Harry Potter: el poder del deseo
El Banquete de las Sombras y el Despertar de la Ambición
El aire de finales de octubre en Escocia no era simplemente frío; era una presencia física que se filtraba por las rendijas de las ventanas de piedra del castillo, trayendo consigo el aroma de las hojas podridas y la promesa de una oscuridad más profunda. Para Harry, que ya se había acostumbrado a la majestuosidad de su dormitorio privado en la torre de Gryffindor, el día de Halloween no representaba el trauma de un pasado que apenas recordaba como propio, sino una oportunidad para observar cómo se movían las piezas en el tablero de Albus Dumbledore.
El Gran Comedor estaba decorado con una opulencia macabra. Miles de calabazas talladas flotaban sobre las mesas, sus rostros burlones iluminados por velas encantadas. Murciélagos reales revoloteaban entre las vigas del techo, y el banquete que se extendía ante los estudiantes —ahora hombres y mujeres jóvenes de dieciocho años con apetitos acordes a su edad— era un despliegue de carnes asadas, pasteles de calabaza y jarras de sidra caliente.
Harry estaba sentado junto a Ron, quien devoraba una pierna de pavo con un entusiasmo que solo un Weasley podía poseer. A su lado, Hermione Granger leía un tratado sobre encantamientos de protección, ignorando el bullicio. Harry, sin embargo, mantenía su atención en la mesa de los profesores. Dumbledore, con su túnica de un azul eléctrico y su mirada penetrante, parecía disfrutar de la velada, pero Harry notó la rigidez en los hombros de Quirrell, el profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras, cuya presencia siempre le provocaba un leve picor en la cicatriz, una molestia que sus escudos de oclumancia mantenían a raya.
De repente, las puertas del Gran Comedor se abrieron de par en par. El profesor Quirrell entró corriendo, con el turbante ladeado y el rostro pálido como la cera. El silencio cayó sobre la sala como una losa.
—¡Un troll! —gritó, llegando al centro del pasillo antes de tambalearse—. En las mazmorras... pensé que debían saberlo.
Y, con un desmayo que a Harry le pareció excesivamente teatral, el profesor se desplomó en el suelo. El pánico estalló de inmediato. Varios estudiantes de primer año —que en esta realidad eran jóvenes de dieciocho años pero con el mismo miedo a la muerte— se pusieron en pie gritando.
—¡SILENCIO! —La voz de Dumbledore no necesitó un hechizo *Sonorus*; su magia pura vibró en las paredes, acallando el caos al instante—. Prefectos, asegúrense de que nadie abandone el Gran Comedor. Profesores, síganme. El troll no saldrá de las mazmorras, pero debemos asegurar el perímetro.
Harry arqueó una ceja. En los fragmentos de memoria que poseía del "canon", Dumbledore enviaba a los estudiantes a sus salas comunes, lo cual era una estupidez táctica considerando que la sala de Slytherin estaba precisamente en las mazmorras. Aquí, el Director actuaba con una lógica fría y pragmática. No había preferencias; todos estaban bajo su vigilancia directa en el lugar más seguro del castillo.
—Quédense aquí —ordenó Dumbledore antes de salir seguido por McGonagall y Flitwick.
Snape, sin embargo, se demoró un segundo. Sus ojos negros buscaron los de Harry, una advertencia silenciosa, antes de desaparecer por una puerta lateral que no conducía a las mazmorras, sino hacia el pasillo del tercer piso. Harry sonrió para sus adentros. Sabía exactamente a dónde iba el Jefe de Slytherin: a proteger la Piedra Filosofal.
—Harry, ¿qué vamos a hacer? —preguntó Ron, dejando el pavo a un lado—. El troll está ahí abajo.
—Nada, Ron —respondió Harry, recostándose en su silla con elegancia—. El Director ha dado una orden. Además, dudo que un troll sea un problema para cinco profesores plenamente capacitados. Disfruta de tu sidra.
La noche terminó sin incidentes mayores para los estudiantes, aunque el rumor de que Snape había sido herido por "algo" circuló por el castillo al día siguiente. No obstante, la atención de Harry pronto se desvió hacia el evento más esperado del semestre: el primer partido de Quidditch contra Ravenclaw.
El estadio estaba a reventar. Harry, montado en su Saeta de Fuego, sentía la vibración de la escoba entre sus piernas como una extensión de su propio sistema nervioso. El viento le azotaba el rostro mientras se elevaba por encima de los aros. El partido fue una masacre técnica. Los Ravenclaw eran rápidos, pero Harry era un rayo de obsidiana. Atrapó la Snitch en diez minutos tras una maniobra de Wronski que dejó al buscador rival vomitando sobre su escoba por el vértigo.
