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I love the way you lie

El peso de la corona de cristal

La partida de Draco hacia la Mansión Malfoy había dejado un vacío gélido en las mazmorras de Slytherin, un silencio que ni siquiera el crepitar constante de la chimenea lograba llenar. Adeline se sentía como si le hubieran arrancado una extremidad. Aunque Theo no se había apartado de su lado ni un solo segundo, la ausencia de su hermano mayor era una sombra física que se proyectaba sobre cada rincón del castillo.

Adeline estaba sentada en un rincón apartado de la biblioteca, rodeada de pergaminos sobre mitología celta que ya no era capaz de leer. Sus dedos, aún delgados pero con un color menos cadavérico, acariciaban el borde de una página.

—¿En qué piensas, Addie? —La voz de Theo, suave y profunda, la sacó de su ensimismamiento. Él estaba sentado frente a ella, observándola con esa intensidad que mezclaba el amor con una vigilancia protectora.

—En el armario —susurró ella, bajando la voz por miedo a que las paredes tuvieran oídos—. En lo que Draco tiene que enfrentar allí solo. Él cree que nos protege al irse, pero me siento cobarde quedándome aquí mientras él se arrodilla ante ese monstruo.

Theo cerró el libro que tenía entre manos y se inclinó hacia delante, atrapando la mano de Adeline entre las suyas.

—No eres una cobarde. Estás librando una batalla que Draco no podría ganar por ti. Quedarte aquí y cuidar de ti misma es el mayor acto de lealtad que puedes ofrecerle. Si él vuelve y te encuentra rota, su sacrificio no habrá servido de nada.

Adeline suspiró, sintiendo el nudo familiar en la garganta.

—A veces, cuando el silencio es demasiado fuerte, la voz vuelve —confesó, mirando hacia las estanterías—. Me dice que si dejo de comer ahora que él no está, tendré más control cuando las cosas empeoren. Me dice que la debilidad es mi única defensa.

Theo apretó sus manos, sus ojos oscuros brillando con una determinación feroz.

—La voz miente, Addie. La debilidad no te protegerá de Voldemort, ni de tu padre. Solo te hará más fácil de quebrar. Mírame.

Ella obedeció, encontrando en la mirada de Theo un refugio seguro.

—Eres una Malfoy —continuó él—. Y los Malfoy sobreviven. Pero tú vas a hacer algo más: vas a vivir. Esta noche vamos a ir al Gran Comedor. No nos esconderemos en las cocinas ni pediremos bandejas a los elfos.

Adeline sintió que el pánico empezaba a burbujear en su pecho. La idea de enfrentarse al escrutinio público sin el escudo de Draco le resultaba aterradora.

—Theo, no sé si puedo... Todos me miran. Pansy, Blaise... todos saben que algo no va bien.

—Que miren —sentenció Theo—. Que vean que la princesa de Slytherin no se ha doblado. Astoria nos esperará allí. No estarás sola.

El camino hacia el Gran Comedor se sintió como una marcha hacia el patíbulo. Adeline caminaba con la espalda recta, una lección de etiqueta impuesta por años de cenas frías en la mansión, pero sus pulmones parecían negarse a expandirse por completo. Al entrar, el murmullo de cientos de estudiantes le pareció un rugido ensordecedor.

Se sentaron en la mesa de las serpientes. Astoria ya estaba allí, ocupando el lugar de Draco para guardar el sitio. Le dedicó a Adeline una sonrisa cálida y le apretó el antebrazo por debajo de la mesa.

—Te ves preciosa hoy, Addie —dijo Astoria con naturalidad—. Ese color verde te resalta los ojos.

—Gracias, Astoria —respondió Adeline, aunque sus ojos estaban fijos en las fuentes de comida que empezaban a aparecer mágicamente sobre la mesa.

El olor a asado y verduras salteadas, que antes le habría revuelto el estómago, ahora le provocaba una reacción contradictoria: un hambre punzante y un terror paralizante. Vio cómo Pansy Parkinson, unos asientos más allá, la observaba con una mezcla de curiosidad y desdén.

—Vaya, vaya —comentó Pansy, alzando la voz lo suficiente para ser oída—. Parece que la pequeña Malfoy ha decidido salir de su cueva. ¿Dónde está tu guardián, Adeline? ¿O es que Draco se ha cansado de hacer de niñera?

Adeline sintió que el aire se le escapaba, pero antes de que pudiera responder, Theo intervino. Su voz era gélida, cargada de una amenaza que rara vez mostraba en público.

