La matriarca no repite errores
El Despertar de la Loba y el Trono de Escarcha
El aire en el Castillo Negro se había vuelto una sustancia sólida, un muro de cristal que cortaba los pulmones. Catelyn Stark permanecía inmóvil en lo alto de la plataforma de madera, observando cómo la marea de espectros se retiraba hacia la espesura del Bosque de los Sueños, dejando tras de sí un rastro de escarcha y silencio. La herida en su costado ya no solo pulsaba; ahora quemaba con un frío azulado que amenazaba con devorar su calor vital.
—Madre, estás temblando —dijo Robb, acercándose con cautela, como si temiera que su toque pudiera romperla.
Catelyn se giró lentamente. Sus ojos, que antes habían sido del color del cielo de finales de verano, ahora tenían un matiz violáceo, un eco de la magia antigua que fluía por sus venas.
—No es temblor, Robb —respondió ella, y su voz sonó como el crujir de un glaciar—. Es el eco de lo que está por venir. El Rey de la Noche no se ha retirado por miedo, sino para reunir a los suyos. Sabe que el tiempo se ha fracturado.
Ned Stark subió los últimos peldaños, su rostro aún marcado por el asombro y la fatiga. Se detuvo a unos pasos, mirando a su esposa con una mezcla de amor y terror sagrado.
—Cat, lo que hiciste... esa luz... —Ned bajó la voz—. Los hombres dicen que eres una diosa encarnada. Que los Antiguos Dioses te han enviado para ser nuestra salvación.
Catelyn dejó escapar una risa seca, un sonido carente de alegría.
—No soy una diosa, Ned. Soy una mujer que ha visto el final de todas las cosas y se ha negado a aceptarlo. Soy el precio que los dioses cobraron para que tú pudieras volver a ver la nieve de Invernalia.
Ned se acercó y, desafiando el aura gélida que la rodeaba, le tomó las manos. Estaban tan frías que sintió un pinchazo de dolor en las palmas.
—Debemos volver a casa —dijo Ned con firmeza—. El Muro está herido, pero Benjen dice que los hechizos de los cimientos aún resisten. Necesitamos reunir a todos los banderizos. Si los muertos han llegado a las puertas del Castillo Negro, el Norte entero debe convertirse en una fortaleza.
—Iremos a Invernalia —asintió Catelyn—, pero no para escondernos tras sus muros. Iremos para despertar lo que duerme en sus profundidades.
El viaje de regreso fue una procesión de sombras. Catelyn viajaba en un carromato cubierto, pues su cuerpo empezaba a mostrar signos de una fragilidad alarmante. Su piel se volvía translúcida, dejando ver venas que brillaban con una luz mortecina. Sin embargo, su mente era más clara que nunca. A través del vínculo que los dioses le habían otorgado, podía sentir a sus hijos. Sentía la furia contenida de Arya, la astucia creciente de Sansa y, sobre todo, la soledad ardiente de Jon Snow.
—Jon está cerca de Rocadragón —susurró Catelyn una noche, cuando Ned entró a verla en su tienda de campaña.
Ned se sentó a su lado, frotándose las manos ante un pequeño brasero.
—¿Cómo puedes estar tan segura?
—Lo veo, Ned. Veo el mar golpeando las rocas negras y veo a Jon mirando hacia el horizonte. Sabe que no es un bastardo, pero aún no sabe qué hacer con esa verdad. Teme que, al reclamar su nombre, pierda el amor que le profesamos.
—No lo perderá —dijo Ned con voz ronca—. Es un Stark por derecho de sangre y de crianza. Si Lyanna estuviera aquí...
—Lyanna estaría orgullosa —le interrumpió ella—. Pero Jon no necesita orgullo, necesita propósito. He enviado un mensaje a través de los cuervos que solo él podrá entender. Debe encontrar a la mujer de los dragones. Solo el fuego de ella puede sellar la victoria que el hielo de nosotros ha comenzado.
Cuando finalmente divisaron las torres de Invernalia, un clamor surgió de la vanguardia. El estandarte del lobo huargo ondeaba con una fuerza renovada. Al cruzar las puertas, Catelyn insistió en caminar por sus propios medios. Se apoyó en el brazo de Robb, avanzando con una dignidad que silenciaba a los guardias y criados que se arrodillaban a su paso.
Bran salió a su encuentro, corriendo con una vitalidad que hizo que Catelyn cerrara los ojos por un instante, agradeciendo a los dioses el sacrificio de su propia salud.
