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Inoc3nte

El eco de las campanas rotas y el perfume de la traición

Los meses en la mansión Jeon se convirtieron en un ciclo de agonía y éxtasis que Yoongi aceptó con la sumisión de un mártir. Su vida se redujo a los espacios negativos de la casa: las sombras de los pasillos de servicio, el silencio de la madrugada y los encuentros furtivos en el despacho de Jungkook cuando la señora Jeon dormía o asistía a sus interminables eventos de caridad. Jungkook era un dueño implacable; lo reclamaba con una urgencia que rozaba el odio, marcando su piel pálida con dedos que nunca sabían ser suaves, para luego ignorarlo por completo durante días. Yoongi, sin embargo, atesoraba cada moretón y cada palabra cortante como si fueran pétalos de una rosa rara. En su mente herida, si Jungkook se tomaba el tiempo de lastimarlo, era porque aún lo veía.

—No te muevas —le ordenó Jungkook una noche, mientras Yoongi estaba arrodillado frente a él en la penumbra de la biblioteca—. Eres tan frágil que a veces olvido por qué sigo permitiendo que respires el mismo aire que yo.

—Porque me necesitas —susurró Yoongi, inclinando la cabeza para exponer su cuello, ofreciéndose como un sacrificio—. Porque ella no te conoce como yo. Ella ama al heredero, pero yo amo al hombre que tiene las manos manchadas de sangre.

Jungkook lo tomó del cabello, obligándolo a mirarlo. Sus ojos oscuros brillaron con una mezcla de furia y algo que se parecía peligrosamente al deseo, pero que él siempre camuflaba con desprecio.

—No te equivoques, Yoongi. Ella es mi esposa, la madre de mi linaje. Tú eres... un hábito sucio que no he podido dejar. Nada más.

Yoongi sonrió, aunque sus ojos estaban llenos de lágrimas. Esas palabras, que habrían matado a cualquier otra persona, eran su único consuelo. Ser un "hábito" significaba que Jungkook volvía a él. Una y otra vez.

Sin embargo, el frágil equilibrio de su infierno personal se hizo añicos una mañana de primavera. La mansión estaba inusualmente agitada. Los criados corrían de un lado a otro con bandejas de plata, y el ama de llaves lucía una expresión de triunfo que Yoongi no comprendía. Cuando entró en el comedor principal para recoger los restos del desayuno, se encontró con una escena que congeló su sangre.

Jungkook estaba sentado a la cabecera, pero no tenía su habitual expresión gélida. Su esposa, sentada a su lado, le sostenía la mano con una ternura radiante. Frente a ellos, los padres de Jungkook brindaban con champán a pesar de que apenas eran las diez de la mañana.

—Es la mejor noticia que hemos recibido en años —decía la madre de Jungkook, con una voz que destilaba un orgullo casi real—. Un heredero. Por fin, la familia Jeon tendrá su continuidad asegurada.

Yoongi sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies. El trapo que sostenía cayó al suelo con un sonido sordo, pero nadie lo notó. Estaban demasiado ocupados celebrando.

—Estamos muy felices —murmuró la esposa de Jungkook, llevando una mano a su vientre aún plano—. Jungkook ha sido tan atento desde que se lo dije anoche.

Yoongi miró a Jungkook, buscando desesperadamente una señal, una mirada de disculpa, un rastro de la frialdad que compartían en secreto. Pero Jungkook no lo miró. Jungkook estaba mirando el vientre de su esposa con una expresión de posesión absoluta. No era solo un negocio; era su sangre, su futuro, algo que Yoongi, por su naturaleza y su posición, jamás podría darle.

—¿Qué haces ahí parado como un idiota? —La voz del padre de Jungkook lo sacó de su estupor—. Recoge eso y lárgate. No queremos que tu cara de lástima arruine este momento.

Yoongi se agachó mecánicamente, recogiendo el trapo con dedos que no sentía. Salió del comedor con la cabeza baja, pero antes de cruzar la puerta, escuchó la risa de Jungkook. Era una risa genuina, una que nunca había escuchado en la intimidad de sus encuentros. Era la risa de un hombre que tenía todo lo que quería.

