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La luz de mi corazón

Retazos de Memoria y el Sabor del Olvido

La rutina en los pasillos de GMMTV se había convertido en un juego de espionaje y deseo mal disimulado. Una semana después del incidente de la sudadera gris, Kinn había elevado la apuesta. No solo no la devolvió, sino que ahora, en un despliegue de audacia que dejó a Paul sin palabras, el heredero de la elegancia entró al edificio vistiendo una chaqueta vaquera de Barcode, una prenda llena de parches de bandas de rock locales y un ligero olor a tabaco dulce que Barcode usaba en sus noches de composición.

—Dime que no es lo que creo que es —murmuró Keen, codeando a Aun mientras veían a Kinn caminar hacia el ascensor con la barbilla en alto, ignorando las miradas de los estilistas que no daban crédito a que su "icono de moda" llevara algo tan... callejero.

—Es la chaqueta de la suerte de Barcode —respondió Aun, conteniendo la risa—. El "príncipe de Gucci" se está convirtiendo en un cleptómano de clóset. Esto ya no es bullying, es fetichismo de alto nivel.

Barcode, que venía unos pasos atrás con un batido en la mano, se detuvo en seco al ver su chaqueta favorita sobre los hombros de su rival. Sus ojos se entrecerraron con una mezcla de furia y una satisfacción eléctrica que le recorrió la columna.

—¡Kinn! —rugió Barcode, haciendo que un par de becarios saltaran del susto—. ¡Esa chaqueta tiene mi nombre bordado en el cuello interno! ¿Es que tu fortuna familiar no alcanza para comprarte algo que no sea propiedad privada?

Kinn se detuvo y, con una parsimonia que solo alguien con su cuenta bancaria podía permitirse, se ajustó el cuello de la chaqueta vaquera como si fuera la última tendencia de Milán.

—Oh, ¿esta baratija? —preguntó Kinn, girándose con una sonrisa ladeada que no llegaba a ocultar el brillo posesivo de sus ojos—. La encontré tirada en el camerino. Pensé que era un trapo de limpieza, pero luego me di cuenta de que tenía cierto... encanto rústico. Me gusta cómo me queda. Resalta mi estructura ósea.

—¡Resalta que eres un ladrón! —Barcode se acercó, invadiendo su espacio personal, aspirando sin querer el aroma de su propia ropa mezclado con el perfume caro de Kinn—. Devuélvemela, presumido. Esa chaqueta me la regaló mi abuelo.

Kinn dio un paso hacia adelante, acortando la distancia hasta que sus pechos casi se tocaron. La diferencia de altura era mínima, pero la tensión los hacía parecer gigantes en medio del vestíbulo.

—Ven a buscarla entonces, chico chusma —desafió Kinn en un susurro que solo Barcode pudo oír—. Pero tendrás que quitármela tú mismo. Y dudo que tengas el valor de hacerlo aquí, frente a todos.

Barcode apretó los puños, su respiración volviéndose errática. Antes de que pudiera responder, la voz del director resonó por los altavoces del estudio, llamándolos para la escena más importante de la semana.

El set estaba sumido en una penumbra azulada. La escena era el clímax emocional de la serie: la separación. Los personajes debían decirse adiós en una estación de tren vacía, dándose cuenta de que sus mundos eran demasiado diferentes para coexistir.

—Recuerden —dijo el director, ajustando la iluminación—, esto no es solo un adiós. Es el dolor de saber que la persona que más amas es la que más te hiere. Barcode, tú te vas. Kinn, tú te quedas solo. Quiero lágrimas reales, quiero que el público sienta que se les rompe el alma. ¡Acción!

Al principio, las líneas fluyeron como estaban escritas. Pero a medida que las palabras salían de sus bocas, el guion empezó a desdibujarse. El entorno de GMMTV desapareció, y de repente, ambos volvieron a tener doce años.

—¿Por qué siempre tienes que huir? —preguntó Kinn, y su voz no era la del personaje altivo, sino la de un niño herido—. ¿Por qué es tan fácil para ti dejarlo todo atrás sin mirar atrás ni una sola vez?

Barcode se quedó helado. Esa línea no estaba en el papel. Miró a Kinn y vio que sus ojos estaban anegados en lágrimas reales. El brillo de la arrogancia se había evaporado, dejando ver una vulnerabilidad que Kinn había pasado años enterrando bajo capas de seda y oro.

—Tenía que irme, Kinn —respondió Barcode, y su propia voz tembló—. Mi familia no tenía opción. No todos nacemos en cunas de plata donde podemos decidir quedarnos donde queremos.

—¡Podrías haberme dicho adiós! —gritó Kinn, y el dolor en su grito hizo que el equipo técnico contuviera el aliento—. Me dejaste solo en ese maldito barrio frío. Pasé meses esperando en la esquina de tu casa, pensando que volverías, que solo era una broma pesada. Me hiciste odiar este lugar, me hiciste odiar a la gente... me hiciste odiarte a ti para no morir de tristeza.

Las lágrimas empezaron a rodar por las mejillas de Barcode. El recuerdo de esa mudanza apresurada, de su padre cargando las cajas mientras él lloraba en silencio porque no le permitieron ir a buscar a su mejor amigo, lo golpeó como un mazo.