—Parkinson, si tienes tanto interés en los asuntos de los Malfoy, quizás deberías preguntárselo a Draco en persona cuando vuelva. Aunque dudo mucho que tenga tiempo para desperdiciarlo con alguien tan irrelevante como tú.

Pansy se puso roja de ira y volvió a su plato, murmurando algo sobre "traidores de sangre".

—No la escuches —le susurró Astoria al oído—. Solo tiene envidia de que tú tengas a alguien que te mire como Theo te mira a ti.

Theo sirvió un poco de sopa de cebolla en el cuenco de Adeline. No era mucho, pero para ella representaba un desafío monumental.

—Solo esto, Addie —dijo él, suavemente—. Un bocado a la vez. Yo estoy aquí.

Adeline tomó la cuchara. Sus dedos temblaban, un recordatorio de que su sistema nervioso aún estaba en pie de guerra. Llevó el primer bocado a sus labios. El sabor era rico, reconfortante, pero la voz en su cabeza empezó a gritar inmediatamente: "¡Detente! ¡Es demasiado! ¡Vas a perder el control!".

Cerró los ojos y se concentró en el calor de la mano de Theo, que ahora descansaba sobre su rodilla por debajo de la mesa.

—Uno más —susurró Theo.

Adeline tragó. No explotó. El mundo no se acabó. Pero la ansiedad no se rendía fácilmente. A mitad del cuenco, sintió que el sudor frío le empapaba la nuca. La necesidad de levantarse y correr hacia el baño más cercano se volvió casi física, una picazón bajo la piel.

—Theo... necesito... —empezó a decir, con la respiración entrecortada.

—No —dijo él con firmeza, pero sin soltar su rodilla—. Quédate conmigo. Mira a Astoria. Cuéntanos qué has leído hoy sobre los Tuatha Dé Danann. Distrae a la voz.

Adeline respiró hondo, luchando contra las náuseas psicósomáticas.

—Eran... eran seres de luz —dijo, con la voz temblorosa—. Se dice que no murieron, sino que se retiraron a los montículos, a un mundo paralelo. A veces pienso que nosotros también estamos intentando hacer eso. Retirarnos a un mundo donde la marca de Draco no exista.

—Lo conseguiremos —aseguró Astoria—. Crearemos nuestro propio montículo, Addie.

Logró terminar la sopa. Fue una victoria pequeña, pero el esfuerzo la dejó exhausta. Cuando salieron del Gran Comedor, el aire fresco del vestíbulo le devolvió un poco de claridad. Sin embargo, al girar en el pasillo que conducía a las mazmorras, se toparon con una figura que Adeline esperaba evitar a toda costa: el profesor Snape.

Snape los observó con su habitual mirada impenetrable. Sus ojos se detuvieron en Adeline, analizando su postura, el color de sus mejillas y la forma en que se apoyaba ligeramente en Theo.

—Señorita Malfoy —dijo Snape con su voz arrastrada—. Me alegra ver que ha decidido honrar al Gran Comedor con su presencia. Supongo que la poción que le entregué está surtiendo el efecto deseado.

—Sí, profesor —respondió Adeline, bajando la cabeza en señal de respeto—. Me ayuda a... mantener el ruido bajo control.

Snape asintió imperceptiblemente. Luego, miró a Theo.

—Señor Nott, una palabra con usted. En privado.

Theo intercambió una mirada de preocupación con Adeline, pero asintió.

—Ve con Astoria a la sala común, Addie. Estaré allí en diez minutos.

Adeline y Astoria caminaron en silencio hacia las mazmorras. Una vez dentro de la seguridad de la sala común, Adeline se dejó caer en uno de los sillones de cuero verde frente al fuego.

—¿Crees que Draco estará bien? —preguntó Adeline, mirando las llamas.

Astoria se sentó en el suelo, apoyando la cabeza en las rodillas de Adeline.

—Draco es un superviviente, Addie. Y tiene algo que nuestro padre o el Señor Tenebroso nunca entenderán: tiene algo por lo que volver. Te tiene a ti. Y me tiene a mí. Eso lo hace más fuerte de lo que él mismo cree.

Diez minutos después, Theo entró en la sala común. Su rostro estaba más pálido de lo habitual y sus ojos reflejaban una mezcla de furia y miedo contenido. Se acercó a ellas y, sin decir una palabra, se sentó al lado de Adeline, envolviéndola en un abrazo casi asfixiante.

