La luz de mi corazón
Seda, Antojos y el Aroma de la Ausencia
—¡Barcode! ¡Si das un paso más hacia ese cuarto de baño, juro por mi colección de relojes Patek Philippe que pediré el divorcio antes de que nazca este heredero! —El grito de Kinn resonó por todo el ático, cargado de una urgencia que rozaba el pánico.
Barcode se detuvo en seco, con la toalla al hombro y una expresión de absoluta confusión. Se giró para mirar a su pareja, quien estaba repantingado en el sofá de terciopelo azul, luciendo una túnica de seda negra que apenas lograba ocultar la prominente curva de sus cinco meses de embarazo.
—Kinn, mi vida, mi cielo de diamantes... solo voy a ducharme —explicó Barcode con una paciencia que merecía un premio internacional—. He estado ensayando coreografías ocho horas en GMMTV. Huelo a gimnasio, a esfuerzo y a gente común. Tú odias el olor a gente común.
—¡Ahora no! —Kinn hizo un mohín, y sus ojos se llenaron de lágrimas con una rapidez alarmante—. Ahora tu olor es lo único que mantiene a este bebé tranquilo. Si te encierras ahí, me dejarás solo con mis pensamientos y con este antojo de calamares fritos bañados en mermelada de higos caros. ¡Y no hay higos en la despensa!
Barcode suspiró, regresando al sofá para sentarse a los pies de Kinn. Le acarició los tobillos, que estaban ligeramente hinchados, algo que a Kinn le provocaba crisis de llanto cada mañana frente al espejo.
—Está bien, no me ducho todavía —cedió Barcode, besándole la rodilla—. Pero mírame, estoy aquí. No me voy a ninguna parte.
—Eso dices siempre, pero luego te vas a grabar y me dejas aquí, rodeado de lujo pero vacío de afecto —sollozó Kinn, cubriéndose los ojos con el dorso de la mano—. Ayer, Paul me dijo que me veía "radiante", y estoy seguro de que es un código para decir que estoy gordo. ¡Soy una ballena de diseñador, Barcode!
—Eres el hombre más hermoso de toda Tailandia, y probablemente de Asia —aseguró Barcode, subiendo sus manos para acariciar el vientre firme de Kinn—. Y no estás gordo, estás albergando a un pequeño presumido que va a tener tus ojos y mi carisma.
Kinn se calmó un poco, pero su mirada seguía siendo inquieta. La inseguridad se había filtrado en su armadura de arrogancia como el agua en la seda. Cada vez que Barcode se alejaba, aunque fuera a la habitación de al lado, Kinn sentía un vacío irracional, una necesidad de posesión que lo consumía.
—Quiero dormir con Paul hoy —soltó Kinn de repente, limpiándose una lágrima rebelde.
Barcode parpadeó, procesando la frase.
—¿Con Paul? ¿Tu mánager? ¿En su casa? —Barcode soltó una carcajada incrédula—. Kinn, Paul vive en un apartamento de soltero que huele a café instantáneo y a trabajo acumulado. No aguantarías ni diez minutos sin tus sábanas de mil hilos.
—¡Paul me entiende! —insistió Kinn, levantándose con dificultad, sosteniéndose la espalda baja—. Él no se burla de mis antojos. Él me trae los pepinillos con chocolate sin hacer preguntas. Además, necesito espacio. Siento que me asfixias con tu... con tu masculinidad ruidosa. ¡Me voy! ¡Paul, trae el coche!
Paul, que estaba en la cocina revisando unos contratos, asomó la cabeza con una expresión de terror puro.
—¿A mi casa? Kinn, tengo la colada sin hacer y mi sofá es de Ikea —susurró Paul, suplicando con la mirada a Barcode.
—¡No me importa! —sentenció Kinn, caminando hacia la puerta con la dignidad de un rey exiliado—. Si es de Ikea, que sea de la línea más cara. ¡Vámonos!
