I love the way you lie
El eco de la porcelana rota
La Sala Común de Slytherin estaba inusualmente tranquila esa tarde de sábado. La mayoría de los estudiantes habían aprovechado el poco sol de finales de octubre para bajar al campo de Quidditch, donde los equipos de Ravenclaw y Hufflepuff disputaban un partido amistoso. Adeline se había quedado atrás, alegando un dolor de cabeza que Draco, tras mirarla con sospecha durante diez minutos, acabó aceptando bajo la condición de que Astoria se quedara con ella.
Adeline estaba sentada cerca de uno de los ventanales que daban a las profundidades del lago. El agua verdosa proyectaba sombras ondulantes sobre su rostro pálido. Tenía un libro de Runas Antiguas sobre el regazo, pero no había pasado de página en una hora. A su lado, Astoria bordaba distraídamente, observando de reojo a su cuñada.
—Addie, has estado muy callada desde el almuerzo —comentó Astoria con suavidad, dejando el bastidor sobre la mesa—. Ni siquiera has tocado el té que trajeron los elfos.
Adeline se tensó. El almuerzo había sido una pesadilla. Draco la había vigilado como un halcón, celebrando casi con una fiesta cada vez que ella se llevaba un trozo de pollo a la boca. La presión de complacerlo, de ver esa chispa de esperanza en los ojos de su hermano, la había obligado a comer más de lo que su estómago —y su mente— podían soportar.
—Solo estoy cansada, Astoria. De verdad. No es nada —respondió Adeline, aunque su voz sonó hueca, carente de la convicción que solía fingir.
—Te conozco lo suficiente para saber que ese "nada" suele ser un "todo" —Astoria se acercó, sentándose en el borde del sofá de Adeline—. Draco está convencido de que estás mejorando porque te ve comer. Theo también quiere creerlo. Pero yo te observo, Addie. Veo cómo te desapareces después de las comidas. Veo la angustia en tus ojos cuando el plato está lleno.
Adeline sintió que el aire se volvía espeso. El secreto que guardaba bajo siete llaves, el que ni siquiera Theo sospechaba en toda su magnitud, quemaba en su pecho como ácido. Miró a Astoria y vio una compasión tan genuina que le dolió. Astoria no era una Malfoy; no tenía esa armadura de orgullo gélido que ella y Draco usaban como escudo.
—A veces... —comenzó Adeline, su voz apenas un susurro que se perdía en el crepitar de la chimenea—, a veces el peso de lo que hay dentro es demasiado grande.
—¿A qué te refieres con el peso, cielo?
Adeline cerró los ojos. Podía oler el aroma a sándalo de Astoria, un olor que siempre asociaba con la seguridad. Pero la seguridad era un lujo que no creía merecer.
—Draco se pone tan feliz cuando como. Él cree que si recupero el peso, si me veo "normal", entonces todo el horror de nuestra familia, la marca en su brazo, las amenazas de nuestro padre... todo eso se arreglará —Adeline soltó una risa seca, sin rastro de alegría—. Cree que mi salud es el termómetro de nuestra salvación. Y yo no puedo decepcionarlo. No puedo ser la razón por la que él se rinda.
—Él te ama, Addie. No te usa como un termómetro, te usa como su luz —dijo Astoria, tomando sus manos frías.
—¡Pero es una mentira! —estalló Adeline, retirando sus manos bruscamente. Se puso de pie, caminando de un lado a otro frente al ventanal—. Como por él. Como porque Theo me mira con esos ojos suplicantes que me rompen el alma. Pero en cuanto trago, Astoria... en cuanto siento la comida en mi estómago, el pánico me devora. Siento que me estoy ensuciando, que pierdo la única cosa que me queda bajo control en este mundo que se cae a pedazos.
Astoria se levantó lentamente, manteniendo una distancia prudencial, como si estuviera frente a un animal herido.
—¿Qué haces cuando el pánico te devora, Addie?
