Harry Potter: el poder del deseo
El Despertar de los Tronos y el Reencuentro de las Almas
La mansión en el número 12 de Grimmauld Place no guardaba parecido alguno con el vertedero de pesadilla que Harry recordaba de las historias. Gracias a la eficiencia implacable de los duendes de Gringotts y a una cantidad obscena de oro, la casa había sido purgada de maldiciones, moho y retratos chillones en tiempo récord. Cuando Harry cruzó el umbral aquella noche, el aire olía a cera de abejas, madera antigua y una magia latente que lo reconoció de inmediato como el legítimo Señor de la Casa Black.
—¡El amo ha vuelto! ¡El joven amo de la sangre más pura ha regresado a casa! —chilló una voz rasposa.
Kreacher, el elfo doméstico, no estaba andrajoso ni loco. Llevaba una toalla limpia con el escudo de los Black y se inclinaba tanto que su nariz tocaba el suelo pulido. Harry lo observó con frialdad, pero sintió la conexión mágica que lo unía a la criatura.
—Levántate, Kreacher —ordenó Harry, su voz resonando en el vestíbulo—. Mantén esta casa impecable. No quiero intrusos, ni siquiera a los que se hacen llamar familia. A partir de ahora, este es mi santuario.
Las semanas siguientes fueron un borrón de preparación y poder. Harry no solo estudió los libros que había comprado, absorbiendo siglos de conocimiento mágico con su mente de ingeniero, sino que también cultivó su relación con Draco Malfoy. El rubio lo visitaba casi todas las noches, escapando de la vigilancia de sus padres mediante polvos flu o apariciones coordinadas. Cada encuentro era más intenso que el anterior; Draco estaba completamente subyugado, no solo por el vínculo de alma gemela que empezaba a florecer, sino por la dominación absoluta que Harry ejercía sobre él. Se habían convertido en un secreto compartido, una alianza de piel y magia que dejaría cicatrices en la historia de Hogwarts.
El 1 de septiembre llegó con una neblina plateada cubriendo Londres. Harry se vistió con una túnica de viaje de seda negra, ajustada y elegante, que ocultaba su físico atlético pero dejaba entrever la peligrosidad de sus movimientos. No usó el coche del Ministerio ni permitió que nadie lo acompañara. Tomó el Autobús Noctámbulo hasta las cercanías de King's Cross y caminó hacia la estación con Hedwig en su hombro y Picket asomando la cabeza por su bolsillo.
Al llegar a la barrera entre los andenes 9 y 10, se detuvo. Un grupo de personas con cabello pelirrojo llamaba la atención. Eran los Weasley. Harry los observó con desapego, reconociendo a Molly y Arthur, pero su mirada se clavó en el más joven de los varones.
Algo en su pecho vibró. No era el hambre posesiva que sentía por Draco, sino algo más sólido, como un ancla. Recordó el pergamino de Gringotts; había una sección que mencionaba "Hermanos de Alma", vínculos de lealtad inquebrantable que se revelarían al contacto visual.
—Ron Weasley —susurró Harry.
El chico no era el niño pecoso y desgarbado de once años. Debido a que la magia maduraba tarde en esta realidad, Ron tenía dieciocho años. Era alto, de hombros anchos y tenía una mandíbula cuadrada que le daba un aire de guerrero veterano. Sus ojos azules se encontraron con los verdes de Harry a través de la multitud. Ron se tensó, una chispa de reconocimiento ancestral cruzó su rostro, pero antes de que pudiera acercarse, su madre lo empujó hacia la barrera.
Harry sonrió. El destino estaba moviendo las piezas más rápido de lo que esperaba. Cruzó la barrera con paso firme y se encontró frente al Expreso de Hogwarts, una mole de escarlata y vapor que rugía impaciente. Subió al tren y buscó un compartimento vacío al final del último vagón, deseando un momento de paz antes de que comenzara el espectáculo.
No pasó mucho tiempo antes de que la puerta se deslizara.