—¿Qué ha pasado, Theo? —preguntó Adeline, alarmada—. ¿Es Draco? ¿Le ha pasado algo?

Theo respiró hondo, ocultando el rostro en el cuello de Adeline.

—Draco está bien, por ahora —dijo él, con la voz ronca—. Snape ha recibido un mensaje. Draco ha pasado la "prueba" de este fin de semana. Pero el Señor Tenebroso no está satisfecho con el progreso del armario. Ha dado un ultimátum.

Adeline sintió que el frío volvía a invadirla.

—¿Qué significa eso?

—Significa que Draco tiene hasta las vacaciones de Navidad para terminarlo. Si no... —Theo se interrumpió, incapaz de pronunciar las palabras.

—Si no, usará a la familia para castigarlo —completó Adeline, con una claridad gélida—. Me usará a mí.

Theo se separó bruscamente, tomándola por los hombros.

—¡No permitiré que te toque, Adeline! Snape me ha dicho que la seguridad de Hogwarts ya no es absoluta. Hay movimientos dentro del castillo. Me ha pedido que no te deje sola ni un instante. Ni siquiera en las clases.

—Theo, no puedes estar conmigo en el dormitorio de las chicas, ni en todas mis clases opcionales...

—Encontraré la forma —insistió él—. Si es necesario, usaré capas de invisibilidad, hechizos de desilusión... lo que sea. No vas a ser el peón de nadie en este juego macabro.

Adeline sintió una oleada de náuseas, pero esta vez no era por la comida. Era el peso de la realidad. La corona de cristal que llevaba por ser una Malfoy se estaba haciendo añicos, y los fragmentos amenazaban con cortarlos a todos.

—Tengo miedo, Theo —susurró ella—. Tengo miedo de que, por intentar salvarme, te destruyas tú también. Tu padre... él no perdonará que te pongas del lado de Draco si las cosas salen mal.

—Mi padre dejó de ser mi familia el día que puso esa marca por encima de mi bienestar —dijo Theo con una frialdad que asustó a Adeline—. Tú eres mi familia, Addie. Tú, Draco y Astoria. El resto del mundo puede arder.

Esa noche, Adeline no pudo dormir. Se quedó mirando el techo del dosel, escuchando la respiración acompasada de Astoria en la cama de al lado. La voz en su cabeza era un susurro constante, recordándole lo fácil que sería simplemente dejar de existir, dejar de ser un blanco para los enemigos de su hermano.

Se levantó con cuidado y salió a la sala común. Para su sorpresa, Theo estaba allí, sentado en el mismo sitio donde lo había dejado, mirando fijamente las cenizas de la chimenea.

—¿Tampoco puedes dormir? —preguntó ella, acercándose.

Theo se giró y le tendió la mano. Ella se sentó a su lado y él la cubrió con su propia manta.

—Estaba pensando en Francia —dijo él—. En esa casa con olor a lavanda. A veces es lo único que me mantiene cuerdo. Imaginarte allí, riendo, con el sol en la cara y sin miedo a la siguiente comida o a la siguiente carta.

Adeline apoyó la cabeza en su hombro.

—Cuéntame más —pidió ella—. Cuéntame cómo será nuestra vida allí.

—Habrá una biblioteca enorme —empezó Theo, su voz volviéndose más suave, casi hipnótica—. Con ventanas que dan al mar. Leeremos todo lo que queramos sin censuras. Draco tendrá su propio taller donde podrá trabajar en lo que le guste, no en lo que le obliguen. Y tú... tú tendrás un jardín. Un jardín lleno de sauces de cristal y flores que nunca mueren. Y comeremos en una mesa larga, bajo los árboles, y la comida sabrá a libertad.

Adeline cerró los ojos, dejando que la imagen la envolviera. Por un momento, pudo sentir el sol en su piel y el olor a salitre.

—¿Y Draco? —preguntó ella—. ¿Será feliz allí?

—Draco será libre, Addie. Y esa es la forma más pura de felicidad que un Malfoy puede conocer.

Se quedaron así hasta que los primeros rayos de luz verde empezaron a filtrarse por las aguas del lago. Fue entonces cuando la entrada de la sala común se abrió y una figura exhausta y pálida entró.

Era Draco.