Adeline se detuvo en seco. Su espalda estaba vuelta hacia Astoria. Sus hombros temblaban bajo la túnica de Slytherin que parecía quedarle dos tallas más grande. El silencio se prolongó, cargado de una confesión que no quería salir.
—Voy al baño —dijo finalmente Adeline. Sus palabras fueron tan bajas que Astoria tuvo que inclinarse para oírla—. Y me aseguro de que nada se quede dentro.
El silencio que siguió fue absoluto. El agua del lago golpeó suavemente contra el cristal, el único sonido en la vasta sala común. Astoria sintió un frío repentino que no tenía nada que ver con la temperatura de las mazmorras.
—¿Te provocas el vómito? —preguntó Astoria, con la voz quebrada por la comprensión.
Adeline se giró, y Astoria se estremeció al ver las lágrimas corriendo libremente por las mejillas de la menor de los Malfoy. Sus ojos grises, usualmente altivos, estaban llenos de una vergüenza devastadora.
—Lo saco todo, Astoria. Todo —confesó Adeline, hundiéndose de nuevo en el sofá, ocultando el rostro entre sus manos—. Cada vez que Draco sonríe porque he terminado mi plato, sé que en diez minutos estaré arrodillada frente a un inodoro, odiándome a mí misma, sintiendo que soy el ser más despreciable de Hogwarts. Le miento a mi hermano. Le miento al chico que amo.
Astoria se arrodilló frente a ella, rodeándola con sus brazos. Adeline se derrumbó contra su hombro, sollozando con una fuerza que parecía desgarrar sus pulmones.
—Oh, Addie... ¿desde cuándo?
—Desde el verano —jadeó Adeline entre sollozos—. Cuando vimos a... a ese hombre en la mansión. Cuando supe lo que Draco tenía que hacer. Sentí que me asfixiaba. La comida era lo único que podía decidir no tener. Pero luego ellos empezaron a vigilarme, a obligarme... y encontré esta forma de complacerlos sin dejar de tener el control. Es un círculo vicioso, Astoria. Cuanto más como para que no sufran, más necesito sacarlo para no sufrir yo.
—Tienes que decírselo a Draco —dijo Astoria, aunque sabía que la respuesta no sería sencilla.
—¡No! —Adeline se separó bruscamente, el pánico brillando de nuevo en sus ojos—. No puedes decírselo, Astoria. Te lo ruego. Si Draco se entera, se romperá. Él cree que está ganando esta batalla. Si sabe que le he estado mintiendo, que estoy peor que antes... perderá la poca cordura que le queda para cumplir su misión.
—Pero te estás matando, Addie. Tu corazón no aguantará esto. Tus manos tiemblan, tu piel está gris...
—Prefiero morir yo a ser la causa de que Draco falle y Voldemort nos mate a todos —sentenció Adeline con una frialdad que recordaba aterradoramente a Lucius Malfoy—. Prométeme que no dirás nada. Promételo por lo que sientes por él.
Astoria guardó silencio, debatiéndose internamente. Miraba a la chica frente a ella, una Malfoy de pura cepa que estaba dispuesta a consumirse por dentro para proteger la frágil esperanza de su hermano mayor.
—No puedo prometerte que me quedaré callada para siempre, Adeline —dijo Astoria con firmeza, pero con dulzura—. Pero no se lo diré hoy. No mientras estés así de alterada. Pero tienes que buscar ayuda. Madame Pomfrey...
—Pomfrey le informará a Snape, y Snape le informará a mis padres —la interrumpió Adeline—. Y entonces sí que estaré perdida. Mi padre no tolera la debilidad, y esto... esto es la máxima debilidad para él.
—No es debilidad, es una enfermedad —corrigió Astoria—. Y Theo... ¿qué hay de él? Él te ama de una forma que nunca he visto en un Nott. Él se daría cuenta si le dieras una oportunidad.
