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El privilegio de la sumisión
La mañana en la Montaña Kukuroo comenzó con el sonido de porcelana fina estrellándose contra una pared de piedra. Los sirvientes que pasaban cerca de los aposentos del heredero ni siquiera se inmutaron; era un martes cualquiera en la vida de Killua Zoldyck. Sin embargo, dentro de la habitación, el ambiente estaba cargado de una energía distinta. No era la rabia fría de un asesino, sino la impaciencia febril de un joven que había descubierto que su juguete favorito tenía funciones que apenas comenzaba a explorar.
Killua estaba de pie sobre su cama, con el cabello plateado alborotado y una bata de seda negra entreabierta. A sus pies, Gon Freecss permanecía sentado en el suelo, con la espalda apoyada en el borde del colchón, observando los pedazos del plato de desayuno con una calma exasperante.
—¡He dicho que no quiero entrenar con Zeno hoy! —exclamó Killua, cruzándose de brazos—. ¡Y tampoco quiero que tú vayas! Dijiste que hoy haríamos lo que yo quisiera.
Gon levantó la vista, sus ojos ámbar brillando con una mezcla de diversión y una chispa de algo mucho más oscuro que había empezado a surgir desde que sus encuentros nocturnos se volvieron habituales.
—Lo dije, Killua —respondió Gon, su voz resonando con una madurez que siempre lograba desarmar al peliblanco—. Pero tu abuelo no es alguien a quien se le pueda decir que no sin una buena razón.
—¡Mi palabra es la única razón que necesitas! —Killua saltó de la cama, aterrizando frente a Gon. Se inclinó, invadiendo su espacio personal—. Quiero probar algo nuevo. Lo leí en uno de esos libros que trajo Milluki de sus viajes. Algo sobre... restricciones.
Gon arqueó una ceja. Se puso de pie lentamente, obligando a Killua a levantar la barbilla para mantener el contacto visual. La diferencia de estatura y presencia se hacía notar cada vez más; mientras Killua conservaba una elegancia felina y delgada, Gon se había convertido en una fuerza de la naturaleza, sólida y abrumadora.
—¿Restricciones? —repitió Gon, dando un paso hacia adelante, haciendo que Killua retrocediera hasta que sus corvas chocaron con la cama—. ¿Te refieres a Nen? ¿O a algo más... físico?
Killua sintió un escalofrío recorrer su columna. Ese era el tono que le gustaba, el que hacía que sus rodillas flaquearan a pesar de su orgullo.
—Físico —susurró Killua, tratando de mantener su máscara de arrogancia—. Quiero que me ates, Gon. Y quiero que hagas lo que quieras conmigo, sin que yo pueda moverme. Es un berrinche, ¿entiendes? Si no lo haces, me pasaré todo el día gritando y no dejaré que nadie en esta casa pegue un ojo.
Gon soltó una risa baja, una que no llegaba a sus ojos, los cuales estaban fijos en el cuello de Killua, donde aún se notaba una pequeña marca de la noche anterior.
—Un berrinche muy específico, Killua —dijo Gon, extendiendo una mano para acariciar la mejilla del asesino—. ¿Estás seguro? Sabes que una vez que empiece, no me detendré solo porque empieces a lloriquear. Si soy yo quien tiene el control, las reglas de tu familia no cuentan aquí dentro.
—Eso es exactamente lo que quiero —desafió Killua, aunque su voz tembló ligeramente—. Hazlo. Demuéstrame que puedes cumplir este capricho también.
Gon no esperó una segunda invitación. Con una rapidez que incluso Killua encontró difícil de seguir, lo empujó sobre el colchón. Antes de que el peliblanco pudiera reaccionar, Gon ya estaba sobre él, inmovilizando sus manos sobre su cabeza con una sola mano. Con la otra, buscó en el cajón de la mesita de noche, extrayendo una cuerda de seda roja que Killua había dejado allí a propósito.
—¿Preparado para esto? —preguntó Gon, su aliento cálido rozando la oreja de Killua.
—No preguntes tanto y actúa —masculló Killua, aunque su corazón martilleaba contra sus costillas como un animal enjaulado.
Gon trabajó en silencio. Sus nudos eran firmes, expertos, una habilidad que había perfeccionado durante sus años de caza y supervivencia, ahora aplicada a un propósito mucho más íntimo. En pocos minutos, Killua estaba sujeto a los postes de la cabecera tallada. La seda roja contrastaba violentamente con la palidez de su piel.
—Te ves... increíble así —comentó Gon, retrocediendo un paso para admirar su obra. Sus ojos recorrieron el cuerpo de Killua, desde sus tobillos inquietos hasta su rostro encendido—. Tan poderoso fuera de esta habitación, y tan vulnerable aquí.
—Cállate —dijo Killua, tratando de ocultar su excitación tras una mueca de desprecio—. ¿Vas a quedarte ahí mirando o vas a cumplir con tu parte?
Gon sonrió con malicia. Se acercó de nuevo, pero esta vez no fue hacia los labios de Killua. Empezó a besar su torso, bajando lentamente, usando su lengua para trazar líneas de fuego sobre la piel sensible. Killua se arqueó, sus muñecas tirando de las cuerdas, el sonido de la seda tensándose llenando el aire.
—¡Gon! —exclamó Killua cuando los dientes del moreno rozaron su cadera.
