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into you

Ecos en el vacío

El silencio en la habitación de Jimin era tan espeso que podía sentirse en la piel, una presión sofocante que ni siquiera el aire acondicionado a máxima potencia lograba disipar. Estaba sentado en el borde de su cama, rodeado de bolsas de compras de diseñador que ni siquiera se había molestado en abrir. El encuentro en el callejón, aquel beso robado entre las sombras y el olor a tabaco de Jungkook, seguía quemando sus labios como si fuera ácido.

—¿En qué te has convertido, Jimin? —se susurró a sí mismo, mirando su reflejo en el gran espejo de cuerpo entero.

El chico que le devolvía la mirada parecía un extraño. Tenía los ojos apagados, el cabello rubio ligeramente despeinado y una expresión de derrota que ninguna crema facial costosa podría ocultar. Había pasado las últimas cuarenta y ocho horas fingiendo ser el novio perfecto de Mingyu, permitiendo que el atleta lo exhibiera en redes sociales y en las mesas más exclusivas de la facultad. Pero cada vez que Mingyu lo tocaba, Jimin sentía un escalofrío de repulsión que tenía que enmascarar con una sonrisa ensayada.

El sonido de su teléfono rompió el silencio. Era un mensaje en el grupo de "la élite".

*Yeri: "¡Chicos! ¿Vieron las fotos de la práctica de hoy? Jungkook y Sana se ven tan bien juntos. Definitivamente, el amor está en el aire en el campus".*

Jimin sintió una punzada en el estómago. Abrió la foto adjunta. Jungkook estaba sentado en el césped, con la cabeza apoyada en el regazo de Sana mientras ella le acariciaba el cabello. Jungkook tenía los ojos cerrados, una expresión de paz que Jimin no le había visto en semanas. No era la mirada de alguien que está jugando; era la mirada de alguien que ha encontrado un refugio.

—Me está olvidando —jadeó Jimin, dejando caer el teléfono sobre el edredón—. De verdad me está dejando atrás.

La comprensión fue como un golpe físico. Había pensado que el beso en el callejón era un punto de inflexión, una señal de que Jungkook todavía estaba bajo su hechizo. Pero ahora se daba cuenta de la cruda realidad: Jungkook lo besó porque lo deseaba, pero lo dejó ir porque ya no lo respetaba.

***

Al día siguiente, la atmósfera en la universidad era insoportable. Jimin intentó evitar los lugares comunes, pero el destino —o su propia masoquismo— lo llevó directamente a la zona de los talleres de mecánica. Necesitaba verlo. Necesitaba confirmar que lo que sentía no era una alucinación.

Sin embargo, antes de llegar, una mano firme lo sujetó del brazo y lo arrastró hacia el hueco de una escalera.

—¿Qué demonios crees que haces viniendo aquí? —preguntó Yoongi, su voz era un susurro gélido.

Jimin se soltó con brusquedad, tratando de recuperar su dignidad.

—Solo estoy caminando, Yoongi. No sabía que los pasillos tenían dueño.

—No te hagas el idiota conmigo, Park —Yoongi dio un paso adelante, acortando la distancia. Aunque era más bajo que Jimin, su intensidad era intimidante—. He visto lo que estás haciendo. Estás usando a Mingyu para castigar a Jungkook, y luego vas y lo buscas en callejones oscuros para confundirlo. Déjalo en paz.

—Él también me besó —replicó Jimin, con la voz quebrada—. Él también siente esto.

—Claro que siente algo. Jungkook te amaba de una forma que tú ni siquiera puedes comprender —Yoongi soltó una risa amarga—. Pero lo que sientes tú no es amor, es posesión. No soportas que él sea feliz sin ti. No soportas que alguien como Sana, que no tiene tu apellido ni tu dinero, sea capaz de darle la paz que tú le robaste con tus dudas.

—¡Yo lo amo! —gritó Jimin, las lágrimas empezando a asomar—. Solo... tengo miedo.

—El miedo es una opción, Jimin. Y tú la eliges cada mañana al despertar. Jungkook ya no tiene miedo. Ha decidido que prefiere una vida sencilla con alguien real que una fantasía dolorosa contigo. Si de verdad lo amas, deja de ser el fantasma que lo persigue. Déjalo sanar.

Yoongi se dio la vuelta y se marchó, dejando a Jimin temblando en la penumbra de la escalera. Las palabras del pelinegro eran como verdades afiladas que le diseccionaban el corazón. ¿Era eso? ¿Era solo un capricho egoísta?

***

Esa tarde, la universidad organizó una gala benéfica en el jardín principal. Era el evento perfecto para que Jimin y Mingyu consolidaran su imagen de "pareja de oro". Jimin vestía un traje de seda azul noche que resaltaba su figura, y Mingyu no dejaba de presumirlo ante los donantes y profesores.

