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Idol

Entre el sudor y el secreto

La semana de preparativos para el "Festival de la Unión Global" se sentía como una olla a presión a punto de estallar. Debido a la magnitud del evento, la empresa de gestión de instalaciones había asignado a varios grupos el mismo complejo de salas de ensayo durante siete días. Para el mundo exterior, era una pesadilla logística; para Ye-rim y Chan, era un milagro disfrazado de agotamiento.

Aunque cada grupo tenía su propio salón asignado, las zonas comunes, las máquinas de café y los pasillos de linóleo gris se habían convertido en un territorio neutral donde sus mundos colisionaban inevitablemente. No podían sentarse a cenar juntos, pero podían intercambiar miradas cargadas de significado mientras caminaban hacia el ascensor, o rozar sus manos por un segundo al pasarse una botella de agua en la cafetería del sótano.

—Llevas tres horas sin parar, Ye-rim-ah —susurró Chan una tarde, aprovechando que se habían encontrado frente a la máquina expendedora mientras sus respectivos grupos descansaban—. Tienes ojeras.

—Tú no estás mejor, Chris —respondió ella con una sonrisa cansada, usando su nombre real como un pequeño acto de rebeldía—. He oído tu música a través de las paredes. Esa transición del segundo verso es complicada, ¿verdad?

—Me conoces demasiado bien —Chan sonrió, echando un vistazo rápido a ambos lados del pasillo antes de apoyar su mano un centímetro por encima de la de ella en la superficie de la máquina—. Solo tres días más de esto y podremos dormir. Te lo prometo.

—Dormir suena como un lujo prohibido ahora mismo —dijo ella, tomando su bebida—. Vuelve a tu sala. Lino te va a buscar si tardas más.

—Él ya sabe que estoy "buscando cafeína" —guiñó él un ojo antes de alejarse con ese paso rítmico que lo caracterizaba.

Sin embargo, el destino tiene una forma cruel de recordarles a los idols que sus cuerpos no son máquinas. Al quinto día, el cansancio acumulado decidió pasar factura.

En el salón de ensayos de AERIS, el ambiente era denso. El aire acondicionado apenas daba abasto para enfriar la habitación donde las cinco chicas repetían la coreografía principal por cuadragésima vez. Rimi, cuya dulzura solía ser el ancla del grupo, sentía que sus piernas pesaban como el plomo.

—¡Una vez más desde el puente! —exclamó la coreógrafa—. ¡Rimi, más fuerza en el giro final!

La música estalló de nuevo. Rimi se movió por instinto, sus músculos respondiendo por pura memoria muscular. Llegó el momento del giro: un movimiento rápido que requería un equilibrio perfecto sobre un suelo que, desafortunadamente, estaba ligeramente humedecido por el sudor y la humedad del ambiente.

Al pivotar, su pie derecho resbaló. El mundo se inclinó de forma violenta. En un intento desesperado por proteger su rostro de la caída, Rimi extendió el brazo derecho. El impacto contra el suelo de madera fue seco, un sonido sordo que detuvo la música casi al instante.

—¡Rimi! —el grito de Min-seo resonó en las paredes espejadas.

Rimi se quedó en el suelo, soltando un gemido ahogado. Un dolor agudo y punzante subió desde su muñeca derecha hasta el hombro, dejándola sin aliento.

—No la muevan —ordenó la coreógrafa, arrodillándose a su lado—. Ye-rim, mírame. Respira. ¿Dónde te duele?

—Mi... mi muñeca —susurró ella, con el rostro pálido y los ojos llenos de lágrimas que se negaba a dejar caer—. Siento como si quemara.

Mientras tanto, a solo dos puertas de distancia, Stray Kids acababa de terminar su propia sesión. Chan estaba secándose el cuello con una toalla cuando notó un movimiento inusual en el pasillo. Varios miembros del staff de AERIS corrían con un botiquín y hielo, y la puerta del salón de las chicas estaba entreabierta, dejando escapar un murmullo de voces preocupadas.

El corazón de Chan dio un vuelco. No necesitó preguntar para saber que algo iba mal. Ignorando las miradas curiosas de sus propios compañeros, se acercó al pasillo, tratando de mantener una distancia prudencial pero con los sentidos alerta.

—¿Qué ha pasado? —preguntó a un asistente que salía apresurado.

—Rimi-ssi ha tenido una caída fea —respondió el hombre sin detenerse—. Parece que se ha roto algo o tiene un esguince grave.

