In another life
El Cáliz de la Desolación y la Última Partida de Ajedrez
La caída de un imperio no suele ser un evento ruidoso; no siempre hay explosiones ni gritos que desgarren el cielo. A veces, la caída de una dinastía es tan silenciosa como el deslizamiento de una aguja sobre la piel. En el Reino Loto, el estruendo fue interno. El silencio que siguió a la detención de los Jeon fue más pesado que cualquier cadena de hierro. Los invitados a la gala se habían dispersado como cenizas al viento, dejando tras de sí un salón que apestaba a perfume caro, sudor de pánico y el rastro metálico de la sangre del Tesorero que aún no se había secado en el ala este.
Taehyung se encontraba solo en el balcón principal, observando cómo las luces de la capital parpadeaban en la distancia. Su traje blanco, antes inmaculado, tenía ahora una pequeña mancha roja en el puño, un recordatorio de que la justicia rara vez es limpia. Sus dedos recorrieron la barandilla de mármol, sintiendo el frío de la piedra. Su mente, ese motor analítico que nunca se detenía, estaba repasando cada segundo de la noche, buscando errores, buscando fisuras en su propia victoria.
— El palacio se siente diferente cuando no hay mentiras flotando en el aire —dijo una voz a sus espaldas.
Taehyung no necesitó girarse para saber que era Jiwuo. El aroma de su amigo, algo parecido a la lluvia fresca sobre el césped, era la única constante de paz en su vida.
— Se siente vacío, Jiwuo —respondió Taehyung, su voz apenas un susurro que el viento se llevaba—. Durante años, este lugar estuvo lleno de la presencia asfixiante de Jungkook y su padre. Ahora que no están, solo queda el eco de lo que destruyeron.
Jiwuo se acercó y se apoyó a su lado, mirando hacia el horizonte.
— Has hecho lo correcto, Tae. El pueblo ya está hablando. Los registros que encontramos en la celda 402 están siendo procesados por los tribunales internacionales. Mañana, el mundo sabrá que los Kim no murieron, fueron borrados. Y sabrán que tú eres el único que tuvo el valor de enfrentarse al Loto.
— No se trata de valor, Jiwuo —dijo Taehyung, girándose finalmente para mirar a su amigo—. Se trata de analítica. Sabía que si no los detenía ahora, el siguiente paso de Jungkook sería una purga interna para consolidar su poder absoluto. Yo solo adelanté lo inevitable.
— ¿Y qué hay de él? —preguntó Jiwuo, bajando el tono—. Está en el nivel más bajo. Se niega a comer, se niega a hablar con nadie que no seas tú. Los guardias dicen que su aroma se ha vuelto tan amargo que es difícil acercarse a la celda.
Taehyung apretó los labios. El lazo de predestinados seguía ahí, una conexión invisible que tiraba de sus entrañas. Podía sentir la desesperación de Jungkook, una mezcla de rabia, traición y, lo que era más doloroso, una pizca de amor retorcido que se negaba a morir.
— Quiere una última partida —dijo Taehyung—. Cree que todavía tiene una carta que jugar.
— No vayas, Tae —le suplicó Jiwuo, tomándolo del brazo—. Es un manipulador. Incluso encadenado, Jeon Jungkook es capaz de sembrar dudas en tu mente. Ya ganaste. Deja que los tribunales se encarguen de él.
Taehyung miró la mano de su amigo y luego sus propios dedos manchados.
— Un analista forense no cierra el caso hasta que entiende la motivación del sujeto, Jiwuo. Si no lo enfrento ahora, esa duda será el fantasma que me perseguirá el resto de mi vida. Necesito ver qué queda del hombre que juró amarme mientras planeaba mi ruina.
El descenso a los calabozos fue un viaje a las entrañas de la oscuridad. A medida que Taehyung bajaba las escaleras de piedra, el aire se volvía más denso y húmedo. El lujo del piso superior desaparecía, reemplazado por la cruda realidad del castigo. Al llegar al nivel más profundo, los guardias le abrieron paso con una reverencia silenciosa.
Frente a la celda de máxima seguridad, Taehyung se detuvo. Dentro, sentado en un banco de piedra, Jeon Jungkook parecía una sombra de sí mismo. Su traje de gala estaba desgarrado, su cabello oscuro caía desordenado sobre sus ojos y sus manos estaban sujetas por esposas de inhibición de feromonas. Sin embargo, cuando levantó la vista, el brillo en sus ojos seguía siendo el de un depredador.
