Infantil bebe
Cicatrices de seda y el eco de un adiós
El salón principal de la mansión Uchiha estaba decorado con lirios blancos y orquídeas de un valor incalculable. El aroma, aunque dulce, resultaba asfixiante para cualquiera que tuviera un mínimo de sensibilidad. Pero para Sasuke Uchiha, el ambiente era simplemente el adecuado: pulcro, costoso y carente de cualquier rastro de desorden.
Habían pasado seis meses desde que el nombre de Naruto Uzumaki fuera borrado de los registros legales de la familia. Seis meses desde que el "error" fuera subsanado.
Sasuke ajustó los gemelos de su camisa de seda negra frente al espejo. A su lado, Hinata Hyuga —ahora Hinata Uchiha— terminaba de colocarse un collar de perlas. Ella era todo lo que la familia Uchiha había exigido: silenciosa, educada, de linaje impecable y, según todos los exámenes médicos, perfectamente capaz de concebir al heredero que la empresa necesitaba.
—Sasuke-kun —susurró Hinata, bajando la mirada con la timidez que la caracterizaba—, los invitados están llegando. Tu padre pregunta si estamos listos para bajar.
—En un momento —respondió Sasuke, sin mirarla. Su voz seguía siendo ese bloque de hielo que no se derretía ante nada—. Ve adelantándote. Tengo una llamada pendiente.
Hinata asintió, hizo una pequeña reverencia y salió de la habitación sin hacer ruido. Sus pasos no resonaban, sus risas no llenaban los pasillos y nunca, bajo ninguna circunstancia, intentaba saltar sobre él para darle un beso ruidoso al llegar del trabajo. Era la esposa perfecta. Era el vacío perfecto.
Sasuke se quedó solo en la habitación y, por un breve segundo, su mirada se desvió hacia la esquina donde antes solía haber una canasta llena de peluches absurdos y coloridos. Ahora no había nada más que una silla de diseño minimalista. No había migajas de galletas, no había olor a melocotón, no había risas infantiles que irritaran sus oídos.
Debería estar satisfecho. El silencio era lo que siempre había reclamado.
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, en una de las propiedades más alejadas y discretas de los Uzumaki, la vida se había detenido.
Naruto estaba sentado en el suelo de su habitación, una estancia que se había convertido en su celda voluntaria. Sus padres, avergonzados por el escándalo del divorcio y la infertilidad, lo habían recluido allí. Ya no vestía su suéter naranja brillante; ahora llevaba un pijama gris, varias tallas más grande, que acentuaba su alarmante pérdida de peso.
—Sasu-chan tiene una fiesta hoy, ¿verdad, Kurama? —murmuró Naruto, acariciando un trozo de tela naranja que era lo único que había podido rescatar antes de que quemaran sus cosas—. Se ve muy guapo con su traje. Seguro que la nueva señora es muy bonita y le da muchos bebés... no como yo.
Naruto sonrió, pero era una sonrisa rota, una mueca que no llegaba a sus ojos azules, los cuales habían perdido ese brillo eléctrico que solía desafiar al mundo. Ya casi no hablaba con diminutivos porque no había nadie que lo escuchara, pero en su mente, seguía siendo el niño pequeño que esperaba un castigo por haber nacido "roto".
Un golpe seco en la puerta lo hizo sobresaltarse. Una empleada entró con una bandeja de comida que Naruto apenas tocaría.
—Señorito Naruto, su madre dice que debe vestirse. Hay una cena importante con unos posibles socios y quieren que esté presente. Le han comprado un traje nuevo.
Naruto miró el traje negro sobre la cama. Parecía un uniforme funerario.
—No quiero ir —susurró Naruto, abrazando sus rodillas—. Papi se enoja si hablo. Dice que digo tonterías. Dice que soy un inútil.
—Son órdenes de sus padres, señorito. Por favor, no lo haga más difícil.
Naruto asintió sumisamente. Había aprendido que si no obedecía, el frío de la soledad se volvía aún más intenso. Se vistió mecánicamente, dejando que la empleada peinara su cabello rubio, que ahora lucía opaco y sin vida.
