Inoc3nte
Ecos de una luna de miel amarga
La mansión Jeon, tras la partida de los recién casados, se sumió en un silencio sepulcral que resultaba más aterrador que el bullicio de la boda. Para Yoongi, cada pasillo vacío era un recordatorio de la ausencia de Jungkook, y cada rincón impecable que debía limpiar era un altar a su propia miseria. Habían pasado dos semanas desde que el coche negro se alejó hacia el aeropuerto, y Yoongi apenas comía, moviéndose por la casa como un espectro que el resto del personal prefería ignorar.
Sus manos estaban agrietadas por el uso excesivo de productos de limpieza. Se había obsesionado con la habitación de Jungkook, que ahora era técnicamente la suite matrimonial. Aunque le habían prohibido entrar allí mientras los señores no estaban, Yoongi aprovechaba los momentos en que la estricta ama de llaves descansaba para colarse con su plumero y su balde. Necesitaba oler las sábanas, necesitaba tocar la madera del escritorio donde Jungkook firmaba sus sentencias de muerte y sus contratos millonarios.
Una tarde, mientras pulía los pomos de oro de la puerta principal, escuchó el rumor de voces en el vestíbulo. Los padres de Jungkook, Jeon Junghyun y su esposa, caminaban con paso firme, destilando una elegancia que a Yoongi siempre le había parecido venenosa.
—Ese chico todavía está aquí —comentó la madre de Jungkook, deteniéndose a pocos metros de Yoongi. No lo miró a la cara; sus ojos se posaron en sus zapatos sucios—. Me sorprende que Jungkook no lo haya desechado por completo después de la boda. Es una presencia antiestética.
—Es útil para limpiar los rincones que nadie quiere tocar, querida —respondió el padre con una voz profunda y carente de emoción—. Además, mantenerlo aquí bajo nuestro control es mejor que dejarlo suelto. Jungkook tiene una debilidad por las cosas rotas, pero se le pasará ahora que tiene a una mujer de verdad a su lado.
Yoongi bajó la vista, apretando el trapo húmedo contra su pecho. El corazón le dolía tanto que a veces pensaba que se detendría por puro cansancio.
—¿Cuándo regresan? —preguntó la mujer, ajustándose un broche de diamantes.
—Mañana por la mañana. Jungkook llamó desde Italia. Dice que la Luna de Miel ha sido... productiva. Los Lee están encantados con la unión.
Yoongi sintió un mareo súbito. Mañana. Jungkook volvía mañana. Una chispa de alegría enferma brotó en su interior, eclipsando por un momento el dolor de saber que volvía con ella. No le importaba el desprecio, no le importaba ser invisible; solo quería verlo.
Esa noche, Yoongi no durmió. Se quedó en su pequeño cuarto de servicio, una habitación sin ventanas en el sótano que olía a humedad y a soledad. Se lavó el cabello con esmero, usando el poco jabón perfumado que le quedaba, y remendó su uniforme gris para que no tuviera ni una sola arruga. Quería verse bien. Quería que, si por un milagro Jungkook posaba sus ojos en él, no viera solo a un criado, sino al chico que alguna vez besó con una pasión que no podía ser del todo mentira.
Al amanecer, la mansión se transformó en un hervidero de actividad. Se prepararon banquetes de bienvenida y se llenaron los jarrones con flores frescas que hacían que Yoongi recordara su pequeña casa de campo. Él fue asignado a la entrada lateral, la que usaba el servicio para recibir el equipaje.
Cuando el convoy de vehículos negros entró por el portón principal, Yoongi sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Se puso firme, con las manos entrelazadas a la espalda, bajando la cabeza como le habían enseñado.
La puerta del coche principal se abrió. Primero bajó Jungkook, luciendo un bronceado ligero y una expresión de aburrimiento aristocrático. Luego, extendió la mano para ayudar a bajar a su esposa. Ella reía, luciendo un sombrero de ala ancha y un vestido de lino que gritaba riqueza.
—Bienvenidos, señores —coreó el personal al unísono.
Yoongi se atrevió a levantar la vista justo cuando ellos pasaban por su lado. Jungkook caminaba con paso decidido, pero al llegar a la altura de Yoongi, sus pasos flaquearon apenas un milímetro. Sus miradas se encontraron por un segundo que pareció durar una eternidad. Los ojos de Jungkook eran pozos oscuros, ilegibles, pero Yoongi creyó ver en ellos una chispa de irritación... o quizás de algo más profundo que el mafioso se negaba a admitir.
—¡Kook! —susurró Yoongi, tan bajo que solo el viento pudo escucharlo.
Jungkook no respondió. Siguió de largo, entrando en la calidez de su hogar con su esposa colgada de su brazo.
