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I love the way you lie

El jardín de los sauces de cristal

El invierno en Escocia no pedía permiso; se filtraba por las rendijas de las ventanas de piedra y se instalaba en los huesos. Para Adeline, el frío era un viejo conocido, una sensación que a menudo confundía con la vacuidad de su propio estómago. Sin embargo, esa mañana, mientras caminaba hacia la enfermería escoltada por Draco y Theo, el frío se sentía distinto. No era el frío de la soledad, sino el aire gélido que precede a una limpieza necesaria.

Draco caminaba a su izquierda, con la mandíbula tensa y las manos hundidas en los bolsillos de su túnica. No había dormido; las ojeras bajo sus ojos grises eran surcos profundos de culpa y determinación. A su derecha, Theo mantenía una mano firme sobre su hombro, un ancla constante que le impedía salir corriendo hacia las mazmorras.

—No tienes que entrar si no quieres, Addie —dijo Draco al detenerse frente a las grandes puertas de madera de la enfermería—. Puedo entrar yo primero y hablar con Pomfrey. Puedo decirle que...

—No, Draco —lo interrumpió Adeline, con la voz temblorosa pero clara—. Si vas tú, le inventarás una mentira heroica para protegerme. Y ya no quiero más mentiras. Me están matando más rápido que el hambre.

Theo le apretó el hombro con suavidad, dándole el valor que le faltaba.

—Estaremos justo detrás de ti —prometió Theo—. No dejaremos que nadie te juzgue.

Al entrar, el olor a antiséptico y pociones curativas golpeó a Adeline. Madame Pomfrey estaba organizando unos frascos de Poción Vigorizante en una estantería. Al ver al trío de Slytherins, su expresión pasó de la sorpresa a una profesional preocupación. Sus ojos expertos recorrieron la figura de Adeline: la palidez extrema, el cabello sin brillo y la forma en que su túnica parecía colgar de un perchero en lugar de un cuerpo humano.

—Señorita Malfoy, señores —dijo la enfermera, acercándose—. ¿En qué puedo ayudarlos esta mañana tan temprana?

Adeline miró a Draco. Él parecía a punto de estallar, con las palabras de protección agolpadas en la garganta. Luego miró a Theo, quien le dedicó un asentimiento alentador.

—Madame Pomfrey —comenzó Adeline, sintiendo que el corazón le martilleaba en los oídos—, necesito ayuda. No puedo... no puedo dejar de hacerme daño con la comida.

El silencio que siguió fue denso. La enfermera no se escandalizó; en su lugar, suspiró con una tristeza infinita, como si hubiera estado esperando esas palabras durante meses.

—Ven aquí, querida —dijo Pomfrey, señalando una de las camas del fondo, la que estaba protegida por biombos—. Señor Malfoy, Señor Nott, pueden quedarse, pero les ruego que guarden silencio mientras realizo el diagnóstico inicial.

Las siguientes dos horas fueron una tortura de honestidad. Adeline tuvo que describir los ciclos de restricción y purga, la ansiedad que le provocaba ver un plato lleno y la voz en su cabeza que le decía que su valor como persona disminuía con cada gramo que ganaba. Draco escuchaba cada palabra con el rostro lívido, ocultando las manos en sus mangas para que nadie viera cómo temblaban. Theo, en cambio, no apartaba la vista de Adeline, absorbiendo su dolor como si pudiera procesarlo por ella.

—Tus niveles de potasio están peligrosamente bajos, Adeline —explicó Madame Pomfrey tras realizar varios encantamientos de diagnóstico que proyectaron luces amarillas y rojas sobre el cuerpo de la chica—. Tu corazón está trabajando el doble de lo que debería para mantenerte en pie. Si hubieras seguido así un mes más... bueno, no quiero pensar en las consecuencias.

—¿Va a informarle a mi padre? —preguntó Adeline, el pánico asomando de nuevo.

—Madame —intervino Draco, dando un paso adelante con esa arrogancia Malfoy que usaba como armadura—, si una sola palabra de esto llega a la Mansión Malfoy antes de que nosotros lo decidamos, le aseguro que mi familia...

—Señor Malfoy —lo cortó Pomfrey con severidad—, no me amenace en mi propia enfermería. Mi lealtad es hacia la salud de mis pacientes, no hacia las intrigas de los sangre pura. La señorita Malfoy necesita un tratamiento que incluye pociones de reequilibrio metabólico y, lo más importante, supervisión constante. Pero no informaré al Ministerio ni a sus padres si ella acepta colaborar voluntariamente. Sin embargo, debo informar al director y al jefe de su casa.