Chan sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. El instinto de salir corriendo hacia ella, de apartar a todo el mundo y tomarla en sus brazos, fue casi incontrolable. Apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Tenía que recordar quién era: Bang Chan, el líder de un grupo senior. No podía entrar allí y mostrar desesperación. No podía arruinarlo todo ahora.

Se quedó apoyado contra la pared opuesta, ocultando su ansiedad tras una máscara de cortesía profesional. Vio entrar al médico del equipo y, minutos después, vio a Rimi sentada en una silla cerca de la puerta, con la muñeca vendada y una bolsa de hielo encima. Estaba rodeada de gente, pero su mirada estaba perdida en el suelo.

Aprovechando un momento en que el staff se dispersó para organizar el traslado a una clínica, Chan se acercó lo suficiente para que ella pudiera verlo a través del umbral de la puerta.

Rimi levantó la cabeza. Cuando sus ojos se encontraron con los de él, su labio inferior tembló por primera vez. No era solo el dolor físico; era la impotencia de no poder refugiarse en él cuando más lo necesitaba.

—¿Está todo bien aquí? —preguntó Chan con voz clara, manteniendo el tono de un colega preocupado por la salud de una junior—. He oído que hubo un accidente.

—Se ha lastimado la muñeca, Chan-ssi —respondió Min-seo, quien estaba al lado de Rimi—. El médico dice que hay que hacer radiografías.

—Lo siento mucho, Rimi-ssi —dijo él, dando un paso hacia el interior del salón, lo justo para que solo ella pudiera notar la angustia en sus ojos—. Tienes que ser fuerte. Estas cosas pasan, pero te recuperarás pronto. Eres una gran profesional.

Rimi asintió débilmente, comprendiendo el mensaje oculto tras sus palabras. "Estoy aquí. No te voy a dejar sola".

—Gracias, sunbaenim —respondió ella con un hilo de voz—. Lamento haber causado este alboroto.

—No pidas perdón por ser humana —replicó él, y por un segundo, su voz se volvió un poco más suave, un poco más "Chan" y menos "Idol"—. Lo más importante ahora es que te cuides. El escenario puede esperar, pero tú no.

El manager de AERIS llegó en ese momento, indicando que era hora de irse. Chan tuvo que retroceder, viendo cómo ayudaban a Rimi a levantarse. Ella caminó hacia la salida, pasando a escasos centímetros de él. En un movimiento que desafió toda lógica y precaución, Rimi dejó que su mano sana rozara brevemente la punta de los dedos de Chan mientras caminaba. Fue un contacto fugaz, una chispa de consuelo en medio del caos.

Dos horas después, en la soledad de su habitación en el dormitorio de Stray Kids, Chan caminaba de un lado a otro como un león enjaulado. Sus compañeros intentaban hablarle, pero él apenas respondía. Su mente estaba en la clínica, en la muñeca de Rimi, en el dolor que ella debía estar sintiendo.

Finalmente, su teléfono vibró.

—Es un esguince de segundo grado —decía el mensaje de voz de Rimi, grabado en un susurro—. No hay fractura, pero tendré que usar una férula durante dos semanas. Me duele, Chris, pero lo que más me duele es no haber podido decirte que te quería cuando te vi en la puerta. Parecías tan asustado...

Chan se sentó en el borde de su cama, dejando escapar un suspiro que había estado reteniendo durante horas. Se llevó el teléfono a los labios, grabando su respuesta con la voz cargada de una emoción difícil de contener.

—Casi me muero de miedo, Ye-rim-ah. Ver el salón lleno de médicos y no poder entrar a sostener tu mano ha sido la peor tortura de mi vida. Por favor, no te preocupes por el baile ni por el festival. Solo quiero que estés bien. Si pudiera, te daría mi propia muñeca ahora mismo para que tú no sufrieras.

—Eres un exagerado —respondió ella minutos después, y Chan pudo imaginar la sonrisa dulce y cansada en su rostro—. Pero gracias por estar allí. Tu presencia fue mejor que el hielo.

—Escúchame —continuó Chan—, voy a ir a verte. No me importa si es tarde.

—¡No! —escribió ella rápidamente—. El manager está en el salón común y las chicas están entrando y saliendo de mi cuarto para traerme té y mantas. Es demasiado arriesgado.

—Encontraré una forma —insistió él—. Siempre la encuentro.

Cerca de la medianoche, cuando el dormitorio de AERIS finalmente quedó en silencio, Rimi escuchó un rasguño suave en su ventana. Vivían en un segundo piso, y aunque había seguridad, la estructura del edificio tenía salientes decorativos que un hombre ágil y desesperado podía escalar.

