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Kook mirame

El eco de los sollozos rotos

La calma que había reinado en la mansión Jeon tras la partida de Winter resultó ser una ilusión óptica, un espejismo de paz que se desvaneció con la misma rapidez con la que se forman las nubes de tormenta. Durante tres días, Jungkook se había mostrado inusualmente atento, casi como si estuviera intentando redimirse sin pedir perdón explícitamente. Yoongi, en su infinita ternura, se aferró a esos pequeños gestos: una mano que rozaba la suya en la mesa, un silencio que no se sentía gélido, sino reflexivo.

Pero el destino, o quizás la malicia humana, tenía otros planes.

Eran las siete de la tarde de un jueves gris. La lluvia golpeaba con violencia los ventanales, creando una cortina de agua que aislaba la mansión del resto del mundo. Yoongi estaba en la cocina, tarareando una melodía dulce mientras decoraba unos pastelillos, cuando un estruendo sacudió la entrada. Alguien estaba golpeando la puerta principal con una fuerza desesperada, casi animal.

—¡Kookie! ¡Alguien está en la puerta! —exclamó Yoongi, secándose las manos en su delantal y corriendo hacia el vestíbulo.

Jungkook, que acababa de bajar las escaleras tras una larga jornada de llamadas, frunció el ceño. Antes de que pudiera dar una orden, Yoongi abrió la pesada puerta de madera.

El frío entró de golpe, y con él, una figura que parecía sacada de una pesadilla. Winter estaba allí, empapada hasta los huesos, con el cabello pegado al rostro y la ropa hecha jirones. Pero lo que más impactó a Yoongi no fue su estado, sino su expresión: era una máscara de terror absoluto.

—¡Jungkook! ¡Ayúdame, por favor! —gritó ella, colapsando en el suelo de mármol apenas entró.

Jungkook corrió hacia ella, apartando a Yoongi con un brazo firme.

—¿Winter? ¿Qué ha pasado? ¿Por qué estás así?

La mujer comenzó a sollozar de forma histérica, señalando con un dedo tembloroso a Yoongi, quien permanecía de pie, paralizado por la confusión.

—¡Fue él! —chilló ella, con la voz quebrada por el llanto—. Me citó en un callejón cerca del hotel... dijo que quería hablar, que quería arreglar las cosas. ¡Pero me tendió una trampa! Me pegó, Jungkook... me dijo que si no me iba de la ciudad para siempre, me mataría. ¡Mira lo que me hizo!

Winter se apartó el cabello mojado, revelando un hematoma violáceo en su mejilla y varios rasguños en sus brazos. Yoongi sintió que el mundo se volvía lento. Sus ojos se abrieron con horror mientras negaba frenéticamente con la cabeza.

—¡No! ¡Eso es mentira! —gritó Yoongi, su voz volviéndose aguda por el pánico—. ¡Kookie, te lo juro por mi vida! Yo no he salido de casa en todo el día. He estado aquí, preparando la cena... ¡Pregúntale al servicio!

—El servicio se fue a las cinco, Yoongi —dijo Jungkook. Su voz ya no era la de los últimos días; era un trueno cargado de una furia gélida que hizo que Yoongi retrocediera hasta chocar contra la pared.

Jungkook se puso en pie lentamente. Sus ojos, antes cansados, ahora ardían con un fuego oscuro y peligroso. Se acercó a Yoongi, ignorando los sollozos de Winter, que se deleitaba en las sombras tras su máscara de víctima.

—¿Cómo pudiste? —siseó Jungkook, acorralando al pequeño joven contra el frío mármol—. Sabía que eras infantil, Yoongi, pero no sabía que eras un monstruo capaz de levantarle la mano a una mujer.

—¡No lo hice! ¡Ella miente! —Yoongi intentó tocar el brazo de Jungkook, pero este le propinó un manotazo que resonó en todo el vestíbulo—. ¡Kookie, por favor, mírame! ¡Yo no soy así!

—¡Cállate! —el grito de Jungkook fue seguido por un movimiento brusco. Su mano impactó contra la mejilla de Yoongi con una fuerza brutal, haciendo que el chico cayera al suelo.

El dolor físico no fue nada comparado con el crujido del corazón de Yoongi. El jarrón de cristal finalmente se había hecho añicos bajo la bota de la persona que más amaba.

—¿Crees que soy estúpido? —preguntó Jungkook, agarrando a Yoongi por el cuello de su camisa y levantándolo sin esfuerzo—. Ella no tiene motivos para mentir. Tú, en cambio, estás podrido de celos.

—Jungkook... me duele... —susurró Yoongi, las lágrimas fluyendo sin control—. Por favor...

