Kimetsu no yaiba legacy
El Fuego Azul y el Dilema de la Sangre
El sol de la mañana se filtraba a través de los cerezos en flor de la Finca de las Mariposas, pero en el patio de entrenamiento, el aire no era dulce, sino que olía a ozono y a piedra quemada. Tanjiro Kamado, con las costillas aún vendadas pero el espíritu renovado, observaba con los ojos muy abiertos cómo Ronder realizaba su "mantenimiento" matutino.
El chico del sur no usaba piedras de afilar ni aceites refinados como los demás cazadores. Ronder estaba sentado con las piernas cruzadas frente a su macana de obsidiana, la cual reposaba sobre una piedra plana. De sus palmas brotaba un fuego de un azul eléctrico, una llama que no parecía quemar el aire, sino vibrar con una intensidad que hacía que el cabello de Tanjiro se erizara.
—¿Eso es... una técnica de respiración? —preguntó Tanjiro, acercándose con curiosidad.
Ronder soltó una carcajada corta y seca, sin apartar la vista de las cuchillas negras que brillaban bajo el fuego azul.
—¿Respiración? —Ronder ladeó la cabeza, su mirada sarcástica volviendo a su lugar habitual—. No, cara de cicatriz. Esto es fuego del espíritu. En mi tierra, los volcanes no solo escupen lava; escupen la memoria de la tierra. Este fuego azul es lo que mantiene la obsidiana unida. Podrías golpear esta arma contra la montaña más dura de este país y la montaña se rendiría antes que mi madera.
—Es increíble —susurró Tanjiro, oliendo el aire—. Huele a... ¿mar y ceniza?
—Huele a hogar —corrigió Ronder, apagando las llamas con un soplido casual—. Pero basta de romanticismos, que me sale una urticaria. ¿No teníamos que ir a ver al tipo del cabello de fuego? El Patrón dijo que su padre podría saber algo sobre la danza esa que hace tu familia.
Poco después, ambos se encontraban caminando hacia la mansión de la familia Rengoku. El ambiente era pesado. Tanjiro llevaba consigo la guardia de la espada de Kyojuro, un peso emocional que le oprimía el pecho. Ronder, por su parte, caminaba con las manos tras la nuca, silbando una melodía que no seguía ninguna escala japonesa, mirando las casas con el desdén de un pirata que busca un puerto mejor.
Al llegar, no fueron recibidos con hospitalidad. Shinjuro Rengoku, el padre del fallecido Pilar de la Llama, los recibió en el patio con una botella de sake en la mano y los ojos inyectados en sangre. Su amargura era un aura física que golpeó a Tanjiro de inmediato.
—¿Otro de los aprendices de mi hijo? —rugió Shinjuro, tambaleándose—. Váyanse. No hay nada aquí más que cenizas y fracaso. La Respiración de la Llama es una farsa frente a la Respiración Solar. Todo es inútil.
Tanjiro intentó hablar, pero Shinjuro fijó su vista en Ronder. El antiguo Pilar entrecerró los ojos, detectando la energía rústica y extranjera del chico.
—¿Y qué es esto? —escupió Shinjuro—. ¿Ahora la Compañía recluta bárbaros que visten pieles de perro? ¿Crees que con ese juguete de piedra puedes hacer algo contra los demonios de verdad?
Ronder se detuvo en seco. Su expresión juguetona se desvaneció, reemplazada por una frialdad que hizo que el aire alrededor de sus pies se congelara ligeramente.
—Escúchame, viejo borracho —dijo Ronder, dando un paso adelante—. He cruzado océanos que harían que tu sake pareciera agua de charco. He visto cosas que tus dioses no se atreverían a soñar. Mi "juguete de piedra" ha probado la sangre de criaturas que harían que te mojaras los pantalones. Así que guarda tu lengua antes de que te la envuelva alrededor del cuello.
—¡Ronder, no! —exclamó Tanjiro, tratando de interponerse—. ¡Es el padre de Rengoku-san!
—¡Me importa un bledo! —replicó Ronder—. El dolor no te da derecho a ser un estúpido. Yo también perdí todo, y no ando por ahí oliendo a fermento y escupiendo a los invitados.
Shinjuro soltó una carcajada amarga y lanzó un tajo al aire con su mano, como si desenvainara una espada invisible.
—¡No sabes nada! ¡Muzan Kibutsuji es una fuerza de la naturaleza! ¡Nadie puede derrotarlo! ¡Ni siquiera tú con tus trucos de feria!
Ronder se quedó en silencio un momento. Luego, soltó una risa pequeña, carente de alegría.
—Muzan... —susurró Ronder—. Ese pálido con complejo de rey. ¿Sabes lo gracioso? Hace un año, cuando apenas tenía once y acababa de llegar a estas costas, ese tipo me encontró.
Tanjiro se quedó petrificado. Incluso Shinjuro dejó de beber por un segundo.
—¿Conociste a Muzan? —preguntó Tanjiro, con la voz temblorosa.
—Él me propuso un trato —continuó Ronder, rascándose la barbilla—. Vio lo que yo podía hacer. Vio el fuego azul. Me dijo que si me unía a él, me convertiría en una Luna Superior, que me daría el poder para regresar a mi tierra y quemar a los hombres que destruyeron mi pueblo. Pero yo no acepto órdenes de tipos que usan demasiado perfume.
—¿Y qué pasó? —preguntó Shinjuro, su curiosidad venciendo por un momento a su embriaguez.