Rimi se levantó de la cama con dificultad, sujetando su brazo vendado contra su pecho, y abrió la ventana con cuidado. Allí estaba él, colgado de la barandilla del pequeño balcón francés, con la capucha de su sudadera puesta y el rostro iluminado por la luna.

—¡Estás loco! —susurró ella, ayudándolo a entrar mientras el corazón le latía a mil por hora.

—Probablemente —respondió Chan, saltando al interior de la habitación con la agilidad de quien ha hecho esto más de una vez—. Pero no podía dormir sin verte de cerca.

Sin decir una palabra más, la envolvió en un abrazo extremadamente cuidadoso, evitando presionar su brazo derecho. Rimi escondió el rostro en su pecho, dejando que las lágrimas que había contenido todo el día finalmente mojaran la tela de su sudadera.

—Me asusté mucho —confesó ella entre sollozos—. Pensé que si no podía bailar, decepcionaría a todos.

—Nadie está decepcionado, pequeña —Chan le besó la coronilla, balanceándola suavemente de un lado a otro—. Eres el corazón de tu grupo. Unas semanas de descanso no van a cambiar eso. Ahora, déjame ver esa muñeca.

Se sentaron en el borde de la cama, bajo la tenue luz de una lámpara de noche. Chan tomó la mano de Rimi con una delicadeza casi sagrada, observando el vendaje blanco. Sus dedos trazaron líneas invisibles sobre la piel expuesta, como si intentara transmitirle su propia fuerza a través del contacto.

—Va a sanar —dijo él—. Y yo voy a estar aquí para asegurarme de que no hagas esfuerzos innecesarios. Si tengo que escribir tus mensajes de texto por ti, lo haré. Si tengo que cortarte la comida, lo haré.

Rimi soltó una risita suave, apoyando la cabeza en su hombro.

—Eres el mejor líder del mundo, pero creo que como enfermero eres un poco intenso.

—Solo con los pacientes que amo —replicó él, dejando un beso en su frente—. Sabes que esto complica las cosas, ¿verdad? La empresa estará más encima de ti ahora que estás lesionada. Estarás bajo el microscopio.

—Lo sé —asintió ella, cerrando los ojos—. Pero después de hoy, me he dado cuenta de algo. El accidente fue horrible, pero verte en ese pasillo, tratando de ser profesional mientras tus ojos gritaban mi nombre... fue lo más real que he sentido en mucho tiempo.

Chan la miró con una mezcla de tristeza y admiración. La industria en la que vivían intentaba convertirlos en diamantes: brillantes, perfectos y fríos. Pero allí, en la penumbra de una habitación de dormitorio, con una muñeca vendada y el miedo al escándalo acechando tras la puerta, solo eran dos personas tratando de proteger su humanidad.

—A veces me pregunto si el mundo nos perdonará alguna vez por ser humanos —susurró Chan, acariciando la mejilla de Rimi.

—No necesitamos su perdón —respondió ella con una firmeza que sorprendió incluso a Chan—. Solo necesitamos nuestro propio espacio. Como este.

Se quedaron así durante una hora, hablando en susurros sobre el futuro, sobre el miedo y sobre las pequeñas victorias de su relación secreta. Chan le contó cómo los chicos de Stray Kids habían intentado distraer al staff para que él pudiera escaparse, demostrando que, incluso en ese mundo competitivo, la lealtad hacia su líder era inquebrantable.

Cuando llegó el momento de irse, Chan se detuvo en el marco de la ventana.

—Mañana enviaré flores al edificio de AERIS —dijo—. De parte de todo Stray Kids, por supuesto. Para que nadie sospeche. Pero busca la flor amarilla en el centro. Esa es solo mía.

—La buscaré —prometió Rimi—. Ten cuidado al bajar, por favor. No quiero tener que cuidar yo de tu muñeca también.

—Soy un experto en escapes, no te preocupes —guiñó él un ojo antes de desaparecer en la oscuridad de la noche.

Rimi cerró la ventana y se metió en la cama. El dolor en su muñeca seguía ahí, pero ya no se sentía como una carga insoportable. Era solo un recordatorio de que, aunque su vida como idol estuviera llena de luces artificiales y escenarios de cristal, su vida como Ye-rim estaba anclada en algo mucho más sólido.

En algún lugar de la ciudad, un líder cansado regresaba a su dormitorio con el corazón lleno y las manos todavía oliendo al perfume de lavanda de su chica. Sabían que el camino sería difícil, que las cámaras volverían a encenderse mañana y que tendrían que volver a ser los "colegas respetuosos" frente a los flashes. Pero esa noche, bajo el cielo de Seúl, el secreto seguía a salvo, y su amor, más fuerte que cualquier caída.