La matriarca no repite errores
Las Sombras del León y el Vuelo del Cuervo
El estrépito de los martillos contra el metal resonaba en todo el patio de Invernalia, un eco constante que Catelyn Stark encontraba extrañamente reconfortante. No era el sonido de la paz, sino el de la preparación. Bajo sus órdenes directas, las fraguas no habían dejado de arder en meses. No solo se fabricaban herraduras y arados, sino puntas de flecha de obsidiana que ella había ordenado traer de Rocadragón bajo pretextos comerciales, y cotas de malla de una calidad que superaba lo habitual para la guardia doméstica.
Catelyn observaba desde la solana, con las manos entrelazadas sobre el vientre. A su lado, Arya practicaba con una daga de madera, sus movimientos eran erráticos pero veloces. En la vida anterior, Catelyn habría reprendido a su hija por su falta de modales lady, pero ahora, cada vez que veía a Arya moverse, recordaba la silueta de una asesina silenciosa que una vez vengó a su familia.
—Baja el centro de gravedad, Arya —dijo Catelyn sin mirarla—. Si tu oponente es más alto, su equilibrio es tu mejor objetivo. No intentes chocar contra él; deja que su propio peso lo derribe.
Arya se detuvo, jadeando, y miró a su madre con una mezcla de asombro y adoración.
—¿Cómo sabes eso, madre? Septa Mordane dice que las damas solo deben preocuparse por el equilibrio al bailar.
—La vida es un baile, pequeña loba —respondió Catelyn, girándose para acariciar la mejilla de su hija—. Pero a veces la música la pone el acero. Quiero que entrenes con Jon esta tarde. Él sabe lo que es ser pequeño en un mundo de gigantes.
Arya asintió con entusiasmo y salió corriendo hacia las perreras. Catelyn suspiró. Sabía que el tiempo se agotaba. La llegada del Rey Robert no era solo una visita social; era el primer dominó de una cadena de tragedias que ella estaba decidida a romper, eslabón por eslabón.
—Lady Stark.
La voz de Maestre Luwin la sacó de sus pensamientos. El hombre parecía más cansado de lo habitual, cargando con el peso de los secretos y las extrañas peticiones que Catelyn le hacía casi a diario.
—Los informes de los puestos de avanzada, milady. Tal como predijiste, el invierno no es lo único que se agita más allá del Muro. Los desertores de la Guardia de la Noche están aumentando. Hablan de... cosas que el acero común no puede matar.
Catelyn tomó el pergamino, sus dedos rozando el sello de cera.
—Lo sé, Luwin. Por eso necesitamos que el acero de Invernalia sea mejor que el de cualquier otro lugar. ¿Has enviado los cuervos a Puerto Blanco? Necesitamos que Lord Manderly empiece a construir la flota. No podemos depender solo del Camino Real si la guerra estalla.
—¿Guerra, milady? —Luwin bajó la voz, mirando a su alrededor—. El Rey viene en son de paz. Es el hermano de alma de Lord Eddard.
—El Rey es un hombre que se ahoga en vino y deudas, Luwin. Y los que reman su barco son leones que tienen hambre de lobos. No me hables de paz cuando puedo oler la sangre en el viento del sur.
El maestre se inclinó, incapaz de discutir con una mujer que, a sus ojos, parecía haber sido bendecida con la vista de los antiguos profetas. Desde que Catelyn dejó de envejecer y empezó a predecir tormentas y traiciones, la lógica de Luwin había capitulado ante la evidencia de lo inexplicable.
Esa noche, la cena en el Gran Salón fue silenciosa. Ned estaba absorto en sus pensamientos, con la carta de la muerte de Jon Arryn pesando en su corazón. Sansa hablaba en voz baja con Jeyne Poole sobre los vestidos que verían en la corte, ajena a la tormenta que su madre veía cernirse sobre ella. Jon, sin embargo, comía en silencio, observando a Catelyn con una intensidad que casi la hacía retroceder.
—Ned —dijo Catelyn, rompiendo el silencio—, he decidido que Robb debe quedarse en Invernalia como el Stark en el Norte mientras tú estés fuera. Debe aprender a gobernar ahora, no cuando la necesidad sea desesperada.
Ned dejó su copa de vino, sorprendido.
—Aún no he aceptado el cargo de Mano, Cat. Y si voy, esperaba que Robb viniera conmigo para conocer la corte.
—Robb es un guerrero y un líder, pero su lugar es aquí, protegiendo nuestro hogar —Catelyn puso una mano sobre la de su esposo, su tacto era firme—. En Desembarco del Rey, la honestidad de Robb sería una debilidad. Necesitas a alguien que entienda las sombras. Alguien que no tenga nada que perder y todo por ganar.
