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La luz de mi corazón

Antojos de Diamante y un Secreto en el Vientre

El edificio de GMMTV había sido testigo de muchos dramas, pero nada comparado con la transformación de Kinn en los últimos meses. El heredero de la elegancia, el hombre que solo bebía agua mineral de manantial francés y vestía seda italiana, estaba sentado en medio del camerino principal con una expresión de tragedia griega, sosteniendo un frasco de pepinillos en vinagre y una barra de chocolate amargo al 80%.

—Paul, te lo he dicho tres veces —dijo Kinn, su voz temblando con una mezcla de furia y desesperación—. El chocolate tiene que estar derretido sobre el pepinillo. Si el pepinillo no está crujiente y el chocolate no tiene ese toque de sal del Himalaya, mi existencia no tiene sentido. ¡Muévete!

Paul, que parecía haber envejecido diez años en las últimas semanas, suspiró mientras sostenía un soplete de cocina minúsculo.

—Kinn, por el amor de todos los santos, son las diez de la mañana —replicó Paul, frotándose las sienes—. Ayer querías helado de vainilla con salsa de pescado. Anteayer, pizza de piña con extra de wasabi. Tu paladar de millonario se ha vuelto... criminal.

—¡No es criminal, es una necesidad fisiológica! —gritó Kinn, lanzando un cojín de terciopelo hacia la puerta—. ¡Siento que si no como esto ahora mismo, voy a incendiar este edificio con todos tus trajes de poliéster dentro!

En ese momento, la puerta se abrió de golpe y Barcode entró, seguido por su séquito habitual de amigos traviesos: Aun, Keen y el siempre pacífico Aungpao. Barcode se detuvo en seco, olfateando el aire con una mueca de horror.

—¿Qué es este olor? —preguntó Barcode, tapándose la nariz—. Huele como si una fábrica de dulces hubiera explotado dentro de una tienda de conservas. Kinn, ¿qué rayos estás haciendo?

Kinn se irguió en su silla, tratando de recuperar su dignidad aristocrática a pesar de que tenía una mancha de chocolate en la comisura de los labios.

—Estoy desayunando, chico chusma —respondió Kinn con altivez, aunque sus ojos se llenaron de lágrimas repentinas sin razón aparente—. ¿Es que ahora también vas a criticar mis gustos culinarios refinados?

—¿Refinados? —Keen soltó una carcajada, asomándose por encima del hombro de Kinn—. Tienes un pepinillo bañado en cacao, hombre. Eso no es refinado, eso es un atentado terrorista contra el estómago.

Aun se unió a la burla, señalando el vientre de Kinn, que bajo la camisa de seda (notablemente más holgada de lo habitual) parecía estar un poco más redondeado.

—Vaya, Kinn —dijo Aun con malicia—, parece que la comida de Barcode finalmente te está pasando factura. Te estás poniendo... mullido. ¿Es que los millonarios también tienen embarazos psicológicos cuando se enamoran de un plebeyo?

—¡No estoy mullido! —chilló Kinn, poniéndose de pie tan rápido que se mareó y tuvo que sostenerse de la mesa—. Es retención de líquidos. El aire acondicionado de esta empresa es de pésima calidad y hace que mis tejidos se inflamen.

Aungpao, que observaba la escena con una calma analítica, frunció el ceño.

—Kinn, tienes cambios de humor cada diez minutos, antojos que desafían la lógica biológica y te has quedado dormido tres veces en medio de las lecturas de guion —enumeró Aungpao—. Barcode, tu novio no está loco, está... bueno, está raro.

Barcode se acercó a Kinn, rodeándole la cintura con los brazos. Sintió esa suavidad inusual en su abdomen, pero decidió no bromear al respecto porque Kinn parecía a punto de morder a alguien.

—Cariño, llevas tres días diciendo que odias el olor de mi perfume favorito —dijo Barcode con suavidad—. Ayer lloraste durante media hora porque el asistente trajo servilletas de papel en lugar de tela. Estás perdiendo la cabeza, presumido.

—¡Es que las servilletas de papel me raspan la piel! —sollozó Kinn, escondiendo el rostro en el cuello de Barcode—. Y tú hueles demasiado a... a hombre. Quiero que huelas a flores de cerezo y a dinero recién impreso. ¡Es lo mínimo que merezco!

Paul miró a Barcode con una súplica silenciosa en los ojos.

—Lévatelo, por favor —susurró Paul—. Ha estado haciendo berrinches toda la mañana porque dice que la luz del sol es "demasiado amarilla" hoy.

Barcode suspiró, besando la coronilla de Kinn.

—Está bien, vamos al hospital —sentenció Barcode—. Esto ya no es normal. O tienes un parásito exótico de esos que pescas en tus viajes a islas privadas, o realmente te has vuelto loco de amor.

—¡No voy a ir a un hospital público! —protestó Kinn, aferrándose al frasco de pepinillos—. ¡Solo iré si la camilla es de cuero genuino y el doctor tiene un doctorado en Harvard!

—Iremos a la clínica privada de tu familia, princesa —dijo Barcode, arrastrándolo hacia la salida—. Muevan el Rolls-Royce, que el heredero tiene una crisis existencial.

El trayecto al hospital fue una tortura. Kinn se quejó del bache en la calle 42, de que el cuero del asiento estaba "demasiado frío" y de que Barcode no lo miraba con suficiente adoración. Cuando finalmente llegaron a la suite privada de la clínica, Kinn se sentó en la cama con los brazos cruzados, todavía vistiendo su chaqueta de diseñador sobre la bata de hospital que se había negado a amarrar porque "el nudo era antiestético".

