I love the way you lie
El eco de las verdades rotas
El aire en la sala común de Slytherin se sentía más denso que de costumbre, cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de los brazos se erizara. Draco Malfoy estaba sentado frente a la chimenea, con la mirada perdida en las llamas verdes, mientras sus dedos jugueteaban nerviosamente con el borde de su túnica. A su lado, Theodore Nott mantenía una postura rígida, con la mandíbula tan apretada que parecía a punto de romperse.
Frente a ellos, Astoria Greengrass caminaba de un lado a otro, con las manos entrelazadas con tal fuerza que sus nudillos estaban blancos. El secreto que Adeline le había confiado pesaba más que cualquier maleficio, y la imagen de su amiga arrodillada en el suelo frío del baño no la dejaba respirar.
—Astoria, por el amor de Salazar, habla de una vez —explotó Draco, poniéndose en pie bruscamente—. Nos has citado aquí con una urgencia de muerte. ¿Qué pasa con Addie? ¿Le ha pasado algo en la enfermería? ¿Ha recibido alguna carta de padre?
Astoria se detuvo y miró a Draco. Vio en sus ojos grises el mismo terror que Adeline intentaba ocultar. Luego miró a Theo, cuya expresión era de una sospecha dolorosa, como si ya supiera la respuesta pero necesitara que alguien la hiciera real.
—Se está muriendo, Draco —soltó Astoria, con la voz quebrada—. Y lo está haciendo justo delante de vuestros ojos mientras vosotros celebráis cada bocado que da.
Theo cerró los ojos y dejó escapar un suspiro tembloroso. Draco, en cambio, frunció el ceño, confundido y a la defensiva.
—¿De qué hablas? —preguntó Draco—. Ayer cenó conmigo. Comió el pastel de carne. Se terminó el plato. Me sonrió y me dijo que se sentía mejor. Yo mismo la vi tragar.
—La viste tragar, Draco, pero no viste lo que hizo diez minutos después —replicó Astoria, acercándose a él—. Me lo confesó todo. Cada vez que la presionáis para comer, cada vez que celebráis su "progreso" como si fuera un trofeo, ella siente que se asfixia. Cree que su cuerpo es lo único que puede controlar en este mundo de mierda en el que nos habéis metido.
—¿Qué quieres decir con que no vimos lo que hizo después? —preguntó Theo, con la voz apenas audible.
—Lo saca todo, Theo —susurró Astoria, dejando que las lágrimas cayeran finalmente—. Se provoca el vómito. Cada. Maldita. Vez. Se siente sucia, se siente gorda, se siente una carga para vosotros. Me dijo que prefiere consumirse hasta desaparecer antes que decepcionarte, Draco. Cree que si ella se rompe, tú perderás la poca fuerza que te queda para tu misión.
El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el crepitar del fuego. Draco retrocedió como si Astoria le hubiera dado una bofetada física. Se dejó caer en el sofá, cubriéndose la cara con las manos. Los hombros le temblaban.
—Soy un idiota —murmuró Draco entre los dedos—. Soy un completo y absoluto idiota. Pensé... pensé que lo estábamos logrando. La obligaba a sentarse a la mesa, la vigilaba... Merlín, la estaba matando mientras creía que la salvaba.
Theo no dijo nada. Se levantó y caminó hacia la ventana que daba al fondo del lago. Su reflejo en el cristal mostraba a un chico que parecía haber envejecido diez años en un segundo.
—Ella me mintió —dijo Theo, su voz era una mezcla de rabia y agonía—. Me miró a los ojos después de comer esa tostada en la biblioteca y me dejó creer que habíamos ganado una batalla. Me dejó besarla sabiendo que acababa de hacerse daño.
—No lo hizo para herirte, Theo —dijo Astoria, acercándose a él—. Lo hizo porque tiene pánico. Tiene un trastorno que le grita que no merece ocupar espacio en este mundo. Y la ansiedad de ver a Draco tan al límite la está empujando al abismo. Ella cree que su salud es el precio de vuestra seguridad.
Draco se puso en pie, su rostro era una máscara de palidez cadavérica. Sus ojos grises, antes fríos, ahora suplicaban.