Corrió hacia el sótano, hacia su pequeña habitación, y cerró la puerta con llave. Se desplomó sobre la cama y rompió a llorar. No fue un llanto silencioso y sumiso como los anteriores; fue un alarido de agonía pura, el sonido de un alma que finalmente se daba cuenta de que estaba muerta. Durante meses se había engañado a sí mismo pensando que era el "secreto" especial, la "mancha" necesaria. Pero esto... esto era definitivo. Un hijo significaba un vínculo que él nunca podría romper. Significaba que Jungkook ya no solo tenía una esposa por contrato, sino una familia por elección.

Pasaron las horas y Yoongi no salió a trabajar. El ama de llaves golpeó su puerta varias veces, gritando amenazas, pero él no respondió. Estaba sentado en el suelo, mirando la maleta vieja que Jungkook le había dado cuando lo echó de la casita de campo. Todavía tenía algo de dinero en el sobre, el dinero que se había negado a tocar porque representaba su libertad, y él solo quería ser esclavo.

—Qué estúpido soy —susurró Yoongi, su voz rota por el llanto—. Qué estúpido...

Unos pasos pesados se detuvieron frente a su puerta. Yoongi reconoció el ritmo. Era él. La cerradura crujió y la puerta se abrió de golpe. Jungkook entró, llenando el espacio con su presencia imponente, pero esta vez Yoongi no sintió el habitual vuelco en el corazón. Solo sintió un vacío frío y vasto.

—¿Qué demonios crees que haces? —preguntó Jungkook, cerrando la puerta tras de sí—. El ama de llaves dice que te has negado a salir. ¿Crees que porque tuvimos un momento anoche tienes derecho a faltar a tus obligaciones?

Yoongi levantó la vista. Sus ojos estaban rojos, hinchados, y su rostro estaba pálido como la cera. No se levantó.

—Está embarazada —dijo Yoongi, su voz apenas un hilo.

Jungkook se tensó. Su expresión se volvió defensiva, más dura que nunca.

—¿Y qué si lo está? Te dije que ella es mi esposa. Esto era lo que tenía que pasar. No cambia nada entre nosotros.

—Lo cambia todo —replicó Yoongi, poniéndose de pie con dificultad. Sus piernas temblaban, pero su mirada era fija—. Cambia que ahora ella no es solo un papel. Ella es la madre de tu hijo. Y yo... yo sigo siendo el chico que limpia tus suelos y que usas cuando estás aburrido. Pensé que podía soportarlo, Jungkook. Pensé que si era lo suficientemente sumiso, si aguantaba tus golpes y tus desprecios, algún día verías que nadie te ama como yo. Pero hoy me di cuenta de algo.

—¿De qué? —preguntó Jungkook, dando un paso hacia él, tratando de recuperar el control mediante la intimidación física.

—De que nunca seré suficiente —dijo Yoongi, y una lágrima solitaria rodó por su mejilla—. No importa cuánto me rompa, no importa cuánto sangre por ti. Tú nunca me vas a elegir. Y yo no puedo quedarme aquí a ver cómo ese niño crece. No puedo ver cómo lo amas a él de la forma en que yo siempre soñé que me amaras a mí.

Jungkook soltó una risa seca, pero no llegó a sus ojos.

—¿Y a dónde vas a ir, Yoongi? No tienes a nadie. Fuera de estas paredes, te morirás de hambre en una semana. Eres débil, eres infantil. Me necesitas para sobrevivir.

—Prefiero morirme de hambre siendo nadie, que morirme de dolor siendo tuyo —respondió Yoongi con una firmeza que sorprendió incluso a Jungkook.

Yoongi caminó hacia la cama y tomó la maleta. No tenía mucho que empacar. Unos pocos cambios de ropa, el jarrón de cerámica roto que había pegado con cuidado durante sus noches de soledad, y el sobre con dinero.

—No te vas a ir —dijo Jungkook, bloqueando la puerta. Sus manos se cerraron en puños—. Yo decido cuándo terminamos. Y yo no he dicho que te vayas.

—Renuncio, Jungkook —dijo Yoongi, usando su nombre sin honoríficos por primera vez en meses—. Ya no soy tu criado. Y ya no soy tu juguete.

—¡Si cruzas esa puerta, Yoongi, te juro que te arrepentirás! —gritó Jungkook, su voz retumbando en la pequeña habitación—. ¡No dejaré que me dejes! ¡Tú me perteneces!