—Vas a aprender lo que es el dolor de verdad —sentenció Jungkook.

Con una fuerza implacable, Jungkook arrastró a Yoongi por el pasillo hacia una de las habitaciones de servicio que solía usarse como almacén. Era un cuarto pequeño, oscuro, con una sola ventana alta y estrecha. Empujó a Yoongi dentro con tal violencia que el chico golpeó contra una estantería metálica.

—¡No, Kookie! ¡No me dejes aquí! ¡Tengo miedo a la oscuridad! —suplicó Yoongi, gateando hacia la puerta, pero Jungkook ya la estaba cerrando.

—Este es tu castigo —dijo Jungkook desde el otro lado, su voz filtrándose por la madera—. Vas a quedarte ahí y vas a escuchar lo que es estar con alguien que realmente vale la pena. Ya que tanto te gusta entrometerte en lo que hago con Winter, hoy vas a ser el espectador de honor.

—¡No! ¡Jungkook, por favor! ¡Sácame de aquí! —Yoongi golpeó la puerta con sus pequeñas manos, sus gritos volviéndose desgarradores—. ¡Me da asco! ¡No quiero escuchar! ¡Perdóname aunque no haya hecho nada, pero sácame!

Jungkook no respondió. El sonido de sus pasos alejándose fue seguido por el de la risa suave y victoriosa de Winter.

Lo que siguió fue una tortura que Yoongi no olvidaría jamás. El cuarto de almacén estaba pegado a la sala de estar principal, y las paredes, aunque gruesas, no eran suficientes para mitigar los sonidos que Jungkook se encargó de que fueran lo más audibles posible.

Yoongi se hizo un ovillo en un rincón oscuro, tapándose los oídos con todas sus fuerzas, pero los gemidos de Winter y los suspiros roncos de Jungkook atravesaban sus manos como agujas al rojo vivo. Cada sonido de placer era una puñalada en su alma. Sentía náuseas, un asco profundo que le subía por la garganta al imaginar a su esposo, al hombre al que le dedicaba cada pensamiento y cada caricia, entregándose a la mujer que acababa de destruir su vida con una mentira.

—¡Para! ¡Por favor, para! —gritaba Yoongi, su voz volviéndose ronca, su garganta ardiendo—. ¡Kookie, te odio! ¡Te odio!

Pero en el fondo de su ser, sabía que era mentira. No podía odiarlo, y eso era lo que más le dolía. Se quedó dormido en el suelo frío, agotado de tanto llorar, con el eco de la traición como canción de cuna.

Pasaron dos días. Dos días en los que Jungkook apenas le pasaba una bandeja con agua y algo de pan seco, sin dirigirle la palabra, manteniéndolo encerrado como a un animal sarnoso. La mansión, antes llena de los aromas de la cocina de Yoongi, ahora olía a abandono y al perfume de Winter, que se paseaba por la casa como si fuera la nueva reina.

La tercera noche, la puerta se abrió. La luz del pasillo cegó a Yoongi, quien parpadeó con dificultad. Jungkook estaba allí, con el traje impecable, pero con una expresión de cansancio y una sombra de duda que intentaba ocultar tras su habitual arrogancia.

—Sal —ordenó Jungkook—. Winter se ha ido a comprar unas cosas. Tenemos que hablar.

Yoongi se levantó lentamente. Sus piernas temblaban y su ropa estaba arrugada y sucia. Caminó hacia el salón con la cabeza baja, sin mirar a Jungkook. Se sentó en el borde de un sofá, sintiéndose como un extraño en su propia casa.

—Espero que estos días te hayan servido para reflexionar sobre tu comportamiento —dijo Jungkook, cruzándose de brazos frente a él—. No voy a tolerar más violencia en esta casa. Si quieres seguir siendo mi esposo, tendrás que aceptar a Winter. Ella se quedará aquí de forma permanente.

Yoongi levantó la vista. Sus ojos, antes brillantes y llenos de una inocencia casi infantil, ahora eran dos pozos de una tristeza insondable, fríos y vacíos.

—¿Aceptarla? —preguntó Yoongi. Su voz era un susurro seco—. ¿Aceptar a la mujer que se autolesionó para que tú me pegaras? ¿Aceptar escuchar cómo la poseías mientras yo te suplicaba que me sacaras de esa oscuridad?

—Ella no se autolesionó, Yoongi. No seas ridículo —replicó Jungkook, aunque por dentro, la firmeza de Yoongi empezaba a inquietarlo.

—Sabes que es verdad, Jungkook. En el fondo de tu corazón de piedra, sabes que yo nunca le pegaría a nadie. Pero necesitabas una excusa para volver con ella y hacerme daño. Necesitabas castigarme por no ser ella.