—¿Está ocupado? —preguntó una voz profunda. Era Ron. Se veía serio, con una túnica algo gastada pero impecable—. El resto del tren está lleno de gente gritando como si nunca hubieran visto una locomotora.
—Adelante —dijo Harry, señalando el asiento frente a él—. Me vendría bien una compañía que no sea ruidosa.
Ron se sentó y lo observó con curiosidad. Había una tensión eléctrica entre ellos, la marca de una hermandad que aún no entendían del todo.
—Soy Ron Weasley —se presentó, extendiendo una mano grande y callosa.
—Harry Potter —respondió él, estrechándola.
El contacto fue como un trueno silencioso. Ambos sintieron la conexión sellarse. Ron abrió mucho los ojos, pero no retrocedió.
—Potter... —murmuró Ron—. Sabía que eras alguien importante. Lo sentí desde el andén. No sé qué es, pero siento que podría ir a la guerra contigo y no dudaría ni un segundo.
—Es probable que tengamos que hacerlo, Ron —contestó Harry con una sonrisa enigmática.
La puerta volvió a abrirse, esta vez con brusquedad. Una chica de cabello castaño muy espeso y túnica ya puesta entró mirando a todas partes.
—¿Alguien ha visto un sapo? Un chico llamado Neville ha perdido uno.
—No —dijo Harry sin siquiera mirarla.
—Oh, bueno. Soy Hermione Granger, por cierto. ¿Están haciendo magia? Deberían cambiarse, ya casi llegamos —dijo ella con una rapidez que denotaba nerviosismo y una inteligencia vibrante.
—Estamos bien, Hermione —dijo Harry, fijando sus ojos verdes en ella. La chica se quedó muda por un segundo, atrapada en el aura de Harry, antes de asentir torpemente y salir del compartimento.
Minutos después, la puerta se abrió de nuevo, pero esta vez con más suavidad. Draco Malfoy entró, flanqueado por dos chicos corpulentos, Crabbe y Goyle, que parecían más guardaespaldas que estudiantes. Draco ignoró a Ron por completo, sus ojos fijos en Harry.
—Te estaba buscando —dijo Draco, su voz suavizándose a pesar de la presencia de sus amigos—. Quería asegurarme de que habías llegado bien.
Harry se levantó, ignorando las miradas estupefactas de Crabbe y Goyle, y se acercó a Draco. Sin importarle quién mirara, tomó a Draco por la barbilla y le plantó un beso breve pero posesivo en los labios.
—Estoy perfectamente, Draco. Ve con los tuyos. Nos veremos en el Gran Comedor.
Draco asintió, con las mejillas ligeramente encendidas, y se retiró con sus acompañantes sin decir una palabra de desprecio hacia Ron, algo que dejó al pelirrojo con la boca abierta.
—¿Malfoy? —preguntó Ron cuando se quedaron solos—. ¿Acabas de besar a un Malfoy?
—Es mío, Ron. Igual que tú eres mi hermano de armas —dijo Harry, volviendo a sentarse—. En este mundo, las viejas rivalidades de sangre no significan nada para mí. Yo creo mis propias reglas.
El resto del viaje fue tranquilo. Al llegar a la estación de Hogsmeade, fueron recibidos por un Hagrid imponente que los guio hacia los botes. El castillo de Hogwarts se alzaba sobre el acantilado, una fortaleza de piedra y magia que parecía palpitar con la llegada de su verdadero heredero.
En el vestíbulo, la profesora McGonagall los esperaba. Era una mujer severa pero con una chispa de respeto en sus ojos al ver a los estudiantes de dieciocho años. Tras un breve discurso sobre las casas, los condujo al Gran Comedor.
Harry entró y se detuvo un segundo. Sus ojos recorrieron la mesa de los profesores y sintió una punzada de extrañeza. Dumbledore estaba en el centro, pero no era el anciano decrépito que esperaba. Se veía joven, de unos treinta o cuarenta años, con una barba corta de color castaño rojizo y una energía vibrante que no encajaba con la imagen del abuelo bondadoso. Era un hombre en la plenitud de su poder.