—Dijiste que hiciera lo que quisiera —le recordó Gon, levantando la vista. Su expresión era la de un depredador que finalmente ha acorralado a su presa—. Y lo que quiero es tomarme mi tiempo. Quiero ver cuánto puedes aguantar antes de que ese orgullo tuyo se rompa por completo.
El tormento fue exquisito. Gon usó sus manos, su boca y palabras susurradas para llevar a Killua al borde del abismo una y otra vez, solo para detenerse justo antes del clímax. Killua sudaba, jadeaba y soltaba insultos que rápidamente se convertían en súplicas.
—¡Por favor, Gon! ¡Ya basta de juegos! —suplicó Killua, con los ojos empañados—. ¡Dámelo ya!
—¿Qué es lo que quieres, Killua? —preguntó Gon, deteniendo todo movimiento y observándolo con una calma tortuosa—. Dilo. Pídelo como el capricho que es.
Killua apretó los dientes, su pecho subiendo y bajando con violencia. Odiaba rendirse, odiaba la forma en que Gon le arrebataba el poder, pero al mismo tiempo, era la sensación más adictiva que había experimentado jamás.
—Quiero que me tomes —susurró finalmente, bajando la mirada—. Quiero sentirte... quiero que me llenes. Por favor, Gon. Cúmpleme este berrinche.
Gon no necesitó oír más. Se deshizo de su propia ropa con una urgencia que delataba que él también estaba al límite. Se posicionó entre las piernas de Killua, sus ojos fijos en los azules del peliblanco, buscando esa conexión profunda que solo ellos compartían.
—Recuerda esto, Killua —dijo Gon antes de entrar en él de un solo movimiento profundo y firme—. Tú me pediste. Tú me ataste a tu vida. Ahora yo te ato a la mía.
Killua soltó un grito que fue mitad dolor y mitad éxtasis puro. La sensación de plenitud era abrumadora. Gon comenzó a moverse, un ritmo salvaje y constante que no dejaba espacio para el pensamiento. Killua estaba atrapado, sin poder usar sus manos para aferrarse a Gon, obligado a recibir cada embestida, cada roce, cada gramo de la pasión del otro chico.
—¡Gon! ¡Más... más fuerte! —gritaba Killua, su cabeza golpeando contra la almohada rítmicamente.
Gon obedeció, sus manos apretando los muslos de Killua, dejándose llevar por el deseo que había estado conteniendo durante años. En ese momento, no eran el heredero y su acompañante; eran dos mitades de una misma alma tratando de fundirse en una sola.
El clímax llegó como una marejada. Killua se tensó contra las cuerdas, su cuerpo vibrando mientras se venía con un gemido largo y quebrado. Segundos después, Gon lo siguió, hundiéndose una última vez antes de colapsar sobre el pecho de Killua, ambos empapados en sudor y exhaustos.
El silencio volvió a la habitación, solo roto por sus respiraciones pesadas. Gon se incorporó después de unos minutos, desatando con cuidado las muñecas de Killua. Las marcas rojas en la piel blanca hicieron que Gon sintiera una punzada de culpa, pero Killua, al verse libre, no se alejó. En cambio, rodeó el cuello de Gon con sus brazos y lo atrajo hacia sí.
—Gracias —susurró Killua contra su cuello.
—¿Por qué? —preguntó Gon, sorprendido.
—Por no tratarme como a un cristal —respondió Killua, cerrando los ojos—. Todos en esta casa me cuidan o me temen. Tú eres el único que se atreve a dominarme. Y eso... eso es lo que más necesito.
Gon lo abrazó con fuerza, besando su frente.
—Cumpliré todos los berrinches que quieras, Killua. Pero solo porque yo también quiero cumplirlos.
—Lo sé, tonto —dijo Killua con una pequeña sonrisa—. Ahora, ayúdame a levantarme. Tenemos que ir a ver al abuelo Zeno, o mandará a Silva a buscarnos.
—¿Y qué les diremos sobre las marcas? —preguntó Gon con una nota de preocupación juguetona.
Killua se encogió de hombros mientras buscaba su bata en el suelo.
—Les diré que fue un entrenamiento intensivo. Al fin y al cabo, nunca he aprendido tanto sobre mis propios límites como hoy.
Caminaron hacia la salida de la habitación, pero antes de abrir la puerta, Killua se detuvo y miró a Gon una vez más.
—Oye, Gon.
—¿Sí?
—Mañana quiero ir al pueblo. Y quiero que me compres todos los dulces de la tienda.
Gon soltó una carcajada y le dio un suave empujón hacia el pasillo.
—Hecho. Pero a cambio, mañana por la noche, seré yo quien elija el "juguete".
Killua se sonrojó furiosamente, pero no protestó. En el complejo juego de poder de la familia Zoldyck, Killua había encontrado la única forma de ser verdaderamente libre: entregando su voluntad a la única persona que lo amaba lo suficiente como para no dejarse manipular por sus caprichos, sino para convertirlos en una danza de placer compartido.
Afuera, el sol brillaba sobre la Montaña Kukuroo, y aunque el mundo seguía viendo en Killua al heredero temible, dentro de él, el niño que una vez pidió un amigo en un parque finalmente se sentía completo. Porque no importaba cuántos berrinches hiciera, siempre habría alguien ahí para cumplirlos, y para recordarle que, a veces, el mayor privilegio no es tenerlo todo, sino pertenecerle a alguien.
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