—Snape ya lo sospecha —murmuró Theo—. Lo he visto mirarla en las cenas.

—El profesor Snape me ayudará a preparar las pociones específicas —continuó la enfermera—. Ahora, Adeline, te quedarás aquí hoy. Necesito estabilizar tus electrolitos.

Draco se sentó en una silla junto a la cama en cuanto Pomfrey se alejó. Tomó la mano de su hermana, que se sentía como un manojo de ramitas secas.

—Perdóname, Addie —susurró él—. Estaba tan obsesionado con el armario, con la marca, con sobrevivir... que no vi que te estabas muriendo a mi lado. Soy un pésimo hermano mayor.

—No digas eso, Draco —respondió ella, acariciando su mano con el pulgar—. Tú eres la razón por la que he aguantado tanto. Quería ser fuerte para ti. Quería ser la única cosa en tu vida que no fuera un problema.

—Tú nunca podrías ser un problema —dijo Theo, acercándose al otro lado de la cama—. Eres la solución a todo lo que está mal en nuestras vidas.

El resto del día transcurrió en una bruma de pociones de sabor metálico y sueños inquietos. Por la tarde, Astoria llegó con algunos libros y una manta de lana extra. Se sentó a los pies de la cama, formando un círculo de protección alrededor de Adeline.

—Pansy está haciendo preguntas —comentó Astoria en voz baja—. Dice que es muy conveniente que la "princesa Malfoy" se tome días libres justo antes de los exámenes de Runas.

Draco soltó una risa fría y peligrosa.

—Deja que Parkinson hable. Si se acerca a menos de tres metros de mi hermana, se arrepentirá de haber nacido en una familia con lengua de serpiente.

—No gastes energías en ella, Draco —dijo Adeline desde la almohada—. Ya no me importa lo que digan en la sala común.

—Esa es mi chica —sonrió Theo, besándole la frente.

Sin embargo, la paz fue interrumpida por la llegada de Severus Snape. El profesor de Pociones entró en la enfermería con su habitual paso de murciélago, su túnica negra ondeando tras él. Se detuvo frente a la cama de Adeline y miró a los tres jóvenes que la rodeaban.

—Veo que el comité de bienvenida está completo —dijo Snape con su voz arrastrada—. Señor Malfoy, Señor Nott, Señorita Greengrass... fuera. Tengo que hablar con la paciente.

—No me voy a ir, Severus —dijo Draco, desafiando a su padrino con la mirada.

Snape arqueó una ceja, una señal de advertencia que solía hacer temblar a los alumnos de primero.

—Draco, esta no es una discusión sobre Quidditch. Salgan ahora, o me veré obligado a restar puntos a mi propia casa, algo que detesto hacer por razones tan triviales como la terquedad juvenil.

Adeline asintió hacia sus amigos, dándoles a entender que estaba bien. Con renuencia, los tres salieron del cubículo, aunque Theo se quedó justo al otro lado de la cortina, lo suficientemente cerca para intervenir si era necesario.

Snape se sentó en la silla que Draco había dejado vacía. Por un momento, no dijo nada. Se limitó a observar a Adeline con una mirada que no era de reproche, sino de una extraña y profunda comprensión.

—Tu madre me escribió hace una semana, Adeline —dijo Snape finalmente—. Está preocupada. Dice que tus cartas suenan... vacías. Como si la persona que las escribe no estuviera realmente allí.

Adeline bajó la mirada, jugueteando con el borde de la sábana.

—Madre siempre ha sido muy intuitiva.

—No hace falta ser intuitivo para ver lo que está ocurriendo aquí —continuó Snape—. La presión de llevar el apellido Malfoy en estos tiempos es una carga que ha doblegado a hombres mucho más fuertes que tú. Tu hermano ha elegido la ira y el aislamiento. Tú has elegido desaparecer.

—No elegí esto, profesor —susurró ella, sintiendo que las lágrimas volvían—. Simplemente... sucedió. Un día dejas de desayunar para sentirte más ligera, y al siguiente, la comida se convierte en el enemigo.

Snape suspiró, un sonido pesado que parecía cargar con años de secretos propios.

—El control es una ilusión, Adeline. Creer que al dominar tu cuerpo dominas tu destino es la mentira más peligrosa que los de nuestra clase nos contamos. Tu padre está ciego por su ambición, y tu hermano está cegado por el miedo. Pero tú... tú tienes la oportunidad de no ser una víctima de esta guerra antes de que empiece.

