Fuera de control
Cenizas en el Viento de la Agonía
El silencio del Edificio Baxter se había vuelto una entidad física, una presión constante que aplastaba los pulmones de Johnny Storm. Ya no era solo la culpa lo que lo consumía; era una descomposición interna que la ciencia de Reed Richards apenas empezaba a comprender. Johnny yacía en el suelo de su baño, con la espalda apoyada contra los azulejos fríos, respirando con una dificultad que hacía que cada inhalación sonara como el crujido de papel viejo.
Había pasado la última hora bajo el chorro de agua hirviendo, frotándose la piel con una esponja de cerdas duras hasta que sus brazos y pecho quedaron en carne viva, teñidos de un rojo violento que no tenía nada que ver con su antiguo resplandor. Sentía asco. Un asco viscoso que parecía brotar de sus propios poros, recordándole a cada segundo el calor de aquel trance, la forma en que sus manos habían sujetado a Peter contra el cristal.
—Fuera... —susurró, su voz apenas un silbido ronco—. Sácatelo de encima, Johnny.
Se restregó con más fuerza, ignorando el dolor del tejido lacerado. De repente, un ataque de tos violenta lo sacudió, doblándolo sobre el suelo húmedo. Cuando se apartó la mano de la boca, vio una mancha escarlata, brillante y espesa, mezclándose con el agua jabonosa que corría hacia el desagüe. Escupió más sangre, pero no sintió miedo. Sintió una paz retorcida. Si su cuerpo se estaba rompiendo, quizá era porque finalmente estaba pagando la deuda.
Intentó ponerse en pie, pero sus piernas, ahora delgadas y temblorosas, cedieron a mitad de camino. Se arrastró fuera del baño, dejando un rastro de humedad en la alfombra de su habitación. Los monitores médicos que Reed había instalado en las paredes empezaron a pitar con una urgencia estridente. Las luces rojas parpadeaban, indicando que sus niveles de energía vital habían caído por debajo del umbral de seguridad. Según los sensores, Johnny Storm estaba muriendo. Su metabolismo, privado de su fuente de ignición natural y castigado por la inanición voluntaria, estaba empezando a devorarse a sí mismo.
—Johnny, abre la puerta —la voz de Reed llegó a través del intercomunicador, cargada de una ansiedad técnica que rozaba el pánico—. Tus signos vitales están colapsando. Si no entramos ahora, tu corazón se detendrá en menos de diez minutos.
Johnny no respondió. Se quedó mirando sus manos pálidas. En el centro de su ser, sintió un último rescoldo, una chispa diminuta que se aferraba a la vida en medio de la oscuridad de sus pulmones encharcados de sangre. Era la energía de reserva, el combustible de emergencia que el cuerpo humano guarda para el último segundo antes de la extinción.
"Si me enciendo ahora", pensó con una lucidez febril, "se darán cuenta de que estoy bien. Me dejarán en paz".
Con un esfuerzo que le arrancó un gemido de agonía, Johnny se concentró. No buscó el sol, ni la alegría, ni la libertad. Buscó el odio que sentía por sí mismo, la rabia de haber perdido a su mejor amigo, el dolor de ser un paria en su propia casa. Usó su miseria como combustible.
—¡Llamas... a mí! —rugió, y por primera vez en semanas, el aire a su alrededor vibró.
Una llamarada estalló desde su pecho, pero no era el fuego dorado y cálido de siempre. Era una combustión azulada, casi blanca, una llama anémica que consumía el oxígeno de la habitación con una voracidad desesperada. El calor era insoportable, pero no emanaba hacia fuera; parecía quemarlo desde el interior hacia los huesos.
La puerta de la habitación fue derribada por la fuerza de Ben Grimm. Reed y Susan entraron corriendo tras él, cubriéndose los ojos ante el resplandor cegador.
—¡Johnny! —gritó Susan, creando un campo de fuerza para protegerse del calor errático—. ¡Detente! ¡Te estás consumiendo!
Johnny estaba de pie en el centro de la habitación, envuelto en ese fuego pálido. Su silueta era una sombra esquelética dentro del resplandor. Parecía un ángel caído envuelto en su propia pira funeraria.
—Mirad... —dijo Johnny, y su voz sonó metálica, distorsionada por el calor—. Estoy bien. He recuperado... mi poder. Ya no soy... un estorbo.
—¡Apágate ahora mismo! —ordenó Reed, consultando frenéticamente su tableta—. Johnny, esa no es tu llama normal. Estás quemando tejido adiposo y proteínas estructurales. ¡Estás usando tu propia vida como mecha!
—Es lo que queríais, ¿no? —Johnny dio un paso hacia ellos, y el suelo se derritió bajo sus pies descalzos—. Queríais a la Antorcha Humana de vuelta. Aquí la tenéis.
—¡No así, cabeza de cerilla! —Ben dio un paso adelante, ignorando el calor que empezaba a chamuscar su piel rocosa—. ¡Te vas a matar, idiota!
Johnny soltó una carcajada que terminó en un gorgoteo de sangre. El fuego se extinguió de golpe, como una vela a la que se le acaba la cera, y el rubio se desplomó hacia adelante. Ben lo atrapó antes de que golpeara el suelo, sintiendo que el cuerpo de Johnny estaba tan caliente que casi le quemaba incluso a él.
—¡Llevadlo a la cámara de contención médica! —gritó Reed—. ¡Necesita una infusión de plasma enriquecido y supresores térmicos ya!