De vuelta en la mansión Uchiha, la fiesta estaba en su apogeo. Sasuke sostenía una copa de champán mientras escuchaba a su padre hablar sobre las proyecciones del próximo trimestre.
—La unión con los Hyuga ha estabilizado las acciones, Sasuke —decía Fugaku con orgullo—. Y lo mejor es que Hinata ya ha confirmado su cita con el especialista en fertilidad para el próximo mes. Todo marcha según el plan.
—Hm —fue la única respuesta de Sasuke.
Sus ojos recorrieron el salón hasta detenerse en Hinata, que conversaba con algunas esposas de empresarios. Ella era elegante, sí. Pero no era... intensa. No había esa energía caótica que solía llenar cada rincón de su vida anterior. Sasuke se sorprendió a sí mismo comparando el silencio de Hinata con el bullicio de Naruto, y sacudió la cabeza para alejar el pensamiento.
—¿Pasa algo, Sasuke? —preguntó su madre, Mikoto, acercándose con una sonrisa elegante.
—Nada. Solo el cansancio del trabajo —mintió él.
—Deberías estar feliz. Finalmente tienes la paz que tanto pedías cuando Naruto vivía aquí. Aquello era un circo, ¿no es cierto?
Sasuke miró su copa.
—Sí. Un circo.
Sin embargo, el destino, o quizás la crueldad de los negocios, decidió que los caminos de aquellos que habían sido separados por un contrato se cruzaran una vez más esa noche.
La cena a la que Naruto había sido obligado a asistir se celebraba en el mismo hotel de lujo donde los Uchiha festejaban su nueva alianza. Naruto caminaba por los pasillos alfombrados, con la cabeza baja, siguiendo los pasos firmes de Minato.
—Escúchame bien, Naruto —le siseó su padre al oído antes de entrar al salón VIP—. No abras la boca a menos que sea para saludar. Son clientes extranjeros. No quiero que piensen que mi hijo es un retrasado mental. Sonríe y quédate quieto.
—Sí, papi —susurró Naruto, con la voz temblorosa.
Al salir al balcón del salón para tomar un poco de aire y escapar de las miradas juiciosas de su padre, Naruto se encontró de frente con la figura que protagonizaba todos sus sueños y pesadillas.
Sasuke estaba allí, fumando un cigarrillo, mirando hacia las luces de la ciudad. El encuentro fue tan repentino que el aire pareció desaparecer del lugar.
—¿Naruto? —La voz de Sasuke sonó más profunda de lo que el rubio recordaba.
Naruto se quedó paralizado. Sus ojos azules se llenaron de lágrimas al instante. Ahí estaba su Sasu-chan. El hombre que lo había desechado como basura, pero al que él seguía amando con la desesperación de un náufrago.
—S-Sasu-chan... —El diminutivo salió de sus labios antes de que pudiera evitarlo.
Sasuke lo recorrió con la mirada. Naruto estaba extremadamente delgado, sus mejillas ya no eran redondas y sus ojos tenían unas ojeras profundas. No había rastro del niño alegre que lo recibía con besos ruidosos. En su lugar, había una sombra, un cascarón vacío.
—Estás... diferente —dijo Sasuke, apagando el cigarrillo con parsimonia. Su tono era seco, pero había una nota de extrañeza en él.
—Papi dice que ahora soy un niño serio —respondió Naruto, bajando la mirada y jugueteando con sus dedos—. ¿Tú estás feliz, Sasu-chan? ¿La nueva señora te da muchos besitos?
Sasuke sintió una punzada de irritación, o tal vez era algo más oscuro, algo parecido a la culpa que se negaba a reconocer.
—Hinata es una mujer adecuada —respondió Sasuke con frialdad—. No se comporta como una criatura de cinco años. Mi casa finalmente está en orden.
Naruto asintió, con las lágrimas rodando por sus mejillas.
—Qué bueno... —sollozó—. Yo... yo quería ser adecuada también. Pero mi pancita está rota. Perdón por estar roto, Sasu-chan.
