I love the way you lie
El veneno de la perfección
El aire en las mazmorras siempre había sido frío, pero esa noche, para Adeline, se sentía como si el mismísimo Lago Negro se hubiera filtrado por las paredes de piedra para inundar sus pulmones. El eco de la cena aún resonaba en sus oídos: las risas de Draco, el tintineo de los cubiertos y la falsa sensación de triunfo que flotaba en el ambiente.
Se encontraba en el baño de la sala común, con la frente apoyada contra el azulejo gélido. El sabor amargo de la bilis y el remordimiento le quemaba la garganta. Se sentía vacía, pero no de esa forma ligera que su mente enferma buscaba, sino vacía de alma, como si cada vez que se obligaba a purgarse, también expulsara un pedazo de la Adeline que solía ser antes de que la guerra y el miedo lo tiñeran todo.
Se lavó la cara con agua helada, intentando borrar el rastro de las lágrimas y la rojez de sus ojos. Se miró al espejo y se obligó a practicar esa sonrisa Malfoy: fría, distante, perfecta.
—Solo un poco más —susurró a su reflejo—. Solo hasta que Draco esté a salvo.
Al salir, se encontró con Theo esperándola justo fuera de la puerta. No estaba Draco, ni Astoria. Solo él, apoyado contra la pared con los brazos cruzados y una expresión que hizo que las rodillas de Adeline temblaran.
—Se han ido a la cama —dijo Theo, su voz era un murmullo profundo que vibraba en el pasillo desierto—. Draco estaba exhausto y Astoria se ofreció a acompañarlo para asegurarse de que no se fuera directo a la Sala de los Menesteres.
Adeline asintió, intentando pasar por su lado, pero Theo la detuvo poniéndole una mano en el brazo. Su tacto, siempre cálido, esta vez se sintió como una brasa.
—No me mires así, Theo —pidió ella, bajando la vista al suelo de piedra—. Estoy cansada. Ha sido una cena larga.
—¿Larga porque tuviste que comer, o larga porque tuviste que fingir que no te estabas muriendo por dentro mientras lo hacías? —Theo no soltó su brazo. Al contrario, la atrajo suavemente hacia el nicho de una de las estatuas de serpientes—. Addie, mírame. Por favor.
Ella levantó la vista. Los ojos de Theo estaban llenos de una angustia tan cruda que Adeline sintió que se le rompía el corazón. Él siempre había sido su roca, el chico que leía poesía celta para calmar sus ataques de pánico, el que la besaba como si fuera lo más valioso del mundo. Verlo así, derrotado por su culpa, era insoportable.
—Sé lo que haces —soltó él finalmente, su voz quebrándose—. Lo sé desde hace semanas. Ese olor a menta excesiva, el peso que pierdes a pesar de que Draco jura que comes... y ahora, el sonido del agua corriendo en el baño cada vez que terminamos de cenar.
Adeline sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. El secreto estaba fuera. La muralla se había derrumbado.
—No se lo digas —fue lo primero que salió de sus labios, un ruego desesperado—. Theo, si Draco lo sabe, se acabará. Él cree que soy lo único que está funcionando bien en su vida. Si le quitas eso, no podrá terminar lo que el Señor Tenebroso le ordenó, y lo matarán. ¡Lo matarán, Theo!
—¿Y qué hay de ti? —Theo la tomó por los hombros, sacudiéndola levemente—. ¿Acaso crees que verte consumirte hasta ser un cadáver andante es mejor para él? ¿Crees que no me estoy muriendo yo también al ver cómo te destruyes?
—¡Es mi elección! —gritó ella en un susurro furioso—. Es lo único que puedo elegir. No elegí ser una Malfoy, no elegí que mi padre fuera un mortífago, no elegí que mi hermano tuviera una misión suicida. Pero puedo elegir esto. Puedo elegir no tener nada dentro de mí que me recuerde lo mucho que duele estar viva.
Theo la soltó, dando un paso atrás como si lo hubiera golpeado. El silencio que siguió fue denso, cargado de una tristeza que las palabras no podían alcanzar.
—No eres una carga, Adeline —dijo él, con una calma que le dolió más que sus gritos—. Pero me estás tratando como si no fuera parte de tu vida. Me dejas fuera de tu dolor para "protegerme", pero lo único que haces es dejarme aquí, viendo cómo la chica que amo se desvanece frente a mis ojos sin dejarme hacer nada.
Adeline se cubrió la cara con las manos, sollozando sin poder evitarlo.
—Tengo tanto miedo, Theo... Siento que si como, el miedo crece. Siento que si peso más, el dolor es más pesado. Si soy pequeña, si soy invisible, tal vez la oscuridad no me encuentre.
Theo volvió a acercarse, esta vez envolviéndola en un abrazo protector. Adeline escondió el rostro en su pecho, aspirando el aroma a pergamino y madera de sándalo que siempre la reconfortaba.