— Sabía que vendrías —dijo Jungkook. Su voz era ronca, como si hubiera estado gritando en el silencio—. El lazo no miente, Taehyung. Puedes odiarme, puedes encarcelarme, pero tu lobo sigue buscando el mío.
Taehyung se mantuvo al otro lado de los barrotes, con la espalda recta y el rostro impasible.
— Mi lobo está de luto, Jungkook. Está de luto por el hombre que creyó que eras. Pero mi mente... mi mente está fascinada por la velocidad de tu caída.
Jungkook soltó una carcajada seca que resonó en las paredes de piedra.
— ¿Mi caída? —Se puso de pie con dificultad, acercándose a los barrotes hasta que solo unos centímetros los separaban—. ¿Crees que esto es el final? He pasado toda mi vida aprendiendo que el poder no se pierde, solo cambia de manos. Ahora tú tienes la corona, Taehyung. Ahora tú eres el que tendrá que decidir quién vive y quién muere para mantener la estabilidad de este reino podrido.
— Yo no soy como tú —sentenció Taehyung—. No necesito el miedo para gobernar.
— Oh, mi dulce e ingenuo omega —susurró Jungkook, pegando su frente a los fríos barrotes—. El miedo es el cimiento de este palacio. ¿Crees que las familias que apoyaron a mi padre se volverán leales a ti solo porque tienes un apellido puro? Mañana empezarán las conspiraciones. Mañana, tus "amigos" en la corte buscarán la forma de usarte. Y entonces, recordarás mis palabras. Recordarás que yo era el único que podía protegerte de ellos... y de ti mismo.
— ¿Protegerme? —Taehyung sintió una chispa de indignación—. Me usaste como un peón. Planeabas eliminarme en cuanto las minas estuvieran a tu nombre. Escuché tu conversación con el Rey, Jungkook. No intentes manipularme con una falsa protección.
Jungkook guardó silencio por un momento, y por primera vez, su máscara de arrogancia se resquebrajó. Un destello de vulnerabilidad cruzó sus ojos antes de ser enterrado por la frialdad.
— Lo que escuchaste fue una parte de la verdad —dijo Jungkook en voz baja—. Sí, le dije eso a mi padre. Tenía que hacerlo. Él nunca habría permitido que nuestra unión fuera real si creía que yo era débil ante ti. Tenía que convencerlo de que eras una herramienta para que te dejara vivir.
— Una mentira más en un océano de engaños —respondió Taehyung, cruzando los brazos—. ¿Cómo puedo creer que esa no es otra de tus tácticas analíticas para ablandarme?
— Porque no tengo nada más que perder, Taehyung —Jungkook extendió sus manos esposadas a través de los barrotes, tratando de alcanzar la tela del traje de Taehyung—. El dinero se ha ido, el trono se ha ido. Solo me queda el lazo. Y el lazo me dice que, a pesar de todo, me deseas tanto como yo a ti. ¿Vas a negarlo? ¿Vas a negar que cuando me besabas en el salón, una parte de ti quería que todo fuera real?
Taehyung sintió un nudo en la garganta. Su formación en psicología le decía que Jungkook estaba usando una técnica de validación emocional para crear un vínculo, pero su corazón, esa parte traicionera y humana, recordaba el calor de sus manos.
— Lo que sentí fue real, Jungkook. Eso es lo que hace que tu traición sea imperdonable. No traicionaste a un aliado político; traicionaste a tu predestinado. Y eso es algo que ni siquiera el análisis más profundo puede reparar.
— Entonces, mátame —dijo Jungkook, sus ojos fijos en los de Taehyung—. Si no puedes perdonarme, si no puedes usarme para gobernar este reino, entonces termina el trabajo. No me dejes pudrirme en este agujero viendo cómo otros intentan ocupar mi lugar en tu cama y en tu trono.
Taehyung dio un paso atrás, rompiendo la cercanía.
— La muerte sería una salida fácil para ti, un final heroico en tu propia mente retorcida. No, Jungkook. Te quedarás aquí. Verás desde esta celda cómo convierto el Reino Loto en algo que nunca pudiste imaginar. Verás cómo la felicidad, esa que tú considerabas una debilidad, se convierte en la base de mi gobierno. Ese será tu verdadero castigo: ver mi éxito sin poder ser parte de él.
Jungkook retrocedió hacia la sombra de la celda, su aroma a chocolate amargo volviéndose denso y cargado de una tristeza infinita.
— ¿Felicidad, Taehyung? —preguntó desde la oscuridad—. Mira tus manos. Mira la mancha de sangre en tu puño. Ya has empezado a pagar el precio. La felicidad es para los que no tienen nada. Para nosotros, solo existe la supervivencia.
