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Hxh

El eco de un gemido prohibido

La penumbra de la habitación de Killua no solo estaba cargada del aroma a sándalo y lujo que caracterizaba a los Zoldyck, sino también de una electricidad estática que erizaba el vello de la nuca. El heredero de la familia más letal del mundo estaba sentado en su cama, observando a Gon a través de sus pestañas plateadas. Tenía las piernas cruzadas y una expresión que oscilaba entre el aburrimiento aristocrático y una sed insaciable que solo una persona en el mundo sabía interpretar.

Gon estaba de pie junto a la ventana, observando la luna que bañaba los picos de la Montaña Kukuroo. Su espalda, ancha y marcada por cicatrices de entrenamientos que habrían matado a cualquier otro adolescente, se tensó cuando sintió la mirada de Killua clavada en él como dos dagas de hielo.

—¿Qué pasa, Killua? —preguntó Gon sin darse la vuelta—. Puedo oír tus latidos desde aquí. Están acelerados.

Killua soltó un bufido, dejando caer su espalda contra las almohadas de seda.

—Estoy aburrido, Gon. Este lugar es sofocante cuando no hay nada que hacer.

—Acabamos de cenar con tu familia —respondió Gon, girándose finalmente con esa sonrisa tranquila que a Killua le daban ganas de besar y morder a partes iguales—. Tu madre estuvo hablando durante dos horas sobre el nuevo protocolo de seguridad. Deberías estar cansado.

—No quiero dormir —siseó Killua, deslizándose hacia el borde de la cama con una gracia felina. Se puso de pie y caminó hacia Gon, deteniéndose a escasos centímetros de su pecho—. Quiero algo que me haga olvidar que estoy encerrado en esta montaña. Algo que me haga perder el sentido, como la otra noche. Pero mejor.

Gon arqueó una ceja, sus ojos ámbar oscureciéndose. Sabía exactamente a qué se refería Killua. El heredero Zoldyck nunca se conformaba con poco. Si le daban un dulce, quería la caja entera; si le daban afecto, quería devoción absoluta; y si le daban placer, quería ser consumido por él.

—Killua, recuerda lo que tu padre me dijo en el despacho esta mañana —dijo Gon, su voz bajando a un tono de advertencia—. Silva-san fue muy claro.

Killua rodó los ojos, recordando la escena. Silva, sentado tras su escritorio de obsidiana, le había dedicado a Gon una mirada que habría helado la sangre de un dragón. "Si una sola lágrima de tristeza o dolor cae de los ojos de mi hijo por tu culpa, Gon Freecss, te aseguro que desearás no haber nacido. Cuídalo como el tesoro que es".

—Mi padre es un exagerado —declaró Killua, pasando sus manos por los brazos de Gon, apretando los músculos firmes—. Además, él dijo lágrimas de tristeza. No dijo nada sobre las otras.

—Killua... —Gon trató de mantener la compostura, pero el aliento del peliblanco contra su cuello estaba destruyendo sus defensas.

—¿Qué pasa, Gon? —Killua se pegó a él, restregando su pelvis contra la del moreno con una desfachatez que solo un chico tan consentido podría permitirse—. ¿Tienes miedo de un viejo león? Pensé que el gran cazador era más valiente. La otra noche fuiste... amable. Pero hoy no quiero amabilidad. Quiero que me trates como si no fuera un Zoldyck. Como si fuera solo tuyo para romperlo y volverlo a armar.

Gon soltó un gruñido bajo, agarrando las muñecas de Killua y clavándolas contra la pared de piedra que flanqueaba la ventana. La fuerza del impacto fue mínima para un asesino, pero el gesto de dominio hizo que Killua soltara un jadeo excitado.

—No sabes lo que estás pidiendo —dijo Gon, su rostro a milímetros del de Killua—. Si dejo de contenerme, si te doy lo que realmente quieres... vas a llorar, Killua. Y no sé si podré detenerme cuando vea esas lágrimas.

