Volver al resumen

Kook mirame

El veneno de la traición bajo la piel de cristal

La atmósfera en la mansión Jeon se había vuelto irrespirable. La lluvia de los días anteriores había dado paso a un calor húmedo y pegajoso que parecía amplificar el aroma del perfume de Winter, el cual ahora impregnaba no solo las sábanas de la habitación de invitados, sino también el despacho de Jungkook e incluso el aire del vestíbulo.

Yoongi se sentía como un espectro. Se movía por la casa con una eficiencia silenciosa, limpiando superficies que ya brillaban y doblando la ropa de Jungkook con una devoción que rozaba la obsesión. Sus manos, pequeñas y pálidas, temblaban ligeramente cada vez que encontraba una prenda de Winter mezclada con la colada de su esposo. Pero no decía nada. Su naturaleza infantil y su corazón herido lo obligaban a refugiarse en la negación. Si no lo decía en voz alta, no era real.

Esa mañana, Jungkook se había marchado más temprano de lo habitual. Winter lo acompañaba, luciendo un conjunto de seda negra que dejaba muy poco a la imaginación, una provocación constante que Jungkook ignoraba con una rigidez que Yoongi interpretaba como autocontrol, pero que en realidad era una cuerda tensándose hasta su límite.

Cerca del mediodía, el teléfono de Yoongi vibró sobre la mesa de mármol de la cocina. El nombre en la pantalla hizo que su corazón diera un vuelco: era el número de la oficina de Jungkook.

—¿Kookie? —contestó Yoongi con una voz cargada de esperanza.

—No soy Jungkook, cariño —la voz de Winter sonó al otro lado, agitada, con una respiración pesada que hizo que Yoongi frunciera el ceño—. Escucha, Yoongi, Jungkook olvidó el contrato de la fusión con la firma de Busan en el cajón de seguridad de su despacho en casa. Lo necesita ahora mismo. Si no llega en treinta minutos, perderá millones.

—¡Oh, no! —Yoongi se puso en pie de inmediato, el pánico nublando su juicio—. Iré ahora mismo. ¿Dónde está exactamente?

—En el segundo cajón, bajo la llave dorada. Date prisa, Yoongi. Jungkook está... muy impaciente.

Yoongi no perdió un segundo. Corrió al despacho, encontró la carpeta azul y salió de la casa a toda prisa. Tomó un taxi, apretando los documentos contra su pecho como si fueran un tesoro. En su mente, solo había una idea: ser el héroe de Jungkook. Quería ver esa chispa de gratitud en sus ojos oscuros, quería que Jungkook se diera cuenta de que él era el único que siempre estaba ahí para salvarlo.

Al llegar al imponente edificio de la corporación Jeon, Yoongi no se detuvo en la recepción. Todos lo conocían como el esposo del jefe, aunque las miradas que recibía eran de una lástima punzante. Subió en el ascensor privado, con el corazón martilleando contra sus costillas.

Cuando las puertas se abrieron en el último piso, el silencio era absoluto. La secretaria no estaba en su puesto. Yoongi caminó hacia la gran puerta de roble del despacho de Jungkook. Estaba entreabierta.

—Kookie, traje los pa...

Las palabras murieron en su garganta. La carpeta azul resbaló de sus manos, golpeando el suelo con un sonido sordo que nadie escuchó.

El mundo de Yoongi se fragmentó en mil pedazos irreconocibles.

Sobre el escritorio de caoba, ese lugar que Jungkook consideraba sagrado y profesional, Winter estaba tendida, completamente desnuda, con su piel blanca contrastando con el cuero oscuro. Y sobre ella, Jungkook. Su esposo.

Jungkook no tenía la camisa puesta. Sus músculos se tensaban con cada movimiento errático y desesperado. Lo que más dolió a Yoongi no fue la desnudez, sino los rasguños rojos y profundos que marcaban la espalda de Jungkook, señales claras de una pasión que él nunca había conocido. La respiración de ambos era un coro de pecado que llenaba la habitación.

Yoongi se quedó congelado, como un jarrón de cristal que ha sido golpeado por un mazo pero que aún no se ha desmoronado del todo. Sus ojos se llenaron de lágrimas que no caían, nublando la imagen de la traición.

Winter, con una agudeza cruel, giró la cabeza y miró directamente hacia la puerta. Sus ojos se encontraron con los de Yoongi. No hubo sorpresa, no hubo vergüenza. Solo una sonrisa lenta y triunfal mientras arqueaba la espalda, provocando un gemido ronco de Jungkook, quien parecía perdido en un trance de lujuria y resentimiento acumulado.

Yoongi retrocedió un paso. Luego otro. Se dio la vuelta y corrió. Corrió por el pasillo, bajó por las escaleras de emergencia porque sentía que el ascensor lo asfixiaría, y no se detuvo hasta que estuvo en la calle, bajo el sol implacable de Seúl que parecía burlarse de su miseria.

