pero nadie respondió. La comunidad superheroica también había empezado a notar su ausencia. En las redes sociales y en las noticias, la gente preguntaba dónde estaba la Antorcha Humana. Los fans enviaban mensajes de ánimo, pero para Johnny, cada palabra de aliento era un recordatorio de la mentira en la que vivía. Él no era un héroe caído; era un paria en su propio hogar.
Intentó una vez más, en la soledad de su habitación, encender su poder. Se concentró hasta que le estallaron los capilares de los ojos.
—¡Vamos! —gritó, golpeando la cama—. ¡Enciéndete, maldita sea! ¡Quémame si quieres, pero haz algo!
Nada. Ni una chispa. Solo el olor a sudor y desesperación.
Esa noche, Johnny escuchó pasos pesados acercándose a su habitación. Era Ben. El gigante de piedra entró sin llamar, trayendo consigo el olor del exterior, de la batalla y de la vida real. Se sentó en la silla frente a la cama de Johnny, que crujió bajo su peso.
—Tienes que comer algo, Johnny —dijo Ben. Su voz era menos dura que la de Reed, pero cargaba con una tristeza infinita—. Te estás desvaneciendo.
—¿A quién le importa, Ben? —Johnny se encogió de hombros, sin apartar la vista de la pared—. A Reed no. A Sue mucho menos. Ella ni siquiera me mira.
—Están asustados, Johnny —respondió Ben, rascándose la nuca pétrea—. Lo que pasó... no es algo que se olvide con una disculpa. Especialmente con Spider-Man desaparecido.
Johnny sintió que el nombre de Peter era una descarga eléctrica.
—¿Sigue sin aparecer? —preguntó, con un hilo de esperanza doliéndole en el pecho.
—Nadie lo ha visto. Ni en Queens, ni patrullando. Los Vengadores dicen que ha dejado de responder a las llamadas. Es como si la tierra se lo hubiera tragado.
Johnny se cubrió la cara con las manos. La culpa, esa compañera constante, se volvió una garra que le apretaba el corazón. Él había roto a Spider-Man. Había apagado la luz más brillante de Nueva York, y ahora su propia luz se había extinguido como castigo poético.
—Intenté hacer un chiste hoy —dijo Johnny, con una risa amarga que sonó como un sollozo—. Cuando Sue pasó por el pasillo, le dije que su nuevo peinado era "fantástico". Esperaba que se riera, o que me gritara, o algo. Pero simplemente siguió caminando. Como si yo fuera aire. Como si fuera el humo de una llama que ya no existe.
Ben no supo qué decir. Se levantó, haciendo que el suelo vibrara ligeramente.
—Solo... no te mueras aquí dentro, Johnny. Sería un lío limpiar el cuarto.
Era un intento de broma al estilo de Ben, pero no hubo respuesta. Johnny ni siquiera sonrió. Ben salió de la habitación, cerrando la puerta con una suavidad que resultaba aterradora.
Johnny se quedó solo en la penumbra. Se levantó y caminó hacia el ventanal. Miró hacia la ciudad, buscando instintivamente una mancha roja y azul columpiándose entre los edificios. Pero la noche estaba vacía. Manhattan brillaba con millones de luces, pero para Johnny, el mundo entero se había vuelto gris.
Se llevó la mano al pecho, donde sentía un vacío frío y vasto. Intentó recordar el calor de la piel de Peter, la forma en que el castaño solía reírse de sus chistes malos, la camaradería que ahora parecía una reliquia de otra vida. Pero los recuerdos estaban manchados por la imagen del cristal empañado y el miedo en los ojos de su amigo.
Johnny se dejó caer de nuevo en el suelo, abrazando sus rodillas. La Antorcha Humana se había apagado, y en su lugar solo quedaba un hombre roto, esperando un perdón que sabía que nunca llegaría y un calor que nunca volvería a sentir. En el silencio absoluto del Edificio Baxter, Johnny Storm cerró los ojos y deseó, por primera vez en su vida, que el olvido fuera tan eterno como su propia culpa.