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Humano y híbrido

El rastro de la bestia y el latido del pantano

La mañana en Nueva Orleans no llegó con el silencio pacífico de Beacon Hills, sino con una cacofonía de trompetas lejanas, el olor a café de chicoria y la humedad pegajosa que se adhería a la piel como una segunda sábana. Stiles se despertó sintiendo el peso reconfortante de Klaus a su lado. El híbrido dormía con una expresión de serenidad que casi hacía olvidar que era el ser más temido del planeta.

Stiles se quedó un momento observándolo, trazando con la mirada las líneas de su rostro. Había algo ridículamente injusto en el hecho de que Klaus fuera tan atractivo incluso después de una noche de excesos que habrían dejado a cualquier humano normal en coma.

—Es de mala educación observar a los reyes mientras descansan, amor —murmuró Klaus sin abrir los ojos, una sonrisa perezosa curvando sus labios.

—No te observaba, estaba evaluando si habías muerto de vejez durante la noche —respondió Stiles, estirándose y sintiendo cada músculo de su cuerpo protestar—. Mil años son muchos, Klaus. Algún día tus rodillas van a empezar a crujir y yo estaré allí para reírme mientras te traigo el andador.

Klaus abrió un ojo, brillando con una mezcla de diversión y deseo. De un movimiento rápido, atrapó a Stiles y lo giró hasta que el joven quedó atrapado bajo su cuerpo.

—Mis rodillas funcionan perfectamente, como bien pudiste comprobar anoche en el balcón, en la alfombra y en esa silla que ahora probablemente necesite ser restaurada —Klaus le dio un beso corto pero intenso—. Prepárate. El Bayou nos espera.

El viaje hacia el pantano fue diferente a su travesía por la carretera interestatal. Esta vez, el aire estaba cargado de una magia antigua, una que Stiles podía sentir vibrando en sus huesos. Klaus conducía su SUV negro a través de caminos que apenas parecían senderos, donde los sauces llorones se inclinaban sobre el agua estancada como guardianes cansados.

—¿Por qué me traes aquí? —preguntó Stiles, mirando por la ventana—. No es que no aprecie el ambiente de "película de terror donde el protagonista muere primero", pero me prometiste algo emocionante.

—Este lugar es el corazón de mi otra mitad, Stiles —explicó Klaus, su tono volviéndose más serio—. Aquí, los lobos de la manada Crescent viven bajo sus propias leyes. Quería que vieras el mundo desde mi perspectiva, no solo desde los balcones de mármol de mi familia.

Se detuvieron cerca de una pequeña cabaña de madera que parecía estar a punto de ser devorada por la vegetación. El silencio del pantano era denso, interrumpido solo por el croar de las ranas y el chapoteo ocasional de algo moviéndose bajo la superficie del agua.

—Huele a perro mojado —comentó Stiles al bajar del coche, arrugando la nariz—. Me trae recuerdos de casa. Scott solía oler así después de los entrenamientos de lacrosse bajo la lluvia.

—Tus amigos eran cachorros jugando a ser hombres —dijo Klaus, acercándose a él y rodeándolo con un brazo—. Aquí, el lobo es una bendición y una maldición que se lleva en la sangre desde hace siglos.

Caminaron hacia un claro donde la luz del sol se filtraba en rayos dorados a través del musgo español. Klaus se detuvo y, sin previo aviso, comenzó a quitarse la camisa.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Stiles, arqueando una ceja—. ¿Es hora de otra sesión de exhibicionismo? Porque te recuerdo que hay caimanes y no creo que sean un público muy agradecido.

—Quiero que lo veas, Stiles —Klaus lo miró fijamente—. En la carretera viste al hombre. En la cama viste al amante. Pero nunca has visto al lobo. No al de verdad.

Stiles retrocedió un paso, su corazón acelerándose. Había visto transformaciones antes; había visto a Derek, a Scott, a Peter. Pero esto era diferente. Klaus no era solo un lobo; era el Híbrido Original.

El proceso no fue doloroso ni caótico como las transformaciones que Stiles conocía. Fue fluido, casi artístico. Los huesos de Klaus crujieron con un sonido seco, su piel se cubrió de un pelaje espeso y oscuro, y sus ojos se volvieron de un amarillo ardiente que parecía contener el sol. En lugar del hombre, ahora había un lobo enorme, mucho más grande que cualquier lobo natural, con una presencia que exigía sumisión inmediata.