No sabía cuánto tiempo pasó caminando sin rumbo. Sus pies le dolían, pero el dolor en su pecho era tan vasto que eclipsaba cualquier sensación física. Recordó cómo había llegado Jungkook a ese punto. Winter había pasado todo el día provocándolo, usando ropa transparente, rozando su piel en los pasillos, susurrándole al oído secretos del pasado mientras Jungkook intentaba concentrarse en el trabajo. El muro de hielo de Jungkook no se había derretido por amor; se había resquebrajado por el deseo más bajo y la manipulación de una mujer que sabía exactamente qué botones presionar.

Cuando Yoongi finalmente regresó a la mansión, ya era de noche. Entró con pasos vacilantes. La casa estaba en silencio, pero era un silencio diferente, uno que olía a derrota.

Subió a la habitación y se encontró con Jungkook sentado en el borde de la cama. Ya estaba vestido, pero su cabello estaba desordenado y sus ojos evitaban cualquier punto de contacto con la realidad.

—Fuiste a la oficina —dijo Jungkook. No era una pregunta. Su voz era plana, carente de la fuerza habitual.

Yoongi no respondió. Se acercó al armario y comenzó a sacar su pijama, con movimientos mecánicos.

—Winter me llamó —continuó Jungkook, finalmente levantando la vista. Sus ojos estaban inyectados en sangre—. Me dijo que tú habías llamado diciendo que traerías unos papeles. No sé qué viste, Yoongi, pero...

—Lo vi todo, Kookie —lo interrumpió Yoongi. Su voz era pequeña, pero tenía una firmeza que hizo que Jungkook se tensara—. Vi los rasguños en tu espalda. Vi cómo ella te miraba.

Jungkook apretó los puños. El sentimiento de culpa lo golpeó, pero su orgullo herido y el corazón roto que aún arrastraba por Winter lo obligaron a ponerse a la defensiva.

—Ella me provocó todo el día. Yo soy un hombre, Yoongi. No soy de piedra —dijo Jungkook, levantándose y caminando hacia él—. Tú eres tan... tan infantil, tan empalagoso. A veces necesito algo real, algo que me queme.

Yoongi dejó caer el pijama al suelo. Se acercó a Jungkook y, con una ternura que resultaba aterradora dadas las circunstancias, puso sus manos sobre el pecho de su esposo.

—¿Yo no soy real, Kookie? —preguntó Yoongi, alzando la vista con los ojos rebosantes de lágrimas—. Mi amor por ti es lo más real que hay en esta casa. Ella solo quiere destruirte. Ella te dejó una vez y lo hará de nuevo.

—¡Cállate! —gritó Jungkook, apartando las manos de Yoongi con brusquedad—. No hables de ella. No entiendes nada.

Yoongi retrocedió, pero no lloró con fuerza. Solo dejó que una lágrima solitaria rodara por su mejilla.

—Está bien —susurró Yoongi—. Si eso es lo que necesitas para sentirte vivo, está bien.

Jungkook lo miró con desconcierto. Esperaba gritos, esperaba que Yoongi hiciera las maletas, que pidiera el divorcio. Pero la sumisión de Yoongi era absoluta, una devoción que rozaba la patología.

Esa noche, durmieron en la misma cama, pero el espacio entre ellos era un abismo lleno de cadáveres de promesas no cumplidas.

Al día siguiente, la rutina volvió a instalarse en la mansión Jeon como un parásito. Yoongi se despertó temprano, preparó el desayuno y se aseguró de que el traje de Jungkook estuviera perfectamente planchado. Su rostro estaba serio, sus ojos un poco más apagados, pero sus gestos seguían siendo los de un esposo abnegado.

Winter bajó a desayunar luciendo un camisón de seda que apenas cubría lo esencial. Se sentó a la mesa con una confianza renovada, mirando a Yoongi con desprecio.

—¿Dormiste bien, pequeño? —preguntó Winter, tomando un sorbo de café—. Parecías un poco alterado ayer en la ciudad.

Yoongi no la miró. Colocó el plato de huevos frente a Jungkook y se inclinó para darle un beso en la frente.

—Que tengas un buen día en el trabajo, Kookie —dijo Yoongi con una dulzura que hizo que a Jungkook se le revolviera el estómago de culpabilidad—. Te preparé tu almuerzo favorito. No olvides comerlo.

Jungkook lo tomó de la muñeca, deteniéndolo.

—Yoongi... sobre lo de ayer...

—No pasó nada, Kookie —dijo Yoongi, forzando una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Sé que estás estresado. Yo siempre voy a estar aquí para cuidarte, pase lo que pase.

Jungkook soltó su muñeca, sintiendo una mezcla de alivio y asco por sí mismo. Yoongi se retiró a la cocina, dejando a Jungkook y Winter solos en el comedor.

—Es un idiota —susurró Winter, acercándose a Jungkook y acariciando su nuca—. No tiene dignidad.

Jungkook apartó su mano de un manotazo.

—No vuelvas a llamarlo así —siseó Jungkook—. Él es mi esposo. Lo que pasó ayer fue un error. No se repetirá.