El doctor, un hombre mayor acostumbrado a los caprichos de la familia de Kinn, entró con una serie de resultados de análisis de sangre en la mano. Su expresión era una mezcla de asombro y confusión científica.

—Bueno, joven Kinn —empezó el doctor, ajustándose las gafas—, los resultados son... inesperados.

—Dígalo de una vez, doctor —intervino Barcode, que estaba sentado al borde de la cama—. ¿Es un virus? ¿Es estrés por el rodaje? ¿Es un exceso de caviar en su sistema?

El doctor miró a Barcode y luego a Kinn, quien estaba ocupado examinando si sus uñas necesitaban una manicura urgente.

—Es un caso extremadamente raro —dijo el médico—. Se da uno en un millón entre hombres con una disposición genética específica. Joven Kinn, usted no está enfermo. Usted está embarazado. De unas doce semanas, para ser exactos.

El silencio que siguió fue tan pesado que se podría haber cortado con un cuchillo de plata. Kinn dejó caer su mano, mirando al doctor como si acabara de decir que el cielo era verde. Barcode, por su parte, se quedó con la boca abierta, procesando la información a una velocidad de tortuga.

—¿Embarazado? —susurró Barcode—. Pero... pero si somos... quiero decir, la biología...

—Como dije, es un fenómeno raro —explicó el doctor—, pero su cuerpo ha desarrollado un sistema gestacional funcional. Es por eso que tiene esos antojos tan... peculiares. Y esos cambios de humor.

Kinn parpadeó, mirando su propio vientre. Lentamente, llevó una mano hacia la zona redondeada que tanto había intentado ocultar.

—¿Hay... hay un pequeño presumido ahí dentro? —preguntó Kinn, su voz volviéndose pequeña y vulnerable por primera vez.

Barcode reaccionó de inmediato. Se lanzó sobre la cama, abrazando a Kinn con una fuerza que casi los hace caer.

—¡Un bebé! —gritó Barcode, riendo y llorando al mismo tiempo—. ¡Voy a tener un pequeño heredero ruidoso! ¡Kinn, esto es increíble! ¡Eres un milagro de la moda y la ciencia!

Kinn, sin embargo, recuperó su compostura en un segundo, aunque sus ojos brillaban con una emoción incontenible. Empujó ligeramente a Barcode, tratando de fruncir el ceño.

—¡No te alegres tanto, chico chusma! —exclamó Kinn—. ¿Tienes idea de lo que esto le va a hacer a mi figura? ¡Voy a estar hinchado durante meses! ¡Y mis trajes de Gucci no me van a quedar! ¡Paul tendrá que encargar una colección entera de maternidad a medida en París!

—Kinn, acabas de recibir la noticia más milagrosa de tu vida —dijo Barcode, besándole las manos—, ¿y te preocupas por la ropa?

—¡Por supuesto que me preocupo! —respondió Kinn, haciendo un berriche y golpeando la almohada—. Si voy a traer a un ser humano al mundo, tiene que ser en un ambiente de lujo absoluto. Y tú... tú vas a tener que comprarme todos los chocolates con pepinillo que se me antojen. ¡Es tu responsabilidad!

Barcode se rió, apoyando su cabeza en el hombro de Kinn mientras el doctor salía discretamente de la habitación.

—Te compraré el mundo entero, Kinn —susurró Barcode—. Pepinillos, chocolate, diamantes... lo que sea.

Kinn se quedó callado un momento, acariciando el cabello de Barcode. Una pequeña sonrisa, llena de una ternura que rara vez permitía que otros vieran, iluminó su rostro.

—Más te vale —dijo Kinn, aunque su tono ya no tenía veneno—. Porque este bebé ya tiene gustos caros. Siento que quiere un biberón de cristal de Swarovski.

—Lo que el príncipe desee —respondió Barcode, abrazándolo más fuerte.

Afuera, en la sala de espera, Paul, Aun, Keen y Aungpao escucharon los gritos y las risas. Paul suspiró, sabiendo que su trabajo acababa de volverse mil veces más difícil.

—¿Y bien? —preguntó Keen—. ¿Se va a morir de un berrinche o qué?

Paul miró a los amigos de Barcode con una expresión solemne.

—Digamos que a partir de ahora, el presupuesto de GMMTV en pepinillos y seda va a aumentar considerablemente —dijo Paul—. Kinn no se va a morir... pero nosotros probablemente sí intentando cumplir sus antojos.

De vuelta en la habitación, Kinn ya estaba al teléfono con su asistente personal, exigiendo que le trajeran una almohada de plumas de ganso salvaje porque la del hospital era "demasiado plebeya". Barcode solo lo miraba con adoración, sabiendo que, aunque Kinn siguiera siendo el presumido más arrogante de Bangkok, ahora llevaba consigo el fruto de ese amor que nació en un barrio humilde y floreció entre etiquetas de diseñador.

—Barcode —llamó Kinn, colgando el teléfono—. Tengo otro antojo.

—Dime, mi vida.

—Quiero fresas con mostaza —sentenció Kinn con total seriedad—. Y quiero que me las traigas en un plato de porcelana china. ¡Corre!

Barcode se levantó con una sonrisa, dándole un último beso en la frente antes de salir a cumplir las órdenes de su rey. La guerra de egos en GMMTV había terminado, dando paso a la era del heredero más caprichoso y amado que el mundo jamás conocería. Y mientras Kinn se quedaba solo en la suite, acariciando su vientre con una elegancia innata, supo que no había marca famosa en el mundo que pudiera compararse con la sensación de ese pequeño latido que ahora compartía su espacio de lujo.