—La oscuridad ya está aquí, Addie —murmuró él, besando la coronilla de su cabeza—. Pero no tienes que luchar contra ella sola. Escúchame: no voy a decírselo a Draco todavía. Sé que él no podría manejarlo ahora mismo. Pero tienes que prometerme que vas a dejarme ayudarte. A mí. Sin mentiras. Sin caramelos de menta para ocultar el rastro.
—¿Cómo? —preguntó ella, hipando—. ¿Cómo vas a ayudarme si ni siquiera yo sé cómo parar?
—Empezaremos por lo pequeño. Mañana no iremos al Gran Comedor. Pediremos a los elfos algo ligero y nos quedaremos en la biblioteca, lejos de los ojos de Draco. Y después de comer, te quedarás conmigo. No irás al baño, no te esconderás. Te quedarás conmigo y hablaremos, o leeremos, o simplemente nos sentaremos en silencio hasta que el pánico pase. Yo seré tu ancla, Addie.
Adeline levantó la vista, encontrando la determinación en los ojos oscuros de Theo.
—¿Y si el ancla se hunde conmigo? —preguntó ella con miedo.
—Entonces aprenderemos a respirar bajo el agua —respondió él con una sonrisa triste pero firme.
Se quedaron así un rato más, hasta que los sollozos de Adeline cesaron. Theo la acompañó hasta la entrada del dormitorio de las chicas. Antes de que ella entrara, él la detuvo con un beso suave, un roce de labios que sabía a promesa y a salvación.
—Te quiero, pequeña Malfoy. Más de lo que temes a la comida. Recuérdalo.
Adeline entró en su habitación. Astoria ya dormía, o al menos eso parecía. Adeline se acostó, sintiendo el vacío en su estómago, pero por primera vez, no era un vacío de control, sino un vacío de esperanza que esperaba ser llenado.
A la mañana siguiente, el sol de invierno se filtraba débilmente por las ventanas. Adeline se levantó sintiéndose mareada, un recordatorio físico de los excesos de la noche anterior. Se vistió con lentitud, sintiendo cómo sus manos temblaban al anudar la corbata verde y plata.
Al bajar a la sala común, Draco ya estaba allí, sentado en una mesa con pergaminos extendidos. Se veía demacrado, con el cabello rubio platino despeinado y una mirada de concentración febril.
—Buenos días, Addie —dijo Draco sin levantar la vista—. He pedido a los elfos que te guarden algo de fruta. Tienes que desayunar antes de Historia de la Magia. Binns es capaz de hacer que te desmayes de aburrimiento si no tienes energías.
Adeline sintió el nudo en la garganta. Miró a Draco y vio la carga que llevaba, el peso de la marca que se ocultaba bajo su manga izquierda.
—Draco, hoy voy a estudiar con Theo en la biblioteca —dijo ella, intentando que su voz sonara natural—. Desayunaremos allí algo rápido.
Draco levantó la vista entonces, sus ojos grises escaneando el rostro de su hermana.
—¿Con Theo? —preguntó, arqueando una ceja—. Ese chico pasa más tiempo contigo que con sus propios libros. A veces olvido que es mi mejor amigo y no tu sombra.
—Me ayuda con Runas, Draco. Sabes que soy un desastre con las traducciones del nórdico antiguo.
Draco suspiró y se levantó, acercándose a ella para arreglarle el cuello de la túnica. Sus dedos rozaron la piel de su cuello, y Adeline se estremeció ante la frialdad de su contacto.
—Está bien. Pero prométeme que comerás algo. Te ves... —se detuvo, buscando la palabra adecuada—, te ves muy pálida hoy. Más de lo normal.
—Lo haré, Draco. Lo prometo.
Mentirle a su hermano se estaba volviendo una segunda naturaleza, y cada vez le dolía más. Salió de la sala común y caminó hacia la biblioteca, donde Theo ya la esperaba en su rincón habitual, oculto tras las estanterías de la sección de Historia Antigua.
Theo había dispuesto sobre la mesa una pequeña bandeja con tostadas integrales, miel y té de manzanilla. No era un banquete, pero para Adeline, parecía una montaña insuperable.
—Hola —dijo él, levantándose para recibirla con un beso en la mejilla—. He pensado que esto sería más fácil. Sin olores fuertes, sin gente mirando.
Adeline se sentó, mirando la bandeja con desconfianza.
—Theo, no sé si puedo.
—Solo una tostada, Addie. Solo una. Yo comeré el resto. Y después, nos quedaremos aquí leyendo sobre los druidas hasta que sea hora de clase. No te dejaré sola ni un segundo.
—¿Por qué haces esto? —preguntó ella, las lágrimas amenazando con volver—. Podrías estar con Blaise, o practicando Quidditch, o simplemente disfrutando de no tener a una novia rota.
