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La matriarca no repite errores

El Eco de la Sangre y el Trono de Hielo

El aire de Invernalia se había vuelto más denso desde la llegada de la corte real. Para los ojos inexpertos, era el bullicio de una celebración; para Catelyn Stark, era el zumbido de un nido de avispas a punto de estallar. Se movía por los pasillos de piedra con una serenidad que rayaba en lo sobrenatural, sus faldas de lana gris rozando el suelo sin hacer ruido. Cada paso que daba era un cálculo, cada mirada una advertencia.

Había logrado salvar a Bran. El niño, ajeno al abismo del que su madre lo había rescatado, corría ahora por el patio persiguiendo a su lobo huargo, Verano. No había caído de la torre, no había quedado lisiado, y el secreto incestuoso de los Lannister seguía guardado bajo llave en la Torre Rota, un secreto que Catelyn conocía pero que no podía revelar aún sin destruir la estabilidad que necesitaba para preparar al Norte.

Se detuvo frente al árbol corazón en el Bosque de Dioses. El rostro tallado en el arciano parecía más vívido que nunca, las lágrimas de savia roja brillando bajo la luz pálida del sol.

—He cambiado una pieza —susurró Catelyn, sintiendo el frío del invierno que se gestaba en sus propios huesos—. Bran camina. Pero el precio... los dioses siempre cobran su precio.

—Hablas con los árboles más que con tu propio esposo, Cat.

Ned Stark apareció entre la niebla, su rostro marcado por las preocupaciones que Robert Baratheon le había echado encima. Se veía cansado, mucho más de lo que un hombre de su edad debería estar. Catelyn sintió una punzada de dolor; sabía que su amado Ned era una reliquia de un mundo de honor que estaba a punto de ser devorado por la ambición.

—Los árboles escuchan sin juzgar, Ned —respondió ella, girándose para mirarlo. Su rostro, inalterado por el tiempo, contrastaba con las nuevas líneas en la frente de él—. Robert quiere partir pronto.

—En tres días —confirmó Ned, suspirando—. He aceptado. Iré a Desembarco del Rey. Jon vendrá conmigo, tal como pediste. Aunque sigo sin entender por qué insistes tanto en llevar a un muchacho que apenas conoce el mundo fuera de estas murallas.

—Jon conoce el mundo mejor de lo que crees —dijo Catelyn, acercándose a él y ajustándole la capa—. Lo que él lleva en su sangre, Ned... lo que tú y yo sabemos, y lo que los dioses me han mostrado, lo convierte en el escudo más fuerte que podrías tener. No lo mires como a un bastardo. Míralo como al hombre que mantendrá tu cabeza sobre los hombros cuando los Lannister cierren la trampa.

Ned la miró con fijeza.

—A veces me pregunto si eres realmente mi Catelyn o un espíritu enviado para ponerme a prueba.

—Soy la mujer que hará lo necesario para que nuestra casa no se convierta en cenizas —sentenció ella con una frialdad que hizo que Ned retrocediera imperceptiblemente.

Esa tarde, Catelyn convocó a Jon Snow a sus aposentos privados. El joven entró con la cabeza baja, un hábito que aún no había perdido del todo a pesar del trato afectuoso que Catelyn le brindaba desde su "regreso". Ella estaba sentada frente a un mapa desplegado del continente, marcando puntos clave con pequeñas piedras de obsidiana.

—Siéntate, Jon —ordenó ella con suavidad.

Jon obedeció, sus ojos grises fijos en el mapa.

—Mañana partirás hacia el sur. Dejas atrás el hogar, pero no dejas de ser un lobo.

—Milady... —Jon dudó—. Sé que me ha tratado como a un hijo estos últimos años. No sé cómo agradecérselo. Pero en la capital, seré solo el bastardo de Lord Stark. Seré una mancha en su honor frente a la Reina.

Catelyn se levantó y caminó hacia un baúl de madera de roble. Lo abrió y sacó un fardo envuelto en cuero negro. Al desenvolverlo, una espada de acero oscuro, con vetas que recordaban al humo, brilló bajo la luz de las velas. El pomo tenía la forma de una cabeza de lobo de azabache con ojos de rubí.

—Esto no es acero común —dijo Catelyn, extendiendo el arma hacia él—. Es acero valyrio. Conseguí recuperarla a través de contactos en Essos, usando parte de la fortuna de mi dote y favores que los dioses me permitieron cobrar. Su nombre es *Garra*.