—Te busqué, Kinn —sollozó Barcode, olvidando por completo las cámaras—. Cuando volví a la ciudad años después, te busqué. Pero te habías convertido en este... en este extraño presumido que miraba a todos por encima del hombro. No sabía cómo acercarme al chico que solía compartir sus dulces conmigo sin que me rechazara con tu dinero y tu orgullo.

Kinn se cubrió la cara con las manos, sus hombros sacudiéndose por el llanto. La chaqueta vaquera de Barcode, que aún llevaba puesta, parecía pesarle toneladas. Era el símbolo de todo lo que habían perdido y de todo lo que habían intentado recuperar a través de provocaciones y robos de ropa.

—¡Corten! —susurró el director, conmovido hasta las lágrimas—. ¡Dios mío, eso fue... fue demasiado real!

Pero para Kinn y Barcode, el rodaje había terminado de la peor manera posible. Las heridas del pasado estaban abiertas y sangrando en mitad del set. Kinn, incapaz de procesar la avalancha de emociones, se dio la vuelta y salió corriendo del estudio sin decir una palabra a nadie, ni siquiera a Paul.

Barcode se quedó allí, en medio de la estación de tren de utilería, sintiéndose más solo de lo que se había sentido en toda su vida.

Pasó una hora. El cielo de Bangkok se había teñido de un violeta oscuro cuando Barcode llegó al edificio de apartamentos de Kinn. Sabía dónde vivía no porque Kinn se lo hubiera dicho, sino porque lo había seguido en secreto más de una vez, solo para asegurarse de que el "presumido" llegaba a salvo a su torre de marfil.

Subió el ascensor en silencio, con el corazón martilleando contra sus costillas. Cuando llegó al piso 45, encontró la puerta entreabierta. Entró con cuidado. El ático estaba a oscuras, excepto por la luz de la ciudad que entraba por los ventanales del suelo al techo.

Encontró a Kinn sentado en el suelo de la sala de estar, rodeado de botellas de agua mineral carísimas y su reloj de diamantes tirado en un rincón como si fuera basura. Seguía llevando la chaqueta vaquera, pero ahora estaba arrugada y manchada de lágrimas.

—Vete, Barcode —dijo Kinn sin mirarlo—. Ya tuviste lo que querías. Me viste desmoronarme. Ya puedes reírte del "maniquí de porcelana" que se rompió.

Barcode no dijo nada. Se acercó lentamente y se arrodilló frente a él. Con suavidad, tomó el rostro de Kinn entre sus manos. La piel de Kinn estaba fría, pero sus ojos ardían con una mezcla de odio y una necesidad desesperada.

—Nunca quise reírme de ti —susurró Barcode—. Solo quería que me vieras. No al cantante popular, no al chico chusma que te molesta... quería que vieras al niño que nunca dejó de echarte de menos.

Kinn intentó apartarse, pero Barcode lo sujetó con firmeza y lo besó. Fue un beso que sabía a sal y a años de silencio. Kinn luchó por un segundo, sus manos empujando el pecho de Barcode, pero la resistencia se desvaneció rápidamente. Se aferró a la camiseta de Barcode con la misma desesperación con la que un náufrago se aferra a una tabla, devolviendo el beso con una intensidad que los dejó a ambos sin aliento.

Se movieron por puro instinto hacia el sofá de cuero blanco, tropezando y chocando en la oscuridad. Barcode empezó a despojar a Kinn de la chaqueta vaquera, no para recuperarla, sino para llegar a él, para sentir el calor de su piel sin ninguna barrera de por medio.

—Te amo —murmuró Barcode contra el cuello de Kinn, mientras sus manos recorrían el cuerpo que tantas veces había deseado tocar de verdad—. Nunca dejé de amarte, ni siquiera cuando me mudé, ni siquiera cuando me llamabas chusma en los pasillos.

Kinn soltó un gemido que fue mitad sollozo y mitad placer cuando Barcode lo hizo suyo allí mismo, en medio del lujo frío de su sala de estar que, por primera vez, se sentía cálida. En la entrega absoluta de sus cuerpos, las etiquetas de diseñador y los orígenes humildes dejaron de existir. Solo eran dos mitades de un mismo recuerdo que finalmente se encontraban.

—Dilo otra vez —suplicó Kinn, con los ojos cerrados y la respiración entrecortada mientras se fundía con Barcode—. Dime que no te vas a ir mañana.

Barcode lo estrechó contra su pecho, besando sus párpados húmedos.

—No me voy a ninguna parte, presumido —respondió Barcode con una sonrisa llena de ternura—. A partir de ahora, vas a tener que aguantarme todos los días. Y si quieres robarme la ropa, adelante... mientras me lleves a mí dentro de ella.

Kinn sonrió entre el cansancio y la felicidad, escondiendo su rostro en el hombro de Barcode. Por fin, la armadura de oro había caído, y lo que quedaba debajo era exactamente lo que Barcode siempre había amado: el corazón de un niño que, a pesar de todo el dinero del mundo, solo necesitaba ser encontrado.