—Bienvenidos —dijo McGonagall—. Cuando diga su nombre, pasen al frente para ser seleccionados.
Harry escuchó con atención. Los nombres que mencionaba la profesora no coincidían del todo con su conocimiento previo.
—¡Matteo Riddle! —gritó ella.
Un joven de cabello oscuro y mirada gélida pasó al frente. Harry entrecerró los ojos. Riddle. Había dos de ellos.
—¡Tom Riddle!
Otro joven, casi idéntico al anterior pero con un aire más refinado y manipulador, se sentó en el taburete. Ambos fueron a Slytherin de inmediato.
—¡Lorenzo Berkshire! —continuó la profesora.
Harry reconoció los nombres. Eran personajes que solo existían en los relatos más oscuros y en las teorías de los fans de su vida anterior. Este mundo era una amalgama de realidades, un multiverso mágico que convergía aquí y ahora.
—¡Harry Potter!
El comedor guardó un silencio sepulcral. Harry caminó hacia el taburete con la cabeza en alto. En cuanto el Sombrero Seleccionador tocó su cabeza, una voz resonó en su mente.
—Vaya, vaya... una mente de otro mundo, el poder de los fundadores y la sangre de los antiguos. Podrías estar en cualquier lugar, Harry Potter. Tienes la ambición de Slytherin, la inteligencia de Ravenclaw y la lealtad de un Hufflepuff... pero tu fuego, tu deseo de dominar y tu linaje directo me dan solo una opción.
—¡GRYFFINDOR! —rugió el sombrero.
La mesa de los leones estalló en vítores. Harry se levantó y caminó hacia ellos, notando cómo los anillos en su mano vibraban al reconocer su casa ancestral. Se sentó junto a Ron, quien también había sido seleccionado allí.
Dumbledore se puso en pie, su mirada clavándose en Harry con una intensidad que habría intimidado a cualquiera.
—¡Bienvenidos a un nuevo año! —dijo el Director, su voz resonando con una potencia mágica impresionante—. Tenemos mucho que aprender y poco tiempo. Antes de comer, recuerden que el bosque está prohibido y que este año, los pasillos del tercer piso albergan un secreto que solo los valientes o los necios deberían buscar. ¡A comer!
La comida apareció en las bandejas de oro. Harry observó la opulencia del banquete, pero su mente ya estaba trabajando. Este Hogwarts era más peligroso, más adulto y mucho más complejo de lo que imaginaba.
Al terminar la cena, los prefectos guiaron a los estudiantes a sus respectivas salas comunes. Harry se sorprendió al ver que, debido a su mayoría de edad, las habitaciones no eran dormitorios compartidos.
—Como adultos, tienen derecho a su privacidad —explicó el prefecto de Gryffindor frente a una serie de puertas de roble—. Cada habitación está vinculada a su firma mágica. Nadie puede entrar sin su permiso.
Harry entró en su habitación. Era perfecta: una cama con dosel de terciopelo rojo, un escritorio de caoba, una chimenea privada y un ventanal que daba a los terrenos del colegio. Se quitó la túnica y se quedó en pantalones, sintiendo el calor del hogar.
Se acercó al espejo y vio su reflejo. Los anillos brillaron en la oscuridad. Tenía a Draco en Slytherin, a Ron en Gryffindor, y un poder que apenas comenzaba a explorar. Los Riddle estaban aquí, Dumbledore era un hombre joven y peligroso, y él estaba en el centro de todo.
—Que empiece el juego —susurró Harry, mientras Picket saltaba de su bolsillo al escritorio—. Porque este mundo no sabe lo que le espera.
Se acostó en la cama, cerrando los ojos mientras sus escudos de oclumancia se alzaban como murallas de acero. Mañana sería el primer día de clases, y Harry Potter, el Señor de seis casas, estaba listo para reclamar su trono. Pero antes de dormir, una última imagen cruzó su mente: los ojos de Tom Riddle observándolo desde la mesa de Slytherin. No era una mirada de odio, sino de reconocimiento. El juego iba a ser mucho más interesante de lo que Vicente Fernández jamás pudo soñar.