Jon retrocedió, asombrado.

—No puedo aceptar esto. Es un tesoro... es para un señor, para Robb.

—Robb tendrá a *Hielo* cuando llegue el momento —dijo Catelyn, obligándolo a tomar la empuñadura—. Esta es para ti. No es un regalo de una madre a un hijo, Jon. Es la herramienta de un guardián. En Desembarco del Rey, habrá sombras que el acero normal no puede cortar. Habrá hombres que parecen amigos y que guardan dagas en sus sonrisas.

Jon sintió el peso perfecto del arma. El acero valyrio parecía vibrar en su mano, como si reconociera su sangre.

—¿Por qué yo? —preguntó Jon, mirándola a los ojos.

—Porque tú eres el puente, Jon —susurró Catelyn, acercándose tanto que él podía oler el aroma a incienso y escarcha que siempre la rodeaba—. Eres el hielo y eres el fuego. Tu padre es un hombre de luz, y la luz se apaga fácilmente en la oscuridad de la capital. Tú... tú has vivido en las sombras. Sabes moverte en ellas. Quiero que vigiles a Meñique. Petyr Baelish.

Jon frunció el ceño al escuchar el nombre.

—¿El Maestro de la Moneda? Lord Stark dice que es un viejo amigo de su familia.

—Petyr Baelish no tiene amigos, solo deudores y víctimas —la voz de Catelyn se volvió filosa—. Él fue quien envió la carta a Lysa Arryn. Él fue quien orquestó la caída de Jon Arryn. Si se acerca a tu padre con promesas de ayuda, vigílalo. Si intenta manipular a Sansa, córtale la lengua.

Jon tragó saliva. La intensidad de Catelyn era aterradora, pero también le daba una dirección que nunca había tenido.

—Lo haré, milady. Protegeré a mi padre y a mis hermanas. Mi vida por la de ellos.

—No quiero tu vida, Jon —dijo ella, acariciando su cabello con una ternura que lo desarmó—. Quiero tu supervivencia. El Norte te necesitará más de lo que imaginas.

Mientras la comitiva real se preparaba para la partida al día siguiente, el patio de Invernalia era un caos de caballos y carromatos. Catelyn observaba desde el balcón superior. Vio a Tyrion Lannister hablando con Jon cerca de las cuadras. El enano parecía divertido, pero sus ojos eran inteligentes. Catelyn sabía que Tyrion era el único de los Lannister que poseía una pizca de humanidad, pero seguía siendo un león.

Se volvió cuando sintió una presencia a su espalda. Era Cersei Lannister. La Reina vestía sedas carmesí que parecían sangrar contra el gris de las piedras de Invernalia.

—Parece que estás enviando a tu marido a la fosa de los leones con mucha presteza, Lady Stark —dijo Cersei, su voz cargada de veneno—. Y con su bastardo a cuestas. Una elección curiosa para una esposa tan... devota.

Catelyn no se alteró. Se giró lentamente, manteniendo esa expresión de calma divina que tanto irritaba a la Reina.

—Mi esposo va a servir a su Rey, Majestad. Y Jon va para asegurar que el servicio sea impecable. En el Norte valoramos la lealtad por encima de los títulos. Quizás en el Sur sea al revés.

Cersei soltó una risa seca.

—En el Sur, Lady Stark, la lealtad es una moneda que se devalúa rápido. Deberías haber convencido a Eddard de quedarse aquí. Este frío le sienta mejor que el sol de la capital.

—El frío conserva —respondió Catelyn, dando un paso hacia la Reina—. El sol, en cambio, a menudo pudre las cosas. Tenga cuidado, Majestad. He tenido visiones sobre lo que sucede cuando los secretos se exponen a la luz demasiado pronto. A veces, las reinas pierden más que solo su orgullo.

La sonrisa de Cersei flaqueó. Hubo un momento de silencio tenso, donde el aire pareció congelarse entre ambas mujeres. Cersei vio en los ojos de Catelyn algo que no debería estar allí: un conocimiento absoluto de sus pecados.

—¿Me estás amenazando? —preguntó la Reina en un susurro peligroso.

—Le estoy advirtiendo —dijo Catelyn—. Los dioses me han mostrado el futuro. He visto caer coronas y arder ciudades. Si desea que sus hijos sobrevivan a la tormenta que se avecina, le sugiero que mantenga a sus hermanos bajo control. Especialmente al Matarreyes.