—Son la pareja más hermosa que ha pasado por esta institución en años —decía una de las decanas, sonriendo con complacencia.

—Gracias, señora —respondió Mingyu, apretando la cintura de Jimin—. Jimin es el diamante de esta universidad. Tengo mucha suerte de tenerlo.

Jimin sonreía hasta que le dolían las mejillas. Pero entonces, vio a un grupo de estudiantes de intercambio y becados entrar por la puerta lateral. No estaban vestidos de etiqueta, pero se les había permitido la entrada para ayudar con el servicio y la logística.

Entre ellos estaba Jungkook.

Llevaba una camisa blanca sencilla, con las mangas arremangadas revelando sus tatuajes, y unos pantalones oscuros. Estaba ayudando a cargar unas cajas de bebidas cerca de la barra. A su lado, Sana, vestida con un vestido sencillo pero elegante, le pasaba una toalla para que se limpiara el sudor de la frente.

Jimin no pudo evitarlo. Su mirada se quedó anclada en ellos. Vio cómo Jungkook le sonreía a Sana, una sonrisa pequeña y honesta, y cómo ella le susurraba algo que lo hacía reír. No había tensión, no había secretos, no había miedo al "qué dirán". Eran simplemente dos personas disfrutando de la compañía del otro.

—¿Jimin? —Mingyu tiró de su mano, sacándolo de su trance—. Ven, mi padre quiere saludarte. Es una oportunidad importante para tu futuro, ya sabes.

Jimin se dejó llevar, pero su mente estaba a kilómetros de distancia. Durante toda la noche, fue consciente de la presencia de Jungkook. Lo veía moverse por la periferia de la fiesta, siempre eficiente, siempre distante.

Cerca de la medianoche, cuando el alcohol y la fatiga empezaban a hacer mella en los invitados, Jimin logró escaparse de Mingyu bajo el pretexto de ir al baño. En lugar de eso, se dirigió hacia la zona de carga, detrás de las grandes carpas blancas.

Allí estaba Jungkook, sentado en un escalón de piedra, mirando hacia las estrellas. Estaba solo por un momento.

—Es una fiesta bonita, ¿verdad? —dijo Jimin, su voz apenas un susurro en la brisa nocturna.

Jungkook no se sobresaltó. Parecía haber esperado que Jimin apareciera en cualquier momento.

—Demasiado brillo para mi gusto —respondió Jungkook sin mirarlo—. Pero supongo que es exactamente donde perteneces, Park.

Jimin se acercó y se sentó a un metro de distancia de él. El contraste entre su traje de miles de dólares y la ropa de trabajo de Jungkook era la metáfora perfecta de su relación.

—Hablé con Yoongi hoy —comentó Jimin, mirando sus propias manos—. Me dijo que soy un egoísta. Que solo te busco porque no soporto que seas feliz.

Jungkook finalmente giró la cabeza. Sus ojos estaban cansados, despojados de la furia que había mostrado en el callejón. Solo quedaba una tristeza infinita.

—¿Y qué piensas tú? —preguntó Jungkook.

—Pienso que tiene razón —admitió Jimin, y sentir la verdad salir de su boca fue extrañamente liberador—. Pero también pienso que moriría por volver a esa noche en el aula de música. Antes de que todo se rompiera. Antes de que yo fuera tan cobarde.

—El problema, Jimin, es que el tiempo no retrocede —Jungkook suspiró, frotándose la nuca—. Esa noche en el callejón... el beso... fue una despedida. Para mí lo fue. Necesitaba saber si todavía sentía algo al tocarte.

El corazón de Jimin se detuvo.

—¿Y? ¿Qué sentiste?

Jungkook lo miró fijamente, y por un momento, Jimin vio al chico que lo adoraba, al chico que le escribía notas en servilletas y lo besaba como si el mundo se fuera a acabar.

—Sentí dolor —dijo Jungkook con una honestidad brutal—. Sentí el sabor de todas las veces que me soltaste la mano. Sentí la humillación de ser tu secreto. Y sentí que ya no quiero sentirme así nunca más. Sana me mira como si yo fuera suficiente, Jimin. No como si fuera un problema que tiene que ocultar.

—Yo puedo cambiar, Jungkook. Puedo dejar a Mingyu ahora mismo. Puedo gritarle a todo el mundo que te quiero.

—No lo harás —intervino Jungkook, levantándose—. Porque en cuanto la música pare y las luces se enciendan, volverás a tener miedo de perder tu corona. Y yo ya no estoy dispuesto a ser el pedestal que sostiene tu trono mientras tú me pisas.

Jungkook empezó a alejarse, pero Jimin se levantó de un salto, las lágrimas corriendo por su rostro sin control.

—¡Te amo, Jeon Jungkook! —gritó, su voz rompiéndose en el aire frío—. ¡Te amo más de lo que amo mi propia vida!

