La luz de mi corazón
Marcas de Guerra y Promesas de Algodón
La luz de la mañana en el ático de Kinn no era como la de cualquier otro lugar en Bangkok. Era una claridad filtrada, costosa, que caía sobre los muebles de diseño como si fuera un foco de estudio. Sin embargo, sobre el sofá de cuero blanco, la escena era deliciosamente caótica. Barcode se despertó primero, sintiendo el peso reconfortante de Kinn sobre su pecho. El "príncipe de la seda" dormía con una expresión de paz que nunca mostraba en las oficinas de GMMTV, con el cabello desordenado y un rastro de cansancio feliz en las comisuras de los labios.
Barcode le acarició la espalda, notando los ligeros arañazos que él mismo había dejado la noche anterior en el fragor de su reconciliación. Sonrió para sí mismo. Quién hubiera dicho que el chico que coleccionaba relojes de edición limitada terminaría rindiéndose ante un "chico chusma" en medio de una sala de estar.
—Despierta, presumido —susurró Barcode, depositando un beso en la punta de la nariz de Kinn—. El mundo nos espera, y tienes un rodaje que protagonizar.
Kinn gruñó, apretando más el agarre sobre la cintura de Barcode, negándose a abrir los ojos.
—Cinco minutos más —balbuceó Kinn con la voz ronca—. Este sofá es más cómodo de lo que recordaba. O quizás eres tú.
—Soy yo, obviamente —rio Barcode, zafándose con cuidado—. Vamos, a la ducha. Hueles a... bueno, hueles a mí, y aunque me encanta, el director va a sospechar si llegamos oliendo a pecado y nostalgia.
Se levantaron juntos, una danza de extremidades entrelazadas y risas contenidas. En el baño principal, una estancia de mármol negro que parecía un spa de cinco estrellas, el agua caliente empezó a llenar el ambiente de vapor. Bajo el chorro de la ducha, no hubo espacio para la arrogancia. Kinn dejó que Barcode le enjabonara la espalda, cerrando los ojos ante el tacto cálido y rudo de las manos del cantante.
—¿Qué vamos a hacer hoy? —preguntó Kinn, apoyando la frente contra el azulejo frío mientras sentía el agua correr—. Ayer... ayer rompimos todas las reglas, Barcode.
—Ayer simplemente pusimos las cosas en su sitio —respondió Barcode, abrazándolo por la espalda, dejando besos húmedos en sus hombros—. Hoy vamos al set como lo que somos. Sin juegos, sin robos de ropa... bueno, tal vez con algunos robos, pero consentidos.
Al salir, Kinn se quedó mirando su vestidor, una habitación del tamaño de un apartamento pequeño llena de trajes a medida. Frunció el ceño. Nada de lo que había allí parecía encajar con la calidez que sentía en el pecho.
—No quiero usar nada de esto —admitió Kinn, mirando sus camisas de seda con desdén.
Barcode, que ya se había puesto sus propios pantalones, rebuscó en su mochila, la cual había traído consigo la noche anterior. Sacó una camiseta negra de algodón, algo ancha, con un estampado de una calavera con auriculares, y unos vaqueros desgastados.
—Ponte esto —dijo Barcode, lanzándole la ropa—. Es mi estilo. Veamos si el gran Kinn puede verse bien siendo un "chusma".
Kinn la tomó entre sus manos como si fuera un tejido sagrado. Se vistió despacio, sintiendo la aspereza del algodón contra su piel, un contraste total con su armario habitual. Se miró al espejo de cuerpo entero y, por primera vez en años, no vio a un heredero. Vio a un chico joven, vibrante, que por fin parecía pertenecer al lado de la persona que amaba.
—Me queda... sorprendentemente bien —murmuró Kinn, ajustándose el cinturón.
—A ti todo te queda bien, presumido, pero con mi ropa pareces alguien a quien se puede abrazar sin miedo a romper un diamante —bromeó Barcode, dándole un beso rápido antes de salir hacia el coche.