—¡Madre! ¡Padre! —gritó el niño, abrazando a Ned—. He tenido sueños. El cuervo dice que el corazón de la montaña está despertando.
Catelyn puso una mano sobre la cabeza de Bran.
—Lo sé, pequeño lobo. Y tú serás quien nos guíe hacia él.
Esa noche, tras un banquete silencioso donde la comida parecía ceniza en la boca de Catelyn, ella convocó a Ned y a Robb a las criptas. Descendieron con antorchas, pasando junto a las estatuas de los antiguos Reyes del Invierno. Los ojos de piedra de los Stark fallecidos parecían seguir sus movimientos.
Se detuvieron ante la estatua de Lyanna Stark.
—¿Por qué estamos aquí, Cat? —preguntó Ned, cuyo dolor por su hermana siempre estaba a flor de piel en este lugar.
Catelyn se acercó a la tumba y colocó su mano sobre el mármol frío.
—Ned, siempre creíste que el secreto de Jon era su carga. Pero el secreto de Jon es la llave. Lyanna no solo dejó un niño en esa torre; dejó un legado que los Stark olvidamos hace milenios.
Catelyn hizo una señal a Robb.
—Mueve la losa del suelo, la que está a los pies de tu tía.
Robb, confundido pero obediente, utilizó una barra de hierro para hacer palanca. Tras un esfuerzo considerable, la piedra cedió, revelando un hueco oculto que no figuraba en ningún plano del castillo. Dentro, envuelto en una tela que se deshizo al contacto con el aire, había un cofre de madera de hierro.
Ned lo abrió con dedos temblorosos. Dentro no había oro ni joyas. Había un pergamino antiguo, sellado con el emblema de un lobo y un dragón entrelazados, y una daga de cristal de dragón de un tamaño inmenso, grabada con runas de los Primeros Hombres.
—Es el Pacto de la Escarcha y el Fuego —susurró Catelyn—. Los Stark y los Targaryen no se unieron por primera vez con Rhaegar y Lyanna. Hubo una promesa mucho más antigua, hecha durante la primera Larga Noche. Invernalia no fue construida para ser solo un hogar; fue construida para ser la tumba de la Gran Oscuridad, y Jon es el único que puede activar los sellos.
—¿Qué quieres decir con activar los sellos? —preguntó Robb, mirando la daga con fascinación.
—Invernalia está viva, Robb —explicó Catelyn, y su voz empezó a resonar con una vibración sobrenatural—. Hay manantiales de agua caliente bajo nosotros, pero no son naturales. Son la sangre de la tierra, mantenida caliente por una magia que se está agotando. Si los muertos cruzan el Cuello, debemos liberar ese calor. Debemos convertir este castillo en un horno que consuma a los espectros.
Ned miró a su esposa, y por primera vez, comprendió la magnitud del cambio en ella. Catelyn ya no era solo su mujer; era la memoria viviente de una estirpe que se remontaba a la Edad de los Héroes.
—¿Y qué pasará con nosotros si liberas ese fuego? —preguntó Ned.
—Nosotros sobreviviremos —dijo ella, aunque su mirada vaciló—. Pero yo no. Mi regreso fue condicionado a este momento. He reescrito el destino de mis hijos, he salvado a mi esposo y he preparado al Rey que vendrá. Mi ciclo está llegando a su fin.
—¡No! —gritó Robb—. ¡No puedes habernos salvado solo para dejarnos ahora!
Catelyn se acercó a su hijo y le acarició el rostro. Su toque ya no era frío; era de una calidez reconfortante, como la de una madre que arropa a su hijo antes de un largo sueño.
—No os dejo, Robb. Estaré en el viento que sopla sobre las murallas, en el fuego de vuestros hogares y en la sangre de vuestros hijos. Pero los dioses no permiten que nadie engañe a la muerte para siempre sin pagar el diezmo.
De repente, un cuervo entró volando en las criptas, algo inaudito dado que estaban a gran profundidad. El ave se posó sobre el hombro de Catelyn y soltó un graznido ensordecedor.
—Ha ocurrido —dijo Catelyn, y una expresión de paz infinita inundó su rostro—. Robert Baratheon ha muerto. La guerra de los reyes ha comenzado en el sur, pero aquí... aquí la guerra por la vida ha alcanzado su cenit.
Se giró hacia Ned.