Jungkook se detuvo. Sus hombros se tensaron. Durante unos segundos que parecieron horas, Jimin esperó que se diera la vuelta, que corriera hacia él y lo abrazara, que le dijera que todavía había una oportunidad.

Pero Jungkook no se movió.

—Llegas tarde, Jimin —dijo Jungkook, sin mirar atrás—. Unos meses tarde.

El pelinegro siguió caminando hasta que desapareció entre las sombras de los árboles, dejando a Jimin solo en medio de la opulencia de la gala. La música de la orquesta seguía sonando a lo lejos, una melodía alegre que contrastaba cruelmente con el silencio que ahora habitaba en el pecho de Jimin.

***

Las semanas siguientes fueron un descenso lento y doloroso hacia el abismo. Jimin mantenía las apariencias, pero por dentro se estaba desmoronando. Mingyu empezó a notar su distancia, volviéndose más posesivo y controlador, lo que solo aumentaba la asfixia de Jimin.

—¿Qué te pasa últimamente? —le preguntó Mingyu una tarde, mientras estaban en la cafetería—. Estás en las nubes. La gente está empezando a hablar, dicen que ya no parecemos tan felices.

—Tal vez sea porque no lo somos, Mingyu —soltó Jimin, sin fuerzas para seguir fingiendo.

Mingyu dejó su café con un golpe seco, atrayendo las miradas de las mesas cercanas.

—Escúchame bien, Jimin. No he invertido todo este tiempo y esfuerzo en nuestra imagen para que ahora te pongas sentimental. Eres mi pareja. El mundo espera que estemos juntos, y eso es lo que vamos a hacer.

Jimin lo miró, y por primera vez, vio la vacuidad de su mundo. Mingyu no lo amaba; amaba lo que Jimin representaba. Era un espejo de su propia vanidad.

—Se acabó, Mingyu —dijo Jimin, su voz ganando una fuerza que no sabía que poseía—. No puedo seguir con esto.

—¿Te vas a ir con el mecánico? —se burló Mingyu, su rostro deformándose en una mueca de desprecio—. ¿Vas a tirar tu futuro por un becado que ya se ha buscado a otra? No seas patético. Si me dejas, te aseguro que tu reputación en esta universidad se irá a la basura. Yo controlo este lugar.

Jimin se levantó, sintiendo que un peso inmenso se levantaba de sus hombros.

—Adelante. Rómpelo todo. Ya no tengo nada que perder.

Caminó fuera de la cafetería bajo los murmullos de todos. Se sentía ligero, pero también terriblemente solo. Se dirigió hacia el taller de mecánica, con la esperanza desesperada de encontrar a Jungkook, de decirle que finalmente había sido valiente.

Pero cuando llegó, la escena que encontró fue el golpe final.

Jungkook estaba allí, junto a su motocicleta. Sana estaba sentada detrás de él, con sus brazos rodeando su cintura con confianza. Jungkook le estaba colocando el casco, ajustando la correa con una ternura que hizo que a Jimin se le encogiera el alma. Se reían de algo, una complicidad que no necesitaba palabras ni validación externa.

Jungkook levantó la mirada y vio a Jimin parado a unos metros. Por un instante, el tiempo se detuvo. Jimin quiso hablar, quiso decir "lo hice, dejé a Mingyu", pero las palabras se murieron en su garganta al ver la expresión de Jungkook.

No había triunfo. No había alivio. Solo había una distancia infranqueable. Jungkook le dedicó un asentimiento solemne, un reconocimiento silencioso de su presencia, y luego se subió a la moto. Arrancó el motor, el rugido llenando el espacio entre ellos, y se alejó con Sana, perdiéndose en el horizonte del campus.

Jimin se quedó allí, de pie en el asfalto caliente, mientras el polvo se asentaba. Había roto su jaula de cristal, sí. Había renunciado a su estatus y a su seguridad. Pero lo había hecho demasiado tarde.

El dolor que sintió no era como el de las películas; no era un estallido, sino un frío constante, una realización de que algunas cosas, una vez rotas, no pueden volver a unirse, sin importar cuánto pegamento se use.

—Te perdí —susurró Jimin, el viento llevándose sus palabras—. Realmente te perdí.

Se dejó caer de rodillas en el suelo, rodeado de la libertad que tanto había temido y que ahora, irónicamente, era lo único que le quedaba. El chico de oro ya no brillaba; solo era un joven rubio llorando en un estacionamiento vacío, dándose cuenta de que el precio de su cobardía había sido el único amor verdadero que alguna vez conocería.

A lo lejos, el eco de la motocicleta de Jungkook se desvanecía, marcando el final de una historia que pudo ser un incendio y terminó siendo solo cenizas. Jimin cerró los ojos, y por primera vez en su vida, no le importó quién lo viera llorar. El cristal se había roto, y aunque los pedazos le cortaban la piel, al menos ahora podía sentir algo real, aunque fuera el dolor más profundo de su existencia.