Sasuke dio un paso hacia él, impulsado por un instinto que no comprendía. Al ver que Sasuke se acercaba, Naruto retrocedió por instinto, encogiéndose de hombros como si esperara un golpe.
—No me pegues... voy a ser bueno... —susurró Naruto, cubriéndose la cabeza con los brazos.
Sasuke se detuvo en seco. El corazón le dio un vuelco violento. Él nunca le había pegado a Naruto, pero ver que el rubio ahora reaccionaba con ese terror visceral ante su presencia le hizo comprender lo que los Uzumaki le estaban haciendo al chico.
—¿Quién te pega, Naruto? —preguntó Sasuke, su voz volviéndose peligrosamente baja.
Antes de que Naruto pudiera responder, la puerta del balcón se abrió y Minato Uzumaki apareció con el rostro congestionado por la rabia.
—¡Naruto! ¡Te dije que no te movieras de tu sitio! —Minato vio a Sasuke y su expresión cambió a una de falsa cordialidad—. ¡Oh, Sasuke! Disculpa las molestias. Mi hijo todavía no aprende a comportarse en sociedad. Es una vergüenza, de verdad.
Minato tomó a Naruto del brazo con una fuerza excesiva, haciendo que el chico soltara un pequeño quejido de dolor.
—Nos retiramos. No queremos arruinar tu noche con la presencia de alguien tan... inútil —dijo Minato, tironeando de Naruto hacia la salida.
Naruto no opuso resistencia. Se dejó arrastrar, pero antes de desaparecer tras la puerta, giró la cabeza y miró a Sasuke. No había reproche en su mirada, solo una adoración triste y eterna.
—Adiós, Sasu-chan... —susurró con los labios, sin emitir sonido.
Sasuke se quedó solo en el balcón. El silencio que tanto había deseado ahora se sentía como una losa de cemento sobre sus hombros. Entró de nuevo al salón principal, donde Hinata lo esperaba con una sonrisa suave y contenida.
—¿Sasuke-kun? ¿Está todo bien? —preguntó ella, poniendo una mano delicada sobre su brazo.
Sasuke miró la mano de Hinata. Era una mano perfecta, con una manicura impecable. Pero no era la mano que buscaba sus dedos con timidez, ni la mano que le ofrecía galletas con formas extrañas.
—Sí —respondió Sasuke, aunque por primera vez en su vida, la palabra sonó como una mentira—. Todo está perfectamente bajo control.
Esa noche, Sasuke regresó a su mansión perfecta. Durmió al lado de su esposa perfecta. Pero en la oscuridad de la madrugada, se despertó sobresaltado, con el eco de una voz infantil resonando en sus oídos, pidiéndole perdón por estar "roto".
Se levantó y fue hacia el despacho, donde guardaba los informes de la empresa. En un cajón oculto, encontró algo que sus empleados no habían quemado: un pequeño lazo naranja que Naruto solía usar en su muñeca.
Sasuke lo apretó en su puño.
Él tenía el éxito, tenía el heredero en camino, tenía el respeto de todos. Tenía todo lo que el contrato exigía. Entonces, ¿por qué sentía que en ese balcón, al ver a Naruto romperse en mil pedazos, él también había perdido algo que ninguna fortuna podría volver a comprar?
La frialdad de los Uchiha era famosa, pero esa noche, por primera vez, Sasuke descubrió que el hielo no solo protege, sino que también termina por matar todo lo que toca. Y él, con su ambición y su sequedad, había matado al único ser que lo había amado sin pedirle nada más que un poco de azúcar en el café y un beso antes de dormir.
Miró por la ventana hacia la ciudad oscura y, por un instante, el gran empresario multimillonario deseó que el tiempo retrocediera, solo para poder decirle a ese chico tierno y sensible que, tal vez, estar "roto" no era el fin del mundo, si tan solo él hubiera tenido el valor de ser un poco menos frío.
Pero el contrato estaba firmado, el heredero estaba pactado y Naruto Uzumaki no era más que un fantasma de papel en un nido de oro y cenizas.