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Humano y híbrido

El banquete de los pecadores y el despertar de los lobos

La mansión de los Mikaelson en el Barrio Francés no era simplemente una casa; era una declaración de guerra arquitectónica. Columnas blancas, balcones de hierro forjado y un aura de opulencia que hacía que el Jeep de Stiles, aparcado ahora en el patio trasero, pareciera un juguete olvidado por un niño pobre. Stiles se detuvo en el umbral del gran salón, ajustándose el cuello de la camisa que Klaus le había obligado a usar.

—Recuérdame por qué no nos quedamos en un motel de mala muerte —susurró Stiles, sintiendo que sus palmas sudaban—. Aquí hay demasiada historia. Puedo oler el drama familiar desde el vestíbulo. Y huele a perfume caro y a resentimiento milenario.

Klaus, que caminaba a su lado con la confianza de un conquistador que regresa a su trono, le rodeó la cintura con el brazo, apretándolo contra su costado.

—No seas ridículo, amor. Mi familia ha estado esperando conocer al humano que logró que no incinerara un estado entero durante mis vacaciones —Klaus le guiñó un ojo, una expresión que en él era tanto encantadora como aterradora—. Además, Elijah ha preparado una cena. Sería de mala educación no asistir.

Cuando entraron al comedor, el silencio fue absoluto. Sentados a la mesa estaban Elijah, impecable en su traje; Rebekah, que observaba a Stiles con una curiosidad felina; y Kol, que jugueteaba con un cuchillo de plata con una sonrisa traviesa.

—Así que este es el famoso Stiles —dijo Rebekah, rompiendo el hielo. Se levantó y caminó alrededor de él, evaluándolo como si fuera una pieza de arte—. Es... pequeño. Y huele mucho a ti, Nik. Demasiado.

—Es un placer conocerte también, Barbie Original —respondió Stiles, recuperando su escudo de sarcasmo—. Y sí, el aroma es cortesía de un SUV muy estrecho y de la falta de autocontrol de tu hermano.

Kol soltó una carcajada estrepitosa, golpeando la mesa con la mano.

—¡Me gusta! Tiene agallas. Normalmente, los humanos se orinan encima cuando Niklaus los trae a casa. O mueren antes del postre.

—Nadie va a morir esta noche —intervino Elijah con su voz aterciopelada y autoritaria—. Stiles, por favor, toma asiento. Niklaus nos ha contado... bueno, no nos ha contado mucho, pero el hecho de que sigas respirando después de una semana a solas con él es testimonio de tu resiliencia.

La cena transcurrió de una manera sorprendentemente civilizada. Stiles, fiel a su naturaleza, no pudo mantener la boca cerrada. Les contó sobre los Jinetes Fantasma, sobre Scott siendo un alfa verdadero con complejo de mártir y sobre cómo había sobrevivido a un Nogitsune. Para su sorpresa, los Mikaelson escuchaban fascinados. Había algo en la honestidad caótica de Stiles que desarmaba incluso a los seres más peligrosos del mundo.

—Entonces —dijo Rebekah, apoyando la barbilla en su mano—, ¿es cierto que mi hermano es un amante tan... dedicado como presume?

Stiles se atragantó con su vino tinto, tosiendo mientras Klaus le daba palmaditas en la espalda con una sonrisa de suficiencia.

—Bueno —logró decir Stiles una vez que recuperó el aire—, digamos que tiene mucha energía para alguien de mil años. Y una fijación muy extraña con los lugares públicos. Si alguna vez ven un SUV balanceándose en un mirador, no miren. Es un consejo de salud pública.

Klaus se inclinó hacia Stiles, susurrándole al oído lo suficientemente alto para que todos lo oyeran.

—Esta noche no habrá coches, amor. Esta noche quiero que toda mi familia sepa exactamente por qué te elegí.

Elijah levantó una ceja, pero no dijo nada. Kol, por otro lado, parecía encantado.

—Si necesitan audiencia, Nik, sabes que no soy tímido —comentó Kol con malicia.

—Si te acercas a menos de diez metros de nuestra habitación, Kol, te clavaré una daga y te dejaré en un sótano hasta el próximo siglo —sentenció Klaus, aunque no había verdadera ira en su voz.

Después de la cena, Klaus guio a Stiles hacia la habitación principal. Era una estancia vasta, con una cama con dosel que parecía lo suficientemente grande como para albergar a un equipo de lacrosse completo. Las ventanas daban al patio interior, donde la música de jazz de la calle llegaba como un eco lejano.

—¿Estás bien? —preguntó Klaus, cerrando las puertas dobles con llave—. Mi familia puede ser... abrumadora.

—Están locos —dijo Stiles, arrojándose sobre la cama de seda—. Son disfuncionales, peligrosos y probablemente necesiten mil años más de terapia. Me siento como en casa.

Klaus se despojó de su chaqueta y comenzó a desabotonarse la camisa, sus ojos fijos en el joven humano.

—Me alegra oírlo. Porque ahora que tienen su aprobación, no tengo intención de ser gentil. He estado conteniéndome frente a ellos.

Klaus se subió a la cama, gateando sobre Stiles como un depredador acechando a su presa. La luz de la luna se filtraba por las cortinas, bañando su piel de un tono plateado. Stiles sintió que su pulso se aceleraba. A pesar de todo lo que habían hecho en la carretera, la intensidad de Klaus nunca dejaba de afectarlo.