Yoongi se puso en pie. A pesar de su debilidad física, en ese momento parecía más alto, más íntegro que el gigante que tenía enfrente.

—Me has pegado —continuó Yoongi, su voz ganando fuerza—. Me has humillado de la peor manera que un hombre puede humillar a su esposo. Me has encerrado y me has tratado como basura mientras te revolcabas con tu pasado.

—Yoongi, basta... —intentó decir Jungkook, dando un paso hacia él.

—¡No! —gritó Yoongi, y por primera vez, Jungkook retrocedió ante la intensidad del menor—. He pasado cada segundo en ese cuarto oscuro pensando en lo mucho que te amaba. Pensaba que si era lo suficientemente bueno, si cocinaba lo suficientemente rico, si te daba suficientes besos, algún día me mirarías como la miras a ella. Pero me equivoqué.

Yoongi se arrancó la alianza de oro del dedo. El anillo rodó por el suelo con un sonido metálico que pareció retumbar en toda la mansión hasta detenerse a los pies de Jungkook.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Jungkook, su voz temblando por primera vez.

—Lo que debí hacer el día que encontré esa foto en tu despacho —dijo Yoongi, limpiándose una lágrima rebelde con el dorso de la mano—. Quiero el divorcio, Jungkook.

El silencio que siguió fue absoluto. Jungkook sintió como si el aire de la habitación hubiera desaparecido de repente. El divorcio. La palabra golpeó su pecho con una fuerza que no esperaba. Durante años, Yoongi había sido la constante, el ruido de fondo dulce y reconfortante que siempre estaba ahí, sin importar lo frío o cruel que él fuera. La idea de que ese calor desapareciera de repente le provocó un vértigo aterrador.

—No puedes pedir el divorcio —dijo Jungkook, tratando de recuperar su máscara de control—. Tenemos un contrato. Nuestras familias...

—Me da igual el contrato. Me da igual el dinero y me da igual tu apellido —lo interrumpió Yoongi con una frialdad que heló la sangre de Jungkook—. Puedes quedarte con tu mansión, con tu empresa y con Winter. Puedes quedarte con tus recuerdos y con tu corazón roto. Yo ya no quiero arreglarte, Jungkook. Porque para arreglarte a ti, me he roto yo.

—Yoongi, estás siendo impulsivo. Estás dolido por lo del cuarto, lo entiendo, pero...

—¿Lo entiendes? —Yoongi soltó una carcajada amarga—. No entiendes nada. No sabes lo que es amar a alguien que te mira como si fueras un estorbo. No sabes lo que es sentir asco de ti mismo por seguir queriendo a alguien que te acaba de abofetear. Pero ya se acabó. El jarrón se rompió, Jungkook. Y aunque intentes pegar los trozos, las grietas siempre cortarán a quien intente tocarlo.

Yoongi caminó hacia la puerta. No llevaba nada consigo, ni ropa, ni dinero, ni recuerdos. Solo su dignidad maltrecha y un corazón que, aunque sangrando, finalmente empezaba a latir para sí mismo.

—¡Yoongi, vuelve aquí! —ordenó Jungkook, su voz cargada de un pánico creciente—. ¡Es una orden! ¡Soy tu esposo!

Yoongi se detuvo en el umbral. Giró levemente la cabeza, mostrando un perfil que ya no tenía rastro de la niñez que Jungkook tanto despreciaba.

—Ya no eres nada para mí, Jeon Jungkook. Solo eres el hombre que me enseñó que el amor no debería doler tanto.

Yoongi salió a la noche. La lluvia había cesado, dejando tras de sí un aire fresco y limpio. Caminó por el sendero de la mansión sin mirar atrás, ignorando los gritos de Jungkook que lo llamaban desde la entrada.

Dentro de la casa, Jungkook se quedó de pie en medio del gran salón. Miró el anillo de oro en el suelo, brillando bajo las luces de cristal. Por primera vez en su vida de empresario multimillonario, se sintió verdaderamente pobre. El silencio de la casa, que antes le parecía necesario para trabajar, ahora se le caía encima como una losa de mármol.

Se dio cuenta, demasiado tarde, de que Winter no era un refugio, sino un incendio que había consumido lo único real que tenía. Y Yoongi, su dulce y tierno Yoongi, se había llevado consigo la última chispa de calor de su vida, dejando tras de sí solo el eco de unos sollozos que Jungkook escucharía en sus pesadillas por el resto de sus días.

El jarrón no solo se había roto; se había convertido en polvo, y no había dinero en el mundo capaz de reconstruir la devoción de un alma que finalmente había decidido dejar de sufrir.