Harry Potter: el poder del deseo
Vínculos de Sangre, Secretos de Pociones y el Rugido del Dragón
La primera mañana en Hogwarts no fue el despertar de un niño asustado, sino el de un depredador que reconoce su territorio. Harry se levantó antes de que el sol bañara las torres de Gryffindor, realizando una rutina de ejercicios calisténicos que mantenían su cuerpo en una tensión perfecta. Al mirarse al espejo, notó que su aura, ese deseo concedido de atracción irresistible, palpitaba con una fuerza renovada. No era solo belleza física; era una gravedad que atraía las voluntades ajenas hacia su centro.
Las clases de la mañana fueron un despliegue de superioridad técnica. En Transformaciones, la profesora McGonagall observó con una mezcla de orgullo y desconcierto cómo Harry convertía una cerilla en una aguja de plata labrada con filigrana de esmeraldas en el primer intento, sin siquiera pronunciar el hechizo en voz alta. En Encantos, el profesor Flitwick casi se cae de su pila de libros cuando Harry ejecutó un encantamiento de levitación tan potente que no solo elevó la pluma, sino que la hizo bailar un vals complejo en el aire. Historia de la Magia fue el único momento de tedio, aunque Harry aprovechó para leer tres libros de leyes mágicas bajo la mesa, ignorando el monótono zumbido del profesor Binns.
Sin embargo, el verdadero cambio de energía ocurrió al descender a las mazmorras para la clase de Pociones. El ambiente era húmedo y cargado de un frío artificial. Harry entró junto a Ron, quien caminaba con una nueva confianza, contagiado por la seguridad de su "hermano de armas".
—Prepárate, Ron —susurró Harry mientras se sentaban en una mesa central—. El profesor Snape tiene una deuda pendiente con mi apellido, y planea cobrarla hoy.
La puerta de la mazmorra se cerró con un golpe seco. Severus Snape entró como una sombra viviente, su túnica ondeando tras él. Se detuvo frente a la clase y recorrió a los alumnos con una mirada de puro desprecio, que se detuvo y se ancló en los ojos verdes de Harry.
—Harry Potter —dijo Snape, su voz era un susurro letal—. Nuestra nueva... celebridad.
Snape comenzó un monólogo sobre el arte sutil de la preparación de pociones, pero Harry podía sentir la Legeremancia del profesor intentando sondear sus pensamientos. El escudo mental de Harry, absoluto y frío como el espacio exterior, ni siquiera vibró ante el ataque. Snape frunció el ceño, visiblemente perturbado por encontrar una pared infranqueable donde esperaba encontrar la mente de un adolescente arrogante.
—Dígame, Potter —¿qué obtendría si añado raíz de asfódelo polvoreada a una infusión de ajenjo?
—Obtendría el Filtro de Muertos en Vida, una poción para dormir tan poderosa que se asemeja a la muerte —respondió Harry con una calma que irritó al profesor—. Aunque supongo que usted ya lo sabía, considerando que es una pregunta de primer nivel y yo soy un Lord emancipado que ha leído sus diarios de publicación en "El Elaborador de Pociones".
El silencio en la mazmorra fue absoluto. Snape apretó los dientes, sus ojos negros centelleando de odio.
—Cinco puntos menos para Gryffindor por su insolencia, Potter. Su padre era igual de presuntuoso, un hombre que creía que las reglas no se aplicaban a él por su apellido.
—Mi padre está muerto, profesor —replicó Harry, inclinándose hacia delante, su encanto personal fluyendo como veneno dulce por la habitación—. Y yo no soy mi padre. Soy algo mucho más complejo. Si desea castigarme por los pecados de un muerto, adelante. Pero no confunda mi paciencia con debilidad.
Snape dio media vuelta, incapaz de sostener la mirada depredadora de Harry. El resto de la clase fue una exhibición de maestría; Harry preparó una Solución Reductora tan perfecta que parecía cristal líquido. Al terminar la sesión, mientras los demás recogían sus calderos, Harry sintió una presencia en la puerta.
Un joven de cabello oscuro y rizado, con una mandíbula afilada y ojos que parecían contener tormentas de obsidiana, lo esperaba apoyado en el marco de la puerta. Era Matteo Riddle. En el momento en que sus miradas se cruzaron, Harry sintió la misma descarga eléctrica, el mismo tirón gravitacional que había experimentado con Draco. Otra alma gemela. Otro fragmento del rompecabezas de su destino.
