Volver al resumen

Kimetsu no yaiba legacy

Entre la miel de los cerezos y el filo de la sospecha

El aroma del estofado de mitsuri, cargado de azúcar y especias dulces, inundaba el patio de la Finca del Amor. Para cualquiera, aquel olor sería un paraíso, pero para Ronder, cuyo paladar estaba forjado en la carne asada al fuego directo y el toque picante del ají de las tierras del sur, era casi un desafío de resistencia.

—¡Ronder-kun! ¡Prueba esto! —exclamó Mitsuri Kanroji, acercándole una cuchara rebosante con una sonrisa que desprendía más energía que el propio sol—. ¡He puesto todo mi corazón en este caldo para que recuperes tus fuerzas! ¡Un guerrero necesita comer para que sus músculos crezcan fuertes!

Ronder, sentado en el borde del porche de madera, miró la cuchara con una mezcla de gratitud y pavor. Mitsuri lo trataba como a un hermano menor, una especie de mascota exótica que necesitaba ser alimentada y mimada constantemente.

—Señorita Mitsuri, de verdad, mi estómago ya parece un tambor de guerra de tanto que he comido —respondió Ronder, ladeando la cabeza con su habitual mueca sarcástica—. Si sigo aceptando sus banquetes, voy a terminar rodando por las montañas en lugar de correr por ellas. Además, no quiero que gaste todas sus provisiones en este humilde vagabundo.

—¡Oh, no digas tonterías! —insistió ella, sus mejillas rosadas encendiéndose aún más—. ¡Eres parte de la familia ahora! ¡Comer es una forma de amor!

Ronder suspiró, aceptando finalmente el bocado. Mientras masticaba, sintió una presión gélida en la nuca. No necesitaba girarse para saber quién estaba observando desde la rama del árbol de glicinias cercano. Obanai Iguro, el Pilar de la Serpiente, estaba allí, con Kaburamaru siseando en sintonía con su irritación.

—Si vuelves a rechazar su comida, te cortaré la lengua y se la daré de comer a los cuervos —la voz de Iguro era un susurro afilado que cortaba el aire.

Ronder tragó el guiso y se giró lentamente, apoyando la barbilla en su mano con una sonrisa provocadora.

—¡Vaya, el hombre de la bufanda escamosa ha hablado! —exclamó Ronder en voz alta—. Dime, Iguro, ¿el veneno de tu boca es natural o lo practicas frente al espejo? Porque si estás celoso de que la señorita Mitsuri me cuide, podrías intentar ser un poco más amable. A las mujeres les gustan los hombres que no parecen querer asesinar al mobiliario.

Iguro saltó del árbol, aterrizando con una gracia letal frente a Ronder. Sus ojos, uno turquesa y otro amarillo, destellaban con una furia contenida que habría hecho temblar a un demonio menor.

—No te confundas, extranjero —siseó Iguro, su mano apretando la empuñadura de su espada ondulada—. No eres más que una molestia que el Patrón decidió tolerar. Si por mí fuera, estarías atado a un poste bajo el sol hasta que te secaras. Mitsuri es demasiado bondadosa para ver la escoria que eres.

—¡Iguro-san, no seas tan rudo con Ronder-kun! —intervino Mitsuri, interponiéndose entre ambos con un puchero—. ¡Él es muy educado y me ayuda mucho!

—¡Me ayuda a que no te canses! —añadió Ronder, guiñándole un ojo a la Pilar—. Mañana yo mismo cazaré algo y cocinaré para ambos. Prepararé un asado al estilo de mi tierra que hará que hasta tu serpiente quiera pedirme la receta.

Iguro soltó un gruñido de puro desprecio y se dio la vuelta, desapareciendo en un borrón de velocidad. Ronder sabía que no se había ganado su confianza, y honestamente, no le importaba. Había algo divertido en molestar al hombre que no sabía cómo expresar su afecto.

Sin embargo, no todos los Pilares veían a Ronder con ojos de sospecha. Esa tarde, mientras caminaba hacia la Finca de las Mariposas para recoger algunas hierbas medicinales, Ronder se encontró con una escena que hizo que su sangre hirviera de una forma que no tenía nada que ver con el fuego azul.