Stiles se quedó paralizado. El lobo se acercó a él, moviéndose con una gracia letal. Stiles podía sentir el calor que emanaba del animal, el olor a tierra, sangre y poder puro. El lobo apoyó su enorme cabeza en el pecho de Stiles, justo sobre su corazón palpitante.

—Vaya... —susurró Stiles, extendiendo una mano temblorosa para acariciar el pelaje áspero detrás de las orejas—. Eres... eres aterradoramente hermoso, Klaus.

El lobo soltó un gruñido bajo, un sonido que vibró en el pecho de Stiles, y luego, con una agilidad sorprendente, lo empujó suavemente hacia el suelo cubierto de hojas secas.

—Oye, cuidado con la ropa, esta camisa es nueva —protestó Stiles, aunque no hizo ningún intento por levantarse.

El lobo se posicionó sobre él, atrapándolo entre sus patas delanteras. Stiles miró fijamente esos ojos amarillos, sintiendo una conexión que trascendía las palabras. Era una intimidad diferente, una que hablaba de instinto y pertenencia.

—Sé lo que quieres —dijo Stiles, su voz volviéndose ronca—. Quieres que sepa que no hay ningún lugar donde pueda esconderme de ti. Ni siquiera en mi propia mente.

Klaus, en su forma lobuna, lamió la mejilla de Stiles con una lengua enorme y áspera, provocando una risa nerviosa en el joven. Luego, con un movimiento rápido, el lobo se alejó y comenzó a correr alrededor del claro, una mancha de sombras y velocidad.

Stiles lo observó, fascinado. Era la imagen de la libertad absoluta. Por un momento, olvidó las muertes, los sacrificios y el miedo que solía definir su vida. Aquí, en el pantano, con un monstruo milenario protegiéndolo, se sentía extrañamente a salvo.

De repente, Klaus volvió a su forma humana. Estaba desnudo, cubierto de un ligero sudor, con la respiración entrecortada. Se acercó a Stiles y lo levantó del suelo como si no pesara nada.

—¿Lo entiendes ahora? —preguntó Klaus, su voz cargada de una intensidad cruda—. El lobo te reconoce, Stiles. No eres solo un humano que encontré en la carretera. Eres parte de la manada ahora. Mi manada.

—Eso suena a mucha responsabilidad —respondió Stiles, tratando de recuperar su compostura—. ¿Significa que tengo que empezar a comer carne cruda y aullar a la luna? Porque mi agenda ya está bastante apretada.

Klaus lo empujó contra el tronco de un roble antiguo, sus cuerpos encajando a la perfección.

—Significa que eres mío en todas tus formas —Klaus bajó la mano hacia los pantalones de Stiles, deshaciendo el botón con una urgencia que no admitía bromas—. Y que no voy a dejar que olvides ese hecho ni por un segundo.

El sexo en el pantano fue salvaje, despojado de la elegancia de la mansión. Klaus lo tomó contra el árbol, con Stiles envolviendo sus piernas alrededor de la cintura del híbrido mientras los sonidos de la naturaleza los rodeaban. Fue una danza de mordiscos, arañazos y gemidos que se perdían entre los árboles. Stiles se sentía como si estuviera siendo reclamado por la tierra misma, por algo mucho más antiguo que la civilización.

—¡Klaus! —gritó Stiles, su cabeza golpeando suavemente la corteza mientras Klaus lo embestía con una ferocidad renovada—. ¡Sí... justo ahí!

Cuando terminaron, ambos cayeron sobre el musgo, jadeando y exhaustos. El sol ya empezaba a descender, proyectando sombras largas y retorcidas sobre ellos.

—Tenemos que volver —dijo Klaus finalmente, aunque no hizo ningún movimiento para separarse de Stiles—. Elijah se pondrá ansioso si no aparecemos para la cena. Tiene esta idea persistente de que Nueva Orleans es un lugar peligroso para los humanos desprotegidos.

—Dile a Elijah que el humano desprotegido está actualmente más preocupado por no poder caminar mañana que por los vampiros enemigos —respondió Stiles, cerrando los ojos con satisfacción.