—Potter —dijo Matteo, su voz era una caricia peligrosa—. Tienes agallas para hablarle así a Snape. Me gusta.
—Riddle —respondió Harry, acercándose hasta quedar a escasos centímetros de él. El aroma de Matteo era una mezcla de pergamino antiguo, lluvia y algo metálico—. No me gustan los matones, ni siquiera los que visten túnicas de profesor.
—Acompáñame —ordenó Matteo, sin dejar espacio a la discusión—. Quiero enseñarte cómo vive la verdadera nobleza en este castillo.
Harry asintió a Ron, quien lo miraba con precaución, y siguió a Matteo hacia las profundidades de las mazmorras de Slytherin. El pasillo terminaba en una pared de piedra húmeda.
—Sangre Pura —susurró Matteo.
La pared se deslizó para revelar la sala común de Slytherin, un espacio elegante decorado en plata y verde, con ventanas que daban a las profundidades del Lago Negro. Matteo no se detuvo en la sala común; guio a Harry por una escalera de caracol hasta una habitación privada al final del pasillo.
En cuanto la puerta se cerró y los hechizos de privacidad se activaron automáticamente, Matteo se giró y estampó a Harry contra la madera.
—Hueles a poder, Harry —susurró Matteo contra su cuello, su respiración agitada—. Desde que te vi en la selección, supe que no eras un Gryffindor común. Eres un monstruo envuelto en piel de héroe.
—Y tú eres un depredador que ha encontrado a su igual —respondió Harry, rodeando la cintura de Matteo con sus brazos.
El encuentro fue una batalla de voluntades. A diferencia de la sumisión elegante de Draco, Matteo luchaba por el dominio, pero Harry, potenciado por su magia y su voluntad de hierro, no cedió ni un milímetro. Se despojaron de las túnicas con una urgencia violenta. El cuerpo de Matteo era fibroso y pálido, marcado por algunas cicatrices rúnicas que solo aumentaban su atractivo oscuro.
Harry lo arrojó sobre la cama de seda verde. El sexo entre ellos fue una explosión de magia y carne, un intercambio de poder que dejó a ambos exhaustos y marcados. Harry reclamó a Matteo con la misma intensidad con la que había reclamado a Draco, sellando el vínculo de alma gemela con cada estocada, hasta que Matteo, el orgulloso hijo de la oscuridad, terminó gimiendo su nombre mientras se deshacía bajo él.
—Eres... increíble —jadeó Matteo minutos después, recostado contra el pecho de Harry mientras recuperaban el aliento—. Mi hermano Tom sospecha de ti, pero yo... yo solo quiero devorarte.
—Habrá tiempo para eso, Matteo —dijo Harry, levantándose y vistiéndose con la misma parsimonia de siempre—. Pero ahora, tengo una cita con un guardabosques y un almuerzo que no pienso perderme.
Harry salió de las mazmorras con una sonrisa de suficiencia. El mapa de sus alianzas se estaba completando. Mientras almorzaba en el Gran Comedor, una lechuza grande y algo torpe dejó caer una nota frente a él.
"Harry, si tienes tiempo, ven a tomar el té y unas galletas a mi cabaña después del almuerzo. Me gustaría hablarte de James y Lily. —Hagrid."
Harry se dirigió hacia los linderos del Bosque Prohibido. La cabaña de Hagrid era acogedora, aunque todo en ella era de un tamaño desproporcionado. El gigante lo recibió con lágrimas en los ojos y un abrazo que habría roto las costillas de un mago normal.
—¡Mírate, Harry! Eres el vivo retrato de tu padre, pero tienes los ojos de tu madre —sollozó Hagrid, sirviendo una taza de té del tamaño de un cubo—. James era un hombre excepcional, un poco revoltoso, sí, pero con un corazón de oro. Y Lily... ella era la bruja más brillante de su generación. Se habrían sentido tan orgullosos de verte aquí.
Harry escuchó las anécdotas con una mezcla de curiosidad y melancolía calculada. No sentía el apego emocional de un hijo, pues su mente seguía siendo la de Vicente, pero valoraba la información. Hagrid le contó sobre los Merodeadores, sobre las travesuras en el castillo y sobre el amor incondicional que sus padres le tenían.