Gryffindor ganó, y la celebración en la sala común duró hasta altas horas de la madrugada, pero Harry se escabulló temprano. Tenía citas que atender.
Las semanas que siguieron a Halloween fueron un ejercicio de equilibrio entre el poder y el placer. Harry pasaba sus tardes en la biblioteca con Hermione, consolidando su posición como el mejor de la clase, pero sus noches pertenecían a otros.
Con Draco Malfoy, las citas eran asuntos de una elegancia aristocrática. Se encontraban en el Aula de Premios o en los jardines bajo hechizos de desilusión. Draco, a pesar de su fachada de arrogancia, se abría ante Harry de una manera que nadie más conocía.
—Mi padre espera que sea un peón, Harry —confesó Draco una noche, mientras ambos compartían una botella de vino élfico en la Torre de Astronomía—. Pero contigo... siento que puedo ser el rey.
Harry lo tomó por la nuca, atrayéndolo hacia un beso que sabía a vino y a una posesión absoluta. El sexo con Draco era refinado, una danza de sumisión voluntaria donde el rubio se entregaba al dominio de Harry con una devoción casi religiosa. Harry conocía cada rincón del cuerpo de Draco, cada reacción a su tacto, convirtiendo al heredero Malfoy en su aliado más leal a través del placer.
Con Matteo Riddle, sin embargo, las noches eran una tormenta de fuego. Matteo no buscaba romance; buscaba una colisión de poderes. Se encontraban en el aula de música abandonada o en los rincones más oscuros de las mazmorras.
—No me mires como si me amaras, Potter —gruñó Matteo una madrugada, con la túnica desgarrada y la respiración errática—. Mi sangre es veneno.
—Entonces déjame morir por ella —respondió Harry, empujándolo contra la pared de piedra.
Las sesiones con Matteo eran brutales, marcadas por la magia sin varita y una intensidad física que dejaba a Harry con arañazos en la espalda y a Matteo con la mirada perdida en un éxtasis oscuro. Harry llegó a conocer el odio que Matteo sentía por su propio linaje y la ambición que lo quemaba por dentro. A través de estas noches largas, Harry no solo ganaba amantes, sino que tejía una red de lealtad inquebrantable alrededor de los dos hombres más influyentes de Slytherin.
Pero no todo era sexo y política. Una tarde de diciembre, Harry se encontró en la sala común de Gryffindor frente a un tablero de ajedrez mágico. Al otro lado estaba Ron, concentrado en su siguiente movimiento.
—Jaque al rey, Harry —dijo Ron, con una sonrisa triunfal mientras su caballo de piedra destrozaba a un peón negro.
—Buen movimiento, Ron —admitió Harry, apoyando la barbilla en su mano—. Tienes una mente brillante para la estrategia. Es una lástima que el mundo solo vea tus túnicas de segunda mano.
Ron suspiró, su expresión ensombreciéndose ligeramente.
—Es lo que hay, Harry. En una casa con seis hermanos, uno aprende a ser invisible. Bill está en Egipto, Charlie en Rumanía con sus dragones... a veces siento que mi madre solo tiene ojos para Ginny por ser la única chica. Todo lo que tengo es heredado. Esta túnica era de Bill, mis libros eran de Percy.
Harry observó a su amigo. Veía el potencial oculto tras la inseguridad del joven pelirrojo.
—Eso va a cambiar —dijo Harry con firmeza—. Tienes el talento para ser más que un "otro Weasley".
—Eso espero —respondió Ron, moviendo su torre—. Algún día quiero abrir una industria, algo multimillonario. No quiero que mis hijos tengan que usar ropa de sus primos. Quiero ser el Weasley que hizo que el nombre significara oro, no solo lealtad.
—Lo serás —aseguró Harry, sacando dos botellas de cerveza de mantequilla de su bolso con expansión—. Fred y George me dieron estas. Dicen que son una "cosecha especial".
Ambos brindaron, el líquido dulce y espumoso calentándoles la garganta. Ron miró a Harry con curiosidad después de unos tragos.
—Oye, Harry... sobre lo que me dijiste de las almas gemelas. ¿Has encontrado a alguien más aparte de Draco? Sé lo tuyo con él, aunque intentes ser discreto.
Harry se rió entre dientes. No podía ocultarle mucho a Ron, su hermano de armas.