—Theo es demasiado inteligente —susurró Adeline, secándose las lágrimas con la manga—. A veces me mira y sé que sospecha algo. Por eso paso tanto tiempo en la biblioteca o fingiendo que estudio. Si me quedo a solas con él demasiado tiempo, me leerá el alma. Y no quiero que me vea así. No quiero que vea lo sucia que me siento.
Astoria tomó de nuevo las manos de Adeline, frotándolas para darles calor.
—No eres sucia, Addie. Eres una persona que está sufriendo demasiado en una guerra que no debería ser nuestra. Pero escúchame bien: esta mentira los va a destruir a los tres si no te detienes. Draco prefiere una hermana enferma a la que pueda ayudar, que una hermana muerta a la que tenga que enterrar.
—No lo entiendes, Astoria —dijo Adeline, recuperando un poco de su compostura aristocrática, aunque sus ojos seguían rojos—. Para Draco, yo soy lo único "puro" que le queda. Si le quito eso, si le muestro que estoy tan rota como él... no tendrá nada por lo que volver a casa.
—Tendrá la verdad —replicó Astoria—. Y la verdad es lo único que nos hace libres.
En ese momento, el muro de piedra de la sala común se deslizó con un estruendo sordo. Draco y Theo entraron, riendo por algo que Blaise Zabini les había dicho en el pasillo. La risa de Draco era rara, un sonido metálico que se apagó en cuanto vio a las dos chicas en el sofá.
Theo fue el primero en reaccionar. Su mirada pasó de la cara lavada por las lágrimas de Adeline a la expresión sombría de Astoria. En dos zancadas estuvo al lado de su novia, arrodillándose donde antes estaba Astoria.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Theo, su voz cargada de una alarma inmediata. Tomó el rostro de Adeline entre sus manos, obligándola a mirarlo—. Addie, ¿estás bien? ¿Ha pasado algo? ¿Alguien te ha dicho algo?
Draco se acercó también, su expresión transformándose en esa máscara de furia protectora que tanto lo caracterizaba.
—¿Quién ha sido? —preguntó Draco, su mano yendo instintivamente al bolsillo donde guardaba su varita—. Si ha sido alguno de esos leones...
—Nadie, Draco —dijo Adeline, forzando una sonrisa que Astoria encontró desgarradora—. Solo... estábamos hablando de nuestra madre. De cuánto la extraño. Ya sabes cómo me pongo a veces.
Theo entrecerró los ojos. Conocía los matices de la voz de Adeline, y ese tono era demasiado agudo, demasiado ensayado. Miró a Astoria buscando confirmación, pero ella bajó la mirada, incapaz de sostenerle el escrutinio.
—Solo ha sido un momento de debilidad —insistió Adeline, acariciando la mano de Theo—. De verdad, estoy bien. Astoria me estaba consolando.
Draco suspiró, relajando los hombros, aunque la sospecha no abandonó del todo sus ojos grises. Se sentó en el brazo del sofá y pasó un brazo por los hombros de su hermana, atrayéndola hacia él.
—Madre está bien, Addie. Pronto serán las vacaciones de Navidad y estaremos en casa. Todo volverá a la normalidad —dijo Draco, aunque todos en esa habitación sabían que la palabra "normalidad" era una fantasía lejana.
Adeline apoyó la cabeza en el hombro de su hermano. El olor a manzana verde y a la colonia cara de Draco la envolvió. Se sintió como la traidora más grande del mundo. Cada latido de su corazón parecía gritar la verdad: "Vomito la comida que me das, Draco. Te estoy mintiendo en la cara".
—Por cierto —dijo Draco, tratando de animar el ambiente—, he conseguido que los elfos nos preparen una cena especial en la sala común esta noche. Nada de ruidos en el Gran Comedor. Solo nosotros cuatro. Traerán ese pastel de carne que tanto te gusta, Addie.
Adeline sintió una oleada de náuseas ante la sola mención de la comida. Miró a Astoria, cuyos ojos estaban llenos de una advertencia silenciosa. Luego miró a Theo, que la observaba con una intensidad que le decía que la conversación no había terminado para él.