Killua sonrió, una expresión salvaje y hermosa que desafiaba cualquier lógica.

—Entonces hazme llorar, Gon. Haz que me olvide de mi nombre. Hazme pedirte clemencia y luego ignórame. Eso es lo que quiero. Es mi capricho de hoy. Y sabes que siempre obtengo lo que pido.

El control de Gon se rompió como un cristal golpeado por un martillo. Sin mediar palabra, capturó los labios de Killua en un beso que no tenía nada de dulce. Fue una invasión, una lucha de lenguas y dientes que sabía a desesperación acumulada. Killua respondió con la misma ferocidad, enredando sus piernas alrededor de la cintura de Gon mientras este lo levantaba del suelo sin esfuerzo.

Gon lo llevó hasta la cama y lo lanzó sobre ella, despojándose de su ropa con una urgencia animal. Killua lo observaba, su respiración volviéndose errática, sus dedos enterrándose en las sábanas. Cuando Gon quedó desnudo ante él, imponente y claramente listo para cumplir la demanda, Killua sintió un escalofrío de puro terror y anticipación.

—Tú lo pediste —sentenció Gon.

Sin preámbulos, Gon lo despojó de su ropa interior y lo obligó a ponerse a cuatro patas. Killua obedeció, su cuerpo temblando por la vulnerabilidad de la posición. Sintió los dedos de Gon, húmedos y rápidos, preparándolo sin la paciencia infinita de la vez anterior. Era brusco, eficiente, casi cruel.

—Gon... —jadeó Killua, su frente apoyada contra el colchón—. Más... no te detengas.

—Silencio —ordenó Gon, y el tono autoritario hizo que Killua se estremeciera de placer—. No hables a menos que sea para suplicar.

Gon se posicionó y entró en él de un solo empuje devastador. Killua soltó un grito que fue ahogado por las almohadas. El dolor inicial fue agudo, una punzada que le hizo apretar los ojos, pero fue seguido inmediatamente por una ola de placer tan intensa que sintió que sus pulmones colapsaban.

Gon no le dio tiempo a recuperarse. Comenzó a embestir con una fuerza rítmica y despiadada, sus manos agarrando las caderas de Killua con tal firmeza que sabía que dejaría marcas moradas para el día siguiente. Cada golpe era profundo, alcanzando lugares que Killua ni siquiera sabía que podían sentir.

—¡Ah! ¡Gon, espera! —exclamó Killua, su voz rompiéndose—. Es demasiado... ¡está demasiado profundo!

—Dijiste que querías que te diera duro, ¿no? —rugió Gon, sudoroso y desenfrenado—. Dijiste que querías llorar. Pues llora, Killua. Llora para mí.

Las embestidas se volvieron más rápidas, más salvajes. Killua sentía que su cuerpo estaba siendo reclamado por una fuerza de la naturaleza. Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos, deslizándose por sus mejillas y empapando la seda de las almohadas. No eran lágrimas de tristeza, ni de arrepentimiento. Eran el resultado de un sistema nervioso sobrecargado, de un placer que bordeaba la agonía.

—¡Por favor! —suplicó Killua, su voz un hilo de desesperación—. ¡Gon, me vas a romper! ¡Para... no, no pares! ¡Continúa!

Gon lo giró bruscamente, quedando Killua de espaldas, con las piernas elevadas sobre los hombros de Gon. En esta posición, la penetración era aún más total. Killua pudo ver el rostro de Gon: estaba transformado, sus ojos brillaban con una luz casi inhumana, su mandíbula apretada. Era el cazador en su estado más puro, y Killua era la presa que se entregaba voluntariamente al sacrificio.

—Mírame, Killua —dijo Gon, su voz ronca por el esfuerzo—. Mira lo que me haces hacerte.

Killua abrió los ojos, empañados por las lágrimas y el deseo. Ver a Gon sobre él, poseyéndolo con esa intensidad aterradora, fue el detonante final. El placer se acumuló en su vientre como una tormenta eléctrica.