Sus ojos se desviaron hacia Jon. El joven Snow enderezó la espalda.
—¿Sugieres que lleve a Jon a la capital? —preguntó Ned con un susurro incrédulo—. Cat, tú misma dijiste una vez que su presencia era un insulto...
—Fui una necia, Ned. Los dioses me han mostrado que el honor no reside en los apellidos, sino en la sangre y el corazón. Jon es tan hijo tuyo como Robb. En el sur, donde las lenguas son bífidas, necesitarás a alguien que sea leal hasta la muerte. Alguien que no sea un objetivo político obvio para Cersei Lannister.
Jon sintió un vuelco en el pecho. Durante años, el cambio de actitud de Catelyn había sido un bálsamo para su alma herida, pero esto era diferente. Ella lo estaba posicionando como el protector de la familia, el escudo de Ned.
—Iré, si mi padre lo desea —dijo Jon, su voz rompiéndose ligeramente por la emoción—. No dejaré que ningún daño le ocurra.
Ned miró a su esposa y luego a su hijo. Había algo en la mirada de Catelyn que no admitía discusión. Era la misma mirada que tenía cuando predijo la plaga que casi acaba con el ganado el invierno pasado.
—Está bien —cedió Ned—. Si el Rey lo permite, Jon vendrá conmigo. Pero Cat... ¿por qué siento que te estás despidiendo de nosotros?
—No es una despedida, Ned. Es una estrategia —Catelyn sonrió, pero sus ojos permanecieron fríos como el hielo del Norte—. Yo me quedaré aquí para asegurar que, pase lo que pase en el sur, siempre haya un refugio al que volver.
Días después, el estruendo de los cuernos anunció la llegada de la comitiva real. Catelyn se encontraba en el patio, flanqueada por sus hijos. Vio a Robert Baratheon descender de su caballo, un hombre que era solo una sombra gorda y ruidosa del guerrero que una vez fue. Tras él, el carro de la Reina, dorado y ostentoso, un insulto a la sobriedad del Norte.
Cuando Cersei Lannister descendió, sus ojos verdes buscaron inmediatamente a Catelyn. La Reina esperaba encontrar a una mujer de provincia, envejecida por el clima y los partos. En su lugar, encontró a una mujer cuya belleza parecía haber sido congelada en el tiempo, con una dignidad que emanaba un poder casi tangible.
—Lady Stark —dijo Cersei, ofreciendo una mano fría—. Había oído rumores de que el tiempo no pasaba por Invernalia, pero veo que los rumores se quedaron cortos.
—Los dioses son generosos con aquellos que cumplen sus promesas, Majestad —respondió Catelyn, haciendo una reverencia perfecta, pero sin bajar la mirada—. Bienvenida a nuestro hogar. Espero que el frío no le resulte demasiado... cortante.
Robert, mientras tanto, ya estaba abrazando a Ned, riendo con una fuerza que no llegaba a sus ojos.
—¡Ned! ¡Por los siete, te has vuelto más viejo y más serio! ¿Y esta es tu Cat? —Robert se giró hacia ella, sus ojos brillando con el deseo de un hombre acostumbrado a tomar lo que quería—. Recuerdo que eras hermosa, pero esto... esto es hechicería.
—Es solo el aire del Norte, mi Rey —dijo Catelyn con una sonrisa gélida—. Purifica todo lo que toca.
Esa noche, durante el banquete, Catelyn no probó bocado. Observaba. Vio a Jaime Lannister intercambiar miradas con su hermana. Vio a Tyrion, el enano, observando a Jon Snow con una curiosidad analítica. Y vio a Joffrey, el príncipe heredero, tratar a Sansa con una cortesía que Catelyn sabía que era una máscara para una crueldad sin límites.
En un momento de la noche, Catelyn se levantó y se dirigió a un rincón apartado del salón, donde Jon estaba de pie, vigilando las sombras.
—¿Ves al caballero de la capa blanca, Jon? —preguntó ella en voz baja, refiriéndose a Jaime Lannister.
—Ser Jaime. Dicen que es el mejor espadachín del reino —respondió Jon.
—Dicen muchas cosas. Pero yo te digo esto: nunca le des la espalda. No es un hombre de honor. Es un hombre de impulsos. Y los impulsos de un Lannister siempre terminan en traición.
—¿Por qué me cuenta esto ahora, milady?
—Porque mañana, cuando el Rey vaya a cazar, tú no irás con ellos. Te quedarás en el castillo. Vigilarás la Torre Rota.
Jon frunció el ceño.
—¿La Torre Rota? ¿Por qué querría alguien ir allí? Está en ruinas.