—¿Va a decírselo a mi padre? —preguntó ella por centésima vez ese día.

—Lucius Malfoy tiene preocupaciones mucho más... letales en este momento que el estado nutricional de su hija —dijo Snape con una frialdad calculada—. Le he dicho a Narcissa que estás sufriendo de una anemia severa debido al estrés de los exámenes. Ella lo aceptará. Pero esto —señaló su cuerpo frágil— debe detenerse. Si no eres capaz de mantenerte en pie, no podré proteger a Draco cuando las cosas se pongan feas. Y créeme, se pondrán muy feas.

Adeline sintió un escalofrío. Sabía que Snape estaba involucrado en algo mucho más grande de lo que aparentaba.

—¿Qué va a pasar con Draco?

—Eso depende de él. Pero tú —Snape se levantó, su figura proyectando una sombra alargada sobre la cama—, tú debes ser su ancla. Un ancla no puede estar hecha de cristal roto, Adeline. Debe ser de hierro. Y para ser de hierro, debes alimentarte.

Snape dejó un frasco de una poción azul cobalto sobre la mesilla.

—Bebe esto. Es un supresor de ansiedad diseñado específicamente para casos de... trastornos psicosomáticos. Te ayudará a que el nudo en tu estómago se afloje lo suficiente como para que la comida no parezca veneno.

—Gracias, profesor.

Snape asintió una sola vez y se retiró, cruzándose con Theo y Draco en la salida. Los chicos regresaron de inmediato al lado de Adeline.

—¿Qué te ha dicho? —preguntó Draco, examinando el frasco azul—. Si te ha amenazado, juro que...

—No me ha amenazado, Draco —lo calmó Adeline—. Me ha dado esto. Dice que me ayudará.

Theo tomó el frasco y lo examinó.

—Es una variante de la Poción de Paz, pero más concentrada. Snape sabe lo que hace.

Esa noche, por primera vez en mucho tiempo, Adeline no tuvo que luchar contra el impulso de purgarse. La poción de Snape había dejado su mente en un estado de calma sedosa, como si los pensamientos intrusivos estuvieran envueltos en algodón. Cenó un poco de puré de calabaza y una rebanada de pan, bajo la mirada atenta pero ya no asfixiante de Theo.

—¿Sabes qué día es mañana? —preguntó Theo, mientras le leía un libro sobre las leyendas de los Tuatha Dé Danann.

—Martes —respondió ella, apoyando la cabeza en su hombro.

—Mañana es el día en que vamos a empezar a planear nuestro futuro —dijo él—. He estado pensando... cuando todo esto termine, cuando la guerra pase, nos iremos. Lejos de la Mansión, lejos de las expectativas. Tengo una pequeña propiedad en el sur de Francia que perteneció a mi madre. Hay viñedos y el aire huele a sal y a lavanda.

Adeline cerró los ojos, imaginando el escenario. Podía verse a sí misma allí, con la piel bronceada por el sol y no pálida por el encierro de las mazmorras. Podía ver a Draco allí también, sin la marca en el brazo, simplemente siendo un chico que disfruta del vino y del silencio.

—¿Crees que Draco vendría con nosotros? —preguntó ella.

—Draco vendrá a donde sea que estés tú —respondió Theo—. Y Astoria también. Seremos nosotros cuatro contra el mundo, como siempre debería haber sido.

—Parece un sueño, Theo.

—Los sueños son solo planes que aún no hemos ejecutado, Addie.

Unos días después, Adeline fue dada de alta de la enfermería. El regreso a la rutina de Hogwarts fue difícil. Los susurros en los pasillos no habían cesado, y la mesa de Slytherin seguía siendo un campo de minas emocional. Pero ahora, las cosas eran diferentes.

Cuando se sentaba a comer, Draco ya no la miraba con desesperación, sino que le contaba chismes absurdos sobre los de Gryffindor para mantenerla distraída. Astoria se encargaba de que nadie se acercara a molestarlas, creando una barrera de elegancia y frialdad que alejaba a las curiosas como Pansy. Y Theo... Theo se convirtió en su sombra protectora.

Una tarde, mientras estaban en la torre de Astronomía aprovechando una hora libre, Adeline se encontró mirando hacia el horizonte, donde el sol se ponía tras las montañas.

—A veces todavía escucho la voz —confesó ella a Theo, que estaba sentado a su lado—. Me dice que estoy perdiendo el control. Que si sigo comiendo, me convertiré en algo que no podré manejar.