—Ned, debes enviar a los jinetes. Convoca a los Karstark, a los Umber, a los Glover y a los Manderly. Diles que el Rey en el Norte ha regresado, pero que su nombre no es Stark, sino Targaryen-Stark. Diles que la Loba de Invernalia les ordena luchar no por un trono, sino por el amanecer.
Ned asintió, las lágrimas surcando sus mejillas.
—Lo haré, Cat. Por ti.
—Hazlo por ellos —dijo ella, señalando hacia arriba, hacia donde sus otros hijos dormían.
En las semanas siguientes, Invernalia se transformó. Miles de hombres llegaron de todos los rincones del Norte, atraídos por la leyenda de la Lady que no envejecía y que hablaba con los dioses. Catelyn pasaba sus días en el Bosque de Dioses, sentada bajo el arciano, vertiendo su propia esencia en las raíces del árbol. Cada día estaba más débil, pero el castillo parecía fortalecerse a su alrededor. Las piedras brillaban con una luz nueva y el agua de los manantiales hervía con una furia contenida.
Una tarde, mientras la nieve caía con una densidad que ocultaba el sol, un jinete solitario cruzó las puertas. No era un mensajero, ni un señor. Era Jon Snow.
Venía cubierto de sal y ceniza, con los ojos cargados de una sabiduría terrible. Al ver a Catelyn en el patio, desmontó y corrió hacia ella, cayendo de rodillas a sus pies.
—Madre —sollozó Jon, usando por primera vez esa palabra con una sinceridad absoluta—. Lo he visto. He visto los dragones. He visto la verdad.
Catelyn le tomó la cabeza entre sus manos y lo besó en la frente.
—Bienvenido a casa, Aegon —susurró ella, y el nombre resonó en el patio como un trueno—. Tu destino te espera bajo el hielo.
Jon se levantó, y en su mirada ya no había rastro del bastardo inseguro. Había un rey, un guerrero y un Stark.
—Los Lannister vienen hacia el norte —dijo Jon—. Creen que pueden castigarnos por la "huida" de mi padre. Traen un ejército, pero no saben que están marchando hacia su tumba.
—Déjalos venir —dijo Catelyn, mirando hacia el sur—. Que los leones se encuentren con los lobos y los dragones. Pero nuestra mirada debe seguir fija en el norte. El Rey de la Noche está cruzando el Último Hogar.
Esa noche, Catelyn Stark se retiró a sus aposentos por última vez. Sabía que su labor estaba terminada. Había salvado a su familia de las garras de la traición política, solo para enfrentarlos a una amenaza cósmica, pero los había dejado preparados. Tenían las armas, tenían la unión y, sobre todo, tenían la verdad.
Se acostó en su cama, sintiendo cómo su cuerpo empezaba a disolverse en partículas de luz plateada. Ned entró y se sentó a su lado, tomándole la mano.
—No te vayas —suplicó él.
—Ya me he ido muchas veces, Ned —respondió ella con un susurro—. Pero esta es la única vez que me voy feliz. Cuida de ellos. Cuida de Jon. Él es la canción de hielo y fuego, pero tú eres el hombre que le enseñó a ser un lobo.
Ned la besó una última vez, y mientras lo hacía, Catelyn Stark se desvaneció por completo. En su lugar, sobre la cama, solo quedó una fina capa de escarcha y una pequeña flor de invierno, azul y radiante.
En ese mismo instante, en todo el Norte, los árboles arcianos empezaron a brillar con una luz roja intensa. Un rugido surgió de las profundidades de Invernalia, y las aguas termales estallaron en géiseres de vapor, creando una barrera de calor que ningún muerto podría cruzar.
Catelyn Stark, la mujer que regresó del tiempo, ya no estaba entre los vivos, pero su voluntad se había convertido en la armadura del Norte. La Boda Roja nunca sucedería. Ned Stark no perdería la cabeza. Sansa no sería una prisionera y Arya no sería una asesina sin rostro. Había cambiado el mundo, y mientras su espíritu se elevaba hacia el corazón del invierno, supo que, por fin, los Stark estaban a salvo.
La guerra contra los muertos estaba por comenzar, pero la victoria ya había sido escrita en las lágrimas de una madre que amó tanto a su familia que obligó a los dioses a darle una segunda oportunidad. El invierno había llegado, pero la primavera ya estaba sembrada en el sacrificio de la Loba de Invernalia.