Taehyung no respondió. Se dio la vuelta y comenzó a subir las escaleras, dejando atrás al hombre que había sido su destino y su mayor enemigo. Al llegar al nivel superior, Jiwuo lo esperaba con una capa de lana para protegerlo del frío de la madrugada.
— ¿Y bien? —preguntó Jiwuo con preocupación.
— Tenías razón —dijo Taehyung, permitiendo que su amigo le colocara la capa—. Es un manipulador. Pero también es un hombre roto que no conoce otra forma de existir que no sea a través del control.
— ¿Qué vas a hacer con él?
Taehyung miró hacia el gran salón, donde los criados ya estaban limpiando los restos de la gala. La corona de oro que había lanzado al suelo seguía allí, brillando bajo la luz de los primeros rayos de sol.
— Mañana anunciaremos la creación de un consejo transitorio —dijo Taehyung con firmeza—. No habrá un solo rey. El Reino Loto será gobernado por aquellos que han sufrido bajo su yugo. En cuanto a Jungkook... permanecerá bajo custodia internacional. Ya no es mi problema, Jiwuo.
Pero mientras caminaba hacia sus aposentos, Taehyung sintió un tirón doloroso en el pecho. Sabía que estaba mintiendo. Jungkook siempre sería su problema, porque el lazo de sangre pura no se rompía con decretos ni con sentencias judiciales. Era una marca en el alma, un eco de una felicidad que pudo ser y que fue sacrificada en el altar de la ambición.
Al entrar en su habitación, Taehyung se acercó al escritorio y tomó una pequeña fotografía que guardaba en un cajón. Era una imagen de su padre, sonriendo en las montañas de Europa, mucho antes de que la sombra de los Jeon cayera sobre ellos.
— Lo logré, padre —susurró—. La corona está manchada, pero el linaje está a salvo.
Se sentó en la silla y comenzó a escribir el primer decreto de su nuevo gobierno. El dinero infinito del reino sería redistribuido a las provincias que habían sido despojadas. Las leyes de castas serían revisadas. El Reino Loto, el lugar de la traición familiar y el engaño, comenzaría su lenta metamorfosis.
Sin embargo, a medida que escribía, Taehyung no podía evitar pensar en las palabras de Jungkook. ¿Podría mantener su humildad y su integridad mientras sostenía las riendas del poder? ¿O terminaría convirtiéndose en lo que juró destruir, un analista de la miseria humana que gobernaba desde una torre de marfil?
La puerta se abrió suavemente y Jiwuo entró con una bandeja de té.
— Deberías descansar, Tae. Mañana es un día largo.
— El descanso es un lujo que ya no puedo permitirme, Jiwuo —respondió Taehyung sin levantar la vista del papel—. Ahora que he desmantelado el imperio de Jungkook, tengo que construir uno que sea digno de nuestra gente.
— Lo harás bien —dijo Jiwuo, dejando el té sobre la mesa—. Porque tú no buscas el poder, buscas la justicia. Y esa es la mayor diferencia entre tú y él.
Taehyung asintió, pero en el fondo de su mente, una pequeña parte de él seguía analizando la última mirada de Jungkook. No era solo odio lo que había visto; era un desafío. Jungkook sabía que, al encarcelarlo, Taehyung se había atado a él de una forma nueva. Ahora, Taehyung era el carcelero de su propio destino.
La noche terminó y el sol se alzó triunfante sobre el Reino Loto. Las flores en los estanques se abrieron, ajenas a la sangre que había corrido en los pasillos del palacio. Para el mundo exterior, una nueva era de paz comenzaba. Para Kim Taehyung, el joven psicólogo que había derrotado a un príncipe con la fuerza de su intelecto, la verdadera batalla acababa de empezar.
La batalla por no perderse a sí mismo en el laberinto del poder. La batalla por olvidar el aroma a chocolate amargo que, a pesar de todo, seguía impregnado en sus recuerdos. Y, sobre todo, la batalla por encontrar una felicidad que no estuviera construida sobre las cenizas de otros.
— Que empiece la reconstrucción —susurró Taehyung, cerrando el decreto con su sello personal.
El Reino Loto brillaba, pero bajo su superficie, las raíces seguían entrelazadas con la historia de dos familias destinadas a destruirse o a salvarse mutuamente. Y mientras Taehyung miraba por la ventana, supo que, aunque Jungkook estuviera tras las rejas, la partida de ajedrez entre el analista y el manipulador estaba lejos de terminar. El tablero había cambiado, pero las piezas seguían moviéndose en la penumbra del corazón humano.