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Kimetsu no yaiba legacy

Furia del Sur y Sangre de Obsidiana

El jardín de la sede de los Pilares, que hasta hace un momento respiraba una tensión contenida pero civilizada, se transformó en un escenario de pesadilla. Sanemi Shinazugawa, con los ojos desorbitados y una sonrisa sádica, no se detuvo tras la primera estocada a la caja. Ignorando las advertencias y la presencia misma del Patrón, volvió a hundir su katana en la madera, buscando la carne de la demonio que se escondía dentro.

—¡Sal de ahí una vez! —rugió Sanemi, su voz cargada de un odio ancestral—. ¡Demuestra lo que eres, asquerosa criatura!

Tanjiro gritó, un sonido desgarrador que se ahogó en su propia impotencia. Pero a su espalda, algo se rompió. No fue solo el aire, sino el sonido de fibras de cáñamo estallando bajo una fuerza bruta inhumana.

Ronder, cuyos ojos habían pasado de ser sarcásticos a emitir un brillo volcánico, se puso de pie. Las cuerdas que lo ataban cayeron al suelo como hilos de coser inútiles. Nadie se había dado cuenta, ni siquiera la observadora Shinobu, de que el chico escondía algo más. De entre los pliegues de su ropa rústica, en un compartimento secreto que parecía desafiar las leyes del espacio, Ronder extrajo un arma que no pertenecía a este siglo ni a esta tierra: una macana erizada de cuchillas de obsidiana negra y fragmentos de jade pulido, tan afilada que el aire parecía sangrar a su paso.

—Ya me cansaste, payaso con cicatrices —dijo Ronder. Su voz ya no era la de un niño burlón; era el retumbar de un trueno antes de la tormenta.

Con un movimiento de muñeca que fue un borrón de velocidad, Ronder lanzó la pesada arma de obsidiana. Sanemi, cuyos instintos de pilar estaban en su punto máximo, apenas logró ladear la cabeza. El arma pasó rozando su oreja, silbando como un espíritu maligno, y continuó su trayectoria destructiva.

El impacto fue devastador. La macana atravesó una de las columnas de madera tallada de la mansión del Patrón como si fuera papel, astillando la estructura y provocando que un panel de techo se derrumbara. Pero lo peor fue el daño colateral: una de las cuchillas de jade se desprendió por la inercia y pasó a milímetros del rostro de uno de los hijos de Kagaya, el pequeño que sostenía la mano de su padre. Un mechón de cabello blanco cayó al suelo, cortado limpiamente.

El niño soltó un grito de puro terror que rompió el protocolo de la sede.

—¡Maldito bárbaro! —bramó Sanemi, cuya furia ahora era absoluta—. ¡Casi matas a la familia del Patrón! ¡Ustedes, los de esos pueblos... mapuches, o como sea que se llamen, no son más que salvajes que no conocen el honor! ¡Tu gente es basura que solo sabe vivir en el barro!

El silencio que siguió fue más pesado que la montaña misma. Tanjiro sintió un frío glacial emanar de Ronder. El chico extranjero bajó la cabeza, y cuando la levantó, sus ojos ya no eran humanos. Eran dos pozos de energía ancestral.

—¿Qué dijiste de mi pueblo? —preguntó Ronder, y el suelo bajo sus pies comenzó a agrietarse—. Mi pueblo... ¡MI PUEBLO NO SE TOCA!

Un estruendo sacudió la finca. De las grietas de la piedra, brotaron a una velocidad antinatural raíces gruesas y plantas carnívoras de colores exóticos y fauces llenas de espinas. Las enredaderas se lanzaron sobre Sanemi como serpientes hambrientas, enroscándose en sus piernas y brazos, inmovilizándolo contra el suelo antes de que pudiera usar su Respiración del Viento.

—¡Suéltenme! —gritaba Sanemi, forcejeando contra la vegetación que parecía tener voluntad propia.

Ronder extendió las manos, y una estática azulada comenzó a bailar entre sus dedos. El aire se cargó de ozono. Sus ojos comenzaron a brillar con una luz blanca cegadora, acumulando una energía que amenazaba con incinerar todo el jardín. Estaba a punto de lanzar un ataque que no era técnica de espada, sino pura magia de la tierra.

—¡Muere con tus insultos en la boca! —gritó Ronder, su voz multiplicada por un eco espiritual.

Justo antes de que los rayos láser de energía pura brotaran de sus ojos hacia la cabeza de Sanemi, una figura apareció detrás de él con la suavidad de un pétalo. Shinobu Kocho, con una expresión de seriedad absoluta que rara vez mostraba, no usó su espada. En su lugar, estrelló una botella de cerámica pesada, llena de un compuesto químico concentrado, directamente en la nuca de Ronder.

El impacto, sumado a los vapores sedantes que emanaron de la botella rota, cortó la conexión de Ronder con la naturaleza. Las plantas carnívoras se marchitaron instantáneamente y la luz en sus ojos se apagó. El chico se desplomó hacia adelante, cayendo en la inconsciencia una vez más.

***

Cuando Ronder abrió los ojos, no estaba en el suelo. Estaba sentado en una habitación amplia, con las manos libres pero rodeado por un círculo de Pilares que mantenían sus manos en las empuñaduras de sus katanas. Frente a él, a apenas tres metros, estaba Kagaya Ubuyashiki, el Patrón.

Sobre una pequeña mesa entre ellos, reposaban los restos de la macana de obsidiana y, de manera casi poética, el mechón de cabello cortado del hijo del Patrón.

—Has despertado —dijo Kagaya con su calma imperturbable—. Tienes una fuerza muy peligrosa, Ronder. Una que no conocíamos en estas tierras.