—Muéstrame lo que significa ser un Mikaelson, entonces —desafió Stiles, rodeando el cuello de Klaus con sus brazos.

Klaus no perdió el tiempo. Desvistió a Stiles con una urgencia que hizo que algunas costuras de la ropa cedieran. No hubo sutilezas esta vez. Klaus lo besó con una pasión que sabía a posesión absoluta, sus manos recorriendo cada centímetro del cuerpo de Stiles, dejando marcas rojas allí donde sus dedos presionaban.

—Quiero que te escuchen —gruñó Klaus contra su cuello—. Quiero que cada vampiro en esta casa sepa que el humano que traje es el único que puede hacerme perder el control de esta manera.

Klaus bajó hacia el pecho de Stiles, usando sus dientes para atormentar sus pezones hasta que Stiles arqueó la espalda, soltando un gemido que resonó en las paredes altas de la habitación. No se detuvo ahí. Klaus bajó más, separando las piernas de Stiles y admirando la vista.

—Sigues estando tan sensible, amor —comentó Klaus, pasando su lengua por la entrada de Stiles, que ya estaba húmeda por la anticipación—. ¿Es por la cena? ¿O por la idea de que mis hermanos están al otro lado de esas paredes?

—Es por ti, idiota —jadeó Stiles, hundiendo los dedos en el cabello rubio de Klaus—. Siempre es por ti.

Klaus lo preparó con tres dedos, moviéndolos con una destreza que hizo que Stiles perdiera la noción de la realidad. Cuando estuvo satisfecho, Klaus se posicionó y se hundió en él con un golpe seco.

—¡Klaus! —gritó Stiles, con los ojos en blanco.

Klaus comenzó a moverse con una fuerza arrolladora. Cada embestida era profunda, reclamando cada rincón del interior de Stiles. El sonido de la carne chocando y los jadeos pesados llenaron la habitación. Stiles no podía contenerse; gritaba el nombre de Klaus una y otra vez, sin importarle quién pudiera oírlo.

En medio del acto, Klaus levantó a Stiles, obligándolo a sentarse sobre él mientras seguía embistiendo hacia arriba. La posición permitía una profundidad que hizo que Stiles se aferrara a los hombros de Klaus para no caerse.

—Mírame —ordenó Klaus.

Stiles abrió los ojos. Klaus no ocultaba su naturaleza; sus ojos brillaban en ese amarillo híbrido, y sus colmillos estaban parcialmente extendidos. Era la imagen misma del monstruo que todo el mundo temía, pero para Stiles, era simplemente el hombre que lo amaba con una ferocidad que lo hacía sentir vivo.

—No te detengas —suplicó Stiles, moviendo sus caderas al ritmo de Klaus—. No me dejes ir nunca.

—Nunca —prometió Klaus, mordiendo el hombro de Stiles para marcarlo una vez más—. Eres mi ancla, Stiles. Mi pequeña y ruidosa ancla.

El clímax los alcanzó casi al mismo tiempo. Stiles se deshizo en los brazos de Klaus, su cuerpo temblando violentamente mientras su esencia manchaba el abdomen de ambos. Klaus lo siguió segundos después, enterrando su rostro en el cuello de Stiles mientras soltaba un gruñido de pura satisfacción.

Minutos después, mientras yacían entrelazados bajo las sábanas de seda, el silencio fue roto por un suave golpe en la puerta.

—¡Niklaus! —era la voz de Kol, sonando divertida desde el pasillo—. ¡Elijah dice que si no guardan un poco de silencio, el techo se va a caer! ¡Y Rebekah quiere saber si Stiles sigue vivo o si tiene que pedir flores para el funeral!

Stiles escondió la cara en la almohada, soltando una risita ahogada.

—Te lo dije —murmuró Stiles—. Son lo peor.

Klaus se incorporó un poco, gritando hacia la puerta con una sonrisa triunfante.

—¡Vete al infierno, Kol! ¡Y dile a Elijah que si quiere silencio, que se compre una casa en el campo!

Se escucharon pasos alejándose y una risa burlona de Kol. Klaus volvió a acostarse, atrayendo a Stiles hacia su pecho.

—¿Te arrepientes de haber aceptado la invitación? —preguntó Klaus, besando la coronilla de Stiles.

Stiles suspiró, sintiéndose más seguro y querido de lo que jamás se había sentido en Beacon Hills. Allí, entre monstruos y reyes, había encontrado un lugar donde su caos encajaba perfectamente.

—¿Bromeas? —dijo Stiles, cerrando los ojos—. Esto es mucho mejor que ver Netflix solo en mi habitación. Aunque mañana voy a necesitar que Elijah me preste uno de sus trajes caros. Creo que mi ropa no sobrevivió a tu demostración de afecto.

Klaus rió, una risa suave y genuina que solo Stiles conocía.

—Te compraré todo el barrio si quieres, amor. Pero por ahora, duerme. Mañana quiero enseñarte el Bayou. Hay unos lugares muy apartados donde nadie podrá oírte gritar mi nombre.

—Eres un pervertido, Klaus Mikaelson —dijo Stiles, quedándose dormido con una sonrisa en los labios.

—Y tú eres mío, Stiles Stilinski. Por siempre y para siempre.

La noche en Nueva Orleans continuó, llena de música, magia y el inicio de una leyenda que los habitantes del Barrio Francés no olvidarían pronto: la historia del humano que domesticó al gran híbrido, no con hechizos, sino con un sarcasmo inagotable y un corazón que no conocía el miedo.