Su túnica estaba sucia y tenía un corte sangriento en la mejilla, pero sus ojos grises buscaron desesperadamente a su hermana. Adeline se levantó de un salto y corrió hacia él, envolviéndolo en un abrazo que casi los hace caer al suelo.

—¡Draco! —sollozó ella—. Estás aquí. Estás vivo.

Draco se aferró a ella, hundiendo el rostro en su cabello. Sus manos temblaban violentamente.

—Estoy aquí, pequeña. Estoy aquí —susurró él, con la voz rota—. Ha sido... ha sido un infierno. Pero he vuelto.

Theo se acercó, poniendo una mano en el hombro de su amigo. No hicieron falta palabras; el entendimiento entre los dos era absoluto. Draco miró a Theo y asintió, una señal silenciosa de agradecimiento por haber cuidado de Adeline.

—¿Qué ha pasado en la cara, Draco? —preguntó Adeline, tocando con cuidado la herida de su mejilla.

—Un recordatorio de nuestro padre —dijo Draco con una sonrisa amarga—. Dijo que era para que no olvidara mi lugar. Pero lo que no sabe es que mi lugar está aquí, con vosotros.

Draco se separó un poco y miró a Adeline de arriba abajo, escrutando su rostro con preocupación.

—Theo me ha dicho que has estado comiendo. ¿Es cierto?

Adeline asintió, sintiendo una mezcla de orgullo y vergüenza.

—Lo intento, Draco. Por ti.

Draco sonrió, y por primera vez en semanas, la sonrisa llegó a sus ojos.

—Entonces todo ha valido la pena. Si tú puedes luchar contra eso, yo puedo arreglar ese maldito armario.

Se sentaron los tres frente a los restos del fuego. Draco les contó, omitiendo los detalles más crueles, la atmósfera de terror que se respiraba en la mansión. Les habló de cómo Bellatrix se reía mientras practicaba maldiciones con los prisioneros en el sótano, y de cómo su madre, Narcissa, le había susurrado al oído que resistiera, que faltaba poco.

—Tenemos que ser más cuidadosos que nunca —advirtió Draco—. El Señor Tenebroso está empezando a sospechar que Snape no me está presionando lo suficiente. Ha enviado a Greyback para que merodee por los alrededores de Hogsmeade.

Adeline sintió un escalofrío al oír el nombre del hombre lobo.

—Addie —dijo Draco, tomando su mano—, necesito que me prometas algo. Si las cosas se ponen feas en el castillo... si el armario funciona y yo no puedo controlar quién entra... quiero que vayas con Theo. Él sabe qué hacer. Tiene un traslador preparado.

—¡No voy a dejarte aquí solo! —exclamó Adeline.

—No estaré solo. Estaré terminando lo que empecé para que vosotros podáis ser libres. Promételo, Adeline. Es la única forma en que puedo concentrarme.

Adeline miró a Theo, quien asintió con gravedad. Sabía que no era una sugerencia, sino un plan de contingencia real.

—Lo prometo —dijo ella, con voz apenas audible.

Draco exhaló un suspiro de alivio y se recostó en el sillón, cerrando los ojos por fin.

—Tengo hambre —dijo Draco de repente, sorprendiéndolos a todos—. Addie, ¿crees que podrías acompañarme a las cocinas? No quiero comer solo.

Adeline miró a Theo y luego a su hermano. Sintió que el nudo en su estómago, aunque seguía ahí, ya no era una soga que la asfixiaba, sino un lazo que la unía a ellos.

—Sí, Draco —dijo ella, levantándose y ofreciéndole la mano—. Vamos a comer algo. Los tres.

Mientras caminaban por los pasillos oscuros hacia las cocinas, Adeline se dio cuenta de que la corona de cristal de los Malfoy no se había roto para destruirlos, sino para revelar lo que había debajo: una lealtad inquebrantable que ni el Señor Tenebroso ni sus propios trastornos podrían erradicar. La guerra estaba a las puertas, y el invierno era implacable, pero mientras caminaran juntos, el frío nunca llegaría a sus corazones.

Al llegar a las cocinas, los elfos los recibieron con su habitual entusiasmo. Adeline se sentó en una mesa de madera gastada, al lado de Draco y frente a Theo. Tomó un trozo de pan caliente y, por primera vez en mucho tiempo, no pensó en las calorías, ni en el control, ni en la desaparición. Pensó en el sabor del trigo, en el calor de la compañía y en la promesa de un jardín de sauces de cristal que, algún día, dejaría de ser un sueño para convertirse en su hogar.

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