Cuando llegaron a GMMTV, el ambiente cambió instantáneamente. No entraron por separado. Barcode caminaba con su habitual confianza traviesa, pero esta vez, su mano buscaba constantemente la de Kinn. Entraron en el vestíbulo principal como una unidad, ignorando el silencio sepulcral que se formó a su alrededor.
Kinn, vistiendo la ropa de Barcode, era una visión que nadie podía procesar. Paul, que los esperaba cerca de los ascensores con un iPad y un café helado, casi deja caer el dispositivo al suelo.
—¿Kinn? —Paul parpadeó varias veces, ajustándose las gafas—. ¿Qué... qué es eso que llevas puesto? ¿Te han asaltado de camino al trabajo?
Kinn soltó una risa ligera, una que Paul nunca había escuchado en público.
—Es moda, Paul. Deberías actualizarte —respondió Kinn, lanzándole una mirada cómplice a Barcode—. Necesito hablar contigo en privado antes de empezar el maquillaje.
Barcode le dio un apretón en la mano y se dirigió hacia donde estaban Aun, Keen y Aungpao, quienes ya estaban empezando a silbar y a hacer comentarios burlones. Kinn, por su parte, arrastró a Paul hacia un rincón apartado del pasillo de los camerinos.
—Paul, necesito que canceles mis citas de la tarde —dijo Kinn, tratando de mantener la compostura, aunque sus mejillas estaban ligeramente encendidas.
—Eso ya lo hice, imaginé que estarías... ocupado —respondió Paul con un tono sugerente—. Pero, en serio, Kinn, ¿qué pasó anoche? Pareces otra persona.
Kinn suspiró, apoyándose contra la pared, y por un momento la máscara de superioridad desapareció por completo.
—Fue... perfecto, Paul. Todo lo que recordaba y más. Pero —Kinn bajó la voz, mirando a ambos lados para asegurarse de que nadie escuchaba—, en el calor del momento, no pensamos en nada. No usamos protección.
Paul abrió los ojos de par en par, conteniendo una exclamación.
—¿Kinn? ¿Tú? ¿El señor "Control Total" olvidó lo más básico?
—No me juzgues —susurró Kinn, frotándose la nuca—. Estábamos en el sofá, luego en el suelo... fue un caos emocional. Sé que no debería pasar nada, somos dos hombres, pero es el hecho de la falta de control, de cómo me hace sentir. Barcode me desestabiliza por completo. No pienso con claridad cuando me toca.
—Eso es lo que pasa cuando te enamoras de verdad, idiota —dijo Paul, suavizando el tono—. No te preocupes por eso ahora. Solo asegúrate de que ambos estén bien. Pero mira tu cuello, Kinn. Tienes una marca que ni el mejor corrector de la empresa va a poder tapar.
Kinn se llevó la mano al cuello, recordando el momento exacto en que Barcode lo había marcado con una posesividad que le había hecho temblar.
—Que se vea —dijo Kinn con una valentía nueva—. Que todo el mundo sepa a quién pertenezco.
El rodaje de ese día fue radicalmente distinto. Ya no había tensión cortante, sino una armonía que traspasaba la pantalla. El director estaba encantado, aunque sospechaba que el cambio de vestuario de Kinn no era una "decisión artística" repentina, sino algo mucho más personal. Durante los descansos, Barcode no se separaba de Kinn, compartiendo comida y susurrando chistes que hacían que el millonario soltara carcajadas que iluminaban todo el set.
Al finalizar la jornada, Barcode ayudó a Kinn a recoger sus pertenencias.
—Hoy nos vamos a mi casa —declaró Barcode, cargando el maletín de diseñador de Kinn en un hombro y su propia mochila en el otro—. Tu ático es muy bonito, pero es demasiado silencioso. Mi casa tiene alma, y además, tengo una tina que te va a encantar.
Kinn no protestó. Subieron al coche de Barcode, un vehículo mucho más modesto pero lleno de carácter, con CDs esparcidos por el suelo y un olor a vainilla y libertad.
El apartamento de Barcode era tal como Kinn lo imaginaba: acogedor, lleno de instrumentos musicales, pósteres de películas y una luz cálida que te hacía sentir bienvenido al instante. No había mármol frío aquí, solo madera y alfombras suaves.