En un rincón del mercado de la sede, un hombre de mediana edad, con una mirada viscosa y una sonrisa que recordaba a un sapo, mostraba unos uniformes de cazadora a un grupo de reclutas jóvenes. El hombre era el costurero oficial de la Compañía, pero sus diseños eran... peculiares.

—¡Miren estos cortes! —decía el hombre con voz chillona—. ¡Permiten una movilidad absoluta! El hecho de que dejen al descubierto el pecho y los muslos es meramente funcional, se los aseguro. ¡La estética es salud!

Ronder se detuvo, observando cómo una de las jóvenes cazadoras se encogía de hombros, claramente incómoda con el diseño provocativo que le estaban obligando a probar.

—Eso no parece muy funcional para protegerse del frío de la montaña —dijo una voz suave pero cargada de una furia gélida.

Era Shinobu Kocho. La Pilar del Insecto observaba al vendedor con su sonrisa habitual, pero Ronder pudo ver la vena latiendo en su sien. Shinobu ya había tenido problemas con este tipo antes, pero la burocracia de la Compañía y la falta de otros costureros expertos la habían frenado de tomar medidas drásticas.

—¡Ah, Shinobu-sama! —exclamó el vendedor, sin notar el peligro—. ¡He preparado un nuevo diseño para usted también! Un poco más de escote y...

Ronder no esperó a que el hombre terminara. Caminó hacia el puesto con una zancada rústica, su presencia llenando el espacio de inmediato.

—Oye, cara de sapo —dijo Ronder, metiendo las manos en sus bolsillos de piel—. He estado observando tus "obras maestras". En mi tierra, cuando alguien intenta vestir a una guerrera como si fuera una pieza de carne en un mostrador, solemos tener una forma muy específica de criticar su trabajo.

El vendedor parpadeó, confundido por el aspecto extranjero de Ronder.

—¿Y tú quién eres? ¡Lárgate, niño! Esto es equipo oficial de...

Ronder no lo dejó terminar. Extendió una mano y, con un chasquido de sus dedos, una chispa de fuego azul saltó directamente hacia la pila de uniformes terminados. En un segundo, la tela de alta calidad se convirtió en una pira de llamas eléctricas.

—¡MIS DISEÑOS! ¡MI DINERO! —gritó el hombre, intentando apagar el fuego con las manos, pero el fuego de Ronder no se apagaba con aire o golpes.

Ronder agarró al hombre por la solapa de su túnica y lo levantó del suelo con una fuerza que desmentía su estatura. Sus ojos brillaban con esa luz ancestral que intimidaba incluso a los pilares.

—Escúchame bien, pequeño pervertido —susurró Ronder, su voz era un gruñido profundo—. Si vuelvo a ver uno de estos uniformes que humille a las mujeres de esta organización, no quemaré la ropa. Te quemaré la tienda contigo dentro. Y te aseguro que mis llamas no dejan cenizas, dejan recuerdos dolorosos. ¿Entendido?

El hombre asintió frenéticamente, con los dientes castañeteando. Ronder lo soltó como si fuera basura y se sacudió las manos.

Shinobu, que había observado todo en silencio, se acercó a Ronder mientras el vendedor huía despavorido. La Pilar del Insecto lo miró fijamente durante unos segundos, y luego, su sonrisa se volvió genuina por primera vez en mucho tiempo.

—Vaya —dijo Shinobu, soltando una pequeña risita—. Eso fue muy poco ortodoxo, Ronder-kun. Has causado un problema logístico tremendo.

—Los problemas logísticos se arreglan con hilo y aguja nuevos —respondió Ronder, recuperando su tono sarcástico—. El respeto no se remienda tan fácil.

Shinobu asintió, poniendo una mano en el hombro del chico.

—Tienes razón. Me has ahorrado un veneno muy costoso que pensaba usar en su té. A partir de hoy, tienes mi total confianza. Si necesitas algo de mi finca, solo pídelo.

Ronder le devolvió el gesto con un saludo informal. Se estaba ganando aliados, pero sabía que el camino aún era largo. Su siguiente parada fue la Finca de la Roca, donde el gigante Gyomei Himejima solía meditar bajo la cascada.