—¿Dónde está? —preguntó—. ¿Dónde está ahora mismo?
—En el dormitorio —respondió Astoria—. Dijo que se sentía mareada y que quería dormir un poco antes de la cena.
—No va a haber cena —sentenció Draco, caminando hacia la salida de la sala común—. Al menos no como ella la teme. Theo, ven conmigo.
Caminaron en silencio por los pasillos de las mazmorras. Draco no llamó a la puerta del dormitorio de las chicas; simplemente entró, ignorando las normas, seguido de cerca por Theo. Adeline estaba tumbada en su cama, con las cortinas entreabiertas. Se veía tan pequeña bajo las mantas de terciopelo verde que a Draco se le encogió el corazón. Parecía una muñeca de porcelana a la que alguien le hubiera quitado la vida.
Al oír los pasos, Adeline se incorporó con dificultad. Su rostro se iluminó por un segundo al ver a su hermano y a su novio, pero esa luz se apagó instantáneamente cuando vio sus expresiones. Su mirada voló hacia la puerta, buscando a Astoria, y supo que el secreto había muerto.
—Addie... —comenzó Draco, pero la voz se le quebró. Se sentó en el borde de la cama y la tomó por los hombros con una delicadeza que contrastaba con su habitual brusquedad.
—¿Por qué me lo ha dicho? —susurró Adeline, las lágrimas empezando a brotar—. Le pedí que no lo hiciera. Draco, estoy bien, de verdad, solo necesito...
—¡No vuelvas a decir que estás bien! —rugió Draco, aunque sus ojos estaban llenos de lágrimas—. ¡No estás bien! ¡Te estás deshaciendo en mis manos y yo he sido tan ciego y tan egoísta que te he empujado a hacerlo!
Adeline se encogió, ocultando el rostro entre sus manos.
—No quería que sufrieras más, Draco. Tienes tanto peso sobre ti... No quería ser otro problema. Si yo comía, tú estabas feliz. Si tú estabas feliz, podías trabajar mejor en... en lo tuyo.
Theo se acercó entonces, sentándose al otro lado de la cama. Tomó las manos de Adeline y las apartó de su cara, obligándola a mirarlo. Sus ojos oscuros estaban cargados de una tristeza infinita.
—¿Crees que soy feliz sabiendo que te estás haciendo esto, Addie? —preguntó Theo—. ¿Crees que prefiero una mentira bonita a la verdad, por muy dolorosa que sea? Me prometiste que no habría más mentiras en la biblioteca. Me dejaste creer que te había ayudado.
—¡Me ayudaste! —exclamó ella, sollozando—. Pero luego el miedo vuelve, Theo. Es como una sombra que me dice que si peso un gramo más, el mundo se acabará. Que si soy delgada y perfecta, tal vez nuestro padre nos quiera de verdad. Que si no ocupo espacio, el Señor Tenebroso no me verá.
Draco la atrajo hacia su pecho, abrazándola con una fuerza desesperada. Adeline se aferró a su túnica, llorando con un desconsuelo que parecía no tener fin.
—Escúchame bien, Adeline Emma Malfoy —dijo Draco, su voz vibrando contra la coronilla de su hermana—. A la mierda el Señor Tenebroso. A la mierda mi misión. A la mierda nuestro padre. Nada de eso importa si no estás tú. No eres una carga. Eres lo único que tengo que es real. Si te pierdo, me pierdo yo.
—Pero Draco... —hipó ella—, tienes que cumplir con lo que él te pidió...
—Lo haré, o no lo haré, pero no será a costa de tu vida —sentenció Draco, separándose un poco para mirarla fijamente—. A partir de ahora, se acabaron las presiones. No voy a obligarte a comer tres platos al día. No voy a celebrar como un idiota cada bocado. Vamos a ir a la enfermería, vamos a hablar con Pomfrey...
—¡No! —gritó Adeline, el pánico volviendo a sus ojos—. ¡Se lo dirá a padre!
—No lo hará —intervino Theo con firmeza—. Yo me encargaré de que no lo haga. Y si Snape pregunta, le diremos que es una secuela de un hechizo mal lanzado. Pero necesitas ayuda profesional, Addie. Esto no es algo que podamos arreglar solo con abrazos y buenas intenciones.