—Eso suena... maravilloso, Draco —logró decir Adeline, aunque sus entrañas se retorcían de miedo.
—Bien —dijo Draco, besando su frente—. Voy a cambiarme de túnica. Theo, asegúrate de que no se mueva de aquí.
Cuando Draco se alejó hacia los dormitorios de los chicos, Theo no se movió. Siguió sosteniendo la mano de Adeline, acariciando su pulgar con un movimiento rítmico.
—Astoria —dijo Theo sin apartar la vista de Adeline—, ¿puedes darnos un momento?
Astoria asintió, le dio un apretón solidario en el hombro a Adeline y se retiró hacia su propio dormitorio, con el peso del secreto grabado en su espalda.
Cuando estuvieron solos, Theo se sentó en el sofá y atrajo a Adeline hacia su regazo. Ella se dejó hacer, sintiéndose pequeña y frágil.
—No me mientas, Addie —susurró Theo contra su oído—. Sé que no era por Narcissa. Tienes ese olor... ese olor metálico en el aliento que intentas ocultar con caramelos de menta. Y tus ojos tienen capilares rotos.
Adeline se quedó helada. La inteligencia de Theo era su mayor bendición y su peor maldición.
—Theo, por favor...
—No voy a obligarte a decirlo ahora si no estás lista —la interrumpió él, abrazándola con una desesperación que la hizo temblar—. Pero quiero que sepas algo. Draco te ve como su salvación, pero yo te veo como mi mundo. Y si mi mundo se está desmoronando, no me importa cuántas mentiras le digas a él, pero no me dejes fuera a mí.
Adeline hundió el rostro en el cuello de Theo, aspirando su aroma a pergamino y lluvia.
—Tengo miedo, Theo. Tengo tanto miedo de que si dejo de controlar esto, no quede nada de mí.
—Quedaré yo para sostenerte —respondió él—. Y quedará Draco. No estás sola en este agujero, Addie. Pero tienes que dejar de cavar.
Esa noche, la cena especial en la sala común fue una prueba de fuego. Bajo la mirada vigilante de Draco, la mirada suplicante de Theo y la mirada de advertencia de Astoria, Adeline comió. Cada bocado se sentía como ceniza en su boca. Cada vez que tragaba, su mente le gritaba que era veneno, que se estaba volviendo pesada, que estaba fallando.
Al terminar, Draco le dedicó una sonrisa radiante.
—Ves, Addie. Estás mejorando. Sabía que podías hacerlo.
Adeline le devolvió la sonrisa, una máscara perfecta de plata y esmeralda.
—Sí, Draco. Estoy mucho mejor.
Se levantó de la mesa, excusándose para ir al baño a lavarse la cara. Theo se movió para seguirla, pero Astoria lo detuvo con una mano en el brazo, negando con la cabeza. Draco no notó nada, ocupado en servirse una copa de vino de elfo.
Adeline cerró la puerta del baño con pestillo. Se apoyó contra el mármol frío del lavabo, jadeando. El estómago le dolía, la ansiedad era un grito sordo en sus oídos. Se miró al espejo y vio a la mentirosa, a la chica rota que no podía soportar la bondad de su hermano.
—Lo siento, Draco —susurró, mientras se arrodillaba en el suelo frío—. Lo siento tanto.
Afuera, en la sala común, Theo Nott miraba la puerta cerrada del baño con el corazón en un puño. Sabía que el silencio que venía de allí dentro no era el de una chica lavándose la cara. Era el silencio de una Malfoy rompiéndose en pedazos, intentando desesperadamente que nadie oyera el sonido de su caída.
Y mientras Draco brindaba por la "recuperación" de su hermana, Theo y Astoria compartieron una mirada de absoluta desolación. La guerra no estaba solo en las fronteras de Hogwarts; la guerra estaba en esa misma habitación, y Adeline Malfoy estaba perdiendo todas las batallas.