Barcode no lo detuvo. Sabía que con los cambios de humor de Kinn, era mejor dejar que la realidad le diera una bofetada de humildad. Observó desde el ventanal cómo el Rolls-Royce se alejaba, dejando el ático en un silencio sepulcral.
Tres horas después, el teléfono de Barcode sonó. Era Paul.
—Barcode, por favor, ven a buscarlo —suplicó Paul al otro lado de la línea—. Se ha quejado de que mi aire acondicionado hace un ruido "plebeyo", dice que el agua de mi grifo sabe a metal y ahora está llorando porque dice que el olor de mi detergente le recuerda que tú no estás aquí. Está sentado en mi cama de 1.50 metros diciendo que es una "jaula de pobreza".
Barcode sonrió, ya con las llaves del coche en la mano.
—Voy para allá, Paul. Ten preparados los pañuelos de seda, los va a necesitar.
Cuando Barcode llegó al apartamento de Paul, encontró a Kinn envuelto en una manta que claramente no era de cachemira, sentado en el borde de la cama con una expresión de absoluto arrepentimiento. Al ver a Barcode en la puerta, Kinn no dijo nada; simplemente extendió los brazos como un niño pequeño.
—Huele a... común —susurró Kinn contra el pecho de Barcode cuando este lo tomó en brazos—. Llévame a casa. Mis senos me duelen, mi espalda me mata y odio a Paul por no tener almohadas ergonómicas.
—Vámonos a casa, mi príncipe caprichoso —dijo Barcode, cargándolo con cuidado, ignorando las protestas de Kinn sobre cómo su peso "arruinaría la columna de un cantante popular".
El regreso al ático fue silencioso, pero la tensión en el coche era distinta. Ya no era irritación, sino una necesidad física acumulada. Al llegar, Barcode llevó a Kinn directamente a la habitación principal. La luz de la luna bañaba la cama king-size, creando sombras sobre las sábanas de seda plateada.
—Me duelen mucho, Barcode —murmuró Kinn mientras Barcode le ayudaba a quitarse la túnica—. Están... sensibles. Todo mi cuerpo se siente como si estuviera a punto de estallar.
Barcode observó a su pareja. El embarazo había embellecido a Kinn de una manera cruda y poderosa. Sus senos estaban más llenos, las venas azuladas marcando la piel pálida y delicada, y su vientre era una esfera perfecta de vida. Barcode sintió una oleada de deseo tan intensa que le costó respirar.
—Déjame cuidarte —susurró Barcode.
Llevó a Kinn a la cama y se situó detrás de él, rodeándolo con sus brazos. Sus manos, grandes y cálidas, subieron con extrema lentitud hasta alcanzar el pecho de Kinn. Al rozar los pezones endurecidos y sensibles, Kinn soltó un jadeo agudo, arqueando la espalda contra el pecho de Barcode.
—¡Ah! Despacio... —suplicó Kinn, aunque sus manos se aferraron a los antebrazos de Barcode para pedir más—. Está tan... caliente. Me quema.
—Es porque me extrañabas —dijo Barcode al oído de Kinn, su voz volviéndose ronca—. Es porque tu cuerpo sabe que solo yo puedo aliviarte.
Barcode empezó a masajear los senos de Kinn con movimientos circulares, usando la yema de sus pulgares para presionar con suavidad las puntas hipersensibles. Kinn cerró los ojos, dejando que su cabeza cayera hacia atrás. El dolor se transformaba rápidamente en un placer punzante, una electricidad que viajaba directamente hacia su vientre y más abajo.
—Eres tan hermoso así —continuó Barcode, bajando sus manos para acariciar la redondez del embarazo—. Tan lleno de mí, tan mío. No vuelvas a decir que quieres irte a casa de Paul. Tu único lugar es donde yo esté.