Theo tomó una de sus manos y la entrelazó con la suya sobre la mesa.
—Porque cuando te miro, no veo a alguien roto, Adeline. Veo a la chica que me defendió de los comentarios de Parkinson en primer año. Veo a la chica que sabe más de mitología que cualquier profesor. Veo a la persona que quiero proteger del mundo, incluso si el mundo eres tú misma a veces.
Adeline tomó aire, un suspiro tembloroso, y alcanzó la tostada. Cada bocado fue una batalla. La voz en su cabeza gritaba, le recordaba que estaba fallando, que se estaba volviendo "pesada". Pero cada vez que levantaba la vista, encontraba los ojos de Theo, llenos de un apoyo inquebrantable.
—Eso es. Muy bien, Addie —susurraba él cada vez que ella lograba tragar.
Al terminar, el pánico no tardó en llegar. Fue una ola de calor que le subió por el pecho, una necesidad física de correr hacia el baño más cercano y deshacerse de lo que acababa de ingerir. Sus manos empezaron a sudar y su respiración se volvió errática.
—Theo... tengo que irme —dijo ella, intentando levantarse.
—No —Theo la sujetó con firmeza pero sin brusquedad—. Quédate. Respira conmigo. Mírame a los ojos, Addie. Uno, dos, tres...
—Me duele, Theo. Siento que me quema por dentro.
—Es solo el miedo, no es el pan. El miedo es el que quema. Déjalo pasar. Como una tormenta. Tú eres la roca, el miedo es el viento. El viento no puede mover la roca.
Theo empezó a recitarle en voz baja pasajes de uno de los libros que tenían sobre la mesa, su voz monótona y calmada actuando como un sedante. Adeline cerró los ojos, aferrándose a su mano como si fuera su único vínculo con la realidad. Pasaron diez minutos, luego veinte. El pánico empezó a remitir, dejando tras de sí un agotamiento profundo.
—Lo has hecho —dijo Theo, su voz llena de orgullo—. Te has quedado.
Adeline abrió los ojos, sintiéndose débil pero extrañamente limpia de una forma que el vómito nunca le había proporcionado.
—No he ido —susurró ella, asombrada.
—No has ido. Y la próxima vez será igual de difícil, pero yo estaré aquí.
Sin embargo, la burbuja de paz se rompió cuando escucharon pasos acercándose. Draco apareció entre las estanterías, luciendo más agitado que por la mañana. Su mirada cayó sobre la bandeja casi vacía y luego sobre las manos entrelazadas de Theo y Adeline.
—Me alegra ver que has desayunado, Addie —dijo Draco, aunque su tono era distraído—. Theo, necesito hablar contigo. Ahora.
Adeline notó la tensión en los hombros de su hermano. Había algo diferente en él, una urgencia que rozaba la desesperación.
—¿Qué pasa, Draco? —preguntó Theo, levantándose.
—Es el armario —susurró Draco, asegurándose de que no hubiera nadie cerca—. Creo que he encontrado la forma de arreglar el mecanismo de flujo, pero necesito ayuda con los encantamientos de vinculación. Snape no puede ayudarme hoy, está ocupado con Dumbledore.
Theo miró a Adeline, debatiéndose entre su promesa de no dejarla sola y la lealtad hacia su mejor amigo. Adeline vio la duda en sus ojos y, por primera vez, sintió que ella también podía ser fuerte por alguien más.
—Ve, Theo —dijo ella con voz firme—. Draco te necesita. Yo... yo iré a buscar a Astoria. Estaremos en el invernadero para la clase de Herbología.
Theo la miró con intensidad, buscando una señal de que estaba mintiendo.
—¿Segura?
—Segura. No voy a tirar por la borda lo que acabamos de hacer. Lo prometo.
Theo asintió, le dio un apretón rápido en la mano y siguió a Draco, quien ya se alejaba a zancadas. Adeline los vio irse, dos figuras de negro perdiéndose en los pasillos de la biblioteca. Se sintió pequeña de nuevo, pero esta vez, el vacío en su estómago no le daba miedo.
Caminó hacia los jardines, buscando el aire fresco. Al llegar al patio, se encontró con Astoria, quien estaba sentada en un banco leyendo una carta con expresión sombría.
—¿Astoria? ¿Estás bien? —preguntó Adeline, sentándose a su lado.
Astoria guardó la carta rápidamente, pero Adeline pudo ver el sello de la familia Greengrass.
—Es mi madre —dijo Astoria con voz queda—. Dice que las cosas en Londres están empeorando. Que el Ministerio está perdiendo el control y que los mortífagos están empezando a reclutar abiertamente en las familias de sangre pura. Teme por Daphne y por mí.