Yoongi se acercó a él. No había miedo en su rostro, solo una tristeza infinita. Levantó una mano y, por primera vez, fue él quien acarició la mejilla de Jungkook. El mafioso se quedó helado ante el contacto, una vulnerabilidad momentánea cruzando sus facciones.

—Siempre seré tuyo, Kookie —susurró Yoongi—. Ese es mi castigo. Pero tú... tú ya no eres mío. Nunca lo fuiste. Solo fui un niño tonto que se enamoró de su captor.

Yoongi lo empujó suavemente. Jungkook, en un estado de shock que no podía procesar, se hizo a un lado. Yoongi abrió la puerta y salió al pasillo. No miró atrás. Caminó por los pasillos de servicio, subió las escaleras y salió por la puerta trasera de la mansión.

El aire exterior estaba fresco, cargado con el aroma de la lluvia que amenazaba con caer. Yoongi caminó por el sendero de grava, el mismo que había limpiado tantas veces. Cuando llegó a los grandes portones de hierro, se detuvo por un segundo. Miró hacia la mansión, esa jaula de oro donde había dejado su corazón y su juventud.

Vio a Jungkook en el balcón de su despacho, mirando hacia abajo. Estaba inmóvil, una figura solitaria rodeada de una riqueza que no podía comprar lo que acababa de perder. Por un breve momento, Yoongi quiso correr de vuelta, arrodillarse a sus pies y pedirle perdón. Pero luego recordó la risa de Jungkook en el comedor, la risa por un hijo que él nunca podría darle, y siguió caminando.

Cruzó el umbral de los portones y salió a la carretera principal. No tenía un plan, no tenía un destino. Solo sabía que el infierno de lavanda y seda se había terminado.

Caminó durante kilómetros hasta que sus pies le dolieron y la lluvia comenzó a empapar su ropa. Se sentó en un banco de madera en una parada de autobús desierta, abrazando su maleta contra el pecho. El llanto volvió, pero esta vez fue diferente. Era un llanto de liberación, un desgarro que sacaba todo el veneno que había acumulado durante años.

—Soy libre —se dijo a sí mismo, aunque las palabras sonaran extrañas en su boca—. Soy libre.

Pero mientras miraba hacia el horizonte gris, Yoongi sabía que la libertad era un concepto relativo. Sus manos aún sentían el calor de la piel de Jungkook, y su mente seguía repitiendo cada insulto y cada beso como una letanía. Jungkook lo había sacado de la pobreza para meterlo en una miseria mucho más profunda: la de amar a alguien que solo sabe destruir.

Sacó el sobre con dinero y lo miró. Esta vez, no vio una cadena; vio un puente. Usaría ese dinero, el dinero del hombre que lo rompió, para reconstruirse en algún lugar donde el nombre de los Jeon no fuera más que un susurro lejano.

En la mansión, Jungkook regresó a su despacho y cerró la puerta con llave. Se sirvió un whisky, pero el sabor le resultó ceniciento. Miró el escritorio donde Yoongi se había entregado a él tantas veces, y por primera vez en su vida, sintió que el silencio de la casa era insoportable. Tenía una esposa hermosa, un hijo en camino y un imperio a sus pies, pero el vacío que Yoongi había dejado era un agujero negro que amenazaba con devorarlo todo.

—Vuelve, maldito idiota —susurró Jungkook a la oscuridad, golpeando el escritorio con el puño—. Vuelve y dime que me amas.

Pero no hubo respuesta. Solo el sonido de la lluvia golpeando los cristales.

Yoongi, a kilómetros de allí, subió al primer autobús que se detuvo. No preguntó a dónde iba; solo pagó su pasaje y se sentó junto a la ventana. Mientras el vehículo se alejaba de la ciudad, Yoongi cerró los ojos y se imaginó un campo de flores silvestres que no pertenecían a nadie, un lugar donde el sol no quemara y donde los besos no supieran a sangre.

Su infierno había terminado, pero las cicatrices quedarían para siempre. Yoongi era un chico tierno, amable e infantil que había aprendido de la manera más cruel que el amor no siempre salva; a veces, el amor es simplemente la cadena más bonita de todas. Y mientras el autobús se perdía en la noche, Yoongi finalmente soltó la seda, dejando que el viento se llevara los restos de un corazón que, aunque roto, por fin empezaba a latir por sí mismo.