—Peleamos —dijo Ronder con naturalidad—. Bueno, si a eso se le puede llamar pelea. Yo tenía el poder para borrarlo del mapa. Los espíritus de mis ancestros estaban conmigo. Pero Muzan es un cobarde astuto. Me dijo que había una "letra pequeña" en mi poder. Verás, la fuerza que necesito para destruirlo no está en mi hacha, ni en mi fuego. Está aquí.
Ronder señaló el collar que colgaba de su cuello, la piedra rústica y desgastada que su abuelo le había dado antes de morir.
—Este collar es un sello —explicó Ronder, y por primera vez su voz flaqueó—. Mi abuelo lo encantó con la sangre de nuestro linaje. Si lo rompo, libero una energía que podría reducir a cenizas a Muzan en un instante. Pero el precio es que toda la cultura de mi pueblo, la memoria de mis ancestros que vive en esta piedra, desaparecería para siempre. Me convertiría en un arma hueca. Sería el fin de los mapuches en este mundo.
Tanjiro sintió que el corazón se le partía. Entendía lo que significaba la familia, lo que significaba el legado.
—Muzan lo sabía —continuó Ronder—. Sabía que yo no tendría el valor de destruir lo último que queda de mi gente para matarlo a él. Por eso me dejó vivir. Me llamó "el guardián de un cementerio".
Shinjuro guardó silencio, mirando al chico con una mezcla de respeto y lástima que no había mostrado antes. La revelación de que un niño extranjero poseía la llave para terminar con la pesadilla de los demonios, pero a costa de su propia identidad, era un peso que ni siquiera él podía ignorar.
Días después, la noticia llegó a los oídos de los Pilares. En una reunión de emergencia en la sede principal, la atmósfera era eléctrica.
—¡Es una oportunidad única! —exclamó Sanemi Shinazugawa, golpeando la mesa—. ¡Si ese collar es la clave para matar a Muzan, debemos romperlo ahora mismo! ¿Qué vale la cultura de un solo pueblo comparada con las miles de vidas que Muzan toma cada año?
—¡Es una decisión extravagante y difícil! —añadió Uzui, aunque su tono era inusualmente sombrío—. Pero en la guerra, los sacrificios son necesarios. Si el chico no tiene el valor, nosotros deberíamos hacerlo por él.
Obanai Iguro asintió, con su serpiente siseando en acuerdo.
—Un extranjero y su collar no deberían interponerse en la paz de Japón. Es un precio pequeño.
Incluso Shinobu Kocho, siempre analítica, mantenía un silencio pensativo, sopesando las vidas en una balanza invisible.
Sin embargo, una voz suave pero firme cortó la discusión como una hoja de nichirin. Kagaya Ubuyashiki, el Patrón, levantó la mano desde su posición elevada.
—No —dijo Kagaya.
Los Pilares se quedaron en silencio, confundidos.
—Pero Patrón... —comenzó Sanemi—, ¡es Muzan! Podríamos terminar esto hoy.
—Lo que sugieren es una atrocidad —dijo Kagaya, y aunque sus ojos estaban ciegos, su presencia parecía ver a través de las almas de todos los presentes—. Ronder es el último hilo de una historia que ha sido casi borrada de la faz de la tierra. Destruir ese collar por la fuerza no solo sería un acto de egoísmo, sino de "destrucción de cultura". No derrotaremos a un monstruo convirtiéndonos en otros monstruos que roban el legado de los inocentes.
—¿Entonces qué haremos? —preguntó Gyomei Himejima, juntando sus manos en oración mientras las lágrimas corrían por sus mejillas—. ¿Dejaremos que el chico cargue con esa carga solo?
—Ronder decidirá su propio camino —sentenció el Patrón—. No somos conquistadores, somos cazadores. Protegemos la vida, y eso incluye la vida de los recuerdos y las tradiciones. Prohíbo terminantemente que cualquier Pilar o cazador intente tocar el collar de Ronder. Él es nuestro invitado y nuestro aliado, no una herramienta.
Mientras tanto, en el porche de la Finca de las Mariposas, Ronder estaba sentado junto a Tanjiro, observando la puesta de sol. Nezuko, en su forma pequeña, estaba sentada entre ellos, jugando con una de las plumas que Ronder llevaba en su ropa.
—¿Sabes, cara de cicatriz? —dijo Ronder, rompiendo el silencio—. Tu jefe es un tipo raro. Sus subordinados querían mi cabeza en una bandeja, pero él me defendió. Dijo algo sobre "cultura". Es la primera vez que escucho a un hombre poderoso decir esa palabra sin querer robarla o quemarla.
Tanjiro sonrió, poniendo una mano en el hombro de su amigo.
—El Patrón valora la vida en todas sus formas, Ronder. Tu historia es tan importante como la nuestra. No tienes que romper nada si no estás listo. Encontraremos otra forma de vencer a Muzan. Juntos.
Ronder miró su collar, la piedra rústica que contenía los gritos y las canciones de un pueblo lejano. Por un momento, el fuego azul bailó en sus ojos, pero esta vez no era una llama de destrucción, sino de esperanza.
—Juntos —repitió Ronder, soltando una risita sarcástica para ocultar su emoción—. Pero si morimos, te juro que mi fantasma te perseguirá para decirte que tu idea fue pésima. Y por cierto, dile a tu hermana que deje de intentar morder mi hacha. La obsidiana es dura para los dientes, incluso para los de un demonio.
Tanjiro se rió, y por un breve instante, el peso del destino se sintió un poco más ligero bajo el cielo púrpura de Japón. El guerrero del sur y el chico del sol habían formado un vínculo que ninguna letra pequeña de un demonio podría romper. La guerra contra Muzan continuaba, pero ahora, la humanidad tenía un protector que no solo peleaba por el futuro, sino por el derecho de no olvidar jamás el pasado.