—Lo sé... soy un idiota —jadeó Kinn, girándose en los brazos de Barcode para buscar sus labios—. Soy un presumido insoportable, pero no me dejes, Barcode. No me dejes ni para ducharte.
—Nunca —prometió Barcode antes de sellar sus labios en un beso profundo, hambriento, que sabía a perdón y a una pasión que los meses de gestación solo habían intensificado.
Barcode recostó a Kinn sobre las almohadas, separando sus piernas con delicadeza. El contraste entre la piel de Kinn, suave como la porcelana, y la fuerza de Barcode era embriagador. Con una paciencia que torturaba a Kinn, Barcode empezó a besar cada centímetro de su piel, deteniéndose especialmente en la curva de su vientre, donde depositó besos reverentes.
—¿Sientes eso? —preguntó Barcode, sintiendo una pequeña patada contra su mejilla—. Hasta él sabe que su padre ha vuelto.
Kinn soltó una risita entrecortada, sus dedos enredándose en el cabello de Barcode.
—Él solo quiere que dejes de hablar y me hagas el amor de una vez —sentenció Kinn, recuperando un destello de su arrogancia habitual—. Es una orden, Barcode.
Barcode no necesitó que se lo dijeran dos veces. Se posicionó entre las muslos de Kinn, entrando en él con una firmeza que hizo que Kinn gritara su nombre hacia el techo del ático. No fue un encuentro suave; fue intenso, cargado de la desesperación de las horas separados y de la profundidad del vínculo que los unía.
Cada embestida de Barcode era una reafirmación de su pertenencia. Kinn se aferraba a los hombros de su pareja, sus uñas marcando la piel de Barcode, mientras sus cuerpos sudorosos se deslizaban sobre la seda. El ritmo era frenético, una danza de dos almas que se habían encontrado en los extremos opuestos de la sociedad y que ahora creaban vida en el centro exacto de su amor.
—¡Barcode! ¡Más... por favor! —suplicó Kinn, sus ojos nublados por el éxtasis.
Barcode aumentó la velocidad, sintiendo cómo las paredes internas de Kinn lo envolvían con una calidez asfixiante. El placer era tan abrumador que Kinn empezó a llorar de nuevo, pero esta vez eran lágrimas de liberación, de plenitud.
—Eres mi vida, Kinn —gruñó Barcode antes de llegar al clímax, desbordándose dentro de él en una explosión de calor y promesas silenciosas.
Kinn lo siguió segundos después, su cuerpo temblando violentamente mientras se aferraba a Barcode como si fuera su único ancla en el universo. Se quedaron así durante mucho tiempo, con las respiraciones acompasándose lentamente, el único sonido en la habitación era el suave zumbido del aire acondicionado de alta gama.
—¿Siguen doliendo? —preguntó Barcode un rato después, acariciando con ternura los senos de Kinn, que ahora lucían un color rosado por la fricción y el deseo.
—Un poco... pero es un dolor bueno —respondió Kinn, acurrucándose contra el costado de Barcode—. Aunque sigo queriendo esos calamares con mermelada de higos.
Barcode soltó una carcajada, besando la sien de su amante.
—Mañana traeré un cargamento entero de higos de Turquía si es necesario —prometió Barcode—. Pero ahora, duerme. Mañana tenemos que ir a GMMTV y tienes que lucir como el heredero más imponente y embarazado de la historia.
Kinn cerró los ojos, sintiéndose finalmente seguro, amado y, sobre todo, en casa.
—Barcode... —murmuró Kinn antes de quedarse dormido.
—¿Dime?
—La casa de Paul realmente olía mal. No vuelvas a dejar que me vaya.
—Nunca más, mi presumido. Nunca más.
Y mientras la luna seguía su curso sobre los rascacielos de Bangkok, el cantante popular y el millonario caprichoso durmieron entrelazados, protegidos por las etiquetas de seda y el amor inquebrantable que no entendía de clases sociales, solo de latidos compartidos.