—He encontrado a dos, Ron. Draco es uno. El otro es Matteo Riddle.
Ron casi se atraganta con la cerveza.
—¿Riddle? ¿El hijo de... bueno, de él? Harry, te gusta jugar con fuego de verdad.
—El fuego no quema si tú eres el que controla la llama —respondió Harry con una mirada que hizo que Ron se estremeciera—. ¿Y tú? ¿Has sentido algo?
Ron negó con la cabeza, mirando su tablero de ajedrez.
—Nada todavía. A veces me pregunto si mi alma gemela está siquiera en este país. Charlie dice que en Rumanía hay gente increíble, pero no lo sé. Supongo que lo sabré cuando lo vea, ¿no? Como tú con Malfoy.
—Lo sabrás —confirmó Harry—. Es como una descarga eléctrica que te reescribe el ADN. No hay forma de ignorarlo.
Siguieron hablando durante horas, compartiendo historias de sus vidas. Harry le contó sobre la frialdad de los Dursley y su determinación de no volver jamás a Privet Drive, mientras Ron le narraba las locuras de vivir en La Madriguera, desde los gnomos del jardín hasta las explosiones en la habitación de los gemelos. En ese momento, Harry se dio cuenta de que, aunque sus amantes le daban poder y placer, Ron le daba algo que Vicente nunca había tenido en su vida anterior: una amistad pura, sin agendas ocultas.
Diciembre avanzaba y la nieve comenzó a cubrir los terrenos de Hogwarts. Harry se encontraba en la biblioteca una tarde, terminando un ensayo para Snape, cuando sintió una presencia a su espalda. No era Draco ni Matteo. Era Tom Riddle.
El mayor de los hermanos Riddle se sentó frente a él, cerrando el libro que Harry estaba leyendo con un movimiento elegante de sus dedos largos y pálidos.
—Harry Potter —dijo Tom, su voz era una seda fría—. Mi hermano está obsesionado contigo. Malfoy parece haber perdido el juicio por ti. Y tú caminas por estos pasillos como si fueras el dueño del castillo.
—Tal vez sea porque lo soy, Tom —respondió Harry, sin inmutarse—. Mis títulos de propiedad dicen que tengo más derecho a estas piedras que el propio Dumbledore.
Tom entrecerró los ojos. Había una chispa de respeto, y algo más, en su mirada.
—Dumbledore está jugando a un juego peligroso con esa piedra en el tercer piso. Cree que puede tentar a la oscuridad para que salga a la luz.
—Dumbledore es un hombre que cree que puede controlar el destino —dijo Harry, levantándose y recogiendo sus cosas—. Pero el destino no es un perro que obedece órdenes. El destino es una fuerza que se reclama.
—¿Y qué vas a reclamar tú, Harry? —preguntó Tom, su voz bajando a un tono casi íntimo.
Harry se inclinó sobre la mesa, sus rostros a pocos centímetros de distancia. El aura de Harry se expandió, envolviendo a Tom en una marea de deseo y autoridad.
—Todo —susurró Harry—. Voy a reclamarlo todo. Y si eres inteligente, estarás a mi lado cuando lo haga.
Harry salió de la biblioteca dejando a Tom Riddle en un silencio pensativo. El invierno estaba llegando, y con él, la resolución de los primeros misterios de Hogwarts. Sabía que la Piedra Filosofal era solo un señuelo, una prueba de Dumbledore para medir su carácter. Pero Harry no estaba interesado en pruebas. Estaba interesado en resultados.
Esa noche, mientras se preparaba para dormir, Harry miró los anillos en su mano. Potter, Black, Peverell, Gryffindor, Emrys, Le Fay. Seis casas, seis legados, y una ambición que no conocía límites. Se acostó y dejó que su mente vagara hacia el futuro. Visualizó a Ron dirigiendo una industria que cambiaría el mundo mágico, a Draco como su mano derecha en la política, y a los Riddle como sus generales en la oscuridad.
Vicente Fernández había muerto en un accidente de tráfico, pero Harry Potter estaba naciendo como el emperador de una nueva era. Y mientras el viento invernal aullaba contra la torre de Gryffindor, Harry se sumió en un sueño sin sueños, sabiendo que el tablero estaba exactamente donde él quería que estuviera. El troll, la piedra, los Riddle... todos eran solo peldaños en su ascenso al trono. Y el próximo semestre, el mundo mágico descubriría que el Niño que Vivió ya no existía; solo quedaba el hombre que iba a dominarlos a todos.