Ronder se frotó la nuca, sintiendo un chichón del tamaño de una manzana. Miró a su alrededor, viendo las miradas de odio de Iguro y Sanemi, la curiosidad de Shinobu y algo nuevo en los ojos de la chica de cabello rosado y verde.

—Me duele hasta el alma —masculló Ronder, tratando de recuperar su tono sarcástico—. ¿Quién me pegó con la vajilla? Fue poco elegante.

—Fue necesario —respondió Kagaya—. Mis informes han llegado. No eres un simple turista, Ronder. Llevas dos años operando en las sombras de Japón como un cazador ilegal. En el norte te llaman "La Muerte Errante", y en las costas del sur te conocen como "El Señor de la Noche". Has matado demonios, pero también has causado estragos en las autoridades locales que intentaron detenerte.

Ronder suspiró y se reclinó hacia atrás, cruzando los brazos sobre su pecho rústico.

—Los demonios son feos y las autoridades son aburridas. Es una mala combinación para alguien con mi temperamento.

Kagaya hizo una pausa, y su voz se volvió más suave, casi paternal.

—También sé por qué estás aquí. Sé lo que pasó en tu hogar, mucho antes de que cruzaras el océano. Un grupo de asesinos, hombres que venían de España, atacaron tu pueblo buscando tesoros que no existían. Lo quemaron todo. Fuiste el único que logró escapar, oculto por los espíritus de la selva.

Ronder guardó silencio. Su mano se dirigió instintivamente a su cuello, donde colgaba un collar de cuero con una piedra tallada.

—Es el recuerdo de mi abuelo —dijo en voz baja, su voz por primera vez despojada de sarcasmo—. El único que quedó para contar la historia. Vine a Japón porque escuché que aquí los demonios eran diferentes, que quizás podría encontrar una forma de... no lo sé. De dejar de correr.

—¡Qué historia tan triste y hermosa! —exclamó Mitsuri Kanroji, rompiendo a llorar con un pañuelo en la mano—. ¡Oh, pobre chico! ¡Haber perdido su hogar y viajar tan lejos solo! ¡Mi corazón no puede soportarlo!

Mitsuri se adelantó, ignorando la atmósfera tensa, y se arrodilló al lado de Ronder.

—Patrón, por favor —suplicó Mitsuri con los ojos brillantes—. Si no tiene a dónde ir y necesita aprender a controlar esa energía tan... extravagante, ¡yo me ofrezco para cuidarlo! ¡Puede quedarse en mi finca! ¡Le daré mucha comida rica y le enseñaré que no todos los guerreros son tan gruñones como Sanemi!

Un siseo peligroso provino de la rama de un árbol cercano. Obanai Iguro, el Pilar de la Serpiente, apretó tanto la madera del árbol que esta crujió. Sus ojos, uno de cada color, estaban fijos en Ronder con una furia asesina que hacía que la de Sanemi pareciera un berrinche de niño.

—¿Tú? ¿Cuidar de este salvaje, Mitsuri? —preguntó Iguro, su voz destilando veneno—. Es un peligro público. Casi mata a un niño y destruyó parte de la sede. Debería estar en una celda, no recibiendo tus cuidados.

—¡Oh, Iguro-san, no seas tan duro! —respondió Mitsuri, sonrojándose—. ¡Solo necesita amor y guía! ¡Mira qué ojos tan profundos tiene, parecen los de un guerrero de leyenda!

Ronder, recuperando su chispa, miró a Iguro y luego a Mitsuri. Una sonrisa maliciosa se dibujó en su rostro.

—Bueno, bueno... parece que el hombre de la serpiente tiene miedo de que le quiten el puesto —dijo Ronder, guiñándole un ojo a Mitsuri—. No te preocupes, "ojos de colores". Me gusta la oferta de la señorita. Ella huele a flores y miel, mientras que tú hueles a envidia y escamas. Creo que me llevaré muy bien con ella.

—¡Te voy a arrancar la lengua! —amenazó Iguro, desenvainando un centímetro de su espada ondulada.

—¡Basta! —ordenó Kagaya, aunque había una nota de diversión en su tono—. Ronder, se te permitirá quedarte bajo la supervisión de Mitsuri Kanroji y Shinobu Kocho. Aprenderás nuestras costumbres y, a cambio, nos ayudarás a entender esa fuerza que posees. Si vuelves a atacar a un compañero o a poner en riesgo a la familia, las consecuencias serán definitivas.

Ronder se puso de pie, haciendo una reverencia exagerada que casi lo hace perder el equilibrio.

—Hecho, jefe. Pero que conste que si el de la bufanda me mira feo otra vez, no respondo por sus cejas.

Mitsuri chilló de emoción y aplaudió, mientras Iguro juraba internamente que encontraría la forma de enviar al "Señor de la Noche" de regreso a su continente en pedacitos.

Tanjiro, que observaba la escena desde la puerta tras ser atendido por los médicos, suspiró aliviado. Nezuko estaba a salvo, y aunque Ronder era un imán para el caos, ahora tenían un lugar en este extraño mundo de cazadores.

—Esto va a ser muy ruidoso —murmuró Tanjiro para sí mismo.

—¡Y muy divertido, cara de cicatriz! —gritó Ronder desde el otro lado del jardín, como si hubiera leído sus pensamientos—. ¡Mañana empezamos las clases de insultos en mapudungun! ¡La primera es gratis!

El destino de los pilares acababa de volverse mucho más complicado, y el aroma del sur comenzaba a mezclarse con el de los cerezos en flor.