El resto del día fue un suplicio. Yoongi tuvo que cargar maletas pesadas llenas de regalos y ropa nueva hasta la suite matrimonial. Mientras desempacaba bajo la supervisión de la doncella personal de la señora Jeon, vio cosas que lo destrozaron: lencería de seda fina, joyas nuevas, fotografías de la pareja sonriendo frente al Coliseo. Cada objeto era un clavo más en el ataúd de sus esperanzas.
—Puedes retirarte, muchacho —le dijo la doncella—. El señor Jeon quiere estar solo con su esposa ahora. Van a descansar antes de la cena.
Yoongi asintió y salió de la habitación, pero no regresó al sótano. Se quedó en el pasillo, oculto tras una de las grandes cortinas de terciopelo, esperando. Sabía que Jungkook solía ir al despacho a fumar antes de las cenas importantes.
Efectivamente, una hora después, la puerta de la suite se abrió. Jungkook salió solo, sin la chaqueta del traje, con la camisa desabrochada en el cuello. Se veía cansado, pero su aura de poder seguía siendo abrumadora. Caminó hacia el despacho y entró, cerrando la puerta tras de sí.
Yoongi, movido por una desesperación que superaba a su miedo, se acercó a la puerta y llamó suavemente.
—¿Quién es? —preguntó la voz ronca de Jungkook desde el interior.
—Soy... soy yo, señor. Yoongi. Traigo agua fresca para su escritorio.
Hubo un silencio prolongado. Yoongi contuvo el aliento, temiendo que le gritara que se fuera.
—Pasa —dijo finalmente Jungkook.
Yoongi entró con las manos temblorosas. El despacho estaba en penumbra, iluminado solo por la luz de un ocaso que se filtraba por los ventanales. Jungkook estaba sentado tras su escritorio de caoba, con un vaso de whisky en la mano y un cigarrillo encendido en la otra.
—Déjala ahí y vete —ordenó Jungkook sin mirarlo.
Yoongi dejó la jarra de cristal sobre la mesa, pero sus pies se negaron a moverse hacia la salida. Se quedó allí, de pie en el centro de la alfombra persa, mirando al hombre que era su cielo y su infierno.
—Señor... —empezó Yoongi, su voz cargada de una ternura que no podía ocultar—. ¿Ha tenido un buen viaje?
Jungkook soltó una carcajada amarga, dejando escapar una nube de humo.
—¿Un buen viaje? He cumplido con mis obligaciones, Yoongi. He hecho lo que se esperaba de mí. ¿Es eso lo que quieres oír?
—Yo solo... lo extrañé mucho —dijo Yoongi, dando un paso valiente hacia el escritorio—. La casa se sentía tan vacía sin usted. No pude dejar de pensar en lo que me dijo aquel día en la casita... que yo no era nadie. Pero sigo aquí. He vuelto por usted.
Jungkook dejó el vaso con un golpe seco sobre la madera y se puso de pie. Su altura era intimidante, y la forma en que su sombra se proyectaba sobre el pequeño cuerpo de Yoongi lo hacía parecer aún más frágil.
—¿Por qué eres tan persistente? —preguntó Jungkook, rodeando el escritorio para quedar frente a él—. Te di dinero. Te di una salida. Podrías haberte ido a otra ciudad, empezar de nuevo, buscar a alguien que no te trate como yo lo hago. ¿Por qué prefieres limpiar mis suelos y ver cómo beso a otra mujer?
Yoongi levantó la cabeza, dejando que las lágrimas rodaran libremente por sus mejillas pálidas.
—Porque usted me salvó —respondió Yoongi con una devoción que rozaba la locura—. Porque antes de usted, yo no era nada. Si me voy, vuelvo a ser esa nada. Prefiero ser su criado, prefiero que me ignore, a no tenerlo cerca. Si usted quiere que sea su sombra, seré la sombra más fiel que haya tenido nunca.
Jungkook lo tomó del mentón, obligándolo a mirarlo. Su agarre no era suave; sus dedos se hundían en la piel de Yoongi, marcándola.
—Eres un masoquista, Yoongi —siseó Jungkook—. ¿Sabes lo que dicen de ti en esta casa? Que eres el juguete roto que no sabe cuándo dejar de funcionar. Mi esposa sabe quién eres. Mis padres saben quién eres. Solo estás aquí para que todos puedan ver lo bajo que caíste.
—No me importa lo que digan —susurró Yoongi, cerrando los ojos ante el contacto, aunque fuera doloroso—. Solo me importa lo que usted piense. ¿Todavía me odia tanto?
Jungkook no respondió de inmediato. Sus ojos recorrieron el rostro de Yoongi, deteniéndose en sus labios, que temblaban levemente. Por un instante, la máscara de frialdad del mafioso pareció agrietarse. Había una tensión eléctrica en el aire, una mezcla de odio, deseo y una posesividad tóxica que ninguno de los dos podía nombrar.
—No te odio, Yoongi —dijo Jungkook, su voz bajando a un tono peligroso—. El odio requiere un sentimiento que no estoy dispuesto a gastar en ti. Eres una molestia. Una mancha en mi vida perfecta.