Horas después, Johnny despertó en una cápsula de cristal. Tubos y cables entraban y salían de su cuerpo, bombeando líquidos fluorescentes para intentar estabilizar su química interna. Fuera de la cápsula, Reed Richards lo observaba con una expresión de absoluto agotamiento.
—Despertaste —dijo Reed a través del cristal. Su voz sonaba cansada, derrotada—. Johnny, lo que hiciste fue un suicidio asistido por tus propios poderes. Si Ben no hubiera entrado en ese momento, te habrías convertido en cenizas desde adentro hacia afuera.
Johnny intentó hablar, pero tenía una máscara de oxígeno pegada a la cara. Levantó una mano débil y se la arrancó con un gesto lento.
—No quiero... la comida, Reed —susurró Johnny—. No me des nada.
—Tienes que alimentarte —insistió Reed, señalando una bolsa de nutrientes que colgaba a un lado—. Tu cuerpo necesita materia para reconstruirse.
—No —dijo Johnny, y sus ojos brillaron con una terquedad febril—. Si como, mi fuego se apagará. El fuego necesita pureza. Si lleno mi cuerpo de esa basura, volveré a ser el monstruo que no puede encenderse. Prefiero morir brillando que vivir en la oscuridad de lo que hice.
—Eso no tiene sentido científico, Johnny —dijo Reed, acercándose al cristal—. Tu poder no depende de la inanición. Al contrario, estás inhibiendo la regeneración celular.
—Tú no lo entiendes —Johnny tosió, y una pequeña mancha de sangre decoró el interior del cristal—. Cuando estoy vacío, cuando me duele el estómago y me arden los pulmones, es cuando más cerca me siento de la redención. El fuego es lo único que me queda. Si lo pierdo, solo soy el hombre que violó a su mejor amigo. Y ese hombre no merece comer.
Reed se quedó en silencio, golpeado por la crudeza de las palabras de su cuñado. No había lógica científica que pudiera combatir esa clase de odio autoinfligido.
—Peter no querría esto —dijo Reed finalmente, jugando su última carta.
Johnny cerró los ojos y una lágrima solitaria recorrió su mejilla hundida.
—Peter ya no está, Reed. Y si estuviera aquí, no podría mirarme a la cara sin recordar el olor de mi piel quemándolo. Déjame quemarme. Es lo más cerca que estaré nunca de pedirle perdón.
Susan entró en el laboratorio en ese momento, trayendo una pequeña bandeja con un caldo ligero. Al ver a Johnny despierto, su rostro se iluminó por un segundo antes de volver a esa máscara de preocupación constante.
—Johnny, tienes que tomar esto —dijo ella, acercándose a la esclusa de la cámara médica—. Por favor. Hazlo por mí.
Johnny la miró. Vio el miedo en sus ojos, el mismo miedo que había visto el día que cargó a Franklin en el trance.
—No puedo, Sue —dijo él, su voz apenas un suspiro—. Si como, el fuego se va. Y si el fuego se va, solo queda el vacío. Y el vacío me da miedo.
—El fuego te está matando —sollozó Susan—. Johnny, te estás muriendo delante de nosotros.
—Ya estoy muerto, Sue —respondió él, cerrando los ojos—. Morí en esa habitación con Peter. Esto que ves es solo el humo que queda después del incendio.
Reed se alejó de la cámara, llevándose a Susan consigo. Sabía que no podía forzarlo, no sin arriesgarse a que Johnny intentara encenderse de nuevo y provocara una explosión interna definitiva.
—Tenemos que encontrar a Peter —susurró Reed a su esposa cuando estuvieron fuera del alcance del oído de Johnny—. Es el único que puede sacarlo de este bucle. Johnny está usando su poder como una forma de expiación física. Si no logramos que perdone a la versión de sí mismo que cometió ese acto, se consumirá hasta que no quede nada más que un esqueleto carbonizado.
—¿Y si Peter no quiere verlo? —preguntó Susan, limpiándose las lágrimas—. ¿Y si él también está roto?
Reed miró hacia la cámara médica, donde Johnny Storm, el que una vez fue el alma de la fiesta, el sol de los Cuatro Fantásticos, yacía inmóvil, negándose a recibir el sustento que lo mantendría con vida.
—Entonces —dijo Reed con una pesadez que le hundía los hombros—, habremos perdido a dos hermanos en una sola noche.
Dentro de la cámara, Johnny sentía el hambre como un fuego frío que le recorría las venas. Le gustaba. Le gustaba la sensación de debilidad, la forma en que su conciencia flotaba en los bordes de la realidad. En su mente, volvía a ver a Peter. Pero esta vez, en sus alucinaciones, Peter no lloraba. Peter le sonreía y le tendía la mano desde el otro lado de un muro de fuego dorado.
—Ya casi, Petey —susurró Johnny para sí mismo, mientras sus niveles de oxígeno volvían a caer en los monitores—. Ya casi estoy lo suficientemente limpio para alcanzarte.
Escupió sangre una vez más y se dejó arrastrar por la oscuridad, convencido de que cada gramo de peso que perdía, cada célula que se consumía, lo acercaba un milímetro más a una redención que el mundo real nunca le otorgaría. La Antorcha Humana se estaba apagando, no por falta de combustible, sino porque el hombre que la portaba había decidido que la luz era demasiado cara para alguien que solo conocía la sombra de su propia culpa.