El regreso a la ciudad fue silencioso y tranquilo. Stiles se sentía en un estado de trance, una mezcla de agotamiento físico y plenitud emocional. Sin embargo, al entrar en el Barrio Francés, la atmósfera cambió. Había una tensión en el aire que no estaba allí por la mañana.

Al llegar a la mansión, encontraron a Elijah esperándolos en el patio. Su rostro estaba más pálido de lo habitual, y su postura era rígida.

—Niklaus, tenemos un problema —dijo Elijah sin preámbulos.

—¿Qué sucede, hermano? —preguntó Klaus, su tono volviéndose letal al instante—. ¿Marcel ha decidido volver a jugar a ser el rey? ¿O son las brujas buscando otro sacrificio?

Elijah miró a Stiles por un momento, con una expresión que mezclaba la lástima y la preocupación.

—No es ninguno de ellos. Alguien ha estado preguntando por nuestro invitado. Alguien que dice venir de un lugar llamado Beacon Hills.

Stiles sintió que el mundo se detenía. El aire se volvió frío de repente.

—¿Quién? —preguntó Stiles, su voz apenas un susurro.

—Un hombre —respondió Elijah—. Se hace llamar Derek Hale. Dice que has desaparecido y que no se irá de esta ciudad hasta que hable contigo.

Klaus soltó un gruñido sordo, sus ojos brillando con una advertencia peligrosa. Rodeó a Stiles con su brazo, atrayéndolo hacia él en un gesto posesivo.

—Nadie se lleva lo que es mío —dijo Klaus, su voz resonando como un trueno—. Ni siquiera un lobo de pueblo con complejo de héroe.

Stiles miró a Klaus y luego a Elijah. El pasado que había intentado dejar atrás en la carretera acababa de alcanzarlo en el corazón de su nuevo refugio. Sabía que Derek no se rendiría fácilmente, pero también sabía que Klaus no era un hombre que aceptara la competencia.

—Derek no sabe en qué se está metiendo —dijo Stiles, frotándose la cara con las manos—. Va a causar una guerra.

—Entonces que así sea —sentenció Klaus, guiando a Stiles hacia el interior de la mansión—. Pero primero, vamos a cenar. No permitiré que un viejo conocido arruine nuestro apetito.

Esa noche, mientras Stiles intentaba dormir, no podía dejar de pensar en los ojos de Derek y en la promesa de Klaus. Se encontraba en medio de dos mundos, dos manadas y dos hombres que definían el peligro de maneras opuestas.

Se levantó de la cama y caminó hacia el balcón, mirando las luces de Nueva Orleans. Sintió una presencia detrás de él. No era Klaus; era una sensación más sutil.

—Sé que estás ahí —dijo Stiles al aire.

De las sombras del balcón contiguo, Rebekah emergió, vestida con un camisón de seda roja.

—Eres valiente, Stiles —dijo ella, apoyándose en la barandilla—. Pero el valor a veces es solo otra palabra para la estupidez. Niklaus no te dejará ir. Nunca. Lo sabes, ¿verdad?

—Lo sé —respondió Stiles—. Y la cuestión es que no estoy seguro de querer irme.

Rebekah sonrió, una sonrisa triste y sabia.

—Entonces prepárate. Porque cuando los lobos del pasado se encuentran con los monstruos del presente, siempre hay sangre. Y tú estás justo en el medio.

Stiles volvió a la habitación, donde Klaus dormía con un brazo extendido, buscándolo incluso en sueños. Se deslizó de nuevo bajo las sábanas, refugiándose en el calor del híbrido. Sabía que el mañana traería conflictos, preguntas y posiblemente violencia. Pero mientras sentía la mano de Klaus cerrarse posesivamente sobre su cintura, Stiles supo que ya no era el chico asustado que huyó de Beacon Hills.

—Que vengan —susurró Stiles antes de cerrar los ojos—. Tengo al monstruo más grande de mi lado.

En la oscuridad de la mansión Mikaelson, el destino de Stiles Stilinski quedó sellado. Ya no era un simple humano; era el corazón de una tormenta milenaria, y estaba listo para ver cómo el mundo ardía si eso significaba quedarse al lado del hombre que le había enseñado a no tener miedo de la oscuridad. El viaje por carretera había sido solo el prólogo; la verdadera batalla por su alma estaba a punto de comenzar en las calles empedradas de Nueva Orleans, donde el jazz nunca se detenía y los secretos nunca morían.