—Bienvenido a la guarida del "chico chusma" —dijo Barcode, dejando las cosas de Kinn en la entrada—. El baño está al fondo. Prepárate, voy a preparar algo de cenar... o mejor dicho, voy a pedir algo porque si cocino quemamos el edificio.
Kinn se rió, acercándose a él y rodeándole el cuello con los brazos.
—Mejor vamos a bañarnos primero. Estoy agotado, pero de una forma extrañamente buena.
Se metieron juntos en la tina, un espacio mucho más pequeño que el de Kinn, lo que los obligaba a estar piel con piel, con las piernas entredichas. Barcode usó un gel de baño que olía a cítricos, frotando suavemente los hombros de Kinn mientras este descansaba la cabeza en su pecho.
—¿Sabes? —murmuró Kinn, cerrando los ojos bajo el vapor—. Podría acostumbrarme a esto. A la ropa de algodón, a la comida para llevar y a este baño pequeño.
—¿Incluso si no hay alfombras persas? —bromeó Barcode, besándole la coronilla.
—Incluso si el suelo es de linóleo —respondió Kinn seriamente—. Mientras estés tú, el resto es solo decoración cara.
El agua caliente y el roce constante despertaron de nuevo el hambre que parecía insaciable entre ellos. Lo que empezó como un baño relajante se convirtió rápidamente en caricias más profundas, en jadeos que rebotaban contra los azulejos húmedos. Barcode levantó a Kinn, sosteniéndolo contra la pared del baño mientras el agua seguía corriendo.
—Eres mío, Kinn —susurró Barcode, su voz cargada de una pasión primitiva—. No me importa cuántos trajes caros te pongas mañana, esta noche y todas las que vengan, eres solo mi presumido.
Kinn envolvió sus piernas alrededor de la cintura de Barcode, gimiendo cuando sintió la entrada de su amante. No había elegancia en este acto, solo una necesidad cruda y verdadera. Barcode se movía con una fuerza que hacía que Kinn viera estrellas, perdiéndose en la sensación de ser poseído por el único hombre que alguna vez había visto a través de su máscara de oro.
En el clímax de su unión, Barcode bajó la cabeza y mordió el hombro de Kinn, dejando una marca profunda, clara y duradera. Una marca de propiedad que no se borraría en días. Kinn gritó su nombre, arqueando la espalda, entregándose por completo al placer y a la realidad de que su vida, tal como la conocía, había terminado para dar paso a algo mucho más real.
Más tarde, tumbados en la cama de Barcode, envueltos en sábanas de hilo sencillo pero cálidas, Kinn observó la marca en su hombro a través del espejo del armario.
—Me has marcado de nuevo —dijo Kinn, tocando la piel enrojecida con una sonrisa de satisfacción.
—Para que no se te olvide —respondió Barcode, atrayéndolo hacia sí—. Para que cuando te mires en esos espejos caros de tu oficina, recuerdes quién te hizo gritar así.
Kinn se acurrucó contra él, sintiendo el latido del corazón de Barcode contra su oído. Ya no era el novato arrogante que buscaba marcas famosas para sentirse alguien. Ahora era simplemente Kinn, el chico que amaba a Barcode, el chico que había encontrado su hogar en el lugar menos esperado.
—Mañana —dijo Kinn, empezando a quedarse dormido—, mañana voy a pedirle a Paul que traiga todas mis cosas aquí. No quiero volver a ese ático solo.
—Me parece bien —susurró Barcode, cerrando los ojos también—. Pero recuerda, aquí no aceptamos zapatos de suela roja dentro de la casa.
—Lo que tú digas, chico chusma —murmuró Kinn con una última sonrisa antes de que el sueño los venciera a ambos, unidos por algo que ningún dinero podía comprar y que ninguna distancia volvería a separar.
La guerra en GMMTV no había terminado, pero ahora, el "Golden Boy" y el "Heredero de la Seda" tenían un secreto que los hacía invencibles. Y mientras el sol empezaba a asomar por el horizonte de Bangkok, dos corazones latían al unísono, libres de etiquetas, llenos de marcas de un amor que apenas estaba comenzando a escribir su mejor capítulo.