Catelyn le puso una mano en el hombro, y Jon sintió un escalofrío. La piel de Catelyn estaba extrañamente fría, como si su conexión con la vida fuera un hilo delgado que los dioses mantenían por puro capricho.
—He tenido una visión, Jon. Un niño cae, y con su caída, el Norte arde. No permitas que nadie suba a esa torre. Si ves a la Reina o a su hermano dirigirse hacia allí, no intervengas directamente, pero asegúrate de que Bran no esté cerca de los muros.
Jon asintió, aunque no entendía del todo. Había aprendido a no cuestionar las visiones de la mujer que lo había salvado de la muerte cuando era niño.
—Lo haré. Lo juro.
Catelyn lo miró con una mezcla de tristeza y orgullo. Sabía que estaba cambiando el destino de Bran, evitando que quedara lisiado, pero también sabía que cada cambio tenía un precio. Si Bran no caía, Ned quizá no tendría la urgencia de investigar a los hijos de la Reina con la misma ferocidad. Pero ella no podía permitir que su hijo sufriera de nuevo. No esta vez.
Más tarde, en la privacidad de su alcoba, Ned entró encontrando a Catelyn frente al fuego, quemando unas hierbas que llenaban la habitación con un aroma dulce y pesado.
—Robert me ha pedido que sea la Mano —dijo Ned, sentándose en el borde de la cama—. Y quiere que Sansa se case con Joffrey.
—Le dirás que sí a lo primero y que lo pensaremos para lo segundo —respondió Catelyn sin girarse.
—Cat, es una unión real. Es lo que siempre quisimos para ella.
—Lo que tú querías era el honor de la familia, Ned. Lo que yo quiero es que mi hija viva. Joffrey es un monstruo. Lo sé como sé que mañana saldrá el sol. No permitiremos ese compromiso, al menos no hasta que estemos en una posición de fuerza.
Ned se levantó y caminó hacia ella, tomándola por los hombros.
—Dime la verdad. ¿Qué viste realmente en tus sueños? Hablas de monstruos y traiciones como si ya hubieran sucedido.
Catelyn se giró y Ned retrocedió un paso. Los ojos de su esposa no eran los ojos de la mujer con la que se casó en Riverrun. Había una sabiduría milenaria en ellos, una fatiga que no pertenecía a un ser humano vivo.
—Vi tu cabeza en una pica, Ned —susurró ella, y la voz pareció venir de todas partes y de ninguna—. Vi a Robb traicionado en una boda que se volvió roja de sangre. Vi a Sansa vendida a hombres que la golpeaban y la violaban. Vi a Arya convertida en una sombra sin nombre. Y vi a Jon... vi a Jon con un puñal en el corazón, puesto allí por sus propios hermanos.
Ned palideció, su respiración se volvió errática.
—Son solo pesadillas, Cat...
—¡No son pesadillas! —gritó ella, y por un momento, las sombras de la habitación parecieron alargarse—. Son recuerdos. Los dioses me devolvieron para que estas cosas no sucedan. Y si tengo que convertirme en un monstruo peor que Tywin Lannister para proteger a mi familia, lo haré.
Ned la abrazó, tratando de calmar el temblor de su cuerpo. Catelyn se dejó consolar, pero su mente ya estaba en el día siguiente. Sabía que el intento de asesinato de Bran era el catalizador, pero ella lo detendría. Si lograba mantener a su familia intacta en Invernalia mientras Ned y Jon jugaban el juego en el sur, tendrían una oportunidad.
A la mañana siguiente, el sol se alzó frío sobre el Norte. Mientras los hombres se preparaban para la caza, Catelyn vio a Jon apostado cerca de la Torre Rota, fingiendo afilar su espada. Bran estaba cerca, mirando con anhelo las alturas de los muros, pero cada vez que intentaba trepar, Jon lo llamaba para mostrarle algún truco de combate.
Catelyn, desde su ventana, vio a Jaime Lannister escabullirse hacia la torre, buscando la privacidad que su pecado requería. Pero esta vez, no hubo un niño trepando por las ventanas. Esta vez, el secreto de los Lannister permaneció oculto un poco más, pero la vida de Bran Stark estaba a salvo.
—Un hilo se ha movido —susurró Catelyn al aire gélido—. Ahora, veamos qué tela tejen los dioses con el resto.
Catelyn Stark sabía que la guerra era inevitable, pero ahora, por primera vez, los lobos no estaban ciegos. Tenían a una madre que conocía el final de la historia, y ella estaba dispuesta a reescribir cada página con la sangre de aquellos que se atrevieran a tocar a los suyos. El invierno estaba llegando, sí, pero ella era el frío que quemaba.