—Gracias, Hagrid —dijo Harry al despedirse—. Significa mucho saber de dónde vengo.
Al día siguiente, el ambiente en el castillo era eléctrico. Era el día de las pruebas de Quidditch. Debido a que todos tenían dieciocho años, el juego se había vuelto mucho más físico y violento, casi como un deporte profesional.
En el campo de Gryffindor, Harry se montó en su Saeta de Fuego. En cuanto sus pies dejaron el suelo, sintió una conexión absoluta con el aire. Su velocidad era aterradora. Durante las pruebas, atrapó la Snitch Dorada en menos de tres minutos, dejando a los demás aspirantes a Buscador mirando al cielo con incredulidad.
—¡Potter es nuestro nuevo Buscador! —gritó la capitana Angelina Johnson—. ¡Y Weasley, esa última parada ha sido magistral! Eres el nuevo Guardián.
Ron celebró con un grito de júbilo, habiendo demostrado que su altura y reflejos eran perfectos para proteger los aros.
Sin embargo, la verdadera competencia estaba en el otro lado del campo. Slytherin había formado un "Equipo de Ensueño". Draco Malfoy, con su nueva escoba y una determinación feroz nacida de su relación con Harry, ocupó el puesto de Buscador. Matteo Riddle se movía como un rayo como Cazador, junto a un Theo Nott que jugaba con una precisión quirúrgica.
Lo más impresionante fue ver a Tom Riddle en el puesto de Bateador. Tom, con su elegancia fría, manejaba el bate como si fuera un arma de ejecución, enviando las Bludgers con una puntería letal hacia cualquier objetivo que se cruzara en su camino, apoyado por un Blaise Zabini igualmente despiadado. Lorenzo Berkshire, con su imponente presencia, se apoderó de los aros como Guardián, y el veterano Marcus Flint completaba el trío de Cazadores.
Harry aterrizó y observó a los Slytherin desde la distancia. Sus ojos se encontraron con los de Draco, quien le dedicó una sonrisa desafiante, y luego con los de Tom Riddle. Tom no sonrió; simplemente asintió con la cabeza, reconociendo al oponente que finalmente estaba a su altura.
—Va a ser una temporada interesante, ¿verdad, Harry? —preguntó Ron, acercándose con su escoba al hombro.
—Interesante es poco, Ron —respondió Harry, guardando su Saeta de Fuego—. Va a ser una carnicería. Y no puedo esperar a que empiece.
Caminaron de regreso al castillo mientras el sol se ponía, tiñendo las torres de Hogwarts de un rojo sangre. Harry sentía el peso de los anillos en su mano, la lealtad de sus hermanos de alma y el deseo de sus amantes. El tablero estaba listo, las piezas estaban en posición y él, el Lord de las Seis Casas, estaba a punto de dar el primer jaque.
Al entrar al Gran Comedor para la cena, Harry notó que la mesa de los profesores estaba inusualmente tensa. Dumbledore observaba a los hermanos Riddle y a Harry con una expresión indescifrable. El Director sabía que el equilibrio de poder se estaba desplazando, y que el joven Potter no era el peón que él había planeado sacrificar en su tablero de ajedrez mágico.
Harry se sentó a cenar, disfrutando del banquete mientras conversaba animadamente con Ron y Hermione, quien intentaba interrogarlo sobre cómo había logrado tales resultados en Transformaciones. Por un momento, se permitió disfrutar de la calidez del Gran Comedor, sabiendo que muy pronto, el nombre de Harry Potter dejaría de ser un sinónimo de esperanza para convertirse en un sinónimo de dominio absoluto.
—¿Pasa algo, Harry? —preguntó Hermione, notando su silencio.
—Nada, Hermione —respondió él, tomando un sorbo de jugo de calabaza—. Solo estaba pensando que este es el mejor lugar del mundo para empezar un imperio.
Ron se rió, pensando que era una broma, pero Harry mantuvo la mirada fija en la mesa de Slytherin, donde Draco y Matteo lo observaban con una devoción que rozaba la adoración. La noche cayó sobre Hogwarts, pero para Harry, el día apenas estaba comenzando.