Adeline miró de uno a otro. Vio el amor incondicional de su hermano y la devoción protectora de Theo. Por primera vez en meses, sintió que la pared de cristal que la aislaba del mundo empezaba a agrietarse.
—Tengo miedo de que me odiéis por ser tan débil —confesó ella en un susurro.
—¿Débil? —Draco soltó una risa amarga—. Addie, llevas meses librando una guerra en tu propia cabeza mientras intentas protegerme a mí. Eres la persona más fuerte de esta familia. Yo soy el débil, que no pude ver que mi hermana se estaba rompiendo.
Theo le besó la frente, manteniendo sus manos entrelazadas con las de ella.
—No vamos a dejarte sola, Addie. Si tienes miedo de comer, tendremos miedo juntos. Si sientes que necesitas desaparecer, yo te sostendré tan fuerte que no podrás irte a ninguna parte. Pero tienes que prometernos que vas a dejar de esconderte en ese baño.
Adeline bajó la mirada, avergonzada.
—A veces siento que es la única forma de respirar.
—Entonces aprenderemos a respirar de otra manera —dijo Draco, limpiándole las lágrimas con el pulgar—. Mañana iremos a hablar con Pomfrey. Yo estaré allí. Theo estará allí. Y Astoria también. No vamos a dejar que esto te lleve, pequeña. Eres una Malfoy, y nosotros no nos rendimos, pero tampoco luchamos solos.
Pasaron el resto de la tarde así, los tres juntos en la pequeña cama del dormitorio. Draco no dejó de abrazarla, como si temiera que si la soltaba, ella se desvanecería en el aire. Theo le hablaba en voz baja de cosas triviales, intentando distraerla de la ansiedad que siempre acechaba al caer la noche.
—Theo —susurró Adeline después de un rato—, ¿todavía me quieres? Aunque sepa que soy... que estoy así de rota.
Theo se inclinó y la besó suavemente en los labios. Un beso que sabía a promesa y a verdad.
—Te quiero más que a mi propia vida, Adeline. Y voy a quererte hasta que aprendas a quererte tú misma de nuevo. No importa cuánto tiempo tome.
Draco, que normalmente habría hecho algún comentario sarcástico sobre las muestras de afecto de su mejor amigo con su hermana, solo apretó más el abrazo.
—Mañana es un nuevo día, Addie —dijo Draco—. El primero de muchos en los que vamos a empezar a reconstruirnos. No va a ser fácil, y habrá días en los que quieras volver a esconderte. Pero yo estaré ahí para sacarte de la oscuridad, aunque tenga que quemar el castillo entero para encontrar la luz.
Adeline cerró los ojos, sintiéndose por primera vez en mucho tiempo protegida de verdad. La voz en su cabeza no se había callado del todo; seguía susurrándole que era una traidora y que estaba fallando. Pero el calor de Draco y la mano de Theo eran más fuertes que esa voz.
Esa noche, no hubo una gran cena. Draco pidió a los elfos algo de caldo y pan, y se sentaron los tres en el suelo de la sala común, lejos de las miradas de los demás. No hubo presiones, ni aplausos, ni juicios. Solo tres adolescentes intentando sobrevivir a una tormenta que amenazaba con destruirlo todo, pero que, por el momento, no había podido con ellos.
—Gracias —susurró Adeline antes de quedarse dormida en el regazo de Theo, mientras Draco vigilaba la entrada de la sala común como un guardián incansable.
—No tienes que darnos las gracias, Addie —respondió Draco en la penumbra—. Solo tienes que quedarte con nosotros.
Y en el silencio de las mazmorras, el eco de las verdades rotas empezó a transformarse en algo nuevo: el sonido de una esperanza frágil, pero real, que empezaba a latir en el corazón de la casa Slytherin. La guerra seguía afuera, y los secretos de plata y esmeralda aún pesaban, pero Adeline Malfoy ya no caminaba sola hacia el abismo. Tenía a su hermano, tenía al chico que amaba, y tenía, por fin, la verdad de su lado.