Cersei palideció, pero antes de que pudiera responder, Catelyn hizo una leve inclinación de cabeza y se alejó, dejándola sola en el balcón.

Abajo, Ned montaba su caballo. Miró hacia arriba y encontró la mirada de Catelyn. Ella levantó una mano, un gesto de despedida y de promesa. Sabía que esta era la última vez que vería a Ned en mucho tiempo, y quizás, si sus planes fallaban, la última vez en esta vida. Pero no lloró. Sus lágrimas se habían secado en el río de su vida anterior.

Cuando la comitiva finalmente cruzó las puertas de Invernalia, el castillo quedó sumido en un silencio sepulcral. Robb se acercó a su madre, su rostro serio, asumiendo ya la carga del señorío.

—Se han ido —dijo Robb—. ¿Qué hacemos ahora, madre?

Catelyn miró hacia el sur, donde el polvo levantado por los caballos aún flotaba en el aire.

—Ahora, Robb, empezamos la verdadera guerra. Llama a los banderizos. No para marchar, sino para fortalecer. Quiero que los Umber y los Karstark dupliquen sus patrullas en la costa. Quiero que los almacenes de Foso Cailin se llenen como si el asedio fuera a durar un siglo.

—¿Crees que nos atacarán aquí? —preguntó Robb, sorprendido.

—El ataque no vendrá de frente, hijo mío. Vendrá por la espalda, por la traición y por el hambre. No seremos sorprendidos.

Esa noche, Catelyn regresó al Bosque de Dioses. Se sentó bajo el arciano y cerró los ojos. En su mente, las imágenes del futuro que recordaba empezaron a mezclarse con las nuevas líneas que estaba trazando. Vio a un Jon Snow diferente, uno que no vestía el negro de la Guardia de la Noche, sino el acero valyrio en la corte del Rey. Vio a una Sansa que no era una prisionera, sino una aprendiz de la supervivencia.

Pero también vio sombras que no reconocía. Algo estaba cambiando. Al salvar a Bran, al enviar a Jon al sur, había alterado el tejido del destino de formas que ni siquiera ella podía prever por completo.

—El precio —susurró de nuevo.

De repente, una figura emergió de entre los árboles. Era Bran. El niño caminaba con paso firme, pero sus ojos estaban fijos en el árbol corazón con una intensidad inquietante.

—Madre —dijo el niño, su voz sonando más vieja de lo que debería—. He tenido un sueño.

Catelyn sintió que el corazón se le detenía.

—Cuéntame, Bran.

—Soñé con un cuervo de tres ojos. Me decía que el tiempo es un río, pero que tú estás intentando construir una presa con tus propias manos. Decía que la presa se romperá si no encuentras al Heredero de la Luz.

Catelyn se levantó, temblando. Bran no debería tener esos sueños todavía. Sin la caída, sin el coma, su conexión con el Cuervo de Tres Ojos debería haber sido más lenta, más sutil.

—¿Qué más dijo, Bran?

—Dijo que el León está herido, pero que la Araña y el Dragón están despertando. Y que tú no eres la única que ha regresado de la oscuridad.

Catelyn apretó los puños hasta que sus uñas se clavaron en sus palmas. ¿Había alguien más? ¿Alguien más con el conocimiento del futuro? La idea era aterradora. Si sus enemigos también tenían visiones, sus planes de protección podrían convertirse en su propia tumba.

—No tengas miedo, Bran —dijo ella, aunque ella misma estaba aterrada—. Ve a dormir. Mañana seguiremos entrenando.

El niño asintió y se alejó, pero Catelyn se quedó bajo el arciano hasta el amanecer. Sabía que el juego de tronos acababa de volverse mucho más complicado. Ya no era solo una madre protegiendo a sus hijos; era una jugadora en una partida donde las reglas cambiaban con cada latido de su corazón.

—Que vengan —desafió al viento gélido—. Que vengan los leones, las arañas y los dragones. He muerto una vez por esta familia, y si tengo que quemar el mundo entero para que ellos vivan, seré la primera en encender la antorcha.

En la distancia, el aullido de un lobo resonó en las montañas, un eco de ferocidad y hambre. El invierno estaba llegando, pero Catelyn Stark ya no le temía al frío. Ella era el invierno, y su justicia sería tan implacable como la nieve que empezaba a caer, cubriendo el Norte con un manto de silencio y acero.