Adeline sintió un escalofrío. La guerra no era algo que pasaba "fuera"; estaba filtrándose en sus vidas, en sus cartas, en sus platos de comida.
—Draco cree que puede protegernos a todos si cumple su misión —dijo Adeline, mirando hacia las torres del castillo—. Pero a veces me pregunto si no estamos intentando salvar un barco que ya se ha hundido.
Astoria la miró, notando algo diferente en ella.
—Has comido hoy, ¿verdad? Y no has ido al baño.
Adeline asintió, sorprendida de que Astoria se diera cuenta tan rápido.
—Theo me ayudó. Fue horrible, Astoria. Sentí que me moría. Pero él no me dejó irme.
—Theo es un buen hombre, Addie. A veces los Nott tienen esa oscuridad, pero él... él ha elegido ser diferente. Al igual que tú estás eligiendo ser diferente a lo que la enfermedad te dicta.
—No sé si soy lo suficientemente fuerte para seguir así —confesó Adeline—. La voz en mi cabeza sigue ahí. Me dice que soy débil por haber comido, que Draco se avergonzaría de mi falta de disciplina.
—Draco se avergonzaría de sí mismo si supiera que su presión te ha llevado a esto —replicó Astoria—. Él te ama, Adeline. Su amor es torpe y a veces asfixiante, pero es real. No dejes que la voz de tu cabeza use el nombre de tu hermano para hacerte daño.
Pasaron el resto de la mañana juntas, hablando de cosas triviales para alejar las sombras. Por la tarde, Adeline se sintió agotada, una fatiga que le pesaba en los huesos. Regresó a la sala común de Slytherin, esperando encontrar a Theo, pero en su lugar encontró a Draco sentado solo frente a la chimenea, con la cabeza entre las manos.
—¿Draco? —se acercó ella con cautela.
Él levantó la vista. Tenía los ojos rojos, como si hubiera estado conteniendo las lágrimas durante mucho tiempo.
—Se acabó, Addie —susurró él—. No puedo arreglarlo. He probado todo. Si no lo consigo para Navidad, él vendrá a la mansión. Matará a padre, matará a madre... y a ti.
Adeline se arrodilló frente a él, tomando sus manos. Eran manos de pianista, largas y finas, ahora manchadas de grasa y polvo de la Sala de los Menesteres.
—No digas eso, Draco. Eres el mejor de tu clase, eres un Malfoy. Encontrarás la forma.
—¡No soy un asesino, Addie! —estalló él, sollozando finalmente—. No quiero hacer lo que me pide. Pero no tengo opción. Todo lo que hago, lo hago para que tú tengas un futuro. Para que puedas estar con Theo, para que puedas ser feliz. Pero me estoy rompiendo. Siento que me estoy rompiendo en mil pedazos.
Adeline lo abrazó con todas sus fuerzas, sintiendo la paradoja de la situación. Ella se rompía por dentro por la comida y el control, y él se rompía por fuera por una misión impuesta. Ambos estaban atados por el mismo hilo de plata y esmeralda, una lealtad familiar que los estaba consumiendo.
—Estamos juntos en esto, Draco —dijo ella, su voz firme a pesar del cansancio—. Si tú te rompes, yo te recogeré. Y si yo me rompo, tú me recogerás. Pero no vamos a rendirnos. Ni ante el Señor Tenebroso, ni ante nuestros propios demonios.
Draco se aferró a ella, su hermana menor, que de repente parecía mucho más fuerte que él.
—Tengo miedo, Addie.
—Yo también, hermano. Yo también.
Esa noche, cuando Theo regresó de ayudar a Draco, encontró a Adeline esperándolo en el sofá. Ella se levantó y lo abrazó sin decir nada. Theo entendió que el día había sido largo para todos.
—¿Has cenado? —preguntó él en un susurro.
—Un poco de sopa —respondió ella—. Y me he quedado con Astoria todo el tiempo. No he ido, Theo.
Él la estrechó más fuerte, ocultando su rostro en su cuello.
—Estoy tan orgulloso de ti, Addie.
—Draco está muy mal, Theo. Tenemos que cuidarlo.
—Lo haremos. Los tres. Somos Slytherins, ¿no? Sobrevivir es lo que mejor hacemos.
Adeline cerró los ojos, sintiendo el calor de Theo y pensando en su hermano en la habitación de al lado. Sabía que el camino hacia la recuperación sería largo y doloroso, lleno de recaídas y momentos de pánico. Sabía que la guerra estaba a la vuelta de la esquina y que el futuro era incierto. Pero por esa noche, mientras el fuego de la chimenea proyectaba sombras de serpientes en las paredes, Adeline Malfoy se sintió suficiente. No perfecta, no invisible, simplemente ella misma. Y eso, en el mundo de los Malfoy, era el acto de rebelión más grande de todos.