Ronder encontró a Gyomei sentado sobre una roca, con sus cuentas de oración en las manos y las lágrimas fluyendo como siempre por su rostro surcado de cicatrices. El chico del sur se sentó a unos metros de él, respetando el espacio del hombre más fuerte de la Compañía.

—Siento una tormenta en tu interior, joven Ronder —dijo Gyomei, su voz resonando como el metal golpeando la tierra—. Pero es una tormenta que busca proteger, no destruir.

—A veces es difícil notar la diferencia, grandullón —respondió Ronder, mirando el agua caer—. Me han dicho que lloras por los pecados del mundo. Pero huelo algo más en ti. Hueles a una culpa que no te pertenece.

Gyomei se tensó ligeramente. El recuerdo de los niños del templo, de la traición y de su propia impotencia ante la tragedia, era una herida que nunca cerraba.

—No pudiste salvarlos a todos —continuó Ronder, su voz volviéndose inusualmente seria—. Pero la vida no es una cuenta matemática, Gyomei. No eres un fracaso por los que se fueron, eres un milagro por los que todavía están aquí gracias a que te convertiste en lo que eres ahora. La tierra no culpa al árbol cuando una rama se rompe por el peso de la nieve. La tierra entiende que el árbol hizo lo mejor que pudo para mantenerse en pie.

Gyomei dejó de mover sus cuentas. El silencio que siguió fue profundo, solo roto por el rugido de la cascada. Por primera vez en años, las lágrimas de Gyomei no eran de pura angustia, sino de un alivio punzante.

—"La vida lo entiende" —repitió Gyomei en un susurro—. Tienes una sabiduría extraña para alguien tan joven y tan... ruidoso.

—Es el beneficio de venir de un lugar donde las montañas te hablan si sabes escuchar —dijo Ronder, poniéndose de pie—. No te sientas culpable por estar vivo. Úsalo para que los que murieron se sientan orgullosos de haberte conocido.

Gyomei asintió lentamente, una paz renovada emanando de su enorme figura.

—Gracias, Ronder. Ve en paz. Tienes mi respeto y mi protección.

Ronder sonrió mientras se alejaba. Había ganado a la mariposa y a la roca, pero al pasar cerca de los campos de entrenamiento, vio a Sanemi Shinazugawa entrenando con una ferocidad que levantaba nubes de polvo. Sanemi se detuvo al verlo, escupiendo al suelo con desprecio.

—No creas que por lamerle las botas a los demás vas a estar a salvo de mí, extranjero —gritó Sanemi, señalándolo con su katana—. Algún día cometerás un error, y ese día, mi viento te borrará de este mapa.

Ronder no se inmutó. Se limitó a levantar una mano en un gesto de despedida, sin siquiera mirarlo.

—¡Sigue gritándole al viento, cicatrices! —gritó Ronder por encima del hombro—. ¡Quizás algún día el viento te responda y te diga que te busques un pasatiempo menos amargado!

Sanemi rugió de furia, pero Ronder ya estaba pensando en otra cosa. Pensaba en Tanjiro y Nezuko, y en el hecho de que, por primera vez desde que su pueblo fue reducido a cenizas, ya no se sentía como un turista con mal sentido de la orientación. Ahora, tenía un hogar por el cual pelear, y una familia de locos con espadas que, para bien o para mal, estaban empezando a formar parte de su propia historia.

Caminó de regreso a la Finca del Amor, sabiendo que Mitsuri probablemente tendría otra montaña de comida esperándolo, y que Iguro estaría escondido en algún lugar planeando su muerte. Ronder soltó una carcajada que resonó por los pasillos de la sede.

—Vaya país —murmuró para sí mismo, ajustándose el hacha de obsidiana—. Al menos nadie puede decir que la vida aquí es aburrida.

Esa noche, bajo la luz de una luna que brillaba igual en Japón que en las tierras del sur, Ronder encendió una pequeña llama azul en la palma de su mano. No era para pelear, ni para quemar uniformes, sino para iluminar el camino de los que, como él, todavía buscaban su lugar en el mundo. El guerrero mapuche había llegado para quedarse, y los demonios de Muzan pronto descubrirían que el fuego del sur era mucho más difícil de apagar de lo que imaginaban.