Winter soltó una carcajada.

—¿Un error? Tus uñas en mis hombros decían otra cosa, JK. No puedes engañarte a ti mismo. Me deseas más de lo que jamás desearás a ese niño que juega a las casitas.

Jungkook se levantó de la mesa sin terminar su desayuno. Salió de la casa sin despedirse de nadie.

Yoongi observó la escena desde la puerta de la cocina. Su corazón estaba roto, sí, pero su mente estaba trabajando de una manera nueva. Su amor por Jungkook era tan grande que estaba dispuesto a soportar la humillación, a ser el espectador de su propia traición, con tal de no perderlo.

A media mañana, mientras Yoongi limpiaba el polvo de las fotos de la boda, Winter se acercó a él. Llevaba puesto uno de los abrigos de Jungkook sobre su ropa interior, una provocación directa.

—¿Por qué sigues aquí, Yoongi? —preguntó ella, cruzándose de brazos—. ¿No tienes orgullo? Ayer lo viste. Él me poseyó en ese escritorio con más ganas de las que te ha tocado a ti en toda tu vida.

Yoongi dejó el plumero y se giró hacia ella. Su expresión era serena, casi angelical.

—Tú eres el pasado, Winter —dijo Yoongi con voz suave—. Eres un fantasma que él necesita expulsar de su sistema. Puedes tener su cuerpo una tarde, puedes dejarle rasguños en la espalda, pero al final del día, él vuelve aquí. Él vuelve a la comida que yo preparo, a la cama que yo caliento y a la paz que solo yo le doy.

—Él te odia —escupió Winter, perdiendo la compostura ante la calma de Yoongi—. Eres una carga para él.

—Tal vez —respondió Yoongi, dando un paso hacia ella—. Pero soy su carga. Y él me eligió. Tú te fuiste, Winter. Y ahora que has vuelto, te das cuenta de que el lugar que dejaste ya no existe. Solo eres un parásito en nuestra casa.

Winter levantó la mano para abofetearlo, pero Yoongi no se inmutó. La miró fijamente, con una tristeza tan profunda que la mujer se detuvo, confundida.

—Vete de mi casa, Winter —dijo Yoongi—. Antes de que Jungkook se dé cuenta de que lo único que traes contigo es el olor a podrido de lo que una vez fueron.

Esa tarde, cuando Jungkook regresó, encontró a Yoongi esperándolo en la puerta, como siempre. Pero esta vez, Yoongi no corrió a abrazarlo. Se quedó allí, con las manos entrelazadas frente a él, luciendo delicado pero inquebrantable.

—Bienvenido, Kookie —dijo Yoongi.

Jungkook lo miró intensamente. Vio las ojeras bajo sus ojos, vio la palidez de su piel, y por primera vez en mucho tiempo, sintió un impulso genuino de protegerlo, no por obligación, sino por una necesidad desesperada de no perder la única luz pura que quedaba en su vida.

—Yoongi... —comenzó Jungkook, dando un paso hacia él.

—He preparado un baño caliente para ti —lo interrumpió Yoongi, manteniendo su tono cariñoso pero distante—. Necesitas descansar. Winter ya se ha ido a un hotel. Le pedí que se marchara.

Jungkook se detuvo en seco.

—¿Se fue?

—Sí. Ella no pertenece aquí —Yoongi se acercó y, con una mano temblorosa, acarició la mejilla de Jungkook—. Yo soy tu esposo, Kookie. Y voy a perdonarte esto, porque sé que tu corazón todavía está sanando. Pero no vuelvas a romper el mío de esa manera. No sé si el jarrón aguantará otro golpe.

Jungkook sintió un nudo en la garganta. Por primera vez, no vio a Yoongi como un niño infantil, sino como un hombre que lo amaba con una fuerza aterradora y absoluta. Se inclinó y, por iniciativa propia, rodeó a Yoongi con sus brazos, hundiendo la nariz en su cuello.

—Lo siento —susurró Jungkook, y por primera vez, las palabras no sonaron vacías.

Yoongi cerró los ojos y se aferró a él. Sabía que la traición todavía estaba allí, grabada en los rasguños de la espalda de Jungkook y en la imagen de la oficina. Sabía que el camino hacia el perdón real sería largo y doloroso. Pero mientras pudiera sentir el latido del corazón de Jungkook contra el suyo, Yoongi seguiría siendo el sol que intentaba calentar un iceberg, esperando que, algún día, el hielo se derritiera por completo.

—Te quiero, Kookie —susurró Yoongi, mientras las lágrimas finalmente caían, lavando un poco del veneno de la traición—. Siempre te voy a querer.

Jungkook no respondió con palabras, pero apretó más fuerte el agarre, consciente de que tenía en sus manos algo mucho más valioso y frágil de lo que jamás había imaginado. El jarrón de cristal seguía en pie, lleno de grietas, pero sosteniendo con orgullo el amor que se negaba a morir.