—Entonces... límpieme —rogó Yoongi, pegando su cuerpo al de Jungkook, buscando el calor que le había faltado durante semanas—. Úseme como antes. Si soy una mancha, que sea su mancha. No me deje solo otra vez.
Jungkook soltó un suspiro pesado, una mezcla de irritación y una rendición oscura. Agarró a Yoongi por la cintura y lo atrajo hacia él con una violencia que hizo que el chico soltara un pequeño gemido de sorpresa.
—Si te quedas, Yoongi, será bajo mis reglas —advirtió Jungkook, su rostro a milímetros del suyo—. No habrá caricias frente a los demás. No habrá palabras dulces. Serás mi secreto más sucio en esta casa llena de gente "decente". Tendrás que ver cómo duermo con ella, cómo le doy el lugar que tú nunca tendrás. ¿Puedes soportar eso?
—Puedo soportar cualquier cosa si al final del día me permites estar así, cerca de ti —respondió Yoongi, rodeando el cuello de Jungkook con sus brazos delgados—. Soy tuyo, Kook. Haz lo que quieras conmigo.
Jungkook no esperó más. Capturó los labios de Yoongi en un beso que no tenía nada de la elegancia de su boda. Era un beso hambriento, cruel, lleno de una desesperación que Jungkook se negaba a admitir incluso a sí mismo. Yoongi respondió con todo su ser, entregándose a la destrucción que sabía que este hombre representaba.
Mientras estaban allí, en la penumbra del despacho, Yoongi se sintió vivo por primera vez en semanas. No le importaba la esposa que esperaba en la suite, ni los padres que lo despreciaban, ni el uniforme gris que yacía arrugado entre ellos. En ese momento, solo existía el aroma a tabaco de Jungkook y el sabor amargo del whisky en su lengua.
De repente, un golpe en la puerta los sobresaltó.
—¿Jungkook? ¿Cariño? La cena está servida —la voz de la esposa de Jungkook sonó clara y melodiosa desde el pasillo.
Jungkook se separó de Yoongi al instante, su expresión volviendo a ser la máscara de piedra de siempre. Se arregló la camisa y pasó una mano por su cabello, borrando cualquier rastro del encuentro.
—Vete por la puerta del servicio —ordenó Jungkook en un susurro frío—. Y límpiate la cara. Pareces un desastre.
Yoongi asintió, recogiendo la jarra de agua con manos temblorosas. Su corazón latía con fuerza, una mezcla de triunfo y agonía.
—Sí, señor Jeon —dijo Yoongi, bajando la cabeza.
Salió por la pequeña puerta oculta tras una estantería justo cuando la esposa de Jungkook entraba por la puerta principal. Desde las sombras del pasillo de servicio, Yoongi pudo ver cómo ella se acercaba a Jungkook, dándole un beso casto en la mejilla y arreglándole el cuello de la camisa que Yoongi acababa de desordenar.
—Te ves cansado, amor —dijo ella con dulzura—. El viaje fue largo, pero valió la pena, ¿verdad?
—Sí —respondió Jungkook, y por un segundo su mirada se desvió hacia la puerta por donde Yoongi acababa de desaparecer—. Valió la pena.
Yoongi caminó por los pasillos oscuros hacia su habitación en el sótano. El billete que Jungkook le había dado el día de la boda seguía en su bolsillo, ahora arrugado y olvidado. Se sentó en su cama pequeña y se abrazó a sí mismo, sintiendo el calor del beso de Jungkook todavía quemando sus labios.
Sabía que su vida sería un infierno de ahora en adelante. Sabía que cada día tendría que ver la felicidad de la "pareja perfecta" mientras él esperaba en las sombras por una migaja de atención. Pero mientras se acostaba en la oscuridad, una sonrisa triste y sumisa apareció en su rostro.
—Soy su secreto —susurró Yoongi al aire frío—. Soy lo único real que tiene en esta casa de mentiras.
Para Yoongi, las cadenas no eran de hierro, sino de una seda invisible que Jungkook apretaba cada vez más. Y él, en su amor enfermo y absoluto, no quería ser liberado. Prefería morir asfixiado por ese amor que vivir un solo día en la libertad de un mundo donde Jungkook no fuera su dueño.
La noche cayó sobre la mansión Jeon, ocultando bajo sus techos de lujo una red de traiciones, deseos prohibidos y una devoción que no conocía límites. En la suite principal, Jungkook brindaba con su esposa por un futuro brillante, mientras en el sótano, Yoongi cerraba los ojos, soñando con el próximo momento en que su dueño decidiera que necesitaba ensuciarse las manos con su mancha favorita. El juego había comenzado de nuevo, y en este tablero, Yoongi ya había entregado su reina, su rey y su propia vida, solo por el derecho de seguir siendo la sombra a los pies de Jeon Jungkook.