—Te amo... —logró articular Killua entre sollozos y gemidos—. Te amo, Gon... hazme tuyo... mátame así...

El uso de esas palabras, en ese momento, fue lo que terminó de desquiciar a Gon. Sus estocadas se volvieron erráticas, potentes, golpeando el punto exacto que hacía que Killua perdiera el control de sus extremidades. El peliblanco se arqueó, con el pecho agitado, su clímax llegando en una explosión de espasmos que le hicieron gritar el nombre de Gon hasta desgarrarse la garganta.

Gon lo siguió segundos después, con un rugido que pareció hacer temblar los cimientos de la mansión. Se derrumbó sobre Killua, su peso aplastándolo contra el colchón, sus corazones latiendo al unísono como tambores de guerra.

El silencio que siguió fue absoluto, solo interrumpido por el sonido de los sollozos residuales de Killua y la respiración pesada de ambos. Gon, recobrando poco a poco la consciencia, se dio cuenta de lo que había hecho. Se incorporó ligeramente, viendo las marcas de sus manos en las caderas de Killua y el rastro de lágrimas que aún humedecía su rostro plateado.

—Killua... —susurró Gon, su voz llena de un arrepentimiento repentino—. Oh, Dios, Killua... lo siento. Me pasé. Te hice daño. Tu padre me va a matar, y tendrá razón.

Killua, que aún estaba recuperando el aliento, soltó una risita débil que se convirtió en una carcajada ronca. Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y miró a Gon con una chispa de triunfo en los ojos.

—Eres un idiota, Gon Freecss —dijo Killua, extendiendo una mano para acariciar la mejilla del moreno—. Ha sido el mejor regalo que me has hecho en diez años.

—Pero estás llorando —insistió Gon, acariciando con el pulgar la piel húmeda bajo los ojos de Killua—. Silva-san dijo...

—Mi padre no sabe nada sobre lo que pasa en esta cama —lo interrumpió Killua, tirando de él para que volviera a acostarse a su lado—. Y si alguna vez le dices que he llorado, te mataré yo mismo antes que él. Estas lágrimas son mías, Gon. Tú me las diste. Y son el precio más barato que he pagado por algo tan valioso.

Gon suspiró, dejando salir toda la tensión acumulada. Envolvió a Killua en sus brazos, cubriéndolos con la manta, y lo apretó contra su pecho con una ternura que contrastaba violentamente con la brutalidad de hacía unos momentos.

—Eres el chico más difícil de complacer del mundo —murmuró Gon contra su cabello.

—Y tú eres el único que tiene lo que hace falta para intentarlo —respondió Killua, cerrando los ojos con una sonrisa de absoluta satisfacción—. Mañana quiero que lo repitas. Pero esta vez, usa las esposas que guardo en el armario.

Gon soltó una carcajada, negando con la cabeza.

—Mañana vamos a ir a caminar al bosque, Killua. Y vas a descansar.

—Ya veremos quién manda mañana, Gon —susurró Killua, quedándose dormido casi al instante, sabiendo que, aunque Silva Zoldyck fuera el dueño de la montaña, Gon Freecss era el único dueño de su voluntad.

En el pasillo, fuera de la habitación, la figura de Silva Zoldyck se alejó en silencio. Había escuchado los gritos, los sollozos y, finalmente, la risa de su hijo. Suspiró, cruzando los brazos tras su espalda. Killua siempre había sido un niño que pedía demasiado, pero parecía que finalmente había encontrado a alguien capaz de darle exactamente lo que necesitaba, incluso si eso significaba romper todas las reglas de la familia.

—Que así sea —murmuró Silva para sí mismo—. Mientras el heredero sea feliz, el mundo puede seguir girando.

Y dentro de la habitación, enredados en seda y sudor, el cazador y el asesino descansaban en una paz que solo los que se han entregado por completo pueden conocer. Killua ya no era el niño que pataleaba en un parque; era un hombre que había encontrado su lugar en los brazos de su capricho más caro, un capricho que resultó ser, en realidad, su salvación.