Theo le tomó la mano, entrelazando sus dedos.

—La voz siempre estará ahí, Addie. Es un eco de tus miedos. Pero ahora tienes otras voces que son más fuertes. Tienes la voz de Draco, la mía, la de Astoria. Escúchanos a nosotros cuando la tuya se vuelva demasiado ruidosa.

—¿Y si un día no estoy lo suficientemente fuerte para escucharos?

—Entonces gritaremos más fuerte —prometió él.

En ese momento, Draco apareció por la trampilla de la torre. Se veía agitado, con el cabello desordenado por el viento.

—¡Aquí estáis! —exclamó—. Addie, ha llegado una carta. Es de madre.

Adeline sintió que el corazón se le encogía. Draco le entregó el sobre, que tenía el sello de cera de los Malfoy, pero esta vez, el sello estaba roto.

—La he leído —admitió Draco, su voz temblando ligeramente—. Dice que el Señor Tenebroso va a visitar la mansión este fin de semana. Quiere vernos a los dos.

El pánico, ese viejo enemigo, intentó apoderarse de Adeline. Sintió que el estómago se le cerraba y que el aire empezaba a faltarle. "No comas", susurró la voz en su cabeza. "Si estás débil, no podrán usarte".

Pero entonces sintió la mano de Theo en su espalda y vio la mirada de Draco. Su hermano no estaba pidiéndole que fuera fuerte por él; estaba ofreciéndole su propia fuerza.

—No vamos a ir solos —dijo Draco con una firmeza que Adeline nunca le había escuchado—. He hablado con Snape. Ha convencido a padre de que tu salud es demasiado frágil para viajar. Yo iré, Addie. Yo me enfrentaré a él. Tú te quedarás aquí, bajo la protección de Hogwarts.

—¡No puedo dejarte ir solo, Draco! —exclamó ella—. ¡Te matará si ve que estás dudando!

—No voy a dudar —dijo Draco, acercándose y tomándole el rostro con ambas manos—. Porque sé que tú estás a salvo aquí. Si te quedas, si sigues recuperándote, tengo una razón para volver. Eres mi motivación, Addie. Si vas allí y te pasa algo, me rendiré. ¿Quieres que me rinda?

Adeline negó con la cabeza, las lágrimas cayendo sobre las manos de su hermano.

—Entonces quédate. Come, fortalece tu cuerpo, estudia tus runas. Sé la Malfoy que ellos no pueden corromper.

Theo se levantó y se puso al lado de Draco, formando un frente unido.

—Yo me quedaré con ella, Draco. No la dejaré sola ni un minuto. Astoria también estará aquí.

Draco asintió, agradecido. Por un momento, la jerarquía de la familia Malfoy se invirtió. El hermano mayor, el heredero, el que llevaba la marca, se sacrificaba para que la hermana menor pudiera tener una oportunidad de ser libre de sus propios demonios.

—Prométeme que volverás —dijo Adeline, abrazando a Draco con una fuerza que lo sorprendió.

—Lo prometo, pequeña —susurró él—. Los Malfoy siempre vuelven a casa. Aunque nuestra casa ahora sea este castillo y esta gente.

Ese fin de semana, mientras Draco partía hacia la mansión en un carruaje negro, Adeline se quedó en el Gran Comedor. Tenía frente a ella un plato de sopa y un trozo de pan. La ansiedad era una tormenta rugiendo en su pecho, y la voz en su cabeza era un grito ensordecedor.

—Mírame, Addie —dijo Theo, sentado frente a ella—. Solo un bocado a la vez. Por Draco. Por Francia. Por nosotros.

Adeline tomó la cuchara. Sus dedos temblaban, pero no dejó caer la sopa. Miró a Astoria, que le sonreía desde el otro lado de la mesa, y luego a Theo, cuyos ojos eran pozos de fe inquebrantable.

Tragó el primer bocado. Luego el segundo.

La guerra estaba llegando, y su hermano estaba en la boca del lobo. Pero Adeline Malfoy ya no estaba desapareciendo. Estaba allí, ocupando su espacio, reclamando su cuerpo y su vida. Y mientras el sabor de la comida le devolvía el calor a la sangre, supo que, pasara lo que pasara en la mansión, ella estaría allí para recoger los pedazos de Draco cuando volviera. Porque ella ya no era una muñeca de cristal rota; estaba empezando a ser el ancla de hierro que su familia necesitaba desesperadamente.

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